El 244

Por Alejandra Goncalves

Siempre odié mirarme al espejo. La imagen que veía era la de una chica triste, de ojos melancólicos, labios finos, los dientes separados y, especialmente, la nariz. Lo único que me gustaba hacer frente al espejo era peinarme. Mi cabello era  lacio y largo, color caramelo. Era la envidia de mis compañeras de clase. Mi cuerpo no se adaptaba a la moda de esa época, dictadura de flacas escopetas sin nada de nada. Encontrar un corpiño adecuado era un inconveniente, terminaba comprando los que se vendían para las mujeres que daban de mamar, enormes, ásperos, ropa de vieja. Cuando íbamos a algún asalto, lo más normal era que “planchara” toda la noche. Lo pasaba realmente mal. Me aliviaba cuando ponían la canción de Banana Pueyrredón “Nuestra canción de despedida”, que decía lo “triste que es decir adiós”. ¿Tiste? Para nada. Significaba el fin de estar sentada fumando sin parar, tratando de no ver como todas bailaban memos yo. Estaba en tercer año comercial de un colegio privado de Bella Vista. Me levantaba a las seis de la mañana, me encorsetaba el uniforme y me pasaba a buscar el transporte escolar por la puerta de casa. Mis padres no me permitían ir sola al colegio ya que tenía que cruzar por Campo de Mayo y, según ellos, era una época complicada políticamente. Yo vivía en mi propio mundo, preocupada por lo mal que estaba viviendo mi adolescencia, sin prestar la menor atención a lo que sucedía a mi alrededor. Mi hermana mayor solía decirme que vivía bajo las baldosas, y tenía razón. Además, como el colegio era de doble escolaridad hacía que mi mundo fuera muy acotado, un micromundo. Así pasaba mis días escuchando a los Beatles y estudiando mucho, por lo menos de esta forma estaba entre los mejores promedios. Las ciencias exactas eran para mí un juego, me gustaba el desafío que presentaban. Era muy inteligente, pero nunca pude ser abanderada porque la profesora de Educación Física no aceptaba mi falta de coordinación para cualquier deporte o actividad física. Según ella, era un fracaso. Timorata, nunca levantaba la voz ni siquiera para frenar las agresiones. Pero un día eso cambió. Junto con otras tres compañeras, decidí ratearme de las clases de la tarde. Estuve toda una semana organizando cómo salir, qué hacer y dónde ir. Esa mañana me levanté como siempre y puse en el bolso del colegio mis zuecos nuevos para lucir en mi aventura: el viaje a la Capital era un hecho. A la hora acordada nos encontramos y salimos por la puerta del costado, que estaba tapada por el ligustro. Para no tomar el colectivo que paraba frente al colegio, nos fuimos caminando hasta la avenida principal. En lugar de subir al tren decidimos tomar el colectivo 244 que cruzaba Campo de Mayo y nos dejaba en la estación de Hurlingham, para evitar que nos viera algún profesor. Todo sucedía según lo planeado; estábamos contentas, hablando y riendo, hasta que el colectivo frenó de forma brusca. Subieron militares y colimbas. Comenzaron a pedir documentos, uno lo pedía y el otro apuntaba con el fusil. Cada tanto hacían bajar a alguien a los empujones. Cuando me tocó a mí, saqué el papelito que me habían dado en la comisaría del barrio en el que se informaba que el duplicado de la cédula de identidad estaba en proceso, y que el papel tenía “valor de documento”. El militar me miró, me agarró del hombro y gritó “abajo pendeja este es un papel de mierda”, y me lo tiró en la cara. Traté de explicarle, su respuesta fue un empujón. De pronto estaba parada al costado de la ruta junto al resto, al lado del río Reconquista. Abrieron mi bolso y tiraron todas mis cosas al suelo. Revisaron mis carpetas, la cartuchera, mis apuntes, mi diario íntimo, rompieron mis zuecos, lo pisaron todo y se rieron. No lograba entender qué pasaba, pero pude escuchar a una de las chicas gritar desde el colectivo en movimiento “quedate tranquila que le aviso a tus viejos”. Pensé en mi mamá y en lo furiosa que se pondría cuando recibiera la llamada. Estuvimos parados en fila un par de horas a la espera de nuevas órdenes. Llegó un camión del ejército, esos que usan para el traslado de tropas, cubierto con una lona verde. Bajó otro militar, asumí que tenía una graduación superior ya que los que nos custodiaban hicieron el saludo militar, mientras hacían sonar los tacos de las botas. Yo estaba parada con el uniforme del colegio en el medio de la fila, tiritando de frío y de miedo. Éramos unos quince, la mayoría hombres jóvenes. Comenzó con el primero, miraba de manera intermitente el documento y la cara. Le dijo algo al otro militar y lo subieron al camión. Cuando fue mi turno, me miró; estiré el brazo y le di el papelito arrugado. Examinó mi cara en cámara lenta y lanzó una carcajada. Gritó el nombre del militar que me había bajado y le dijo:

–¿Qué mierda hace esta pendeja acá?

̶ Mi Coronel, no tenía documento y tenía un bolso.

–¿Y qué había en bolso? 

̶ Libros y un par de zuecos, esos que usan los hippies.

–Pero usted la miró, ¡dígame la miró bien! Fíjese la cara de pelotuda que tiene. ¡Mírela carajo! Vamos hombre. Usted cree que esta gorda con esa cara de estúpida puede hacer algo. Nunca vi a nadie con la nariz más grande que la cara. Usted es un flor de boludo. ¡No me joda! Meta al resto en el camión, ¡vamos que estoy apurado! Y vos pendeja rajá de acá.

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