Perdidos en Baires

Por: Joseph Melling

Traducción: Charlie Uait

  Juan Manuel era todo lo que Josefina había soñado: No era tan lindo como para que ella tuviese que celarlo, ni tan inteligente para que se sintiera como una ignorante. Era un pibe popular, pero más que nada con sus amigos de futbol. Mientras no le interrumpiese el partido de boca, no tenía de que preocuparse. Después de tantos romances fallidos con machos argentinos, que prometían su corazón pero entregaban su cuerpo, creyó encontrar el hombre perfecto en las calles de Buenos Aires. Juan Manuel estaba de acuerdo en que era afortunada de tener un hombre fiel como él, que además la dejaba jugar a la casita. Lo único que cambiaría de ella era su gusto en cortinas, y su negativa de usar botas para coger. La vida no es perfecta, pensaba, y lo más importante es que entendía que él necesitaba salir a la noche, solo, o con amigos.

 Juan Manuel era más complejo de lo que aparentaba. Se sentía feliz en pareja, pero mantenía una fértil vida interior. Necesitaba la sensación de libertad tanto como la compañía de una chica linda. Josefina le daba momentos de satisfacción y de estabilidad, sin tratar de encerrarlo como hacían tantas mujeres argentinas. Es cierto que ella no entendía por completo la cultura local, solo había vivido acá siete años, tiempo insuficiente para absorber la idiosincrasia social de la ciudad y los contrastes surrealistas entre las regiones de Argentina. Él, por otra parte, bien las conocía. La familia de su padre era del norte, pasando Salta, y su abuela materna había venido de la Patagonia, donde había trabajado para los alemanes en una granja. Ella los llamaba alemanes, aunque eran descendientes de inmigrantes que llegaron a Argentina en la década del 20 y se negaron a mezclarse con los inmigrantes alemanes que habían llegado antes por sus turbias conexiones nacionalsocialistas. Para Beatriz todos eran alemanes. Josefina era de Francia, tenía la belleza y el temperamento de alguien que escucha ópera con los ojos entrecerrados y bebe el perfume de París con placer sofisticado. Juan Manuel pensaba que así se vería él cuando probaba el dulce sabor de un golazo de su equipo. Aunque tenía que reconocer que la liberación de alegría histérica que sentía  en los escalones de la cancha de Boca estaba más cerca del éxtasis frenético que la frialdad civilizada que Josefina parecía experimentar. ¿Pero quién sabe? ¿Qué lenguaje podía capturar los susurros del alma por la noche? Probablemente ninguno.

  Juan Manuel y Josefina habían sido intensamente leales durante casi cinco meses y su historia de amor era tan segura como podía esperarse en un país que pasó de la crisis económica al desorden emocional con la rapidez de una gambeta de Riquelme. Y aun así la desgracia llegaría, en un atavío completamente inesperado. Él pasaba las noches libres en partes de la ciudad a las que ella nunca fue (o iría). En particular, le gustaba pasearse por Avenida Libertador, donde se podían ver autos caros y hermosos cuerpos saliendo de bares privados mientras los aviones nadaban por encima del aeropuerto Jorge Newbery. Josefina pasaba las noches con sus amigas, generalmente en San Telmo, donde bailaba tango y folklore (Juan Manuel odiaba el tango tanto como amaba el fútbol, ​​aunque en otros aspectos tenía alma de artista). En esta noche en particular se reunió con Kiara, quien habían organizado una fiesta de compromiso con sus amigas porque Gerónimo, su amante, se negaba a anunciar su compromiso sin el aval de su madre (el cual tenía pánico de pedir). Habían estado comprometidos en secreto tres semanas y Kiara decidió que ya era suficiente. No solo contrató un stripper musculoso y aceitado, sino que también alquiló una limosina para desparramarse con sus amigas hasta el club privado donde dicho stripper las esperaba. Josefina le explicó esto a Juan Manuel, quien no mostró interés, excepto por un “que bueno, amor, divertite” dicho con apuro entre un saque de arco.

La noche fue un éxito, aunque el stripper y su pene dieron una actuación desinflada. Sin embargo, el champán burbujeó los ánimos femeninos lejos del bajón. Mientras se apiñaban en la limusina yendo a buscar una buena milonga donde pudieran volcar su pasión no correspondida sobre algunos transeúntes desprevenidos, el stripper salió corriendo del boliche y les pidió que lo llevaran. Antes de que el pedido generase interpretaciones eróticas, dejó en claro que solo necesitaba ir a pocas cuadras para ver a una amiga. El elegante auto se estiró como una pantera y aceleró por la Avenida Libertador y frenó cuando el stripper (se llamaba Fernando pero tenía un nombre artístico que nadie entendió), gritó “¡Acá! ¡Acá!” Las mujeres bajaron las ventanillas para chusmear cuando Fernando salió y lo vieron caminar hacia una mujer exótica con un vestido ajustado y caderas estrechas. Estaba muy maquillada pero con estilo, y lo besó en los labios. Las pasajeras se sintieron un poco ofendidos cuando la excitación que Fernando no pudo encontrar minutos antes hizo una visible aparición, pero Kiara se encogió de hombros y se dispusieron a continuar. Josefina siguió observando. No podía sacarle los ojos de encima a aquella mujer fatal. Tal vez nunca hubiera entendido ese extraña fascinación que de repente sentía si no la hubiese escuchado hablar. Con voz ronca, ella gruñó: “Nos vemos más tarde. Un hombre en un Mercedes pasó ya dos veces. Seguro vuelve. ¡Andá! Nos vemos en casa de Gero.” Le lanzó un beso y en ese instante vió a Josefina. Se reconocieron. La voz de Juan Manuel sobresalió más allá del labial con glitter y el corpiño relleno.

  En ese momento cada uno salió de su cuerpo terrenal y se suspendió en el aire. Consideraron la posibilidad de continuar una relación cuya intimidad se había rajado de golpe, y por esa raja se había deslizado un falo oloroso, reluciente, inevitable. ¿Podría este deseo transexual florecer en su intimidad y, al mismo tiempo, mantener su emoción secreta? Josefina no estaba dispuesta a perder en un momento de azar todo lo que había construido. Juan Manuel presintió su comodidad suburbana diluirse. Y sin embargo reconocieron que era simplemente imposible traducir este lenguaje privado de anhelo erótico y transacciones sexuales al idioma de su seducción convencional. A pesar de su aparente liberalismo en asuntos del corazón, ambos se aferraron a los ideales de la convención romántica. Era una lealtad a todas las ilusiones que habían cautivado a los amantes durante generaciones. Abuelas de Salta o Patagonia, así como de París. Hubo un breve momento, casi invisible, de tierna tristeza cuando Josefina cerró la ventana y Juan Manuel sonrió a medias. Mientras el tranvía mágico de Kiara se alejaba, un Mercedes plateado se detenía junto a Juan Manuel.

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