El jardín de las delicias

Por Santiago Astrobbi Echavarri

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La locura solo es una forma de la soledad: el loco es incapaz de comunicarse con los «cuerdos», entonces se queda solo, enloquece. Así, aquel que no se adapta a las reglas de la hegemonía, termina loco o preso, separado de la sociedad «sana».

El jardín de las delicias – Hieronymus Bosch (1503–1515)

Es esta falta de adaptación al resto del rebaño, esta sensación de soledad, esta incapacidad de comunicarse, lo que hace que muchísimos locos o delincuentes (esos que salen sin barbijo a besar adultos mayores) terminen viviendo, al menos por unos meses, en México en este preciso momento de la historia. México, hoy, es el refugio de los exiliados plandémicos, es el hogar de todas esas personas que se sienten decepcionadas, traicionadas y sodomizadas por sus estados de origen. Aquí crean un hogar y se alejan de la locura muchas de las personas que tienen los medios suficientes (y la creatividad, en el caso de Francia y Reino Unido, por ejemplo, donde es ilegal viajar) para escapar de las pezuñas de su patria, esa que alega proteger la salud con medidas absolutistas: ninguna estrategia global puede resolver los problemas locales. Ya Simón Bolívar renegaba en sus tiempos de los americanos aprendiendo con métodos franceses, pero ese sistema educativo perduró y llegó casi intacto a nuestros días.

El exilio de los nómadas digitales y su confluencia en México me recuerda los tiempos del exilio de los artistas surrealistas, a mediados del siglo veinte, cuando Eleonora Carrington, Max Ernst, Remedios Varo y muchos otros revoltosos del momento tuvieron que huir de una Europa azotada por la guerra para refugiarse, sobre todo, en la Ciudad de México, convertida en nueva metrópoli artística, en torre de Babel transitoria, en promisoria Biblioteca de Babilonia. La mayoría de estos artistas nunca volvieron a sus países de origen y terminaron desarrollando una prolífica carrera en el país de los mariachis y el tequila. Cuando le pregunto a los viajeros que me rodean, nadie tiene intenciones de regresar en el futuro cercano a sus países de origen. Pareciera que la ola migratoria ahora toma el camino inverso, desde el mal llamado primer mundo al peor llamado tercero. Siento un ardor dulce en el pecho porque entiendo la importancia histórica de este grupo de personas que, a pesar de las críticas masivas, decide confiar en su verdad y desestimar los miedos ajenos, las premoniciones apocalípticas y las acusaciones de cartón, para poder vivir, ser, experimentar, creer y construir. En algunos años sabremos quiénes eran los locos.

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Los hombres traen los bultos del vehículo; los niños y las mujeres desempaquetan los bultos y extienden el contenido de manera minuciosa sobre una lona de plástico azul rectangular que hace las veces de exhibidor. El sol se esconde detrás de la magnánima Iglesia de San Cristobalito, los cerros se tiñen con la resolana y las piedras del pavimento agotan el calor que acumularon durante el día; los transeúntes se cierran la campera y se ajustan el gorro en la cabeza. Son las cinco y media de la tarde en San Cristóbal de las Casas y, como todos los días, el mercado de esperanzas nocturno comienza a ofrecer su parafernalia.

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En la vida rutinaria, esa que Oliverio Girondo describió como «una telaraña que la costumbre teje, diariamente, en los ojos», es muy sencillo entrar en piloto automático cuando nos desplazamos de un lugar a otro a pie, sobre todo si nos acompaña un disco de Miles Davis o el recuerdo de un sueño turbio. Nos abstraemos (me abstraigo, me voy a hacer cargo) y, de repente, llegamos a destino, «Hola, locu, estoy abajo, abrime», a lo sumo con alguna mancha de barro en el pantalón si el día anterior llovió en La Plata, mi ciudad natal. Esto es absolutamente inviable en San Cristóbal de las Casas por una razón que parece trivial pero que tiene consecuencias vastísimas.

Las veredas de la ciudad parecieran haber sido diseñadas por un juguetón saltimbanqui, porque no solo son angostas y alojan a una muchedumbre de transeúntes y a sus paquetes, cual sendero de hormigas que buscan el resquicio por donde pasar, sino que tienen escalones que suben y bajan, postes de luz, letreros luminosos, remeras a la venta, ollas humeantes repletas de tamales, mierda de perro, imanes coloridos a la altura mexicana, y un sinfín de chucherías y desperfectos ingenieriles que hacen que caminar por estas veredas sea una aventura constante. Y, como dije antes, esto tiene varias consecuencias prácticas, pero, sobre todo, hay una que me interesa por sobre las demás. Cuando camino por las veredas de San Cristóbal de las Casas me siento vivo, tengo la necesidad imperiosa, para cuidar mi integridad física, de prestar atención a lo que sucede a mi alrededor, de observar a los peatones que vienen de frente, de calcular el tamaño de los bultos que cargan; no puedo, por ende, abstraerme, sino que tengo que ser muy consciente de mi estado presente, de mis decisiones, a cada paso, en cada escalón, en cada baldosa, tengo que estar ahí, oler, calcular, pensar, medir, decir permiso y gracias, esquivar, saltar, reír y preocuparme; la ciudad y sus veredas hacen que el único tiempo verbal posible sea el presente, y ese recordatorio creo que nos viene muy bien a todos.

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Abrazo a San Cristóbal de las Casas como mi hogar, en parte, por su geografía. Fue construida en el centro de un amplio valle fértil, amurallada por hileras sucesivas de montañas tupidas, inciertas, coronadas siempre con alguna nube traviesa que las quiere trepar; acechan, las nubes, como la bruma del mar, como si la ciudad estuviese a punto de ser tragada por Tepeyóllotl. Cae el sol, cansado, se recuesta sobre el oeste y tiñe la muralla oriental con un halo de nostalgia; las nubes fruncen el ceño, se desangran, y las campanas acompasadas anuncian a todos los presentes, a todos los ausentes, e incluso al porvenir, que el día está pronto a terminar, que ya es tiempo de guarecerse.

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Llegamos en bicicleta desde el hostel y todavía había música donde la habíamos dejado la noche anterior, o la mañana anterior para ser más preciso, porque nos fuimos con Lucas del antro a las siete, y a las once ya estábamos de vuelta ahí, no para bailar, sino para hacer unas compras en la tienda de dulces. Traspasamos una puerta muy pequeña, que más bien parecía la de una casa, y aparecimos en un laberinto kafkeano repleto, no de abogados y expedientes como en las novelas del checo, sino de hombres, mujeres y niños que cargaban bolsones enormes con lo que deduje eran ropas, sandalias, telas sueltas, verduras, animales vivos y muertos, y quién sabe qué otra cuestión indecible.

La primera sección del mercado está abarrotada de una mezcla de alimentos y telas, los pasillos son sumamente estrechos y cuelgan de todas partes productos que se venden o se cambian. La higiene es nula y el peligro de incendio inminente. Malabareando entre parrillas humeantes y botellas de pociones misteriosas, logramos penetrar en un patio interno, que nos brindó una perspectiva más nítida del mercado de Mercaltos, un galpón abominable que a simple vista parece infinito, aunque técnicamente no debería serlo. Pasamos unos cuarenta puestos de ropa interior, tanto masculina como femenina, en los cuales unos maniquíes blancos posaban sensualmente y generaban un contraste bastante peculiar con los puesteros locales, morenos en su abrumadora mayoría, hablantes de tseltal, tsotsil, chol, zoque, tojolabal, mame, kakchiquel, pero muy rara vez de español, y nos adentramos por uno de los pasillos de esta ciudad dentro de la ciudad.

Un ángel guiando a un alma hacia el infierno – Hieronymus Bosch (1516)

Como para despistar a la previsibilidad, el negocio que buscábamos era el primero de la hilera y, como me había comentado Lucas, mi compañero de baile de la noche anterior y de compras esta mañana, era fácilmente reconocible por las máquinas de arcade. Ahí estaban. «¿Quieres jugar unos fichines?», me dijo Lucas, con una sonrisa inundada de picardía y parcerismo. Sin esperar respuesta, me pidió que le sostuviera la bicicleta y entró. Me quedé solo y en silencio. Me sentí vulnerable. Intenté no demostrarlo y adopté una posición relajada, o lo que debería haberlo sido, pero puede que solo haya ocurrido en mi imaginación. Observé a las personas que pasaban y las teñí a todas con un halo de sospecha; tenía miedo. Lucas salió de repente sin darme tiempo a prepararme y me anunció que era mi turno. Todavía nervioso, entré y me enfrenté a un mostrador como de joyería, con gavetas desde el piso hasta el techo y tres personas con remeras negras. Disimulé el nerviosismo y saludé cordialmente. Me respondieron con un saludo seco, entonces insistí. Pero ahí me di cuenta de que el desubicado era yo, que estaba ahí para hacer negocios, no amigos. Compré lo que vine a buscar de forma sencilla y barata, luego compré seis pares de medias por menos de dos dólares, unas chalupas bien picantes y volvimos con Lucas en bicicleta al hostel, sin apuro, con una sonrisa galante y el estómago lleno, como si nada hubiera ocurrido.

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La niña revuelve en su canasta y toma otra billetera colorida y la pone delante del rostro de la güera, que guarda la billetera que compró y la que usó para pagar la primera en su cartera, y dice gracias, pero la niña insiste y dice que dos por cincuenta, a lo que la güera, sin levantar la vista de su cartera responde que gracias de nuevo, con el tono más conciliador que puede impostar, gracias, repite, porque ahora la niña saca otra billetera abarrotada de patrones indescifrables y dice que tres por setenta, que están muy baratas, que no vendió ninguna, y que tres por setenta, que le compre, a lo que la pareja de la güera, un hombre más bien chaparrito y moreno, notando el mutismo de su pareja, le dice que muchas gracias, pero que están bien, y comienzan a caminar, se alejan de la cruz de madera que marca el centro de la plaza, tres por setenta, gracias, se aleja a paso lento el trío, como repitiendo un mantra se alejan, tres por setenta, gracias, tres por setenta, gracias.

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No recuerdo cuándo fue la última vez que me perdí en el bosque. Después de crear sendero sin machete pero con creatividad durante tres horas, heme aquí, perdido. ¡Perdidos! Después del estado de pánico sobreviene siempre la reflexión pormenorizada, arácnida; somos cuatro y estamos un poco perdidos, ya es hora de decirlo. Y esa decisión pesa en el grupo: la de admitir que estamos perdidos y la de habernos guiado a la «perdidés», si se me permite el anglicismo. Y también pesa porque nos sentíamos plenos, radiantes, respaldados, únicos, y ahora hay que tomar decisiones: ¿volvemos? ¿Para allá o para acá? ¿Cortamos camino hacia la ruta? ¡Quién sabe! Sin Internet, somos una sombra de nosotros mismos, y a veces el bosque, la montaña, nos lo recuerdan de un sopetón.

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Estoy sentado en la que terminé considerando mi estación de trabajo diaria y hace mucho frío en el hall central del Puerta Vieja, frío de frazada como poncho, frío de ping-pong para entibiar las manos, de cigarrillo al sol en el patio, de talk aloud to reheat the soul. Detrás de mí está Jack, uno de los dos irlandeses que, como yo, y como otra docena de foráneos, se levanta todos los días mecánicamente para sentarse frente a la computadora y tipear, tipear, tipear, tipear. Yo también me la paso tipeando, y otros hablan con compañeros de trabajo imaginarios, escabullidos por laberintos de husos horarios, escondidos detrás de emojis siempre protocolares. En el sillón más mullido del hall está el tridente de suecos, dos de ellos inmaculadamente hegemónicos pero rebeldes, y otro más bien de costumbres griegas con los platos o de mariachi decorado con tequila, los tres religiosamente trabajadores, intuitivos, valientes, queribles pero inalcanzables, diligentes consumidores de cocaína, recios. También comparto la aventura diaria de vivir con Siddharta y Jorge, duchos ingenieros informáticos, mexicanos que me enseñaron a comer con el gusto de los mexicanos, que me dijeron dónde comprar cuadritos, que me enseñaron la omnipotencia de México, de la ciudad, porque así la llaman, México, sin prefijo ni qué tanto, esos chilangos tan intrépidos.

Pero no solo se trabaja, como ya debe haber quedado claro, porque ahora estoy sentado alrededor del fogón que todas las noches se enciende en el Puerta Vieja, y no estoy solo, porque ahora estoy con los voluntarios del hostel, mexicanos e ingleses exclusivamente, incluso un extraño espécimen de la Isla de Man, y todos estamos hipnotizados por el fuego, inmóviles, temerosos de perder su calor, porque amanece en San Cristóbal de las Casas, y nadie en el Puerta Vieja durmió, todos en algún punto se fueron y luego volvieron, con las piernas cansadas y el alma elevada, con amigos nuevos, con carnales bien chingones de colegas, y todos esperamos, en ronda, el primer café, el de las ocho, el que inaugura el desayuno que todos los días Evelyn y Maura cocinan con tanto ahínco, con la diligencia del eficiente, con la elegancia que sazona una sonrisa honesta.

Los británicos no bajaron a desayunar, siguen en uno de los cuartos privados, donde duerme William, irlandés, exitoso, polifacético, atractivo, ocurrente; están ahí hace tres días, con una dieta basada en música, chistes de acentos y cultura popular, planes futuros, y cantidades desproporcionadas de cerveza y cocaína. Ellos no duermen, pero yo voy a intentarlo, porque ahora estoy en mi cama, la tercera que ocupo en el Puerta Vieja, y los tibios haces matutinos penetran por los ventanales que muestran cerros, cerros y más cerros. Y aunque sea unas horas tal vez concilie el sueño, porque después vendrán algunas caminatas, de seguro, por las escalinatas de la Iglesia de Guadalupe o por las de la de San Cristobalito, desde donde las vistas son escalofriantes, o tal vez solo me siente a observar a los gabachos asoleados deslizarse por la peatonal o a los locales montar el mercado nocturno con el metodismo de las hormigas, pero después sí vendrá un verdadero descanso, lo conozco, lo saboreo, vendrá y ya el lunes todos volveremos a recobrar la compostura, reactivaremos el modo emoji, nos divertiremos mientras creamos con nuestras propias manos, tecla a tecla, el futuro que creemos mejor.

Santiago Astrobbi Echavarri

San Cristobal de las Casas

Diciembre del año oscuro (2020)

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