Exul Poeta: Karl Wolfskehl, el alemán de Nueva Zelanda

           Por Jerónimo Corregido

Comencé a escribir este artículo hace más de un mes, pero su avance me presentó algunas dificultades. En tanto iba escribiendo, percibía un sesgo del que me quería deshacer: todo lo que contaba sobre Karl Wolfskehl tenía que ver con su vida en Nueva Zelanda. Me parecía una falta enorme a la verdad y una distorsión de su figura. Este poeta alemán llegó a las islas a los 69 años, obligado a exiliarse de Europa por su condición de judío, y durante los diez años que vivió acá no hizo otra cosa que quejarse de lo mucho que se aburría, de cuánto extrañaba la dinámica vida intelectual y social de Munich, de lo poco comprendido que se sentía en una sociedad sumamente llana. A poco de haber llegado, escribió en una carta: «(…) el clima no causa problemas, aunque, por otra parte, tampoco es muy estimulante. Lo mismo se aplica a las criaturas que nos rodean»[1].

Su vida en Europa había sido un constante desfile de artistas e intelectuales, una procesión de fiestas y exhibiciones. Entre sus amigos más cercanos estaban el ilustrador Alfred Kubin, también conocido por su novela prekafkiana La otra página; el escritor Gustav Meyrink, a quien en Argentina conocemos por El Golem; Paul Klee, Thomas Mann, Rainer Maria Rilke, Hugo von Hofmmannsthal, Wassily Kandinsky y un largo etcétera. Sin embargo, la figura más importante para Wolfskehl era Stefan George.

Entonces, ¿cómo reducir a este poeta a sus diez años en Nueva Zelanda? Mi sesgo venía de las lecturas que estaba consumiendo: todos libros en inglés sobre Wolfskehl, todos publicados en estas islas australes. Entonces borré todo lo que había escrito y comencé a centrarme en sus años en Schwabing, el barrio de los artistas de Munich. Consulté páginas de internet y bibliotecas, molesté a personas por correo electrónico, pero los resultados del texto parecían empeorar. En las palabras había una decidida falta de honestidad, como si estuviera copiando y pegando lo que me referían otros, o como si estuviera inventando la vida de un poeta a quien no había leído.

Es que Karl Wolfskehl llegó a mí precisamente porque estoy en Nueva Zelanda. Ese es nuestro punto de contacto y el motivo por el cual pude acceder a su obra e interesarme en su vida. Sacar a Nueva Zelanda del foco sería una traición. Por mucho que Wolfskehl se haya quejado de la indiferencia por el arte que gobierna estas islas —por mucho que yo mismo me queje—, aquí se hizo amigos, y leyó textos reveladores, y escribió algunos de sus mejores poemas, y, lo que es más importante, hasta el día de hoy sigue encontrando un público.

Puede causar desconcierto que un autor que llegó a Nueva Zelanda casi a los 70 años sea considerado «literatura neozelandesa»; especialmente cuando se trata de un poeta que escribió toda su obra en alemán, aun más cuando uno de sus libros más emblemáticos se llama A los alemanes. La situación se vuelve más borrosa cuando uno se entera de que en Nueva Zelanda las autoridades lo consideraban «extranjero enemigo». Así y todo, no puede dudarse de que la audiencia, por pequeña que sea, le acabó por dar el lugar que se merece, y que su influencia en el campo literario local es ineludible. Por mi parte, no me hubiera adentrado en la obra de Wolfskehl de no haber sido por ver su nombre listado en los cánones neozelandeses.

Así pues, la siguiente introducción a la obra de Karl Wolfskehl intentará sentar las bases para problematizar su lugar en el canon de la literatura de Nueva Zelanda. Quizás quien la lea este texto pueda percibir el sopor de los pueblos de la isla norte, o el viento del Pacífico Sur, o los colores de la flor del rata en verano.

El poeta en su capullo

Karl Wolfskehl es una de las figuras intelectuales y artísticas más importantes de su generación. Sus opiniones sobre poesía y pintura fueron valoradas por los más grandes creadores de su tiempo. Nelson Wattie, el editor de sus cartas, lo describe como un bon vivant[2]: una persona rebosante de vitalidad y entusiasmo, con buen gusto para leer y escribir, pero también para comer y beber y salir de fiesta.

Según su biógrafo, Friedrich Voit, la vida de Wolfskehl podría dividirse en cuatro etapas bien marcadas[3]: su infancia y su educación, desde 1869 hasta 1893; su vínculo estrecho con Stefan George y el Círculo Cósmico, hasta el comienzo de la Primera Guerra Mundial; el período en el que debió ganarse la vida como periodista, desde 1919 hasta 1933; y su exilio final, desde 1933 hasta 1948. Esta es la vida de un poeta multifacético, prolífico, bibliófilo y apasionado; una vida marcada por la alegría y el compañerismo, pero también por el extrañamiento y el desarraigo.

Sobre la primera etapa no diré demasiado. Su familia se jactaba de haber habitado la región de Darmstadt durante mil años: Wolfskehl mismo estaba seguro de que descendía directamente de la dinastía de Kalonymos, «a quien Carlomagno en persona condujo a Mainz desde Lucca en la Toscana»[4], una casta con reputación de artistas y pensadores. Lo cierto es que la familia Wolfskehl puede ser rastreada hasta 1718, cuando Isaak Abraham Jacob llegó a Darmstadt. Jacob tenía una relación con la familia Callmann de Mainz, pero la conexión de esta rama con Kalonymos es algo imprecisa. De todas maneras, a Wolfskehl le gustaba el peso simbólico de su ascendencia, sobre todo a la luz de su ulterior exilio.

Desde su niñez recibió una educación estricta y exhaustiva, en la que no faltaban las lenguas clásicas, las artes pictóricas y la música. Su familia estaba muy involucrada en la vida cultural de la ciudad; su padre era violinista y tenía una de las bibliotecas más ricas de la región. El primer hogar del poeta funcionaba como una suerte de centro cultural: cada día entraban y salían diferentes artistas y personajes destacados; se comía y se bebía hasta tarde, y siempre había alguien dispuesto a hacer música en vivo. Con algunos de sus amigos de Darmstadt siguió en contacto toda su vida, como es el caso del abogado y coleccionista de arte Siegfried Guggenheim[5].

En la casa paterna el judaísmo no se vivía como una tradición estática, sino como una praxis natural y cotidiana. Wolfskehl tuvo acceso al estudio de los textos sagrados desde muy joven; su interés y su compromiso con la religión no se agotaron jamás, ni flaquearon cuando el antisemitismo se volvió la doctrina oficial del Estado. Las imágenes del judaísmo proliferan en su obra de manera explícita, en especial la figura de Job, que cobraría una especial importancia en sus años de exilio.

La educación universitaria de Wolfskehl fue en Giessen, donde se doctoró en 1893. No obstante, el hecho más importante en su formación poética se dio un año antes: el encuentro con Stefan George.

El Círculo Cósmico o la Alemania Secreta

En el mundo germánico de principios del siglo XX había tres poetas emblemáticos: Rainer Maria Rilke, Hugo von Hofmannsthal y Stefan George. Representaron tres improntas estéticas muy personales y diferenciadas, aunque tuvieron muchos puntos de contacto. Wolfskehl tuvo vínculo con todos ellos de manera cercana. Conoció a von Hofmannsthal cuando ambos eran muy jóvenes en un viaje a Austria, y enseguida descubrió a un auténtico compañero de camino por la poesía. Compartieron publicaciones bajo los mismos sellos editores, y también colaboraron en la revista literaria dirigida por Stefan George, Blätter für die Kunst (Hojas para el arte). Rilke y Wolfskehl fueron vecinos en el barrio de Schwabing, Munich, y pasaron juntos más de una noche de juerga. En una carta a Siegfried Guggenheim de 1946 enviada desde Nueva Zelanda, se lee: «En lo que se refiere a Rilke, mantuve una amistad razonablemente estrecha con él hasta 1919 y a menudo discutíamos cuestiones de principio, pero no creo que alguna vez nos hayamos comprendido verdaderamente»[6].

Stefan George era un año mayor que Wolfskehl, y tan distinto a él como cabe imaginar: lánguido, apolíneo, reservado, homosexual. Habían ido a la misma escuela, aunque no coincidieron a menudo, y solo se conocieron bien varios años más tarde. Recién en 1892 fue que Wolfskehl recibió de su amigo Georg Edward dos volúmenes de versos de Stefan George; el impacto fue inmediato, y el entonces joven poeta adscribió con fervor a la estética propuesta. Un año después, en octubre de 1893, finalmente George y Wolfskehl se encontraron para fundar una escuela literaria que tendría un eco imperecedero en Alemania.

George estaba bajo la influencia del simbolismo francés: Charles Baudelaire, Paul Verlaine, Stéphane Mallarmé. A su alrededor se congregaba un grupo de artistas que se daba el nombre de Geheimes Deutschland (Alemania Secreta), en referencia a su distancia con la política oficial de Weimar; también eran llamados «Círculo Cósmico», posiblemente a raíz de la naturaleza esotérica, profética y a menudo disparatada de las obras de algunos de sus integrantes. En contraposición a la vitalidad característica de Wolfskehl, George vivía bastante recluido y no era demasiado locuaz. Mantuvo su homosexualidad tan en secreto como pudo, conforme con los estándares de la época. Su círculo más cercano siempre incluyó hombres más jóvenes que él, quienes lo idolatraban incondicionalmente.

A pesar de sus muchas diferencias de carácter, Wolfskehl siempre admiró a George, a quien le dio el título de «meister», en resonancia con los grupos literarios cercanos a Mallarmé en Francia. Incluso luego de la muerte de George, Wolfskehl siguió con atención el devenir de su obra: las reediciones europeas, las traducciones al inglés que aparecían en Estados Unidos. Según sus observaciones, le parecía que la obra del «maestro» no tenía la misma repercusión internacional que la de Rilke o la de Thomas Mann.

En el Círculo Cósmico participaban numerosos poetas, académicos y artistas varios; algunos de los más recordados son Ludwig Klages, Albert Verwey y los hermanos Alexander y Berthold Stauffenberg, quienes intentarían asesinar a Hitler en 1944. Las reuniones del grupo giraban en torno a la palabra del «maestro»: Stefan George era el líder indiscutido y sus opiniones se aceptaban como principios estéticos.

La vida cultural de Munich antes de la Primer Guerra Mundial era colorida, dinámica y plural. Schwabing era el barrio donde se reunían los artistas: una zona ajetreada, llena de cafés y restaurantes, comparable a Viena por su cantidad y calidad de talentos. A diferencia de Berlín, de naturaleza protestante, el sur de Alemania estaba marcado por la ética católica, lo cual hacía que su producción cultural fuera algo más tradicional que la de la capital del norte. De hecho, muchos de los estudios de Wolfskehl y George tuvieron que ver con la recuperación de la tradición poética alemana. Este trabajo vio su fruto en la publicación de los tres volúmenes de Deutsche Dichtung (Poesía alemana), una selección personalísima que los dos amigos editaron entre 1900 y 1902.

Wolfskehl sorprendía a sus amigos con su ingenio, su excelente sentido del humor y su memoria encomiable. Según Georg Edward —el mismo que le hizo llegar los primeros volúmenes de Stefan George—, Wolfskehl no precisaba más que una lectura para aprenderse un poema palabra por palabra. Esta habilidad compensaba sus problemas de visión, que ya desde su juventud se empezaban a agudizar. Su primer libro de poemas, Ulais (1897) recibió los elogios de los círculos literarios germánicos de la época. George le hizo llegar un ejemplar al propio Mallarmé, quien a su vez envió sus saludos al «admirable poëte d’Ulais»[7].

En esos tiempos previos a la Primera Guerra, Wolfskehl también empezaba a interiorizarse con el sionismo, en especial a través de su amigo Abraham Yahuda, con quien mantuvo una voluminosa correspondencia toda su vida y a quien consideraba un santo. La tradición del pueblo judío iba cobrando importancia en el pensamiento y en la obra del autor; tanto fue así, que participó del Primer Congreso Sionista en Austria en 1903. Este fue el comienzo del distanciamiento con el Círculo Cósmico.

Por esos tiempos, la traducción era una de las tareas centrales en su vida. Su doctorado en Giessen había tratado sobre las antiguas mitologías germánicas, lo cual sentó las bases para Älteste Deutsche Dichtungen (Las más tempranas poesías germánicas), una publicación que realizó junto con el historiador Friedrich von der Leyen en 1909. Allí tradujo un gran caudal de textos del alemán antiguo y del alto alemán medio. La edición fue bilingüe y tuvo una excelente acogida. Hasta el día de hoy es una fuente valiosa de consulta para los estudiosos de la lengua.

Wolfskehl se casó con Hanna de Haan en 1898, con quien tuvo dos hijas. Sin embargo, mantuvo numerosas amantes en Munich y también en otros países, pues a menudo viajaba solo o con amigos. Su esposa estaba parcialmente al tanto de estas relaciones y parecía aceptarlas —o tolerarlas—. En su casa de Munich, había una habitación extra reservada exclusivamente para Stefan George, quien los visitaba a menudo.

Estos son los tonos generales de la vida de Karl Wolfskehl antes de la Primera Guerra, durante el período que quizás haya sido el más activo e interesante de su vida. Su personalidad extrovertida y sus conocimientos profundos le valieron el imperecedero apodo de «Zeus de Schwabing».

Cuando el poeta tiene que trabajar

Hasta la Primera Guerra Mundial, Wolfskehl había vivido cómodamente de la renta de su familia, cuyos antepasados habían sido banqueros y empresarios. Sin embargo, los cambios en el país a partir de 1918 hicieron que los Wolfskehl perdieran gran parte de su capital, y el poeta se mudó con su familia a Kiechlinsbergen, una región más apartada. Hanna y las dos hijas permanecieron ahí, pero Karl, acostumbrado a los hábitos de la ciudad, volvió a Munich, donde continuó frecuentando los círculos literarios y los bares. Desde entonces debió ganarse la vida escribiendo para diarios y revistas, y haciendo traducciones.

Estos cambios generaron un distanciamiento con Stefan George, quien ya no tenía una habitación asignada en la casa de Wolfskehl. George comenzó a rodearse de seguidores aun más jóvenes y perdió algo de contacto con su amigo. También fue crítico de su nueva —y obligada— profesión, pues creía que los trabajos en prosa era de una índole inferior a la poesía, y que el auténtico poeta no debía relegarse a esos menesteres.

La opinión de George, empero, cambió en 1930 con la publicación de Bild und Gesetz (Imagen y Ley), un libro de ensayos en dos partes que compendiaba el trabajo de Wolfskehl en los últimos diez años. Bild presenta diecisiete semblanzas de poetas alemanes, comenzando con George; Gesetz incluye textos críticos y sobre la historia del arte alemán. Otra publicación importante de este período es Das Buch von Wein (El libro del vino), coeditada con Curt Sigmar Gutkind en 1927. Se trata de un compendio de la literatura del vino de todos los tiempos y lugares. Este libro fue uno de los más queridos por el autor; años más tarde, ya anciano, olvidado en el ostracismo de la Última Thule austral, se llevaría una alegría al enterarse, por medio de una carta, de que una joven pareja había estado preguntando por ese título en una librería de Basel, Suiza. Das Buch von Wein es la auténtica muestra de un hombre comprometido con la literatura y el arte, pero también con las ganas de vivir.

La situación política en Alemania se estaba poniendo muy hostil para los judíos. Algunos de los cargos que Wolfskehl tenía en diarios y entidades culturales comenzaban a peligrar. El hecho más significativo, como todo en la vida de este poeta, está marcado por un fuerte simbolismo: las noticias de que los nazis habían incendiado el Parlamento alemán lo encontraron festejando el carnaval con amigos en febrero de 1933. A la mañana siguiente, sintiendo la inminencia de la fatalidad, se exilió en Suiza; Hanna y las dos hijas quedaron en Kiechlinsbergen. Wolfskehl, casi ciego y con 63 años, esperaba volver a Alemania en cuestión de meses. El hado tenía otros planes para el poeta, quien nunca regresaría a su país, pero desde el exilio habría de publicar sus obras más significativas.

El primer exilio: Suiza e Italia

En Suiza recibió la noticia de que la dirección del periódico para el que trabajaba, Der Rotarier, lo había echado sin explicaciones. Las instituciones culturales alemanas se purgaban de la influencia judía, y el poeta absorbía toda esa oscuridad para darle forma de verso. En sus notas y en su mente se gestaba la que sería su primera obra de importancia: Die Stimme spricht (La voz habla), publicada en 1934.

Die Stimme es una colección de poemas en la que el pueblo judío dialoga con una Voz superior. Los textos están imbricados en la tradición religiosa del autor: involucran conceptos tradicionales como la Shejiná —la luminosidad de Dios— o rituales como el Séder de Pésaj. Es evidente que Wolfskehl no retrocedía ante el embate del nazismo; por el contrario, sus fundamentos lo impulsaban hacia delante y le daban un marco a su poética. Die Stimme fue considerada una obra valiente por ser publicada en aquel contexto. Fue recibida con entusiasmo en Suiza, Israel y hasta en Estados Unidos, pero casi no tuvo lectores en Alemania fuera de la comunidad judía.

Uno de los poemas más significativos y memorables es «Señor, no me dejes caer», donde se vislumbra tanto el estado individual del poeta en ese momento como la condición del pueblo judío en Europa. El yo lírico duda de su verdadera posición en el mundo: ¿toda esta catástrofe está causada por los propios judíos? ¿Se han alejado de la senda marcada? El yo lírico pide indicaciones sobre el rumbo a seguir en un mundo completamente despojado de sentido. El poema fluye con una sonoridad magistral. Wolfskehl utilizó estrofas irregulares cuyo primer verso no rimaba con ningún otro, pero el resto de las rimas eran regulares y estridentes. Esto estaba acompañado de una aliteración eufónica y un vocabulario lleno de simbología. Luego de «Señor, no me dejes caer», la Voz responde y promete que nunca permitirá que pueblo judío desaparezca.

La publicación de Die Stimme spricht encontró al autor en un momento sumamente difícil. Era el comienzo de su exilio, y Stefan George había muerto el año anterior. Wolfskehl, a pesar de estar físicamente acompañado, se sentía solo y decaído. La ceguera le impedía leer o escribir sin la ayuda de un amanuense; la falta de un asistente de tiempo completo lo sumía en letargos de improductividad. Los antiguos amigos del Círculo Cósmico no respondían sus cartas y reaccionaron con cierta indiferencia a la publicación del poemario.

Die Stimme spricht sentaría las bases para la composición que comenzaba a gestarse en 1935, y que maduraría dentro de Wolfskehl durante más de diez años: An die Deutschen (A los alemanes), en el que resonaba el título del famoso texto de Hölderlin. Este proceso le sirvió para replantearse su pertenencia a Alemania, el país que lo expulsaba y lo desarraigaba. Además, An die Deutschen representó la maduración de sus capacidades poéticas.

A fines de 1934 se dio otro de los sucesos más importantes en la vida de Wolfskehl. Para evitar el clima hostil de Suiza, decidió ir a Italia a pasar el invierno. Se hospedó en Florencia, donde tenía varios amigos, y comenzó a buscar un nuevo amanuense para continuar trabajando. Entonces su amigo Melchior Lechter le refirió a Margot Ruben, una joven alemana de origen judío que también estaba exiliada en Florencia. Ruben se había doctorado en economía en la Universidad de Basel, pero no tenía futuro en Suiza ni en Alemania. Era una persona instruida, sensible y talentosa: estaba familiarizada con la obra de Stefan George y su círculo, conocía la historia de la filosofía alemana y sabía apreciar las artes pictóricas. Apenas tuvo su primer encuentro con Wolfskehl, cuarenta años mayor que ella, escribió en su diario:

Karl, debés entender el poder que tenés sobre mí y te pido que no abuses de él. ¿De dónde saco la idea de que estás inexorablemente en mi camino y que no puedo (no debo) evitar tu encuentro? Tengo que recorrer con vos el sendero de las pasiones. (…) Con total confianza me apoyo sobre tus hombros, sabiendo que solo de vos puedo recibir la protección contra toda esta violencia. Pusiste un brazo alrededor de mi cuello y así nos lanzamos a la dolorosa belleza de la vida[8].

Desde que se conocieron fueron amantes; para los amigos no había ningún secreto, pero para el resto del mundo Wolfskehl seguía casado con Hanna, y Margot Ruben era apenas su asistente. Lo cierto es que a partir de aquel invierno en Florencia comenzaron algunos de los años más intensos de la vida del poeta. Lo que sucedía en Alemania lo llenaba de preocupación, pero en Italia estaba rodeado de amigos, y el vínculo con Margot le infundía inspiración y vitalidad. Sin embargo, luego de que el «César-simio romano»[9] visitara Munich y Berlín, la política italiana tomó un giro brutal y la vida se hizo muy dura para los judíos. Los medios de comunicación cobraron una impronta decididamente antisemita, lo cual influyó en la opinión pública. Una vez más, el poeta tenía que ponerse en marcha, y el nombre de Nueva Zelanda comenzaba a sonar con fuerza. Junto con su regalo de Navidad a Margot en 1937, Wolfskehl le escribió:

Noch grünt ein Land in Gott und ungefreit.

Vom Wüstel-Teufel brauner Affenzeit,

Letzt über See, südnha, geheimst, ein Nord:

Reislein gedeihn dort neu. Glaubs! Auf an Bord!

Todavía florece en Dios un sitio

fuera del desierto del tiempo simio;

tras los océanos, un norte austral:

florecerán los brotes. ¡A zarpar!

Karl y Margot en Florencia.

A través de una de sus sobrinas, Wolfskehl había entrado en contacto con algunos alemanes que habían emigrado a Nueva Zelanda. La idea de abandonar Europa y dirigirse a la Última Thule austral, como la llamaba él, le parecía cautivadora y llena de simbología. Tal vez el proyecto resultara menos tentador para Margot, mucho más joven y con menos voluntad de aislarse en un confín del mundo. El poema anterior parece haber tenido la finalidad de convencerla de lanzarse a la aventura.

La idea maduró en la mente de ambos y finalmente se decidieron a partir en 1938. Un año antes, empero, se daría un hecho fundamental en la carrera del poeta: la publicación de An die Deutschen, a la que el autor le dio el nombre de «la canción de mi vida» por su carga autobiográfica. Este poema sigue la línea de Die Stimme spricht, pero tiene más unidad, además de una relevancia histórica incunable. En sus versos, el yo lírico evalúa su condición de alemán: cuáles eran los puntos de contacto con el espíritu nacional, de qué manera la impronta germánica constituía al sujeto y viceversa, hasta que se da la ruptura total, representada por «Der Abgesang» («La coda»). Allí el yo lírico se aparta del camino de su nación: «Dein Weg ist nicht mehr der meine» («Vuestro camino ya no es más el mío»). An die Deutschen despliega un arsenal de imágenes complejas y llenas de vida sobre las costumbres y la historia alemana. Su rasgo más evidente es la musicalidad, dada por la aliteración y las rimas, pero también por un uso de la prosodia que excede los estándares de la métrica pura. La primera parte del poema es una de las más ilustrativas y ricas:

Euer Wandel war der meine.

Eins mit euch auf Hieb und Stich.

Unverbrüchlich was uns eine,

Eins das Grosse, eins das Kleine:

Ich war Deutsch und ich war Ich.

Deutscher Gau hat mich geboren,

Deutsches Brot speiste mich gar,

Deutschen Rheines Reben goren

Mir im Blut ein Tausendjahr.

Stürzebach und Stürme rauschten,

Um mich unsrer Wälder Grund,

Frauen schauten, Knaben lauschten

Auf mein Schreiten, meinen Mund.

Zu mir traten eure Besten,

Zu mir, den die Flamme heisst –

Ob im Osten, ob im Westen:

Wo ich bin ist Deutscher Geist.

Una primera traducción del poema se apoya en los parámetros que defendía Wolfskehl: no prestarle tanta atención al metro y a la rima sino al sentido. La primera versión al español de estas estrofas guarda cierta regularidad métrica, pero desatiende por completo la aliteración y la rima con el fin de transmitir lo más cercanamente posible el contenido original:

Vuestro camino también era el mío.

Unido con vosotros llueva o truene.

Inquebrantable lo que nos compone,

en lo grande y en lo pequeño unidos.

Yo era alemán y también era yo.

Las tierras alemanas me parieron,

el pan de Alemania me dio el sustento,

las vides del río Rin fermentaron

en esta sangre mía por mil años.

Torrentes y tormentas resonaban,

en torno a nuestros bosques, las mujeres

observaban y los niños oían

cuando yo caminaba y les hablaba.

Yo recibí lo mejor de vosotros

Yo, que soy el comandante de la Llama[10]:

ya sea en el Oriente o en Occidente,

conmigo está el espíritu alemán.

Desoyendo las recomendaciones de Wolfskehl, empero, se puede intentar una traducción que priorice los sonidos por sobre la información. Sigo en este caso el ejemplo de Celia y Louis Zukofsky en su traducción de Catulo[11], e intento transmitir la sonoridad de los significantes antes que los dictámenes del significado:

Soy del bando de tu baile,

ay mi Dios si fui por ti.

Una misma voz al aire,

aire grueso, aire nadie:

les va el yo, no les va el mí.

Soy de acá que acá me tomen.

Doy que me brotaste pan,

hoy que al río Rin no roben,

mira sin luz tan sin mal.

Estoy de más, que me aplasten

un millón de pies según

frases que alten, salten, canten

a mi estante, baile azul.

Su vil maltrato oigo, peste

sumía en la Flama ras:

o en el norte o en el este,

voy sin fin a estar de más.

Unas semanas antes de partir a Nueva Zelanda, Wolfskehl le agregó un epígrafe de Stefan George a la coda del poema: «Nur aus dem fernsten her kommt die erneuung» («Solo de lo más lejano viene la renovación»). El 20 de mayo de 1938, Karl y Margot abordaron el Strathnaver que los llevaría hasta el Pacífico sur.

El poeta en la Última Thule meridional

Wolfskehl le atribuía una carga simbólica a su viaje a Nueva Zelanda. Era la puesta en marcha de un mecanismo de eyección que lo separaba definitivamente de Alemania. Aun cuando en su mente estuviera la idea del retorno, era necesario llegar hasta el último rincón del mapa para completar el recorrido de la órbita.

El Strathnaver partió de Marsella, navegó hacia Egipto y cruzó el canal de Suez, bajó hasta India y Sri Lanka, y continuó hasta Perth, en la costa oeste de Australia. El viaje terminaría en la costa opuesta, en Sidney. Una de las pasajeras del barco, la filósofa Greta Hort, dejó una observación elocuente sobre Wolfskehl y Ruben:

Todos los días [el hombre grande] parecía estarle dictando a la chica delgada. Pero no era solo dictado, pues a pesar de una increíble fluidez, solía haber pausas repentinas, la chica hacía una pregunta, discutían un rato… El dictado nunca tenía la forma de un monólogo, siempre terminaba como un diálogo. Seguía más dictado, más discusión, y entonces la hoja era entregada, los anteojos se acomodaban sobre la nariz, y el hombre grande se ponía a leer lo que había dictado del modo en el que lo hacen las personas con muy poca vista, casi ciegos, desde el rabillo del ojo[12].

Esta nota parece revelar la gran intimidad intelectual que compartían Wolfskehl y Ruben. A partir de ese momento, sería difícil separar la obra de uno del otro. Margot tenía la capacidad y el intelecto para desafiar las ideas de su compañero, y a la vez de enriquecerlas. Vale la pena preguntarse qué hubiera sucedido si Ruben hubiese seguido su propia carrera literaria en vez de tener sus capacidades supeditadas a las de Wolfskehl.

Para los pasajeros del Strathnaver, y también para la mayoría de la gente que conocerían de ahora en adelante, Wolfskehl y Ruben eran tío y sobrina. Esta impostura haría que su relación de pareja comenzara a complicarse. Al analizar estas circunstancias con las lentes del siglo XXI, cabe plantear la cuestión de la asimetría de poder en este tipo de vínculos, en los que una de las personas es mucho mayor y tiene mucha más autoridad; en particular en este caso, cuando Margot era incluso la amanuense de Karl.

Pasaron algunos días en Sidney; los suficientes para conocer la obra de Christopher Brennan, quien ya había fallecido y era renombrado por su voz singular, en la que resonaban los ecos de Mallarmé y Stefan George. Wolfskehl lo elogió numerosas veces en cartas, al tiempo que les recomendaba su lectura a sus amigos. Sidney también le suscitó una buena impresión: ya por aquel entonces comenzaba a insinuarse como una capital cultural vibrante. Quizás esto lo llevó a hacerse falsas expectativas sobre Nueva Zelanda; cualesquiera fueran las ideas que se había creado, se disiparon apenas el barco Awatea lo depositó en Auckland.

Nueva Zelanda se presentaba como un territorio hostil y aburrido. En primer lugar, es significativo mencionar un problema que desde siempre tienen los extranjeros en este país: las visas. Wolfskehl y Ruben no viajaban como refugiados, sino como visitantes, y en el país eran considerados «extranjeros enemigos», pues su nacionalidad era alemana. También es bastante descriptiva la imagen que Wolfskehl pinta de los judíos de las islas: conservadores, desinformados, supersticiosos y ladinos. No recibieron a Wolfskehl como un miembro de su comunidad, sino que su apariencia de gigante y su mal inglés les causaron miedo y rechazo.

La recepción por parte de los neozelandeses tampoco fue muy buena. Aquí debo hacer una aclaración. Cuando hablo de neozelandeses me refiero a la comunidad blanca, que representa la gran mayoría, a la que se conoce con el gentilicio de «kiwi», aunque su designación correcta es «pākehā». Dentro de la categoría de «neozelandeses», empero, también entrarían los maoríes y otras comunidades no-pākehā, pero en el caso de la biografía y la obra de Wolfskehl esto no tiene ninguna incidencia. En ese tiempo, los maoríes eran una comunidad mayormente rural, y bien pueden haber sido casi invisibles —literalmente— para el autor. Así pues, al referirme a los «neozelandeses» en realidad hago referencia a los «pākehā», los blancos.

Pues bien, esta gente conformaba una sociedad con valores casi victorianos, donde se manejaba muy poca información y las actividades culturales eran una rareza. Además, la opinión pública estaba muy en contra de los alemanes y de cualquier cosa que pareciera germánica, por lo que Wolfskehl y Ruben tuvieron algunos problemas haciéndose entender y congeniando con los locales. La sociedad neozelandesa estaba marcada por la xenofobia, en especial contra los chinos[13], y por un incipiente nacionalismo que se había gestado durante la Primera Guerra Mundial, y que se acrecentaría en el futuro a través de la mitificación de la Batalla de Gallipoli. Este contexto fue el propicio para el surgimiento de un poema que profundizaba en la experiencia de no ser reconocido como poeta por los demás. Fue el primero de la serie que, años más tarde, se llamaría Hiob oder die Vier Spiegel (Job o los cuatro espejos).

Alice Strauss, Wolfskehl y Margo Ruben en Auckland.

Otro de los problemas que afrontaron en Nueva Zelanda tuvo que ver con la economía. Wolfskehl contaba con una pensión que le llegaba como parte de pago por la venta de sus biblioteca, pero no era suficiente. Pronto Margot debió comenzar a dictar clases de idiomas para poder cubrir los gastos básicos. Además, al estar clasificados como «extranjeros enemigos», toda su correspondencia y sus finanzas eran revisadas.

Uno de los puntos de inflexión en la vida de Wolfskehl y Ruben en Nueva Zelanda fue su único viaje a la isla sur. Hoy parece extraordinario que una pareja que vivió durante diez años en este país de geografía tan generosa haya salido de viaje una sola vez, pero en ese momento las distancias eran mucho más difíciles de recorrer, y Karl no estaba en edad de afrontar muchas complicaciones prácticas. En la isla sur tenían dos parejas de amigos: los Steinhofs en Dunedin y los Binswanger en Christchurch. La primera es una ciudad universitaria en la costa este, bien al sur. Wolfskehl se alegró de estar rodeado de gente familiarizada con el ambiente académico, y pasó un mes memorable con los Steinhofs.

Aun más significativa fue la visita a los Binswanger. Christchurch ya era, para ese entonces, una ciudad más grande que Dunedin, y en ese momento puntual se estaba gestando el mayor movimiento literario de la historia del país: Caxton Press. Esta era una editorial liderada por el poeta Denis Glover, en la que intervenían muchas de las grandes voces de la literatura neozelandesa: R. A. K. Mason, Allen Curnow, Rex Fairburn, y más adelante la brillante Janet Frame. Wolfskehl notó la autenticidad de la búsqueda estética de este grupo, y le escribió a su amigo Ernst Gundolf sobre los «serios y exitosos esfuerzos que están haciendo para ser originales o siquiera independientes en su forma»[14]. Los poetas de Caxton estaban a la busca de desarrollar una voz propia para la literatura de Nueva Zelanda, ajena a las estructuras hegemónicas que venían de Europa. Los jóvenes del grupo consideraban que, hasta ahora, la producción literaria del país había sido una réplica de la tradición inglesa.

Wolfskehl apreció enseguida el genio poético de R. A. K. Mason, catalogado popularmente como el «primer poeta auténtico de Nueva Zelanda». También vio virtud en las obras de Glover y de Fairburn; este último le dedicó su libro Poems 1929-1941. Este dato muestra la impresión que causó el extranjero en el círculo de escritores. El caudal de cultura que traía Wolfskehl era una fuente de la que todos querían beber. Era una muestra viva de la tradición que los jóvenes neozelandeses respetaban y que, al mismo tiempo, querían superar: un amigo directo de Thomas Mann, Rainer Maria Rilke, Franz Kafka.

En Christchurch, Wolfskehl también conoció a un allegado de los Binswanger, un alemán de veinte años llamado Peter Munz, quien en ese entonces estudiaba filosofía en la Universidad de Canterbury. Quiso el destino que su profesor en ese momento fuera nada menos que Karl Popper, el epistemólogo austríaco. Popper tuvo poca repercusión en Nueva Zelanda y volvió a Europa cuando tuvo la oportunidad. Durante sus años en Christchurch escribió el famoso libro La sociedad abierta y sus enemigos. No llegó a encontrarse personalmente con Wolfskehl; a Popper nunca le interesó mucho la poesía.

A través de los poetas de Christchurch, Wolfskehl entró en contacto con Frank Sargeson, uno de los más grandes narradores de la historia del país, que en ese momento vivía en Auckland. Así pues, cuando regresaron al norte, Karl y Margot comenzaron a recibir las visitas del escritor. Sargeson estaba encandilado por el bagaje cultural de Wolfskehl, así como por su inteligencia y su vitalidad natural. Le leía pasajes de W. H. Auden, Ezra Pound, William Hazlitt y otros autores anglosajones que Wolfskehl aún no había conocido, pero sobre todo leían y comentaban a T. S. Eliot, quien por entonces seguía vivo. La impresión que este autor le dejó a Wolfskehl es visible en sus cartas. En más de una ocasión dejó constancia de sus ganas de escribir algo al respecto, pero eso nunca se llegó a concretar, posiblemente porque las horas de dictado a Margot escaseaban cada vez más.

Grabado de Wolfskehl

La relación entre los autores neozelandeses y Wolfskehl era de un entendimiento parcial. Según Margot Ruben, Karl opinaba que R. A. K. Mason era «el único gran poeta que este joven país ha producido hasta ahora»[15]. Había también entre ellos ciertas discrepancias ideológicas —Wolfskehl no entendía las posturas marxistas de Mason— y desencuentros estéticos, como se ve en las memorias de Frank Sargeson More Than Enough (1975):

[…] había muchas ocasiones en las que era un placer mantenerse apartado mientras ellos hablaban. […] Me acuerdo de que una vez Karl Wolfskehl dijo que tal vez en la creación de poesía la realidad se absorbía en la palabra: y enfatizó, tal vez. Fairburn se apresuró a descalificar el énfasis y dijo: «¡Ah, el trascendentalismo alemán! Un sistema que nadie en estos días defendería seriamente». Y Karl con una gran amabilidad de sonrisas y asentimientos, dijo «Bien, estos días»[16].

Sargeson fue un visitante habitual de la casa que Margot y Karl habitaban en el Esplanade Road de Auckland. Las lecturas compartidas eran de gran ayuda y motivación para ambos. Entre las tareas que emprendieron juntos se cuenta un ejercicio de traducción al inglés de L’Albatros, el poema de Baudelaire.Wolfskehl estaba muy agradecido de que la gente joven se acercara a leerle y a discutir con él; aislado como estaba, y desarraigado de los centros culturales que había transitado toda su vida, estas visitas atizaban un poco su existencia, que de otra manera hubiera sido aún más aburrida. Sin embargo, tanto Sargeson como los demás escritores terminaron alejándose. No debe de haber sido fácil lidiar con un gigante entrado en años, con dificultades para hablar inglés y casi completamente ciego. La razón que Sargeson dio para esta interrupción en su libro de memorias es que Wolfskehl estaba influyéndolo demasiado con sus valores europeos; si quería desarrollar una voz original y autóctona, tenía que librarse de las estructuras y tradiciones hegemónicas.

El siguiente es un dato elocuente de la recepción de la obra de Wolfskehl. En 1944, la revista mexicana Freies Deutschland publicó un artículo sobre el autor, cuya primera versión ya había sido editada en EE. UU. unos años antes. También en Argentina circularon textos sobre él ese año: el poeta Wener Bock escribió artículos para Argentinisches Tageblatt y para la revista alemana de la ciudad de Buenos Aires, Deutsches Blätter. Mientras tanto, en Nueva Zelanda Wolfskehl rechazaba una invitación para participar de la revista Letters. El principal motivo era que aún no había traducciones al inglés realmente buenas de sus poemas, pero también se puede pensar que el autor dudaba de la importancia que la audiencia local podía darle a su obra. Además, Wolfskehl no apreciaba la impronta marxista de Letters.

Karl habría de producir aún varios buenos poemas en sus últimos años. Entre ellos, se destaca la secuencia Mittelmeer oder Die Fünf Fenster (Mare Nostrum o las cinco ventanas), inspirado en el Mar Mediterráneo; también los textos compendiados por Margot en Bann (Exilio), que incluyen piezas memorables como «Hinfahrt», donde se explora la sensación de vacío y soledad producida por el desarraigo. Terminó su obra como los grandes autores, con una pieza satírica, Das Satyrspiel.

Numerosas mudanzas, varias enfermedades y el estrés del exilio fomentaron su decaimiento. También lo afectó profundamente la muerte de su esposa Hanna, con quien se enviaba correspondencia cuando podía, a pesar de que los canales de comunicación con Alemania estaban cerrados. También se enteró de que su hermano había muerto en un campo de concentración. Karl ya no era el gigante erguido que había llegado a Nueva Zelanda. Pasó sus últimos años mudándose de una pensión a otra. «¡Las pensiones son algo terrible!», le escribía en noviembre de 1946 a su «querido amigo Guggy», Siegfried Guggenheim, «Ruidosas, caras, con camas pequeñas, radio, baile y coqueteo en el salón toda la noche»[17]. La descripción resulta curiosamente similar a los actuales hostels del país.

Der Abgesang

Pobre, enfermo y olvidado, como los grandes poetas, Wolfskehl murió en un hospital de Auckland en 1948 a los 78 años. Ya lo había vaticinado: «Mi fama terminó en la bahía de Auckland, pero también comienza en la bahía de Auckland». Hoy en día es considerado un autor neozelandés. Las editoriales locales, como Cold Hub Press, le dan un lugar de importancia en su catálogo. También está incluido en el Oxford Companion to New Zealand Poetry.

Margot Ruben se casó poco tiempo después, pero el matrimonio no resultó muy bien y volvió a Alemania. En 1971 vendió todos los manuscritos que había conservado y creó la «Fundación Wolfskehl», que se encarga de la promoción de este autor. Ruben tuvo una carrera destacada en Europa, donde pudo hacer valer sus estudios y su experiencia.

Wolfskehl vuelve. Todo el tiempo, inexorablemente. Su figura es ineludible: el gigante ciego exiliado en la Ultima Thule del sur, el poeta que era puro símbolo y que lograba fundir la experiencia en palabras. Su influencia en el campo literario neozelandés es imperecedera; lo mismo vale para la cultura europea. En su tumba en el cementerio de Waikumete, en Auckland, se lee «Exul Poeta». Wolfskehl vuelve porque es una alma inquieta, y en sus palabras se transparentan sus ganas de leer, de bailar, de escuchar música, de vivir.


[1] Wolfskehl, K. Poetry and Exile: Letters from New Zealand (editado y traducido al inglés por Nelson Wattie), Christchurch, Cold Hub Press, 2017, p. 20. La traducción al español de todas las referencias es propia.

[2] Wolfskehl, K. Poetry and Exile: Letters from New Zealand (editado y traducido al inglés por Nelson Wattie), Christchurch, Cold Hub Press, 2017, p. XI.

[3] Voit, Friedrich. “Onle From the Farthest Comes Forth Renewal”, en Wolfskehl, K. Three Worlds/ Drei Welten, Christchurch, Cold Hub Press, 2016, p. XIII.

[4] Wolfskehl, K. Poetry and Exile: Letters from New Zealand (editado y traducido al inglés por Nelson Wattie), Christchurch, Cold Hub Press, 2017, p. 126.

[5] La correspondencia de Wolfskehl con Guggenheim es vastísima y comprende todos los períodos de la vida de ambos amigos. Están escritas en un alemán muy personal, donde sobresale el dialecto de Darmstadt y proliferan las referencias internas a artistas, lecturas, coleccionistas de libros y académicos.

[6] Wolfskehl, K. Poetry and Exile: Letters from New Zealand (editado y traducido al inglés por Nelson Wattie), Christchurch, Cold Hub Press, 2017, p. 202.

[7] Voit, Friedrich. Karl Wolfskehl. A Poet in Exile, Christchurch, Cold Hub Press, 2019, p. 18.

[8] Voit, Friedrich. Karl Wolfskehl. A Poet in Exile, Christchurch, Cold Hub Press, 2019, p. 37-38. Traducido al español por mí.

[9] Wolfskehl, K. Poetry and Exile: Letters from New Zealand (editado y traducido al inglés por Nelson Wattie), Christchurch, Cold Hub Press, 2017, p. 281. Se refiere a Benito Mussolini.

[10]«Die Flamme», es decir, «la Llama», se refiere a un famoso poema de Stefan George, «Wer je die flamme umschritt». 

[11] Venuti, L. The Translator’s Invisibility: A History of Translation, Londres, Routledge, 1995, p. 214-224.

[12] Voit, Friedrich. Karl Wolfskehl. A Poet in Exile, Christchurch, Cold Hub Press, 2019, p. 54. Traducido al español por mí.

[13] King, Michael. The Penguin History of New Zealand, Auckland, Penguin Group, 2003, p. 369.

[14] Voit, Friedrich. Karl Wolfskehl. A Poet in Exile, Christchurch, Cold Hub Press, 2019, p. 84.

[15] Voit, Friedrich. Karl Wolfskehl. A Poet in Exile, Christchurch, Cold Hub Press, 2019, p. 110.

[16] Voit, Friedrich. Karl Wolfskehl. A Poet in Exile, Christchurch, Cold Hub Press, 2019, p. 109.

[17] Wolfskehl, K. Poetry and Exile: Letters from New Zealand (editado y traducido al inglés por Nelson Wattie), Christchurch, Cold Hub Press, 2017, p. 270.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s