Elogio al primer humanista de todos los tiempos

Por Mariano Martínez Elhelou

“Sin libertad de pensamiento, la libertad de expresión no sirve para nada”.
                     José Luis Sampedro

    De todos los personajes de ficción que poblaron mi infancia, pocos me resultan tan simpáticos como este. No recuerdo cuándo fue la primera vez que supe de su existencia. Pero sé que le tuve miedo. Mucho miedo. En algún depósito profundo de mi memoria, todavía yacen, aunque llenas de moho, aquellas anécdotas célebres y ecuménicas de sus andanzas (tan atractivas como encontrarse en sueños a una hiena hambrienta de varios días). Lo digo en serio: eran aquellas historias tan espantosas y repugnantes, que llegué a pensar que no me abandonarían ni con mi muerte.

    Escribir sobre este sujeto, no se hace sólo por mero placer. Es mucho más que eso: es un acto de justicia. Y lo que pretendo con mi pluma ahora es luchar por mejorar su reputación. Elevarla hasta el sitial donde se merece estar. Nuestra especie, el homo sapiens, la única que ha logrado transmitir sus ideas mediante la escritura, es la principal responsable de su desprestigio y su desdicha. Hasta un genio como Goethe contribuyó a denigrar su imagen en el Fausto. Cuentan que Richard Nixon y Carlos Menem alguna vez cenaron junto a él, pero yo dudo mucho de ese mito, porque ambos fueron demasiado estúpidos e ignorantes, indignos de tan noble figura.

    Ha tenido muchos nombres, como Shaytá, Iblís, Belcebú, Mefistófeles o Luzbel. El indio Patoruzú y todos los criollos de mis tierras le tatuaron ese nombre ridículo y payasesco que evoca a una lengua africana: Mandinga. Pocos tuvieron las agallas o la lucidez del anarquista Bakunín, que sin titubear ni un solo segundo, le llamó «el primer librepensador». A estas alturas, sabrá el lector de quién demonios estamos hablando: del Príncipe de las Tinieblas, más conocido como Lucifer o Satanás. ¡Del Diablo!

    ¿Por qué tanto ensañe con Satanás? ¿Cuál fue su crimen, si acaso tuvo uno?  En el mundo se lo identifica con la maldad. Sobre sus hombros descansa casi toda la culpa de nuestras hondas desdichas: desde Auschwitz a la Masacre de San Bartolomé, pasando por los crímenes del Petiso Orejudo y las estafas de Charles Keating (el amigo de la Madre Teresa), para culminar con el imberbe que abandonó a su novia preñada y el infeliz que robó una gallina porque se cagaba de hambre y terminó preso. Sin embargo, el estereotipo del «Diablo malo» no resiste el menor análisis para alguien que haya estudiado sistemas éticos. Convertir a Satanás en el símbolo de todo lo dañino, implicaría sostener que la maldad es objetiva, que su esencia es universal. Nada más lejos de la realidad. A esta altura de los tiempos, hemos finalmente descubierto que matar no siempre es algo condenable y malo (piénsese por ejemplo en la eutanasia). En este caos moral, el pobre Diablo terminaría con una profunda crisis existencial, al no poder saber con certeza si, en su afán de ser malo, está en realidad siendo bueno; y, desorientado como en el tango de Troilo y Castillo, andaría Satanás sin saber pa’ dónde carajo agarrar, sin saber si está luchando por causa propia o por causa ajena, ¡si pa’ Cuba o pa’ los yanquis, chico!

     ¿Qué fue lo tan condenable de Lucifer? ¿Querer destronar a Dios? ¿Esperaban acaso que fuera obediente y sumiso, que estuviera sentado y aburrido, y cantando coros celestiales ad eternum, como esos adolescentes que se masturban los domingos en las iglesias? Yo habría hecho lo mismo en su lugar. Estoy convencido de que las mentes sanas sólo son aquellas que buscan emanciparse de la autoridad. La rebelión es la respuesta que merecen quienes detentan el poder con excesivo celo. Y nadie más celoso que Dios o Yahvé.

    Se acusa a Satán de seducir a Eva para comer del fruto prohibido. La historia es archiconocida, gracias al ejército de catequistas que esterilizan los cerebros del mundo: luego de probar el delicioso manjar, la desdichada hembra convenció a Adán de seguirle los pasos en la degustación. Pobre Eva… ¡Tenía que ser una mujer quien cargara con la culpa del pecado original! ¡Y tenía que ser mujer, por supuesto, el primer ser de carne y hueso en pensar libremente! El pelotudo de Adán nunca se habría animado a comer del fruto ese. (¡Cobarde, imberbe, pánfilo, esclavo!). Sólo Eva tuvo la suficiente inteligencia y criterio como para dudar de la prohibición del Señor-Dueño-del-Paraíso. Se requirió, por supuesto, el impulso del Demonio, que le animó a hacerlo, a liberarse. ¡Quién sabe qué sería de nosotros sin su noble y valiente gesto!

    Podríamos decir sin vacilar que Satanás, además de ser el primer librepensador, es el primer humanista. Desde el momento en que nos sembró la duda, fuimos emancipados para siempre del Señor-Gran-Hermano. Sin él jamás habríamos tenido a Bertrand Russell ni a Thomas Paine ni a Newton ni a Emile Zola. Quien se meta con el Diablo se está metiendo con estas mentes hermosas y éticamente justas. Gracias a él conocemos la ciencia, herramienta indispensable para descubrir la belleza que abraza escondida al universo. ¡Deberíamos llamarle Príncipe de la Humanidad y no de las Tinieblas! ¡Es lo menos que podemos hacer!

    La historia de Adán y Eva es sólo uno de los tantos ejemplos que muestran la obsesión de un personaje ficticio ─Dios─ por mantenernos sumisos y sin criterio propio. Recordemos cuando Dios le pide a Abraham que mate a su hijo Isaac para «probar su amor», y el insípido profeta se aprestó a obedecerle, en vez de mandarlo a cagar, como sugirió el humanista contemporáneo Christopher Hitchens. En el noveno mandamiento del catecismo católico  se ordena «no consentir los pensamientos y deseos impuros». Para Dios, evidentemente, el pensamiento es un crimen. (No queda claro qué es lo impuro. Tal vez una potente erección ante la presencia de una señorita atractiva). El mismo Jesús, cuando afirma ser «el camino, y la verdad, y la vida», no parece manifestar mucho afecto por la disidencia, por otras visiones del intelecto. De tal palo, tal astilla.

    Regresemos a Eva y Adán y Satán. A menudo me pregunto si había algo de especial en aquel fruto prohibido por el Creador. Suele decirse que toda la anécdota es una alegoría. Y es posible: tal vez es la mejor metáfora que encontraron los judíos para decir que Eva le pidió a Adán que le echara un buen polvo, que le humedeciera el clítoris, que le eyaculara en la boca, qué sé yo. (Aunque suena extraño que al Dios del multiverso le importe tanto el sexo de dos individuos piojosos). Lo único seguro de la leyenda, lo único que surge límpido como el agua, es que Satanás intentó sembrar la duda en estos dos infelices, y que lo logró con Eva. Ahí está el temita, el quid de la cuestión: la duda. La temible duda. Porque es la duda lo que lleva al conocimiento. Y es el conocimiento lo que mata a Dios. Y a quien hable en su puto nombre.

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Publicado en Gambito de papel N°3, en abril de 2015

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