El mensaje

Por Ignacio Lucía

El camino a la escuela era siempre triste para él. Hacía casi un año que estaba dando clases de español en ese pueblito perdido en una provincia de Francia. Era joven y era la primera vez que viajaba solo: había cierto miedo, cierto celo en todas sus acciones. Se había estado adaptando de a poco a la sensación de extranjería que le hacían sentir los habitantes del pueblo. Sus alumnos de la escuela tenían entre catorce y quince años, y no eran distintos a como él mismo había sido solamente diez años atrás; sin embargo, parecían pertenecer a un planeta diferente, no sólo a otro país.

La parte menos triste del camino matinal era la que atravesaba el parque del pueblo. Cada mañana, mientras caminaba por el sendero que recorría los trescientos metros del parque, trataba de fijar su vista lo más posible en los árboles, pero también en el angosto y poco caudaloso arroyo, nunca agitado por corrientes violentas, más bien siempre estático y como esperando que algún pez saltara para quebrar la quietud.

Esa mañana de otoño había bastante sol pero de vez en cuando una nube amenazaba con ensombrecer la jornada. Acababa de pasar el puente del arroyo cuando vio, en el suelo, ese pedazo de papel blanco.

Miró a su alrededor para corroborar si el papel existía, como buscando testigos que hablaran por su realidad, que explicaran que eran ellos los que habían arrojado allí ese objeto, cuya blancura desentonaba con la alfombra rojiza y amarilla de las hojas del otoño. Pero a esa hora de la mañana no había nadie en el parque, excepto por ese papel, con su blanca presencia titilante y artificial.

Lo que pasó inmediatamente después le pareció absurdo: cuando empezó a acercarse, el papel se movió, ayudado quizás por una brisa que hasta ese momento él no había sentido. Hizo un intento más por acercarse y el papel volvió a moverse, pero esta vez ya rodando por la pendiente del arroyo. Él se acercó al borde y lo miró: doblado en dos, se había detenido en la pendiente, a pocos metros del agua. Uno de los lados del doblez había quedado a medias atrapado entre las hierbas, y el otro, suelto, se movía rítmicamente, golpeado por la brisa tenue. Un solo movimiento adicional, una presión un poco más fuerte, y el papel rodaría inevitablemente hacia el agua.

Ya estaba por iniciar el descenso por la pendiente cuando el sonido de unas voces quebró el silencio de la mañana. Luego, cuando los sonidos fueron haciéndose más cercanos, se pudo dar cuenta de que eran personas que, como él, también iban por el sendero que llevaba a la escuela.

Se apartó del arroyo, casi al mismo tiempo en que las personas aparecían por el recodo del camino.  Eran otros docentes de la escuela que iban charlando. Simuló un saludo casual y se unió a los compañeros en su caminata. Mientras daba una última y subrepticia mirada al borde del arroyo antes de que desapareciera de su vista, fue sumándose de a poco a la conversación. Siempre se integraba a las charlas de los compañeros, pero una especie de resistencia lo tironeaba hacia adentro, desgarrando sus comentarios hasta convertirlos, muchas veces, en frases entrecortadas: parecía como si un miedo, a mitad de la emisión de la frase, impidiera la cristalización de los vocablos en la lengua francesa, que, aunque ya podía hablar aceptablemente, todavía sentía ajena y extraña, como a las personas del pueblo.

Como siempre, esa jornada de trabajo fue lenta y aburrida. Durante la clase, los ojos cansados de los alumnos seguían sus manos que se movían al ritmo de sus explicaciones interminables, y de algún modo sentía que las palabras que componían su  discurso eran sonidos sin conexión entre sí, como formas o esquemas vacíos que cada cual podría llenar a su antojo sin que por ello el resultado final quedase afectado. Mientras los alumnos, somnolientos, hacían los ejercicios de gramática en silencio –de vez en cuando un murmullo o un conjunto de risas breves interrumpía la ausencia de ruido– él se quedaba sentado en la silla, con las piernas extendidas, y su mirada se posaba en la ventana alta. Del otro lado del vidrio estaba el cielo gris de otoño, que era atravesado, intermitentemente, por una hoja rojiza de árbol en rápido vuelo.

En un momento, sorpresivamente, una de esas hojas chocó contra la ventana: veinticinco rostros giraron a un tiempo hacia ella; su mirada  impávida duró unos segundos, unos segundos en los que la hoja, adherida al vidrio por la presión del viento, golpeó uno de sus extremos sueltos contra el cristal, cuatro o cinco veces, para luego desprenderse y seguir su camino, volviendo quizás al lecho otoñal de donde había sido arrancada momentáneamente. La distracción ya había terminado. Los rostros volvieron a enfrascarse en la tarea. Sin embargo a él, esa hoja, que por algún azar había venido a golpear tan brevemente sobre la vítrea superficie, le recordó algo.

A las seis de la tarde sonó el timbre que indicaba el fin de la jornada, y los alumnos se levantaron abruptamente y se precipitaron en masa a la salida, como siempre. La escuela se llenó de gritos y bullicio. Mientras los últimos alumnos rezagados terminaban de salir del aula, él borró el pizarrón, guardó las tizas, juntó sus útiles de escritura y fue también hacia la salida.

Eludió el regreso con sus compañeros con las excusas más verosímiles que pudo improvisar en el momento. Y mientras ellos se iban en grupo, él fue haciendo más lentos sus pasos, hasta quedar a la entrada del parque, completamente solo. Entró y retomó el sendero. A esa hora ya casi no quedaba gente en los alrededores. La pareja de ancianos que iba todas las tardes ya se encaminaba hacia la salida, cerrando con cuidado la bolsa de papel en la que guardaban los pedazos de pan para las palomas y los patos.

Empezó a avanzar por el camino. Sintió un escalofrío cuando una ráfaga de viento sopló desde un costado y movió las ramas de los árboles. En el cielo, el naranja rojizo del atardecer desaparecía, arrastrado hacia algún escondite, o quizá empujado por la creciente oscuridad que se iba apoderando de los objetos y de los rincones. Ya no quedaba ningún vestigio de azul en el horizonte. La conchilla del sendero crujió cuando se acercó al borde del arroyo.

Todavía estaba allí, pero el viento lo había empujado por la pendiente, haciendo que se desplazara hasta caer al agua. Ahora flotaba cerca de la orilla, ostentando esa blancura que lo distinguía de la suciedad del líquido circundante. La corriente no lo había arrastrado: algunas plantas acuáticas lo habían retenido con un blando asimiento, permitiendo que el agua moviera débilmente sus puntas.

Resbaló un poco mientras descendía la pendiente, pero era joven y eso no lo asustaba. Acercó la presa hacia sí ayudándose con una rama de árbol. Por fin lo tuvo en la mano, y subió la pendiente, ya fácil, empujado por la victoria obtenida.

Lo sacudió para que el agua se escurriera un poco. Pero cuando lo desdoblaba vio que no sólo estaba muy mojado, sino que además era muy viejo, y eso hacía que se deshiciera entre sus manos.

Acercó los fragmentos entre sí para poder leerlo. Pero no pudo: los caracteres habían sufrido los efectos del tiempo y la humedad de tal manera que aparecían ilegibles. La tinta estaba totalmente corrida.

Para ver mejor, se acercó a un claro de luz que aún se resistía al anochecer, a unos metros de los árboles. Pero era imposible. Las pocas palabras que llegaban a leerse parecían pertenecer al léxico indómito de una lengua muerta y olvidada. Como si proviniera de un mundo extinguido e intraducible.

Dejó que sus dedos terminaran de desmenuzar el húmedo papel, y los fragmentos cayeron al suelo, como copos de nieve.

Cerca de él una rama crujió, empujada por el viento frío. Levantó la vista. No había nadie más en el parque. Todo estaba oscuro. Ya era de noche y el invierno acababa de comenzar.


Publicado en Gambito de Papel N° 6, en agosto de 2016

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