The Guitar Orchestra of Latin America III

La música de los Ainur

por Jerónimo Corregido

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            El Centro Cultural Islas Malvinas de La Plata lucía fantasmal detrás de la cortina de garúa: las luces de la entrada proyectaban formas ominosas sobre el parque en penumbra, las arcadas parecían amplias bocas de cemento, las ventanas iluminadas no dejaban ver lo que sucedía en el interior. Un remolino de agua y hojas me arrastró hasta el umbral.

            En la sala donde generalmente se realizan las presentaciones se habían establecido cuatro grupos de butacas, dispuestas de modo tal que dejaban un círculo en el centro, al que se accedía por cuatro pasillos. Tuve suerte de encontrar lugar: estaba casi todo lleno. Bueno hubiera sido contar con un programa del concierto. No para preparar las emociones de antemano, sino para organizar la estructura de espectáculo en la mente. Es conveniente contar con alguna información sobre la muestra que uno presencia, pues así se puede disfrutar con más profundidad. En este caso, mis conocimientos sobre The Guitar Orchestra of Latin America III eran bastante reducidos. La información que había encontrado en Internet era sumamente incompleta, y apenas indicaba que el grupo, dirigido por Horacio Pozzo y Hernán Núñez, estaba formado por guitarristas de distintas nacionalidades, quienes tocaban según la técnica de afinación no convencional Guitar Craft Tuning, popularizada por el músico inglés Robert Fripp. Lo que esto quería decir en particular, me era por completo ajeno, pues no había encontrado videos ni grabaciones del conjunto.

            Y eso tenía una razón: cuando el auditorio estuvo efectivamente colmado, un grupo de personas se acercó al centro del círculo interior y, primero en alemán, luego en portugués, italiano e inglés, y finalmente en español, pidieron que no se filmara ni se grabara ni se sacaran fotos de la presentación, pues eso afectaba el desempeño del conjunto. Quizás la ausencia de un programa que estructurase el concierto estaba ligado al vacío de contenidos virtuales de la orquesta: si el público no tenía idea de lo que iba a presenciar, su asombro podría ser más genuino, más inocente, más puro.

            Por fin ingresaron los músicos. Conté veinticinco personas, dos mujeres y el resto hombres. Las guitarras eran todas diferentes entre sí, y si no hubieran valido por su función musical, habrían podido ser apreciadas como objetos estéticamente bellos en sí mismas: angulosas algunas, redondeadas otras, de diferentes colores, de distintas maderas, construidas como si el fin de una guitarra no fuera complacer con sus sonidos sino con su apariencia. Los músicos se dispusieron en dos semicírculos, alrededor del público, de modo que la audiencia podía ver a una mitad de la orquesta del lado de enfrente, pero la otra mitad le era invisible. Todos los integrantes vestían de negro, y estaba agrupados en cuatro bloques, dos por cada semicírculo.

            Como olas, como ondas de viento en los árboles, como hordas de grillos voladores, los acordes se fueron replicando alrededor de la audiencia: caían en forma de cascada, no con simultaneidad sino escalonadamente, como las gotas que saltan de una piedra a la otra hasta convertirse, allá abajo, en río, o acuífero, o lago.

            Luego la armonía creadora se fue rompiendo, y los músicos comenzaron a deambular por la sala: sus movimientos y sus notas denotaban el caos en el universo, la tensión que se gestó en Eä cuando Melkor les dijo a los Valar que quería tocar otra música, o el frío que debe de haber hecho en el jardín de Edén cuando Eva le comentó a Adán cierta idea famosa. La sala era ahora una maraña de cinesis y rasguños, las cuerdas vibraban en disonancia, las notas se comunicaban en lenguas distintas. El caos fue creciendo, y cuando llegó a su punto máximo comenzó a recobrar su armonía, el ritmo empezó a tener un sentido, y poco a poco una melodía se fue volviendo canción.

            Un silencio insistente marcó el fin del primer movimiento, silencio que fue roto por los aplausos del público. Aplaudir parecía un torpe modo de ejercitar el arte del sonido, luego de haber viajado tan lejos en alas de guitarras. Quedaba claro que ésta era una experiencia que interpelaba los sentidos y la imaginación, y que había que entregarse a ella libre de ataduras mundanas. Así y todo (pobre criatura terrenal), extrañé la presencia de un programa.

            La obra estaba estructurada según el siempre efectivo método de armonía y tensión: había momentos en que la sala era una enjambre de individualidades irreconciliables, y momentos en que todo el cosmos parecía vibrar en una misma frecuencia. Era maravilloso apreciar cómo los músicos, sin dejar de tocar, se movían por la sala sin chocarse ni estorbarse, haciendo uso del lenguaje corporal para producir un efecto estético homogéneo. Algunas pocas veces se recurrió a la voz, y siempre fue de modo armonioso, sin perturbar el protagonismo de las guitarras.

            En cuanto a lo que se tocó, vano sería todo intento de describirlo. Sé que estuve sentado entre una audiencia en una remota ciudad de Latinoamérica. También estuve en una playa oscura y hacía frío, estuve tomando vino en un patio de Firenze, estuve rodeado de caballos en un monte; vi un rostro a la luz de una vela, fui juglar de Hygelac y cartero de Hirigoyen, viví las vidas que el tiempo no me dejará vivir y soñé los sueños que no entran en una noche.

            En un momento, los músicos cambiaron la afinación del instrumento. Fue interesante sentir cómo, replicando armónicos, iban acomodando sus guitarras para que sonasen igual, sin recurrir a otro medio que los oídos.

            Toda esa aventura duró un tiempo inespecífico, que ahora no puedo contrastar con el calendario de los relojes porque no hubo un programa que lo contase. Sin dejar de tocar, los músicos se retiraron de la sala. Luego incurrieron en el repetido recurso de volver a entrar para tocar un tema más. A pesar de ese cliché estructural, el concierto había sido un éxito.

              Me fui esquivando charcos por el parque, oyendo en el viento los ecos de las guitarras. Quizás la naturaleza, al fin y al cabo, imitara al arte tanto como el arte a la naturaleza.

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