Janet Frame. Parte 1: Los peligros de no querer vender sombreros

por Jerónimo Corregido

Una ventana a Janet Frame

Parte 1: Los peligros de no querer vender sombreros

            El tratamiento de electroshock consiste en una descarga eléctrica que se envía al cuero cabelludo para estimular el cerebro. Los electrodos transmiten la corriente que genera un estímulo similar al de una crisis epiléptica. Hoy en día esta práctica ha caído en desuso, por ser violenta, abusiva y, sobre todo, inconducente. Sin embargo, en la primera mitad del siglo XX era el método más común de «terapia» para las personas diagnosticadas con depresión, psicosis, esquizofrenia y cualquier otra condición semejante; al menos en Nueva Zelanda (pero seguramente en el resto del mundo también), se administraba sin anestesia ni relajantes musculares, que son del todo necesarios si no se quiere torturar al paciente. Ya quisiera ver yo cuántos cuentos hubiera escrito García Márquez de haber tenido que pasar por semejante experiencia, o el bueno de Julio Cortázar, o el plácido Mujica Lainez. Lo cierto es que Janet Frame, la más talentosa escritora neozelandesa, aguantó más de doscientos de esos suplicios eléctricos, mal diagnosticada durante casi una década con ese concepto paraguas que se llama «esquizofrenia» y que en su época se refería casi a cualquier síntoma: desde las alucinaciones más peligrosas hasta el mero rechazo a tomar la sopa, o, como en el caso de Frame, el deseo de ser poeta, la negación a vivir en el lodo de las convenciones, las apariencias y los oficios.

            Janet Frame: una autora única desde cualquier perspectiva, y la más importante para el canon de Nueva Zelanda, respetada como Borges y querida como Storni. Sus palabras y su espíritu le dieron vida a la literatura de este país, que hasta entonces, sobre todo en el ámbito de la prosa, venía siendo un gris eco de lo que llegaba del Reino Unido. Si bien Frame se destacó sobre todo en el género de narrativa, con doce novelas, cinco colecciones de cuentos y una autobiografía en tres volúmenes, su búsqueda siempre estuvo relacionada con la poesía. Sus dos únicas publicaciones de poemas confirman lo que se trasluce en sus otros libros: una visión lúcida sobre el mundo a través de un lenguaje indomable, que acepta las reglas de la gramática solo para supeditarlas a la visión interna, la genuina, la propia.

            Virginiana como Borges y Cortázar, Janet Frame nació el 28 de agosto de 1924 en Dunedin, la ciudad de raigambre escocesa de la isla sur de Nueva Zelanda. A pesar de que competía con Christchurch, de impronta más inglesa, por cuál era la metrópolis del sur, la Dunedin de la infancia de Frame era tan rural que la leche de la familia provenía de la vaca propia. Cuando la tuvieron que vender, iban a comprar o a intercambiar lácteos a la granja de la colina de enfrente. Alrededor, la vegetación frondosa de la región de Otago, antes de que la deforestaran para instalar los actuales edificios cuadrados de chapa. Janet fue la tercera hija del matrimonio de Lottie Godfrey y George Frame; tuvo un gemelo que no sobrevivió el parto. Los dos hermanos anteriores, Myrtle y George (Bruddie), también nacieron en Dunedin. Como el padre trabajaba en la industria ferroviaria, la familia debió mudarse numerosas veces a distintos pueblos de la isla sur, lugares hoy tan remotos y desamparados que resulta difícil imaginarlos a fines de la década de 1920 como algo más que recónditas estaciones de trenes. Durante ese itinerario nacieron las hermanas restantes: Isabel y June (Chicks).

            Esos viajes alrededor de la isla sur están relatados en el primer tomo de su autobiografía An Angel at My Table (2008), titulado To the Is-Land (1982). Su traducción es muy complicada, pues recrea un juego de pronunciación que afectaba a Janet en su infancia. La letra «s» de la palabra «island» («isla») es muda, con lo cual suena ailand, homófona a I-Land (algo así como «la tierra del yo»). La familia se burlaba de Janet porque ella pronunciaba la “s”, aisland, en un experimento temprano por torcer las imposiciones del lenguaje y hacer que las palabras tuvieran un poco la forma de quien las dice. Las condiciones materiales no eran las más favorables (el primer juguete de Janet fue una lata de kerosene que llevaba arrastrando de un piolín), pero la familia siempre buscó la manera de no caer en la indigencia. La sensibilidad de la madre es especialmente meritoria: «Era capaz de imbuir cada insecto, hoja de hierba, flor, cada uno de los peligros y esplendores del clima y las estaciones, con una importancia memorable junto con una especie de incertidumbre y humildad que nos llevaba a sopesar e intentar descubrir el núcleo de todo[1]», dice en To the Is-Land (p. 5). ¿Qué mejor entrenamiento poético que ese permanente estado de «incertidumbre y humildad» ante los fenómenos más pequeños? ¿Qué meta más noble que la de «sopesar e intentar descubrir el núcleo de todo»?

            En efecto, en la familia de Janet se premiaba el ingenio con las palabras y se alentaba la capacidad imaginativa. La madre, Lottie, escribía poemas que salían publicados ocasionalmente en los diarios locales; por esas casualidades, en su juventud había trabajado como empleada doméstica en la casa de la familia de Katherine Mansfield, la primera gran autora de la literatura neozelandesa (aunque hizo su carrera en Inglaterra). Cosas que pasan en un país-pueblo que, por aquel entonces, apenas superaba el millón de habitantes. George, el padre de Janet, fue quien le consiguió las libretas de la empresa ferroviaria, donde empezó a escribir sus primeros poemas e historias. Alguna vez, después de leer un cuento de esos cuadernos, un tío declaró que Janet nunca sería una buena escritora.

            Es que, posiblemente, ese tío no estuviera pensando en el texto que tenía delante ni en la capacidad de su sobrina, sino en el hecho de que Janet era una mujer de clase baja: en la Nueva Zelanda de la primera mitad del siglo XX, el mejor destino para un niña pobre era convertirse en la esposa de alguien. Así y todo, en la familia existía un caso que representaba un modelo diferente, un modelo que inspiraba respeto entre los adultos. Se trataba de la tía Peg, que se había recibido de maestra y ahora vivía en Canadá. La docencia era una de las vetas posibles para las jóvenes que sobresalieran en sus estudios.

            Y parece que Janet vio su camino por ese lado, porque desde los seis años comenzó a destacarse en la escuela. Fue cuando su familia dejó de mudarse, en 1931, y se asentó en Oamaru, a la que en To the Is-Land llama su «kingdom by the sea» («reino junto al mar»), por el verso de Edgar Allan Poe en “Annabel Lee”, poema que conoció en esos tiempos. Su casa, 56 Eden Street, hoy funciona como museo, preservada y mantenida por la Fundación de la Casa de Janet Frame.

            Qué se iba a imaginar la Janet niña que su modestísimo hogar sería la meca de los peregrinos literarios de Nueva Zelanda. En ese momento, se trataba de un caos doméstico donde resaltaban dos factores: la pronunciada crisis económica y la epilepsia del segundo hermano, Bruddie, recientemente diagnosticada. La estigmatización de la enfermedad apartó al muchacho de la escuela, y lo dejó hacinado en el hogar. La pobreza y los problemas habitacionales acentuaron aun más la incomodidad social de la tímida Janet. Con el pelo crespo y rizado, la ropa siempre manchada y llena de enmiendas, y extrañas nociones sobre el mundo en la cabeza, solía ser objeto de burlas y señalamientos.

            A pesar de su perspicacia y del fomento a la lectura que recibía en su casa, Janet tenía ideas confusas sobre sexualidad. El cristianismo cristadelfiano de su madre le ponía un velo a todas las preguntas sobre maternidad, desarrollo y deseo. La primera genuina lección se la dio su amiga de la escuela, Poppy, con todos los conocimientos básicos sobre sexo en la época: «Me explicó sobre coger y los forros, que el hombre se los debía poner en su herramienta para que la mujer no tuviera bebés, y cómo la mujer tenía concha, y cómo el hombre “acababa” y disparaba esperma para todos lados, y si la mujer quedaba con un bebé y no lo quería, tomaba gin para sacárselo» (p. 50). Tal fue el impacto de este descubrimiento, que Janet instó a su hermana mayor, Myrtle, a que probara con el hermano mayor de Poppy. Luego lo comentó alegremente a la hora de la cena, frente a sus padres, sin la menor sospecha de estar anunciando nada problemático. A Myrtle le dieron una paliza que incluyó cinturonazos; a Janet le prohibieron volver a juntarse con Poppy.

            Esa confusión entre lo que es admisible decir en público y lo que está vedado es uno de los rasgos por donde se filtra la imaginación y la ética de la autora desde su niñez. En cierta ocasión, delante de su clase en la escuela, declaró que su padre tenía cien libras de fiado en el mercado del barrio, sin la menor idea de que fuera algo negativo, y sin entender por qué la maestra la amonestaba. La duda sobre lo que era posible compartir hizo que se volviera cada vez más reservada en público; la costumbre de recibir castigos sin saber la razón anunciaba los tonos de su futura institucionalización.

            La muerte por ahogamiento de la mayor de las hermanas, Myrtle, empeoró la situación del hogar. Janet comenzó los estudios secundarios superiores siguiendo las huellas de la remota tía Peg, la maestra que vivía en Canadá. Sin embargo, en la escuela de la época el estatus social era tan importante como la capacidad intelectiva de las alumnas, por lo que Frame no tuvo un paso fácil por los estudios. Los comienzos de sus períodos menstruales empeoraron su confianza, puesto que debía usar las abultadas toallas higiénicas de aquel tiempo, que hedían y se marcaban bajo la ropa; siempre andaba un poco manchada, y sentía que el olor no se le quitaba ni siquiera cuando acababa el sangrado. Lo más significativo de esa etapa fue su encuentro con la poesía clásica en inglés, donde le sorprendió descubrir que «los poetas se habían enterado de la muerte de Myrtle» (p. 103).

            Al terminar la escuela en Oamaru, se mudó a Dunedin, la ciudad donde había nacido, el centro universitario de la isla sur. El aislamiento y el anonimato en la nueva localidad agudizaron sus problemas de personalidad. Cada vez más reservada, cada vez más invisible, Janet sufría ante la perspectiva de cualquier compromiso social. El mundo del trabajo le parecía inaccesible; la idea del matrimonio, remota y banal. Todas las vicisitudes de ese período, junto con su consecuente deterioro mental, están narradas en el segundo tomo de su autobiografía, An Angel at My Table (1984).

            En 1945, el modo en el que una mujer de clase baja podía acabar en una institución brutal era bastante sencillo, quizás más que hoy en día. Cierta vez, Janet estaba dando una de sus clases en un colegio secundario, que formaban parte de la instrucción en docencia, cuando se enteró de que finalmente iba a recibir la visita del inspector de escuelas. Entonces dijo «ya vuelvo», salió a la calle, y nunca regresó. Es verdad que una chica de 19 o 20 años con más recursos hubiera podido hacerse valer de otra manera, pero Frame estaba en su peor estado de debilidad: sola en Dunedin, segura de que tenía olor a menstruación todo el tiempo, consciente de su pelo poco convencional y sus dientes deteriorados, convencida de que todo el mundo se burlaba de ella y de que no podía (¡de que no quería!) ser docente ni ama de casa ni la esposa de nadie. Así que pidió un certificado médico para ausentarse por algunas semanas, y se quedó en su cuartito leyendo, escribiendo, sufriendo. Convencida de que no podría insertarse, se tomó tres tabletas de aspirinas. Claro que no se murió, pero vomitó y se enfermó. Volvió a sus estudios, pero no a la escuela donde debía dar clases. Uno de sus instructores en psicología, John Money (John Forrester en An Angel at My Table), les pidió a las alumnas que escribieran una autobiografía para la siguiente lección; Janet no perdió la chance de contar su flamante intento de suicidio, que, según pensaba, la acercaba al destino de sus poetas admirados. Al poco tiempo, Money se presentó en la casa donde vivía Frame, junto con otros emisarios de la universidad, y la invitaron a instalarse en una sala para pacientes psiquiátricos. ¿Qué otra opción le quedaba? Siguió a estos hombres y pasó algunas semanas en un espacio bastante privilegiado para jóvenes con depresión, donde no encontró ningún instrumento para recuperarse. Cuando acabó su internación voluntaria, la madre vino a buscarla: al verla, Janet se dio cuenta de que, menos aun que su soledad o su institucionalización, no quería de ninguna manera volver al hogar familiar, con el padre viejo y fastidioso, el hermano epiléptico convertido en un espectro, la madre obsecuente en rol de sirvienta, la ausencia de la hermana mayor ahogada, la competencia con las otras hermanas jóvenes por lograr los hitos sociales que marcaban las convenciones de la época. Lo que nadie le dijo a Janet era que la negativa a irse con su madre implicaba su traspaso a Seacliff, el hospital psiquiátrico de Dunedin.

            Desde entonces empezó un período de unos ochos años en los que pasó la mayor parte del tiempo en instituciones mentales. Al principio, enterada de que su diagnóstico era esquizofrenia, comenzó a investigar sobre el tema y a intentar replicar los síntomas que describían los libros. Con esto buscaba llamar la atención de los psicólogos, los únicos hombres jóvenes e interesantes que tenía a su alcance: el resto de su generación estaba muriendo o sobreviviendo en la Segunda Guerra Mundial. John Money, en particular, fue el blanco de sus emociones; el inexperto académico fue, tal vez, el principal responsable por el diagnóstico apresurado e ineficaz de Frame. Es significativo el momento, relatado en la autobiografía, en que Money la deriva a una especialista; Janet, doblada de dolor de muelas, llena de caries y apenas capaz de abrir la boca, estaba segura de que se trataba de una dentista. Claro que no lo era. Esta distancia entre la necesidad real de la autora y lo que los otros consideraban necesario para ella marca en buena medida su juventud. Para empeorar el asunto, su hermana menor, Isabel, murió ahogada en Picton durante un viaje (¡el único de su vida!) con su madre. Luego de su segunda estadía en Seacliff, Janet descubrió que había visto lo suficiente de la esquizofrenia para saber que ella no la sufría.

            Todo ese período está mucho mejor narrado en su tercera novela, Faces in the Water (Rostros en el agua) (1961) que en su autobiografía. En aquel texto, la autora se ficcionaliza en el personaje de Istina Mavet para recorrer los distintos psiquiátricos donde la retuvieron en esos tiempos. «Istina» es «verdad» en croata; «Mavet», «muerte» en hebreo. Frame dejó bien claro que el horror real de los institutos mentales de Nueva Zelanda supera en mucho a la ficción de sus textos: la realidad es demasiado terrible e inverosímil para ser contada. Así y todo, lo que logró plasmar en Faces in the Water es ciertamente perturbador. Allí se muestra la despersonalización de los pacientes psiquiátricos, la brutalidad de las enfermeras, la desidia de los médicos a cargo. Como señala la escritora y crítica Hilary Mantel en el prólogo a Faces in the Water: «Lo peor es que la gente que forma parte del sistema se cree ilustrada» (p. 11).

            La violencia de los hospitales resalta con especial fuerza en los tratamientos con electroshock, que la personaje Istina Mavet describe en primera persona con una claridad espeluznante. Al dolor físico se le suma el agravio moral de saberse allí sin un motivo verdadero, rodeada de personas deshechas, más por el propio tratamiento que por sus condiciones previas. Sobre todo, lo que pesa en Faces in the Water es la sensación de eternidad experimentada en cada paso por los institutos mentales: en todas las internaciones, Istina-Janet está allí para quedarse. Hay una escena que está presente tanto en la autobiografía An Angel at My Table como en la novela de autoficción. Durante su pasaje por Seacliff, las autoridades consiguieron que su madre firmara la aprobación para una lobotomía. Una de las enfermeras, intentando animar a Janet, le dijo: «Tuvimos una paciente que estuvo acá durante años hasta que se hizo una lobotomía. Y ahora vende sombreros en una tienda. La vi el otro día, vendiendo sombreros, tan normal como cualquiera. ¿No te gustaría ser normal?» (An Angel at My Table, p. 264). Esta misma escena resuena en su novela póstuma Towards Another Summer (Hacia otro verano). Se ve que su uso es muy productivo en la explicación de lo que quiere decir la cordura para las instituciones médicas de Nueva Zelanda: vender sombreros. ¿Pero por qué querría vender sombreros alguien que aspira a seguir la senda de Shakespeare y compañía?

            Además del poco ánimo por convertirse en vendedora en una tienda, otro síntoma de la falta de cordura es no enterarse de que había ganado el premio literario más importante del país, aun cuando ese premio representara la salvación. Así sucedió que, mientras Janet esperaba su turno para la lobotomía en el nefasto Seacliff (que cerró en 1973), llegó a verla el mismísimo superintendente del hospital, el Dr. Blake Palmer. Esto era sumamente extraño, teniendo en cuenta que, a lo largo de sus hospitalizaciones, los médicos hombres solo se comunicaban con las pacientes mediante un rápido «Buenos días» que no esperaba respuesta. Así es: quienes estaban a cargo de diagnosticar y proponer tratamientos ni siquiera conocían a las internas. Por eso es que, ante la presencia del propio superintendente en la inminencia de su lobotomía, Janet le preguntó:

«—Doctor Blake Palmer, ¿a usted qué le parece?

Él señaló el periódico que tenía en la mano.

—¿Sobre el premio?

Yo estaba desconcertada. ¿Qué premio?

—No —le dije—, sobre la lobotomía.

Él se puso serio:

—He decidido que debe seguir tal como es. No la quiero cambiada».

The Lagoon and Other Stories, su primer libro de cuentos, publicado por la editorial Caxton de Denis Glover, había ganado el Hubert Church Award. La literatura, decididamente, le había salvado la vida.


Continúa en la Parte 2.


[1] Esta y todas las demás traducciones son propias, versionadas a los efectos de este artículo.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s