Una breve exploración de la literatura taiwanesa

Por Facundo Pallero

Tengo que confesar que no leí mucho del canon en que propongo incursionar. Convengamos en que no es fácil. No vamos a encontrar libros taiwaneses en Yenny o el Ateneo: Taiwán está a veinte mil kilómetros de distancia y muy lejos de la consciencia argentina. Si no lo confundimos con Tailandia, el correo lo denomina “Provincia de China”. ¿Nos llegará siquiera una compra desde Taiwán? Quizás, para leer en papel, como manda nuestra revista, lo más seguro sea ir hasta allá. Tramito mi visa, no en un consulado, sino en una embajada multifunción lejos de Barrio Parque, entre comillas y entre pisos de oficinas ensanguchados por un McDonald’s y un sindicato de petroleros en Avenida de Mayo. Con escalas, es un vuelo de treinta y seis horas. 

Rumbo a la escala en Dubái, el avión sobrevuela Camerún, la República Centroafricana y Sudán. Bastante más al noroeste, en las antiguas colonias españolas del Sahara, se escribió la obra taiwanesa más conocida internacionalmente. Diarios del Sahara de Sanmao, traducido al español antes que al inglés, me acompaña sobre la bandeja del asiento de adelante. Más que crónicas, reúne relatos en cierto grado ficticios sobre las peripecias desérticas, el matrimonio con un submarinista madrileño y el encuentro con las culturas española y saharaui de la autora. Con estas historias, San Mao se ganó ávidos lectores tanto de Taiwán como de China continental, que quizás formaran un mismo público. Diarios del Sahara apela a una identidad en común, ¿pero no existirá también una singularidad taiwanesa? 

Después de pasar sobre India y China, por trámites migratorios y por la recepción del hostel, me tiro en un asiento de la Biblioteca Pública de Beitou, en Taipei, rodeado de vegetación tropical y con vista a un estanque de nenúfares. La isla de Taiwán está en las antípodas de la provincia argentina de Formosa y fue bautizada con el mismo nombre por los portugueses. Antes, era el lugar donde los ami, paiwán y otros pueblos vivían, no sé si en armonía, pero al menos sin que los jodieran desconocidos. Después, los españoles y holandeses la usaron como puerto comercial, los chinos le dejaron una mayoría étnica y los japoneses la anexaron a su imperio. Acá, como el escritor nigeriano Achebe hacía con el inglés, Wu Zhuoliu se puso a escribir en la lengua colonial, el japonés. En las manos tengo su obra Orphan of Asia, metáfora de una herencia esquiva o, al menos, complicada que sigue haciendo eco a través de los años.
Esterilizador de libros. Foto del 2015. 

Es que la saga continúa. Cuando, en 1949, el Partido Comunista Chino expulsó del continente a los nacionalistas del Kuomintang, el generalísimo Chiang Kai Shek se instaló en Taiwán, entidad ahora rebautizada “acorazado inhundible” por Harry Truman. Podría sacar de la biblioteca algún libro de los cuarenta años de Terror Blanco que siguieron, pero siento que esa es una historia repetida. Al final me llevo uno de Huang Chunming, The Taste of Apples, y me subo al Metro, que por tramos tiene carriles elevados. Siempre en medio de un cordón montañoso, las modestas fachadas de chapa y azulejos dan paso a muros vidriados a medida que avanzo hacia al centro. La transformación que relata The Taste of Apples es mucho más drástica: el choque de la vida rural tradicional con una modernización a la americana. 

Carriles elevados del MRT de Taipéi, cerca de la estación Beitou. 

Además de nutrirse de literatura estadounidense, Huang leía a Chéjov. Como los campesinos del maestro ruso, los marginales personajes de Huang, tampoco exentos de falencias morales, están siempre a merced de otros: pequeños capitalistas, funcionarios públicos, militares extranjeros. Después de guardar el libro en la mochila, bajar del Metro y salir de la estación, yo quedo a merced del calor, que adquiere un olor específico y me deja la cara pegajosa. Por suerte, voy a uno de los pocos lugares de la isla con un clima chejoviano: la pista de hielo de Taipei Arena, donde mi amigo Tao me espera para ver la competencia de patinaje artístico de las Universiadas. Esta quizás parezca una parada no literaria, pero Tao me devuelve un libro que le había prestado hacía años en otro viaje: Zero and Other Fictions, confusamente, de otro Huang, Huang Fan. 

En lugar de la bandera azul y roja de la República (no popular) de China que, a unos cinco kilómetros, flamea enorme frente al salón conmemorativo de Chiang Kai Shek, la delegación taiwanesa lleva una bandera blanca con los cinco anillos olímpicos. También lleva el nombre de “Chinese Taipei”, que a mí me suena como “Montevideo argentino”. Los competidores dan vueltas en círculo por la pista, giros de 360, 720 grados en el aire. Tao mira con atención, pero yo aprovecho para hojear Zero and Other Fictions otra vez. Me detengo en “The Intelligent Man”, una alegoría poligínica en la que el protagonista se debate si su progenie debe ser estadounidense, china o taiwanesa. Yo me debato qué cenar esta noche: Pizza Hut, huǒguō o ba-wan. 

Si se pudiera materializar delante de mí, elegiría la segunda opción, el caldero chino. Mientras me froto los brazos recuerdo que Huang Fan escribió el cuento “The Intelligent Man” durante la Guerra Fría, cuando tanto los nacionalistas en Taiwán como los comunistas en el continente reclamaban los dos territorios combinados. Unos tenían trece millones de habitantes en la décima parte de la Provincia de Buenos Aires, los otros armas nucleares y problemas con los rusos. Henry Kissinger, secretario de Estado de Nixon y Ford, que apoyó a Pinochet y a Videla, que ganó el Nobel de la Paz, se acercó también a Mao. Me pongo a releer Zero, una nouvelle distópica que la contratapa compara con 1984. Huang Fan no es Orwell, pero me gusta su crítica no a uno u otro sistema, sino a defectos inherentemente humanos en los que siempre quedamos enredados. Con ejecución perfecta, uno de los patinadores, de piel curtida por temperaturas bajo cero, se desliza hacia atrás, se eleva en torbellino y cae en un pie. 

“Chinese Taipei” queda fuera del podio, como los nacionalistas de la ONU en el 71. Tao está contento igual. Nos despedimos hasta el día siguiente, cuando planeamos encontrarnos con otra amiga para ir a la playa de Wai’ao. Pese a las afinidades de sus ciudadanos, a supuestos valores compartidos, las naciones toman caminos separados. Por si había dudas de cuál era la China favorita del mundo, en 1978 Deng Xiaoping comenzó con una serie de reformas para abrir la economía de la China Popular. Las empresas extranjeras pudieron aprovechar la redituable mano de obra local, nuevas oportunidades de inversión y un creciente mercado de ventas. Con el tiempo, los productos y el dinero comenzaron a fluir también a la inversa. Para cuando Taiwán empezó a tener elecciones en los 90, le quedaban muy pocas relaciones diplomáticas oficiales. Tras treinta años de autogobernarse en democracia, tiene todavía menos. El Metro está lleno a esta hora, así que agarro una U-Bike que, a diferencia de las Ecobicis, nunca me fallaron. No voy a poder leer en el camino de vuelta al hostel. 

Esquivo peatones y me cuelo entre el tráfico por calles que llevan el nombre de ciudades y provincias de China continental, el mapa de la patria añorada por los soldados del Kuomintang que llegaron a Taiwán en el ‘49. ¿Y cómo sentirán esas calles los habitantes de ahora? Según una encuesta del 2020 de National Chengchi University, el 64,3 % de la población de Taiwán se considera solo taiwanesa, el 29,9 % tanto taiwanesa como china y el 2,3 % solo china. Los titulares liberales del mundo reconocen esta identidad y la soberanía del pueblo taiwanés; en 2019 decían: “Taiwán primer país asiático en legalizar matrimonio igualitario”. En un gesto de modesta audacia, con mayoría del Partido Progresista Demócrata de la presidenta Tsai Ing-wen, Taiwán agrandó la palabra “Taiwan” en los pasaportes impresos después del 2021. ¿Por qué no cambiar el nombre oficial “República de China”?  Quizás Taiwán, de algún modo, finja no ser un país para seguirlo siendo. Si mañana, mientras intentamos surfear, llegara el Ejército Popular de la Liberación, ¿Qué cambiaría que la opinión internacional suspirara, sacudiera la cabeza y pronunciara algún adjetivo desaprobatorio? 

Abro la puerta de mi habitación del hostel y me tiro en la cama. Un geco amarronado culebrea por la pared. Saco de la mochila los tres últimos libros que leí: Orphan of AsiaThe Taste of Apples y Zero and Other Fictions. Son parte de la serie “Literatura china moderna de Taiwán” de Columbia University Press que, hasta donde sé, reúne las únicas traducciones de estas obras. ¿Por qué no “literatura taiwanesa moderna”?  Quizás se apele a la unidad cultural desde la que escribía Sanmao: es posible que Zhuoliu, Huang Chunming y Huang Fan, autores también de generaciones pasadas, dijeran ser tanto chinos como taiwaneses, al igual que el 29,9 % de la población actual. Tampoco se puede descartar la mano del Partido Comunista que, con peso político o capital privado, intenta controlar los adjetivos desaprobatorios y los símbolos o las nomenclaturas que contradigan su cosmovisión, como en los Juegos Olímpicos o las Universiadas. Reviso los prólogos para ver si encuentro algo. 

Posible conflicto editorial: el traductor de Huang Chunming, Howard Goldblatt, también traduce a Mo Yan, el primer Nobel de Literatura chino residente en China. Desde los territorios verdes en los mapas del imperio de la ley, varios intelectuales occidentales criticaron al laureado chino por no reclamar la liberación de presos políticos como Liu Xiabo. Yo no tengo nada contra Mo: recordemos que vive en China (con su esposa e hija). Para el septuagésimo aniversario de la ocasión, copió a mano las charlas de Ya’an que Mao Zedong dio en 1942. Estas se resumen en que el arte debe estar siempre al servicio del socialismo que, con un poco de hermenéutica, quiere decir del Partido Comunista Chino. Mañana me tengo que levantar temprano para ir a Wai’ ao y me doy cuenta de que es tarde, de que pronto voy a volver a Sudamérica y de que mi arte no está avanzando la causa del Partido. Mejor cambio de tema, no vaya a ser que Gambito empiece a perder sponsors. 

Biblioteca Pública en el Metro 
Máquina expendedora de libros. National Taiwan Normal University. 

Al día siguiente, paso por una librería Eslite y pido algo sin referencias explícitas a conflictos geopolíticos. Con The Man with the Compound Eyes de Wu Ming-yi bajo el brazo, me encuentro con Tao y Jun en la Estación de Trenes de Taipei. Los vagones son silenciosos, salvo por grupos que, como el nuestro, tienen algún extranjero o no se veían hace mucho; Jun me pregunta si extrañaba el paisaje siempre verde, y Tao, como si no fuera un lugareño, le saca fotos a las construcciones en las paradas, que tienen la elegante simplicidad de juguetes de madera. Cuando Tao y Jun se duermen un rato, leo The Man with the Compound Eyes, una parábola ecológica que entrelaza con realismo mágico la historia de una escritora al borde del suicidio y la de una mítica tribu isleña apartada del mundo.  

Ya en la playa de Wai’ ao, Tao y Jun surfean y yo lo intento mientras imagino que el islote que se ve en el fondo es una especie de Macondo taiwanés. Cuando salimos del mar, Jun nos hace poner guantes de voluntarios y levantamos alguna botella o red de pesca que las olas arrastran a la costa. No es el catastrófico vórtice de basura de la novela de Wu; además, Taiwán tiene una tasa de reciclado del 55 %, una de las más altas del mundo. A la noche, después de cenar, Tao, Jun y yo caminamos por la arena limpia y charlamos un rato más. Yo lamento que este recorrido por Taiwán y su literatura esté terminando y que tenga que prepararme para la vuelta. 

Wai’ ao un día sin gente. 

Abandonando la licencia de los viajes imaginarios en pandemia, en una tarde de otoño porteño que ya empieza a refrescar, pienso en cómo concluir este ensayo. Voy a probar así: que el Correo Argentino diga “Provincia de China” era solo una bajada de línea, porque a alguien hay que venderle la soja. Lo bueno es que posiblemente no se extravíen las encomiendas que mandemos a Taiwán y que seguramente nos lleguen libros de allá también. Dejando ahora de lado el artificio que me obligaba a leer en papel, comento que hay versiones digitales de todos los libros mencionados, de los que dejo estas reseñas: 

Diarios del Sahara de Sanmao 4/5 estrellas [Recomendado para todxs] 

Diarios del Sahara es probablemente el libro más querido de la literatura taiwanesa, tanto en el mundo de habla china como hispana (fue traducido al español antes que al inglés). Sanmao, que nació en la República China antes del exilio en Taiwán, mezcla sus impresiones de las culturas saharaui y española, anécdotas de su vida conyugal y relatos de sus aventuras en el desierto desde los últimos años de la ocupación franquista hasta la invasión marroquí del Sahara Occidental en 1975.  

El título de la obra en español podría dar la sensación de “no ficción”, pero a la ficcionalización que implica el mero acto de escribir sus vivencias Sanmao agrega varias formas del cuento y un encuentro con el líder nacionalista saharaui Basiri, ejecutado por la Legión Española años antes del paso de la autora por el Sahara. También hay un par de tramas que, por momentos, rozan la película de acción o el melodrama y algunas repeticiones propias de las publicaciones seriadas y de la prosa apurada, aunque esto no empaña los textos. 

Escritas con estructuras simples, las historias de Sanmao funcionan tan bien como las mejores canciones de tres acordes. El estilo, por otro lado, alterna hábilmente entre el registro coloquial y las referencias a los clásicos chinos. En las viñetas que retratan la relación con su esposo José, también sobresale el humor, como en las tiras de Mafalda que la autora tradujo al mandarín. Si bien no siempre demuestra sensibilidad cultural hacia los saharauis, Sanmao es una observadora perspicaz y una crítica mordaz que apunta, además, contra los colonizadores españoles.  

Cualquiera sea la proporción de ficción en los Diarios del Sahara, no caben dudas de que San Mao fue una aventurera intrépida que se alejó del camino trazado para las mujeres chinas y taiwanesas de su época, por lo que se convirtió en una inspiración para ambas. El personaje de Sanmao sirve para reforzar la imagen valiente e ingeniosa de la escritora: es el cerebro de su matrimonio, pero también arriesga su vida por José; no la amedrenta el desierto y logra burlar tanto a policías españoles como a piratas de la arena; puede ganarse el sustento como pescadora o hacerle creer a los comensales que un rejunte de conservas es un plato chino tradicional. A mi gusto, sus mejores relatos son los que muestran también vulnerabilidad e impotencia ante las injusticias sociales del Sahara, momentos que pintan el drama humano con la impronta de la muy buena literatura. 

Orphan of Asia de Wu Zhuoliu 3,5/5 estrellas [Solo para interesadxs en Taiwán] 

Publicado en 1946, Orphan of Asia es, hablando sin mucha precisión, la primera obra de la literatura moderna taiwanesa. Cuenta la historia de iniciación de Taiming en un Taiwán ocupado por Japón, sus desilusiones frente al trato que recibe de los pueblos con los que se identifica y los horrores que experimenta, ya como adulto, durante la Segunda Guerra Sino-Japonesa. Como Achebe, Wu Zhuoliu escribió en la lengua colonial. A diferencia de la Trilogía Africana, Orphan of Asia no tiene grandes méritos literarios. Igual tiene sus buenos pasajes, y vale la pena leerlo por el trasfondo histórico, que el autor vivió de primera mano. 

Entre los defectos técnicos de los que adolece Orphan of Asia están un ritmo errático; malas elecciones a la hora de narrar o mostrar escenas; digresiones familiares que tendrán lugar en Genji Monogatari o El sueño del pabellón rojo, pero no en una novela de doscientas páginas; la desaparición de personajes clave de la consciencia del protagonista; y semejanzas ocasionales con un panfleto político. Como méritos estrictamente literarios, tiene escenas memorables como esta que da inicio al libro y que traduzco de la versión al inglés de Ioannis Mentzas: 

 
“Hu Taiming sentía el sol primaveral en la espalda mientras contaba las piedras del sendero que iba del patio a la pequeña colina, hacia donde su abuelo lo llevaba de la mano. El sendero atravesaba una arboleda, y pájaros sin nombre gorjeaban y revoloteaban de rama en rama alrededor de ambos. Taiming se percató, sin aliento, de que había perdido la cuenta de las piedras y de que había perdido de vista a su abuelo. Resoplando, alcanzó al anciano, quien lo esperaba tranquilo en una parte llana de la pendiente.  

(…)  

El anciano ya parecía listo para fumar. Se volvió a atar la bandana, se sentó en una roca, llenó de tabaco púrpura su querida pipa larga de bambú y, tras hacer que Taiming se la encendiera, comenzó, con gusto, a hacerla silbar. El prolongado silbido le era familiar a Taiming. Lo transportaba a una dimensión de curiosa nostalgia, como el cautivante preludio al develamiento de un largo relato.”  

Por momentos, Orphan of Asia puede transportarnos a los paisajes de Taiwán y revelar atisbos de su mezcolanza de culturas, en especial del choque entre las tradiciones china y japonesas en una de las peores épocas de la historia. En un momento los personajes taiwaneses recitan poemas de Li Bai y meditan las enseñanzas de Confucio y Mencio y, al siguiente, caminan por pisos de tatami, en yukatas y tomando sake. En un momento los japoneses les dicen que nunca van a ser sus iguales y, al siguiente, los chinos les dicen que son espías japoneses. Si bien Taiming no es tan complejo como Obi Okwonko de Me alegraría de otra muerte, Wu, como Achebe, despliega un abanico de actitudes coloniales y pone en evidencia las faltas no solo de los colonizadores, sino también de los colonizados. 

The Taste of Apples de Huang Chunming, 4/5 estrellas [Recomendado para todxs] 

Escritos en los 60 y 70 en el estilo “nativista”, que aboga por el realismo y lo autóctono, los cuentos de The Taste of Apples retratan la modernización de la vida rural taiwanesa. Huang puebla este mundo de transiciones con personajes que son graciosos, muchas veces grotescos, pero más que nada conmovedores y humanos. Juntos, los nueve relatos forman un panorama particular de la isla. Los que me dejaron una mayor impresión individual son estos:  

– “The Fish”, la historia de un joven aprendiz de carpintero que pedalea cuesta arriba en una bicicleta destartalada para intentar llevarle un obsequio a su abuelo;  

– “His Son’s Big Doll”, donde un hombre anuncio trata de ganarse el pan y el cariño de su hijo bebé;  

– “The Taste of Apples”, el encuentro entre un consejero militar estadounidense y una humilde familia taiwanesa que da título a la colección; 

– “Sayonara/Zaijian”, donde un empleado de una compañía taiwanesa, al que se le encarga llevar a empresarios japoneses a un prostíbulo, decide inventar dos conversaciones al oficiar de intérprete entre estos y un estudiante local.  

Traduzco un fragmento de una de esas conversaciones de la versión al inglés de Howard Goldblatt: 

“Dejame terminar. El profesor Baba también dijo que, suponiendo que Japón sea un buen lugar o que Estados Unidos sea un buen lugar o que algún otro sitio sea un buen lugar, lo que parecés tener en mente es ir a algún buen lugar en algún sitio a pasarla bien o quizás solo a escaparte de la realidad. Lo que el profesor quiere preguntarte es esto: dado por hecho que Japón es un buen lugar, ¿qué hiciste vos por Japón? Si la respuesta es nada, entonces mejor que no hagas planes para cosechar los beneficios de sus logros.” 

Allá por el 2017, cuando estuve en Taiwán de verdad por última vez, pasándola bien y cosechando los beneficios de sus logros, encontraba vestigios del universo de Huang en los pequeños colectivos que subían una colina en las afueras de Beitou, en los bloques de adivinación que decían sí o no contra el piso de los templos, en el cálido bullicio de las conversaciones en hokkien taiwanés de los mayores. Sentía que Huang me llevaba a un terreno donde los dragones coloridos posados al borde de los tejados eran más que contrapuntos pintorescos a la imponente modernidad del Taipei 101 y la fabricación de semiconductores. Es decir, por un momento, sus cuentos hacían que dejara de sentirme como un turista. 

Zero and Other Fictions de Huang Fan 3/5 estrellas [Solo para interesadxs en Taiwán] 

Zero and Other Fictions incluye una nouvelle de ciencia ficción, un cuento de metaficción y dos alegorías satíricas. Aunque el humor me divirtió bastante, no me convencieron algunos personajes, escenas y tramas. Por otro lado, dicen sus traductores que la obra de Huang Fan logró una representación más completa de la historia, política y vida cotidiana taiwanesas en la literatura del país. A continuación, escribo un breve comentario de cada texto. 

– “Lai Suo”: Si bien el protagonista de este cuento está menos desorientado que los campesinos de Huang Chunming, termina perdido en intrigas políticas y siendo usado como chivo expiatorio. Según John Balcom, uno de los traductores de la colección, “Lai Suo”, que se publicó en 1979, marca un quiebre con el movimiento nativista al (re)incorporar escenarios urbanos e influencias extranjeras. Además, se aparta del maniqueísmo político prevalente en la época, criticando tanto a la dictadura del Kuomintang como a la oposición. Como literatura, no logró cautivarme: no me importaron los personajes ni me quedó grabada ninguna escena. No obstante, podría ser un interesante complemento a una lección de historia taiwanesa. 

– “The Intelligent Man”: Este cuento teje, con ironía, una alegoría geopolítica en torno a las disputas entre un patriarca y sus concubinas. Aunque al explotar estas dinámicas de género no deconstruidas Huang parece criticarlas un poco de rebote, quizás “The Intelligent Man” no se adapte a algunos paladares modernos, aun más considerando que no hay un solo personaje femenino fuerte en toda la colección. Soslayando esto, el cuento es una exploración cómica de la encrucijada en la que estaba y sigue estando Taiwán: entre la reunificación y la autodeterminación, entre cercanías culturales y lejanías políticas. 

– “How to Measure the Width of a Ditch”: Acá Huang se distrae por un momento de los dilemas taiwaneses y se divierte un poco con el posmodernismo. Solo voy a decir que este cuento fue mi texto favorito de Zero and Other Fictions y que lo recomiendo mucho a quienes disfruten cosas como Si en una noche de invierno un viajero o Cómo me hice monja

– “Zero”: Como el texto anterior, esta nouvelle no se siente específicamente taiwanesa a pesar de estar ambientada, mayormente, en lo que parece ser la isla. Huang le hace un guiño a Orwell con un manuscrito firmado por Winston, pero “Zero” está muy lejos de la universalidad y la envergadura literaria de 1984. El problema principal, me parece, es que el protagonista no se relaciona de manera significativa con ningún otro personaje, por lo que sus motivaciones carecen de urgencia. Sí, la obra quiere mostrar una sociedad alienada, pero falta algo que genere algún tipo de reacción en el lector. ¿Nos importaría que metieran a Winston en la Habitación 101 si no fuera por su relación con Julia? Otros problemas son demasiada historia de fondo apretujada en diálogos y detonantes forzados en la trama que parecen ítems tildados en una lista. Por otra parte, usa muy bien algunos otros giros argumentales, tiene ideas interesantes sobre el totalitarismo e intenta esbozar falencias humanas que persisten, más o menos sin alteraciones, frente a todos los sistemas de gobierno probados hasta la fecha. 

The Man with the Compound Eyes de Wu Ming-yi 4/5 estrellas [Recomendado para todxs] 

En un estilo reminiscente al realismo mágico, esta novela narra los hechos desde las perspectivas de distintos personajes, como si estuvieran reflejados en los ojos fraccionarios de un insecto. Los relatos dispares de la tribu Wayo Wayo que vive en armonía con la naturaleza, de descendientes de habitantes nativos de Taiwán rezagados en la sociedad moderna, de ingenieros y conservacionistas nórdicos, de un amante de la adrenalina que intenta saciar su sed de aventuras y de una escritora en duelo y al borde del suicidio se entrelazan a raíz de una bizarra catástrofe provocada por los humanos. 

Impulsadas por un evidente compromiso ecológico, estas versiones de historias intercaladas siguen una trama tenue, en la que el autor incluso hace un “cameo”. Cuando leí The Man with the Compound Eyes, me pareció que tenía una lógica narrativa dispersamente similar a algunas películas de Studio Ghibli, como El increíble castillo vagabundo. Gracias a esto, a pesar de esto o por algún otro motivo, el libro atrapa desde el principio. Si sumamos una prosa de por sí lírica y la invención de un lenguaje poético para los Wayo Wayo, The Man with the Compound Eyes es una novela que vale la pena leer. 

Ojalá que a alguien le den ganas de leer también otras obras taiwanesas. Dicen que la pluma es más fuerte que la espada. No sé si será verdad. Y no sé si sirve de mucho consuelo cuando alguien puede escribir Mein Kampf. En Gambito alguna vez dijimos que quizás la literatura pueda cambiar el mundo. Tampoco sé si será verdad. Pero me gustaría que, aunque sea, fuéramos aliados de ficción con los taiwaneses. Aliados en esas páginas que nos advierten de vórtices de basura arremolinados en el mar, que imaginan caminos para atravesar el desierto cuando la arena se hace nieve o que simplemente describen los pequeños colectivos que suben y bajan las colinas como gecos amarronados reptando por la pared. 

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