Lejos y solo

Por Santiago Astrobbi Echavarri

Esperludio salió de su casa por séptima vez en el día y caminó algunos metros hasta el acantilado, donde se irguió y levantó los binoculares en dirección al muelle. Apenas podía divisar el otro lado del fiordo debido a la niebla. Oteó por algunos instantes y, resignado, suspiró:

—Tendría que haber pasado hace diez días. Vamos para adentro, Salvador.

Su perro negro, moteado por la nieve, lo miró y movió la cola. Esperludio pisó las huellas que había dejado en el piso barroso en el sentido contrario y se detuvo frente al termómetro clavado en un canelo. Al ver la temperatura, tiritó como si lo hubiese atravesado un rayo.

Limpió la nieve de sus zapatos antes de entrar y sacudió la nieve que cargaba en el lomo Salvador. El perro era paciente ante los movimientos lentos de Esperludio. El interior de la casa estaba oscuro, entonces Esperludio caminó muy despacio hacia la mesa y se sentó en una de las tres sillas que había alrededor. Recordó aquella lejana visita, la única que había ocupado una de esas tres sillas: el doctor lo había encontrado bien; viejo, pero bien. Miró la pava durante algunos segundos y después miró la estufa. Suspiró y miró a su perro:

—Por lo menos acá hace un poco menos de frío que afuera, ¿o no, Salvador?

El perro lo miró y movió la cola.

Luego de veinte minutos de silencio y de miradas perdidas, el estómago de Esperludio gruñó como un ogro; se acercó a la alacena con la vela que estaba sobre la mesa: arroz, harina, yerba, fideos. Nada que sirviera. En el fondo de la alacena, una lata de choclo reflejó la tenue luz de la vela. Con un abrelatas pequeño y oxidado, Esperludio la abrió con parsimonia y sirvió la mitad del contenido en el plato de Salvador. Luego, tomó una cuchara y comió con detenimiento el remanente.

Después de enjuagar el cubierto y el plato con esfuerzo, Esperludio apartó la silla del lado de la mesa y la acercó hacia la biblioteca. Con el candelabro en la mano, recorrió los dos estantes superiores de la biblioteca. Ya no recordaba la última vez que había revisado el estante inferior, que estaba cubierto por una espesa capa de polvo. Leyó un nombre que le llamó la atención y retiró el libro con lentitud, como si desenvainara una espada para batirse a duelo: La playa. Un escalofrío le recorrió los brazos. Se acomodó los anteojos y leyó la contratapa. Al finalizar, se acercó a la ventana e intentó mirar hacia el muelle con los binoculares, pero el vidrio estaba completamente empañado.

—Hay que esperar. No seas ansioso, Salvador.

Una vez que terminó el primer capítulo, se acomodó el gorro de lana y salió nuevamente de la casa. La nieve había tapado las huellas que Esperludio había marcado unas horas antes. Junto con Salvador, se dirigió muy lentamente hacia el camino que bordeaba el acantilado, en dirección al muelle. El camino ondulante era peligroso pero Esperludio lo conocía demasiado bien: había vivido allí desde que tenía cincuenta años. Salvador también lo conocía, aunque no hacía tanto que vivía con él, y siempre disfrutaba los paseos y se escurría entre las lengas en busca de alguna aventura nueva.

El viento sacudía los árboles y la nieve se arremolinaba entre los fiordos apenas visibles. Los tablones viejos y roídos del muelle parecían ceder ante el oleaje, pero eso poco le importaba a Salvador, que llegó hasta la punta y olfateó la brisa marina:

—Vamos, Salvador. Acá no hay nada. Dale que hace demasiado frío.

Al volver a entrar a la casa, Esperludio se llevó las manos a la cara y esbozó un sollozo: no quería que Salvador notara su desesperación. Se sentó en la cama y se miró las manos; el frío estaba entumeciendo la movilidad de sus dedos. Miró su rostro en el espejo: barba de algunos meses, ojeras, bufanda y gorro, pómulos pálidos. Recordó el extenso viaje desde la Capital, sus miedos, sus anhelos, recordó el juicio trunco, en el que sintió que le sellaron el alma, recordó a su familia, que ya no estaba, y reforzó su decisión. Habían pasado veinticinco años ya desde aquel momento. Tal vez más, era difícil saberlo: su memoria empezaba a jugar con él, sin que él pudiera opinar al respecto.

Un ladrido repentino de Salvador lo sacó de su ensimismamiento. Con una vitalidad que no había sentido en años, abrió la puerta y los dos se dirigieron, cada uno a su ritmo, hacia el muelle. A medida que se acercaba, la sonrisa dibujada debajo de la bufanda se achicaba. Salvador seguía ladrando, pero no por las razones que esperaba Esperludio, sino porque un grupo de lobos marinos se había acercado al muelle y jugaban chapoteando en el agua. Él los miró con recelo y envidia: ellos no dependen de nadie para vivir. Suspiró profundamente y observó en derredor: las olas chocaban contra la costa con violencia, las ramas de las lengas se sacudían y la nieve le golpeaba con insistencia la cara. Había venido en busca de eso: naturaleza y, sobre todo, soledad.

Al volver a la casa, miró el termómetro nuevamente: menos cuarenta grados. Esperludio se quitó la lágrima congelada de la mejilla, apagó la vela de un soplido y se desplomó en la cama. Extrañamente, recordó a su familia por segunda vez en el día. Sintió un ardor en el estómago y el vómito comenzó a subir por la garganta. Se paró como pudo y fue hasta el baño. Salvador, con las orejas hacia atrás, lo miró vomitar la única comida del día. La debilidad se reflejaba en el rostro de Esperludio; ya acostado nuevamente, recibió algunos lengüetazos consoladores:

—Perdón, chiquito. Hice lo que pude.

Salvador lo miró y movió la cola. Esperludio se durmió instantáneamente, sin siquiera sacarse los anteojos, y Salvador se enroscó a su lado. El viento y la nieve resonaban en el exterior de la casa con una furia inusitada. La noche había caído y los zorros y los búhos comenzaban su monótona sinfonía, apenas oíble tras el rugido del viento. Luego de algunas horas, Salvador oyó un ruido extraño y comenzó a ladrar con desesperación. Esperludio, entre sueños, murmuraba, pero Salvador seguía ladrando y rayando la puerta con las patas delanteras, como si quisiese atravesarla. En cuestión de minutos, el lanchero abrió la puerta con la garrafa de gas y las provisiones necesarias para enfrentar otro duro mes en la desolada Patagonia.

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