Hace un año en Santander

Por Santiago Oliva

Conocí a Lucrecia poco tiempo después de llegar a Santander. Tenía mi edad, había nacido en el año 1985 y era madre de una bebé. Ella estaba concluyendo su tesis de Antropología, mientras que yo, como becario de la fundación Walsh, debía terminar mi Doctorado en Letras. Lucrecia deseaba recibirse para abandonar su trabajo en un call center. Cuando la vi por primera vez, en el taller de dramaturgia de la casa Menéndez Pelayo, me pareció una chica atractiva. Después de clase, mientras cada uno guardaba sus cuadernos, ella me preguntó si me gustaba Marechal. Yo le respondí que sí y ella dijo que era evidente esa influencia en mis diálogos. Afuera la niebla del mar ocupaba la calle, entonces, como la ciudad parecía peligrosa, acompañé a Lucrecia hasta su casa. En la puerta nos despedimos, me dio un beso en la mejilla y cambiamos los números de teléfono. A la mañana siguiente, le escribí un mensaje para invitarla a ver una película y me dijo que podíamos verla en su casa. Luego de la película, Lucrecia durmió a su bebé y volvió desnuda de la habitación. Yo nunca había tocado senos repletos de leche.

    La hija se llamaba Julieta y tenía apenas once meses de vida. El padre había sido un compañero de Lucrecia, que en cuanto la supo embarazada, desapareció de Santander. Yo pasaría un tiempo en Cantabria estudiando la obra de Matilde Camus, por lo cual conocer a alguna chica estaba dentro de mis expectativas. Sin embargo, nunca pensé que acabaría cumpliendo un rol de padre. Por ello, a medida que la relación avanzaba, mis ganas de cortar se volvían incontenibles. Pero el día en que iba a explicarle que me marchaba, ella volvió del trabajo diciendo que la habían despedido y que no imaginaba cómo sobrevivir. Yo me mantenía con un sueldo de becario que rozaba los dos mil euros; no obstante, viendo a Lucrecia tan asustada, decidí bancarla hasta que consiguiera otro trabajo. La noche del nueve de abril de 2013, Lucrecia, su hija y sus dos perros se mudaron a mi departamento de la calle Cisneros. El diecinueve, a las cinco de la madrugada, sentí que ella hacía un ruido extraño: fue su primera manifestación de la parálisis del sueño.

    Nuestra economía se dramatizaba con el paso del tiempo, porque Lucrecia no conseguía trabajo, porque yo me angustiaba cuando no tenía plata para comprar Nestum, porque la niña se enfermaba y la mutual no le cubría los medicamentos. Para colmo de males, los caniches de Lucrecia entraron en celo y debimos mantenerlos separados. Pero una tarde, desde su andador, la bebé abrió una puerta y los perros se abotonaron. Tres meses después, cuando ya estaba podrido de mi generosidad, nacieron cinco nuevos caniches. Al principio era terrible porque debía limpiar la mierda cada mañana, pero luego, como cagaban afuera y se acercaba la hora de venderlos, sentía que por lo menos iban a entrar unas monedas. Pese a ello, venderlos fue una tarea difícil. Muy temprano, a las siete de la mañana, yo salía para realizar las entrevistas de mi investigación, y a la vuelta, luego de una charla con el Director de Cultura o con algún pariente de Matilde Camus, pasaba por distintas veterinarias con el deseo de vender los caniches. En el departamento, Lucrecia me recibía con el almuerzo listo y un montón de libros sobre la mesa. La tesis de Lucrecia trataba sobre la desaparición de una vieja cultura: los capacha, creo, habitantes de la parte occidental de México. Se trataba de un pueblo que hacia el año 1200 antes de Cristo, había fenecido bajo el dominio de su propia imaginación. Al parecer, según lo que me contaba Lucrecia, estos indígenas pintaban su historia en los muros de sus templos y de sus casas, aunque ese arte fuera malo para la ciudad, porque sacaban la pintura de un bosque que les daba alimento, vestido y agua. Hacia el año 1500 esa cultura gozaba de su época imperial, tenía controlados a numerosos pueblos de la región, e incluso la vida de los capacha rondaba en promedio los ochenta años. Hasta que la depredación del bosque trajo la peste, el hambre y el final.

    Lucrecia me contaba esas cosas bien entrada la noche, cuando la niña dormía y cuando nosotros habíamos terminado de hacer el amor. Se trataba de un instante feliz, en el que nos olvidábamos de la crisis económica y de la falta de trabajo. Pese a ello, muchas veces mientras dormíamos, Lucrecia se despertaba con un grito profundo: sufría el mal de la parálisis del sueño, una enfermedad neurológica que consiste en la incapacidad transitoria para cualquier movimiento. Lucrecia, a mitad de la noche y con el dormitorio a oscuras, se despertaba pero no podía moverse, entonces, como su mente buscaba alguna explicación a esa inmovilidad, aparecían los fantasmas y los demonios. Cuando era niña, sus padres la llevaron con un cura, luego anduvo por distintas brujas de barrio y finalmente, hartos de los miedos de la niña, creyeron que ella mentía. Lucrecia contaba que veía monstruos que la arañaban, pero que siempre era algo distinto, nunca un mismo demonio. Eso cambió cuando empezó a redactar su tesis de licenciatura: desde entonces, la imagen de un indio hambriento y moribundo noche a noche la dejaba temblando.

    Todo ese universo había deformado mi expectativa del viaje a España. Yo esperaba hacer amigos, visitar fondas nocturnas y tener sexo con gallegas. Sin embargo, el destino o mis propias decisiones me pusieron junto a una mujer, una niña y siete perros que abrumaban mi existencia. Por suerte, a cuatro de los cinco cachorros me los aceptaron en una veterinaria y ello significó una entrada de dinero. Pero al último cachorro, una hembra con problemas en los dientes, no la compraban en ningún lado, hecho que me obligó a colocar carteles en los negocios del barrio, ofreciendo una perra caniche. Por ese entonces, Lucrecia consiguió un trabajo de repartidora de volantes y yo tuve que quedarme unas horas con la niña, solo y aguantando sus llantos. A veces, cuando la niña no paraba de llorar, quería tirarla por la ventana, asfixiarla con una bolsa o darle un cachetazo. Al fin decidí que, apenas vendido el último cachorro, le diría a Lucrecia que me marcharía.

    Una semana después sonó el teléfono de mi departamento. Yo estaba durmiendo una siesta con la niña, porque la noche anterior, mientras ella y su madre descansaban, me había quedado hasta muy tarde trabajando en mi tesis doctoral. La llamada era de un comprador para la última perra que me quedaba. «Puedo pasar esta tarde» me dijo el hombre desde el otro lado del teléfono. «Bueno», respondí yo, «entre las cuatro y las siete no tengo problemas». Apenas corté, todavía atontado por el sueño, sentí una enorme felicidad porque la venta de ese perro significaba mi fuga, pero también, luego de poner la pava en el fuego, recordé mi hallazgo de la noche anterior, hecho que me acercaba a Lucrecia, a su hija y a toda la especie humana. A las cuatro de la mañana, cansado de trabajar en la tesis, me había puesto a hurgar los papeles que Lucrecia guardaba en mi baihut. Vi fotos de su familia, vi documentos, vi copias de recibos con deuda, vi un almanaque con fechas en rojo y vi también, forrada con papel araña, una carpeta llena de dibujos. La mayoría de los dibujos eran de carbonilla y colores aislados, en superficies blancas y marcos apocalípticos. El primero que agarré tenía en el centro la figura de un hombre, muy flaco, encorvado y repleto de manchas o erupciones; en otro había sólo fuego negro y una casa o un rancho; luego vi una serie de dibujos con niñas, en las que sospeché a Julieta y en las que, siempre con un mismo fondo, se veía junto al cuello el crecimiento de un tumor; la última figura correspondía a un velatorio sin asistentes, apenas con el muerto en su cajón y un puñado de velas. Al acostarme, abracé a Lucrecia y puse mi mano sobre su pecho.

    Esa tarde, cuando vino el hombre a ver el cachorro, me explicó que deseaba comprar un perro porque a su hija otro perro la había mordido y entonces les tenía miedo. Yo le dije que los caniches son buenos, que no iba a tener problemas y que podía llevarlo con vacunas y todo por trescientos euros. El hombre me pidió que se lo guardara cuatro días, que en su trabajo aún no le habían pagado, pero que seguro tendría la plata para esa fecha. Yo le dije que se lo guardaba e incluso pensé en dárselo, que luego me lo pagara, pero como no lo conocía quedamos en que lo recogería cuatro días después. A la noche, cuando Lucrecia bañaba a su hija, descubrió que Julieta tenía una roncha en la espalda, muy fea, parecida a las canchas de gato pero más carnosa y más grande. En la guardia del hospital le diagnosticaron dermatitis atópica, un problema que no era grave, pero que, dada la magnitud de su tamaño, requería medicamentos caros. Nos quedaban quinientos euros para llegar a fin de mes y en la farmacia nos dieron un presupuesto de cuatrocientos ochenta y dos: íbamos a quedarnos con dieciocho euros para doce días, es decir, hasta el próximo pago de mi beca. «Pero tiene que venir el hombre a buscar el perro», dijo Lucrecia, y por ello decidimos comprar todo lo que hacía falta, esperando que este hombre viniese a pagar. La roncha de Julieta fue desapareciendo sin fiebre ni urticarias, pero el comprador del perro no apareció. Al cuarto día, cerca de las siete de la tarde, lo llamé por teléfono pero nadie atendía, con lo cual, terriblemente angustiado, fui hasta una cabina para despistarlo con otro número y me gasté los últimos tres euros en esa llamada. «No voy a poder comprar el perro, señor», me decía el hombre, «porque mi esposa tuvo un accidente y necesito guardar el dinero». Le corté el teléfono, insultando. Cuando volví al departamento, Lucrecia y la bebé comían un arroz desabrido. A la noche, después de que ellas se hubieran dormido, bajé a la calle y me fui de Santander.


Publicado en Gambito de papel N° 4, en junio de 2015.

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