Escribir en la selva

9.jpgPor Jerónimo Corregido

Ya he dicho lo que pienso sobre el romance fácil de escribir en bares: generalmente con papel y lapicera, algunas pocas veces con una computadora. Las mozas indican amablemente dónde están los baños o los enchufes para cargar la batería del celular, y aquí está la clave de Wifi, ¿te traigo otra cerveza? Y si se acaban la tinta o el papel, las barras disponen de servilletas y lápices. Un sinfín de modelos literarios entra y sale del bar. Por la ventana desfilan ideas y posibilidades.

Pero en medio de la selva, en una isla remota del Pacífico, ¡ahí te quiero ver, Hemingway! Cuando no hay nada para beber, cuando los mosquitos asedian la cordura, cuando el sol que se filtra entre los cocoteros ampolla la piel, es entonces cuando hay que sacar a relucir las verdaderas ganas literarias: Salgari era el doble de escritor que Scott Fitzgerald. La inspiración le llega tarde o temprano al más lánguido de los pasajeros de barras de bar. Es solo cuestión de esperar y mirar alrededor. En la selva, en cambio, hay que tener mucha necesidad de comunicar algo para enfrentarse a la misión de buscar elementos de escritura y, luego, disponerse a redactar. Se debe cuidar la única y frágil lapicera propia con un rigor que, en la ciudad, se hubiera pensado escandaloso. Uno se descubre escribiendo suavecito (puesto que hay que hacer rendir la tinta) las ideas menos importantes en trozos de papel higiénico, para no ocupar el preciado espacio en las libretas con palabras menores; y siempre en lucha constante contra los insectos, la incomodidad, el ahogo, y el sudor que borronea lo escrito y hace mucho más difícil la tarea.

Y el hambre. Un hambre que me hace reír del estómago apenas vacío de Hemingway cuando deambulaba quejumbroso por las calles de París, por esos boulevares que olían a pan y a crêpes; ese mismo Hemingway que, unas páginas más tarde, le pedía un préstamo a Sylvia Bleach y se daba una panzada de ostras y vino en un restaurante. En el Pacífico el aroma es de sal, y el paladar se debe acostumbrar a la sangre de los animales marinos. En la selva, el dinero europeo le habría servido de muy poco a Hemingway. En la espesura no hay nada que comprar. Allí los gratuitos cocos, allí el mar. ¿Habrían sentido ganas de escribir los grandes autores clásicos si, al tener sed, hubieran tenido que trepar una palmera para extraer sus frutos, y luego quebrarlos contra una piedra para poder beber?

No lo sé, pero la serie de reflexiones me ha llevado a despertar una nueva admiración, que juzgo más sentida, más pura que cualquier otra anterior: los mejores y más genuinos artistas fueron los simios que crearon las pinturas rupestres, con hambre, con sed, con sueño, con los cuerpos agarrotados de sal y de incomodidad. Esas precarias personas se las ingeniaron para comunicar la eternidad que se fraguaba en sus pechos y para el cual no había palabras inventadas, aun a pesar de los depredadores, de las sequías, de las infecciones que los carcomían, de la sospecha de que aquella piedra que adoraban no fuese en realidad ningún dios, y de toda la serie de inclemencias que hoy juzgaríamos intolerables y que, para ellos, apenas se llamaba vida. Se atrevieron a trascender y trascendieron. Quizás los dibujos en las rocas les sirvieron a un soñador o a un escéptico para entender que hoy no era ayer, y que ayer había sido, en efecto, real.

Se lo podrá llamar arte, pero también pusilanimidad; lo cierto es que hay algo que me une íntima y estéticamente con aquel mono que, librado a la naturaleza, no siguió a sus compañeros para buscar comida, no se precipitó a fornicar con su pareja, no se escondió a dormir a la sombra, sino que buscó en la realidad hasta encontrar las herramientas con las que contar lo que experimentaba.


Publicado en Gambito de papel N°9, agosto 2018

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