Janet Frame. Parte 2: ser poeta o no ser nada

por Jerónimo Corregido

Janet Frame

Parte 2: Ser poeta o no ser nada

El comienzo de su carrera está narrado en la última parte del segundo tomo de la autobiografía. Este momento corresponde con el hallazgo del incipiente campo literario neozelandés. Especialmente a través de la editorial Caxton, los pākehā habían podido dar circulación a los textos propios, como la poesía de Allen Curnow, R. A. K. Mason, James Baxter y Charles Brasch. Este último atendía la librería Modern Books de Dunedin, donde se vendía la revista Landfall, y allí conoció a Janet, que había ido a comprar un volumen de poemas de Allen Curnow. En Auckland conocería al cuentista Frank Sargeson, y a través de él Frame se enteraría de la obra de Karl Wolfskehl. Los mecanismos del campo finalmente se ponían en movimiento. En este contexto, la autora estaba lista para escribir su primera gran obra.

Porque el libro de cuentos, a pesar de ser muy bueno, era apenas un ensayo para la publicación de la que ya no puede pensarse como «su primera novela», sino como «la primera novela», la que daría a luz a la narrativa neozelandesa autóctona: Owls Do Cry (Las lechuzas lloran), de 1957. Este libro causó un impacto como ningún otro en el país. Con tonos cercanos a los de Virginia Woolf o Doris Lessing, Frame logró darle vida a la experiencia local, recordándoles a los lectores que los sucesos literarios no transcurren exclusivamente en «quaint old England quaint old towns» («las raras y viejas ciudades de la rara y vieja Inglaterra»), como ya señalaba Denis Glover en un poema de esa época.

Owls Do Cry es la historia de los cuatro hermanos de una familia pobre que vive en el poblado ficticio de Waimaru, aunque la referencia a Oamaru y la experiencia de vida de la autora es ineludible. La hermana mayor (Francie), en vez de ahogarse como Myrtle, muere incinerada en una quema de desechos en el basural donde los niños iban a jugar. El segundo hermano, Toby, tiene epilepsia, al igual que Bruddie Frame; la hermana menor, sin escatimar referencias, directamente se llama Chicks, como la misma hermana de Janet. Su propio alter ego es la segunda hermana, Daphne, quien, sin poder soportar la muerte de Francie, acaba internada en institutos psiquiátricos. Allí se enfrenta a la pérdida de la autonomía y de la identidad, en manos de personajes siniestros como el psiquiatra que, al momento de realizarle los electroshocks «sonríe, una perversa sonrisa mentirosa, como el mundo luego de la mañana, que revela la verdad sobre la montaña dorada, sobre todas las montañas doradas: que son nidos de arcilla, y el sol, una roca inarticulada cuyo engañoso atributo de luz, erosionado por el picoteo del tiempo, se cierra sobre el silencio de su iridiscencia y olvido» (p. 77).

La novela se mueve en un terreno de destreza poética admirable y conmovedor, en especial al adentrarse en el fluir de la consciencia de Daphne. Por momentos, las descripciones de la naturaleza acompañan las sensaciones de los personajes; la profundidad de cada uno de ellos es mucho mayor que la que Frame logra en su autobiografía. A pesar de los evidentes paralelismos con su propia vida, la autora se sorprendió al hallar que la gente de Oamaru encontraba que la novela era demasiado personal y que revelaba demasiado sobre su familia.

Quizás lo más interesante de Owls Do Cry son las perspectivas de vida de los personajes: casarse para ser la esposa de alguien y tener un umbral que barrer (Chicks), insertarse en el mundo del trabajo para acumular dinero (Toby, que vende chatarra), volverse loco (Daphne), o quemarse en la basura (Francie). Las cuatro están descriptas con el mismo grado de objetivo horror. Esto es particularmente interesante en una cultura que acepta sin miramientos los dos primeros modelos de vida (los de Chicks y Toby): la moralidad neozelandesa tiene tintes victorianos que, aún hoy, inhiben cualquier tipo de distanciamiento entre ideología y experiencia. La prosa de Frame pone a contraluz las contradicciones de la vida práctica. El propio té que se toma «sabe a algas y arcilla, como si hubiera sido preparado en un mundo sin gente» (p. 240). Al final del relato, todo se vuelve material, puesto que la «gente bien», que parecía en un mejor lugar que Daphne, termina por encontrar su destino, experimentando las consecuencias de su superficialidad: un ajusticiamiento poético. A la propia protagonista no le va mucho mejor; a diferencia de la Janet de carne y hueso, no hubo premio que la salvara de la lobotomía.

Esta novela fue el fruto del trabajo en el habitáculo que la escritora le alquilaba, por una módica suma, a Frank Sargeson en Auckland; por fin Frame tenía tiempo y privacidad para escribir a gusto. En una visita a su hermana Chicks (June) en la isla norte, Janet se enteró de que Sargeson, posiblemente el único escritor profesional de Nueva Zelanda en ese momento, había estado preguntando por ella. En efecto, el hombre había leído The Lagoon and Other Stories y había oído sobre las internaciones. Su consejo fue determinante: no era bueno para Janet juntarse con la burguesía, con la gente rasamente «normal». Parece una recomendación obvia, pero los resultados fueron significativos. Termina siendo evidente que una persona de genio creativo está mucho mejor estimulada entre amistades con las que puede compartir el gusto por Tolstoi y Proust que bajo la mirada de los edecanes del sentido común, quienes, en el caso de Janet, la presionaban constantemente por su peinado, por su atuendo, por la necesidad de casarse y tener hijos, y de ser, en suma, como ellos.

Luego de Owls Do Cry, comenzó una temporada de viajes por Europa y vida intensa: producción literaria, nuevos paisajes urbanos, el descubrimiento de la sexualidad, el ejercicio de lenguas foráneas, todo lo cual pudo ser llevado a la práctica gracias a una beca literaria de 300 libras. Esta suma no era realmente suficiente para el viaje, por lo que el sostén de las buenas amistades fue determinante para poder realizarlo; Charles Brasch, por ejemplo, le mandó unas 50 libras anónimamente. En 1958, durante uno de esos períodos de incertidumbre que no son inusuales en los periplos largos, y luego de un intenso vínculo con un escritor norteamericano en Ibiza, Frame se registró en el Maudsley Institute, un hospital de Londres, como paciente voluntaria. Allí conoció a uno de sus mayores mentores: R. H. Cawley. Este psiquiatra tiene varios méritos, no el menor el de haber diagnosticado que la mayor parte de los problemas de Janet no eran producto de una condición mental previa, sino una consecuencia del propio tratamiento. Los electroshocks innecesarios, la violencia institucional, el desamparo y la falta de soporte afectivo eran los verdaderos responsables. Lejos de la sugerencia de las enfermeras de Nueva Zelanda, que la instaban a olvidar enseguida todo lo vivido en las hospitalizaciones, Cawley la motivó a escribir Faces in the Water, el mencionado racconto de sus pasos por clínicas psiquiátricas (el libro le está dedicado). A esa publicación le siguió la novela más tradicional The Edge of the Alphabet (Al margen del alfabeto) (1962), y luego la más desconcertante Scented Gardens For the Blind (Jardines perfumados para los ciegos) (1963). En simultáneo, pudo comenzar a editar y ordenar sus cuentos, que compendió en dos volúmenes de 1963: The Reservoir: Stories and Sketches y Snowman, Snowman: Fables and Fantasies.

Este período de trabajos y viajes literarios está narrado en el tercer tomo de su autobiografía, The Envoy from Mirror City (Un emisario de la Ciudad Espejo) (1985). Para los jóvenes pākehā de su generación en adelante, la OE («overseas experience», es decir, «experiencia en el extranjero») se convirtió casi en un derecho inalienable. Con el surgimiento de un lenguaje nacional para la literatura, también se comenzó a darle magnitud al aislamiento de crecer y vivir en las islas más remotas del mundo occidental, donde la población de ovejas es, aún hoy, bastante mayor que la humana. En The Envoy from Mirror City se transparenta el impacto que surtieron los viajes en la personalidad y en la obra de Frame. Su estadía en East Sussex, Inglaterra, en 1962, le daría el marco para su siguiente novela, The Adaptable Man (El hombre adaptable) (1965). A pesar del cambio de escenografía y continente, la autora no resignó su voz neozelandesa, su perspectiva insular sobre el mundo. En esta novela presenta la complejidad de un crimen sin apelar a la intriga; un thriller dramático que pudo escribir gracias a la beca Fundación Literaria de Nueva Zelanda. Durante el proceso de escritura, en 1964, le diagnosticaron cáncer de pecho, del que se curó mediante dos cirugías.

Después de haber pasado por Europa, Aotearoa debe de haber parecido un lugar irreal: el cielo siempre amplio, los horizontes lejanos, la ininterrumpida sucesión de montañas, lagos, praderas, ríos, bosques, hasta llegar al mar. Quizás esa sensación esté mejor graficada en la película de Jane Campion, An Angel At My Table (1990), que en la propia autobiografía. Allí se ve a una Janet joven abriendo los brazos ante la espacialidad profunda y abismal de Otago, un gesto tan simple al tiempo que elocuente, con el que se logra expresar mucho de lo que significa la vida en Nueva Zelanda. La isla de Waiheke, situada no lejos de Auckland, es un buen ejemplo: remota, calma, exuberante. Allí, en una cabaña en la playa, Frame pasó buena parte del otoño y del invierno de 1964, mientras escribía A State of Siege (Un estado de sitio), que finalmente se publicaría en 1966. Culminada esa residencia, obtuvo la beca Burns Fellow de la Universidad de Otago en 1965, gracias a la que pudo dedicarse a su séptima novela, Rainbirds (Pájaros de lluvia), publicada en 1968 en Londres; la edición estadounidense lleva el título que prefería la escritora: Yellow Flowers in the Antipodean Room (Flores amarillas en el cuarto de las antípodas).

A partir de 1967 alternó estadías en su país con temporadas en el extranjero, en especial en Estados Unidos y el Reino Unido. En Nueva Zelanda se estaba dando un incipiente proceso de urbanización que, en comparación con el mundo donde la autora había crecido, era tan ruidoso como la más ajetreada ciudad europea. Por eso es que, a partir de la década de 1970, cada vez que Janet pasaba tiempo en su país, buscaba huir de las construcciones, del repiqueteo de la obra pública que es, hasta hoy, una de las principales industrias (aunque muy por detrás de la agrícola). Fue durante esa década que Frame escribió tres de sus grandes novelas, que tienen casi nula circulación en las letras neozelandesas (ni hablar de sus perdidas traducciones al español): Intensive Care (Cuidados intensivos) (1970), Daugther Buffalo (Hija búfalo) (1972), y Living in the Maniototo (Viviendo en Maniototo) (1979). Desde ese entonces, la chica tímida y pobre de la Aotearoa profunda se convirtió en la autora más premiada de su país: doctorados universitarios, distinciones al mejor libro del año, invitaciones a simposios. Tras la publicación de su enésima novela, la última que escribiría, The Carpathians (Los Cárpatos)  (1989), recibió la Orden de Nueva Zelanda, el mayor mérito literario al que se puede aspirar.

La burguesía y sus instituciones no solo la habían dejado en paz, sino que ahora la premiaban: la normalizaban. Janet sabía muy bien que, antes que esa cordura amañada, es mejor volverse loco. En vez de recibiendo premios o dando conferencias, resulta más justo recordarla como la describe Jane Campion en el prólogo a la última edición de An Angel at my Table: retirada (nunca sola) en el austero pueblito de Levin, en la isla norte, escribiendo y leyendo. Cada habitación de la casa estaba destinada a una de las obras en curso. Nada de vender sombreros, ni de casarse, ni de plancharse el pelo. Eso sí, quedaba el ruido. Sobre la mesa donde la autora había estado trabajando, Jane Campion describe unas orejeras: «“No aguanto ningún sonido —dijo—. Los ladrillos dobles no funcionan, creo que me voy a tener que mudar”» (p. 13). ¿Qué ruidos puede haber en un país rural además del balido de las ovejas, del rugido del viento? ¿Qué ruidos permanecían aún del lado de adentro de los oídos? Campion la visitaba con la misión de pedirle los derechos de la autobiografía para rodar la famosa película. Era el 24 de diciembre de 1982. La joven directora le preguntó si iba a hacer algo para Navidad. «“Sí, la voy a pasar con unas viejas amigas —respondió. Mientras caminábamos hacia la puerta del frente, continuó—: voy a pasar Navidad con la hermanas Brontë, Emily y Charlotte”» (p. 13). Apartada, pero nunca sola.

Mejor olvidarse de la leucemia que se la llevó en el 2004; preferible recordar que en el 2003, año en que le diagnosticaron la enfermedad, recibió el Premio del Primer Ministro al Logro Literario. Fue un galardón compartido con el poeta maorí Hone Tūwhare y con el historiador Michael King, quien escribió una biografía brillante de Janet bajo el título Wrestling With the Angel (Luchando con el ángel) (2000). Mejor terminar recordando que todo lo esencial de la más grande autora neozelandesa ya estaba condensado en la chiquita de pelo colorado que correteaba entre las vacas de Oamaru, la piba a la que le pusieron delante tres o cuatro modelos de vida normalizada y no le gustó ninguno; la que no quiso tener hijos, pero dejó una fundación que continúa el legado de escritura imaginativa de Aotearoa; mejor terminar, en suma, con la Janet más auténtica, la que nunca se acaba: la de sus poemas.

Poetas

Si los poetas mueren jóvenes
les legan dos tercios de su obra a los críticos
para que pasten y se engorden
en la hierba visionaria.

Si los poetas mueren a edad avanzada
viven sus propias vidas
escriben sus propios poemas
son su propio podría-haber-sido.

Los poetas que mueren jóvenes son cometas premiados.
Los críticos hacen fila con sus carretas vacías listas para acopiar.

Los viejos poetas vivos
permanecen fielmente camuflados en su propio cielo.
Se puede incluso olvidar que han estado brillando durante tanto tiempo.
El recordatorio llega cuando caen
extinguidos en la tierra.
El cielo está vacío, el sol y la luna se han marchado,
no hay suficientes faroles, glow-worms, luciérnagas para iluminar

y por un tiempo parece que no habrá más estrellas.


The Goose Bath (Random House, NZ, 2006).


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Pukeko

Pukeko, gallina de pantano
sin escolta
viste de azul marino
un pico de buzón
garras esport naranja oscuro.

Si una sombra penetra
desgarrará el oscuro,
oscuro y solitario pantano
con un broche de gritos.
¡Cri, cri!


Stories and Poems (Vintage, NZ, 2004)

Esto es un pukeko, ave de Nueva Zelanda.

Lluvia en el techo

Mi sobrino que duerme en el sótano
puso una chapa de hierro en su ventana
para recapturar el sonido de la lluvia en el techo.

Yo no le digo: El corazón tiene su propio consuelo para el dolor.
La chapa solo repara techos. Como indemne ante las exigencias
que el cambio y la diferencia nunca muestran, aún consigue
reparar los daños recreando el amado sonido de la lluvia
que cree haber conocido en la infancia temprana.

Tampoco le digo: En la vida errante de pérdidas
el hierro es una carga, que algún día deberá encontrar
dentro de él mismo en total oscuridad y silencio
el hierro que albergue no solo el perdido sonido de la lluvia
sino el sol, las voces de los muertos, y todo lo demás que se ha ido.


Stories and Poems (Vintage, NZ, 2004)


Se pueden encontrar más poemas de Janet Frame en la web de Poesía de Nueva Zelanda, traducidos por Rogelio Guedea.

2 comentarios en “Janet Frame. Parte 2: ser poeta o no ser nada

  1. Pingback: Janet Frame. Parte 1: Los peligros de no querer vender sombreros | Gambito de papel

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