SEGUNDO PREMIO – CONCURSO LENGUAS MODERNAS 2022

Hoy invita la fortuna

por Gabriel Bucchino

La suerte nunca da; solo presta.

Proverbio sueco

I

A pesar del vertiginoso río humano de la vereda por la que caminaba junto a Tutuca, ese tórrido mediodía, doña Asunta divisó el titilante destello violáceo en el escaparate de su derecha. Una espontánea sonrisa se dibujó en su rostro, mientras se arrimaba al vidrio para contemplar la pieza. «¿Te gusta, mamá?», preguntó Tutuca, al ver que Asunta se quedaba como hipnotizada. «Sí, la verdad que sí», contestó ella, dirigiéndose al ingreso del local. Era un hermoso anillo de fantasía, bañado en oro y con un strass lila engarzado en él, que doña Asunta se probó maquinalmente ante la propuesta del joyero, quien más rápido que volando lo sacó del exhibidor y lo depositó en la palma abierta de su posible clienta. «Parezco una diosa griega», pensó doña Asunta al verse el anillo en su anular izquierdo. «¿Cuánto?», dijo Tutuca, notando que su madre no salía del súbito embelesamiento. «Bueno…», musitó el vendedor, «…en realidad está mil quinientos, pero por ser víspera de Navidad lo dejamos en mil». Doña Asunta se quedó muda mirándose el anillo unos instantes más, como imaginando vaya uno a saber qué ensoñaciones. Se lo sacó lentamente y con un suspiro de resignación lo devolvió al vendedor, que no necesitó de palabras para entender la respuesta. «La próxima», dijo éste consolándola, aunque doña Asunta sabía muy bien que siempre habría otras urgencias que atender, y por lo tanto nunca habría una «próxima» en su vida. Salió del negocio escoltada por Tutuca, su único hijo y mejor amigo, quien compartía junto a su madre el hartazgo visceral de una vida plagada de estrecheces y privaciones.

II

Se llamaba Tomás Bautista Ibarguren, aunque todos le decían «Tutuca», porque desde pequeño había hecho del maíz inflado su golosina predilecta, así conocida comúnmente. Era el hijo tardío de Julio Ibarguren, un fallido empresario textil, y de Asunta Moíno, una simple modista de buen corazón. Cierta noche, tras una pelea sanguinolenta, Julio Ibarguren abandonó a su mujer y a su hijo recién nacido, condenándola a Asunta a una maternidad desigual, pues no le brindaría ningún tipo de ayuda para la crianza y manutención de Tomás. Presa de una kafkiana burocracia judicial y del  constante enfrentamiento con el padre del niño, doña Asunta terminaría por hacerse cargo ella sola del cuidado y educación de su hijo, que era a quien más quería y adoraba en el mundo. La infancia de Tomás transcurrió entonces entre la escuela, la biblioteca municipal y las hamacas chirriantes de la plaza Matéu los domingos por la tarde. Doña Asunta trabajaba para una exigente diseñadora en el subsuelo de un atelier a pocas cuadras de la gobernación. Se pasaba allí mañanas y tardes íntegras bordando géneros, cortando paños y cubriendo con miles de mostacillas y canutillos los cinematográficos vestidos que después aparecían en las revistas de alta moda. Su jornada estaba mal paga, y eran tantos los gastos que había que afrontar –el alquiler de la modesta casita en inmediaciones de plaza Matéu, los servicios, la educación de Tomás, alimento, vestimenta, medicinas, transporte y hasta cosas imprevistas–, que casi siempre se vivía con lo justo e incluso menos que eso. En unas pampas agrestes donde la prosperidad florecía para pocos, doña Asunta soñaba con que su hijo pudiera conquistar los logros que ella misma no había podido conquistar en su vida. Tutuca, quien ya estaba próximo a alcanzar la mayoría de edad y obtener su título de bachiller, solo pensaba en llegar alto y poder así, entre otras cosas, retribuirle a su madre todo el amor y los sacrificios que ella siempre había hecho por él.

III

«Te digo que el viejo siempre se queda hasta tarde; si caemos a última hora no va a haber ningún problema», insistió Claudio ante el semblante dubitativo del Quichua. «No sé», dijo el Quichua, «¿y si mejor lo dejamos para otro día?». «Estás muerto de miedo, cobarde», lo increpó nuevamente Claudio, provocándolo para que aceptara. «Necesitamos hacer esto hoy», prosiguió, «con los festejos de Nochebuena, ¿te crees que los polis va a andar buscando a dos perejiles como nosotros? Bah». «De todas las tareas que me has propuesto, esta es la más precipitada, Claudio. ¿No estás apurando un poco la mano?», repuso el Quichua, temiendo otra burla o reproche de su congénere. «Yo ya lo tengo estudiadito, amigo, es cuestión de segundos. Mirá, primero damos con la moto unas vueltas por ahí, para cerciorarnos de que no haya moros en la costa. Si por esa vereda no pasa nadie, yo me bajo y vos hacés de campana con cara de zonzo como quien no quiere la cosa. Le apunto al viejo para que embolse el metal y la guita, y en un parpadeo ya vamos vos y yo como una flecha por la avenida. ¿Te parece?». El Quichua enmudeció tras escuchar la propuesta del plan de acción, todavía indeciso de la respuesta, pero más temeroso aún de la previsible ira de Claudio ante su negativa. «Uf, está bien», contestó por fin de mala gana, «¿a cara descubierta nomás?». «No», agregó Claudio, «además de las balas, ahora voy a casa a buscar la pañoleta». «¿Balas?», dijo el Quichua sorprendido, «¿no pensarás en serio dispararle al pobre viejo?». «No, dispararle no. Sería el último recurso si las cosas se ponen difíciles», aseguró Claudio, y concluyó: «Vos tranquilo que está todo calculado. Va a ser un atraco súbito, relámpago y eficaz».

 

IV

Al pasar por la puerta del caserón de calle 49, devenido en biblioteca municipal, Tutuca recordó las primeras líneas del poema de su antiguo propietario, un desasosegado poeta local: «El alma se me llena de estrellas, cuando pienso que moriré». Siguió cabizbajo hasta la avenida para desembocar en la plaza central, situada ante la rojiza catedral con sus etéreas torres de cobre. «¿Por qué todo era tan difícil?», se preguntó, lamentándose por el hecho de no poder retribuir a su madre. Le hubiera gustado tener un trabajo, ganar un sueldo, levantarse a la mañana siguiente y agasajarla: «¡Feliz Navidad, mamá!», «gracias por ser tan buena conmigo y por confiarme siempre tus cosas y sacrificarte por mí». Doña Asunta desenvolvería apresuradamente su regalo frente al modesto pesebre del aparador, abriría el estuche y la inundaría una expresión de júbilo al descubrir el anillo. «¡No te hubieras molestado, Tutuca!»,  «¡era justo lo que quería!». Pero nada de eso iba a suceder, pues al igual que amplias mayorías en esa tierra de iniquidades, él tampoco gozaba de una próspera existencia. Las circunstancias estaban dadas, en todo caso, para que fuera la suerte y no el mérito personal lo que definía los destinos de los seres comunes y anónimos como él. «Argentina es una partida de póker donde ganan siempre los mismos», se dijo mientras observaba un auto de lujo que maniobraba en los jardines del palacio municipal. Sospechaba que eso que algunos llamaban suerte, timba o azar, era un factor ínsito natural en la vida de todo individuo, imposible de erradicar por completo y hasta decisivo en muchos casos. Por una simple cuestión de suerte había quienes jamás podrían tener algo propio, aunque trabajaran la vida entera de sol a sol; por una simple cuestión de suerte había quienes heredaban tierras y posesiones sin haber trabajado jamás. En eso pensaba cuando a sus pies y en medio de la plaza ya casi desierta, encontró un billete de mil pesos que levantó de inmediato. «Qué  suerte», se dijo con alegría incontenible, «hoy invita la fortuna».

V

«Andá guardando el oro y apagando las luces, que tenemos que pasar por la panadería a buscar las masas finas», dijo Selena a su marido italiano. «Media horita más, todavía puede venir algún cliente», contestó de mal humor Enrico, quien siempre se quedaba tras el mostrador hasta tarde con el pretexto de una posible venta a última hora. «Ya estoy cansada de estar acá», murmuró Selena, «quiero llegar a casa y ponerme cómoda de una vez». «Uh, qué cazzo, no empecemos», imploraba Enrico justo cuando entró un muchachito esbelto, casi en hilachas, de pelo oscuro y grandes ojos negros soñadores. «Hola, yo estuve hoy con mi mamá y usted nos mostró ese anillo», dijo Tutuca señalándolo en la vidriera. «Ah sí, me acuerdo», repuso Enrico mirando a su esposa con aire de triunfo. «Bueno», dijo Tutuca, «envuélvalo para regalo que me lo llevo, acá tengo los mil pesos», añadió sacando el dinero de su bolsillo. Selena y Enrico intercambiaron una sonrisa cómplice, ora por la visible inocencia de aquel jovencito, ora por su exagerada emoción al comprar una fantasía en liquidación. «¿Cuál color de envoltorio te gusta más?», preguntó el joyero a Tutuca justo cuando se oía, afuera, la abrupta frenada de una motocicleta. Sería un atraco súbito, relámpago y eficaz. «Josephine. Oro. Plata. Bijouterie», leyó Claudio en la marquesina antes de atravesar velozmente la puerta. «El oro y la guita», dijo el ladrón apuntando impunemente con el revólver a los tres, pero las cosas no salieron según lo esperado. En fracción de segundos, se produjo un tenso forcejeo, gritos, insultos, golpes, entre vendedor y malviviente. «¡Llamá a la policía!», oyó decir Tutuca a la mujer, aunque ya era demasiado tarde. Un estruendo de pavor resonó en el interior del local, del cual huyó el victimario sin su botín. Tutuca quedó tendido en el suelo con el rostro comprimido de sufrimiento. La bala le había perforado el abdomen. Sentía que todo giraba a su alrededor, y de a poco el dolor ardiente y punzante fue abriendo paso a una paz inefable, sublime. Como en un sueño, pudo ver a su madre cosiendo sobre la mesa del taller: un destello violáceo atraía de pronto la atención de doña Asunta, quien hacía una pausa para contemplarse orgullosamente el anillo. Tutuca se sintió aliviado, se sintió con suerte, se sintió feliz.

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