Resultado sin proceso: la fotografía como expresión artística de nuestra época

Por Charlie Uait

 “El fotógrafo siempre está tratando de colonizar nuevas experiencias,” declara Sontag en voz baja, exhalando el humo gris del cigarrillo hacia un haz de luz “y nuevas maneras de mirar cosas familiares – para luchar contra el aburrimiento.” En los escasos segundos en que ese gris encuentra el aire viciado de Nueva York, los epítetos se apilan a la par de las cenizas sobre los papeles que cubren la mesa del living: “Superturista”, “auteur”, “idealizadores”, “coleccionistas”. El prototipo sontageano se asemeja a un niño inquieto saqueador de muecas, recolector de objetos sin contexto, que abre sus ojos y adormece su moral, empuña su arma y arranca pedazos de realidad. Al final de su jornada, vaciará su saco de retazos en un foso del tamaño del mundo, colmado de botellas, enanos y doppelgangers bidimensionales.

   En su libro On Photography, el lector es presentado con un mundo invadido por la fotografía. A través de la fotografía, todo es retratado, consagrado, otorgado hermosura. Todo tiene importancia y por consiguiente, nada tiene importancia. El ideal whitmanesco donde «cada objeto, condición, combinación o proceso precisos exhibe una belleza» fue alcanzado, y luego corrompido. Todos somos bellos, importantes, equalizados por el lente. La realidad ya fue documentada, catalogada, esterilizada, y consumida.


 Sontag no es la única que se ha manifestado acerca de la reproducción incesante que acarrea el fenómeno fotográfico. Una instalación del artista holandés Erik Kessels, inaugurada en Amterdam, reúne cerca de seis millones de fotografías publicadas en sólo 24 horas en el sitio Flickr. Ciertamente los números impresionan: “Algunas agencias fotográficas, como Gamma, Sygma, o Sipa inundan al mundo con imágenes. Sygma difunde alrededor de diez mil fotos por día.”

Fotografía en Abundancia de Erik Kessels

 La documentación incansable de un ejército de fotógrafos genera por momentos la sensación de que la fotografía se convirtió en una película que cubre cada centímetro de nuestra experiencia sensorial. Es referente y referencia, dice Sontag. Su libro de ensayos disecciona el fenómeno y examina sus partes. Una de esas partes, el fotógrafo, parece un personaje que sale a la calle para robar a los demás lo que le falta a sí mismo. Un voyeur de sus carencias, por así decirlo. Diane Arbus buscaba en los freaks de América lo que su crianza acomodada le había ocultado. No fotografiaba nada que le resultara familiar, declaró un día, y se convirtió en el ejemplo por excelencia de un artista que no crea por amor al arte, sino para desenterrar los misterios de la vida privada, para echar una luz cegadora a los matices que conforman lo humano.

Sontag publica su libro en los 70, lejos de la época de los celulares con cámara y las redes sociales. Hoy en día, el presagio se cumplió: el monstruo-fotógrafo, entumecido y hambriento, que empapela el mundo con copias de realidad, mutó en forma de una generación entera. Siglos de madurez estética se licuaron en 200 filtros que todos podemos aplicar a una foto.Los primeros cien años de evolución desde el daguerrotipo son ahora conocidos como vintage, disponible con un click. Los ejemplos que Sontag presentó en su libro ahora son parte de nuestra cotidianeidad. El viajero es uno de estos ejemplos, descripto casi como un autómata despojado de volición, obligado a vagar por el mundo en un trance de disfrute adulterado. “Viajar se convierte en una estrategia para acumular fotos” nos ilustra. Su misión es aparentar, posar, fotografiar, compartir, repetir. Los turistas (y quizás hubiese incluido a los influencers, instagramers, y facebookeros), se arrojan a las calles a fotocopiar monumentos, carteles luminosos, puestas del sol, para luego volver a sus casas, publicar, y trabajar hasta el cansancio para costear su próximo viaje.

Leaning Tower of Pisa de Martin Parr

“¿Qué tipo de expresión exige esta época? Ninguna. Hemos visto fotografías de madres asiáticas que perdieron a sus hijos, no nos interesa el espectáculo de tus órganos expuestos.”

  La cita, de Leonard Cohen, parece una suplica por la representación sutil. La palabra mariposa, escribe, es simplemente información, no la oportunidad de revolotear. A muchos de estos escritores sus novelas les costaron un gran pedazo de sus vidas, sus familias, y una que otra adicción. El escritor Daniel Schechtel, rumiando sobre obras de arte, revela que le parece “un facilismo colocar a una figura humana en una obra visual para representar una emoción o un estado mental, dado que nuestra mamífera empatía reacciona inmediatamente.” En suma, el arte no debe ser un esfuerzo solamente para el artista, sino también para el receptor. Quizás el “arte automático” de las cámaras no sienta bien con los paladines del sufrimiento creativo. La fotografía puede  juzgarse como una obra sin humanidad (o en todo caso, una humanidad ajena, no la del artista), un resultado sin proceso. El arte digerido, que la humanidad consume feliz en lugar de la fría realidad, atenta contra el (hoy escaso) mercado que consume los versos inasequibles que representan el arte intelectual. Estos artistas, mamíferos también, escritores la mayoría, argumentan que la inacción crónica que genera el estímulo constante pone en riesgo nuestra mismísima sanidad mental. La fantasía inconsciente que estructura nuestra realidad social, en palabras de Žižek, adormece la rebeldía, normaliza la conducta, nos convierte en androides que bien preferirían mirar una imagen de una persona al auténtico ser humano.

El juicio subyacente en las los puntos de vista expuestos es la frivolidad en el disfrute de la imagen. Aun cuando algunos fotógrafos son incluidos bajo la etiqueta de artistas, “la mayor parte de la gente no practica la fotografía como un arte.” Como parte de los que sí practicamos la fotografía como arte, quiero escribir a favor de ella. En mi opinión, el presente es ávido, curioso. El ideal ha cambiado, no se ha perdido: todo es susceptible de ser compartido, y esto no es algo negativo, es algo liberador. El goce creativo es alcanzable, tanto para su producción como para su recepción. La accesibilidad masiva sin duda aumentó el número de consumidores de fotografía por su aspecto frívolo, pero también aumentó los números de los que canalizan su sensibilidad a través de este medio.

Country Doctor de William Eugene Smith

Toda obra fotográfica es apta para conmover, excitar la imaginación. Tomo las palabras de William Eugene Smith, fotoperiodista estadounidense, quien dijo: “La fotografía es, en el mejor de los casos, un hilo de voz, pero a veces -sólo a veces- una fotografía o un grupo de ellas puede llevar nuestros sentidos hacia la conciencia. Mucho depende del espectador, en algunos, las fotografías provocan suficiente emoción para ser un catalizador del pensamiento“. Las barreras entre el arte clásico, moderno, popular, han sido avasalladas por un alud de representaciones de la realidad, por imágenes. Suscitan emoción, avivan el espíritu. En estos tiempos que parecen precipitados, urgidos hacia un objetivo invisible, la humanidad aceleró su digestión de estímulos y la fotografía se erige como una forma artística que se mantiene a fuerza de reproducción infinita instantánea. La fotografía es el arte que se mantiene vivo y vigente, renovándose a cada minuto.

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