Un viento cargado de humedad y de voces

Por Santiago Astrobbi Echavarri

 

El viento cargado de humedad y de voces que inhalé concienzudamente en esa terraza donde me tomé un té con Ángel allá por el 2017, por octubre más o menos, hoy volvió a soplar y despertó mi rostro aletargado e inexpresivo —ese que cargo desde hace una veintena de días— cuando subí al techo de mi casa después de comer. Fue casi instantáneo: primero se cruzó otro recuerdo en el camino, el de un aire similar en la terraza donde solía vivir con mis viejos hasta hace un año; pero sobrevino el otro recuerdo y no hubo duda, era ese otro aire, el de la casa de té de Pai. Era el mismo soplo leve pero constante, pesado, sombrío pero esperanzador, dudoso, casi imperceptible.

Y la diferencia fue que en Pai estaba con Ángel y estábamos tomando un té y habíamos estado recorriendo kilómetros y decenas de templos por la ruta y podíamos pedir pad thai si quisiésemos y después nos íbamos a Chiang Mai. En cambio, hoy, cuando lo sentí y vi el primer recuerdo erróneo pero el segundo acertado, estaba en el techo de mi casa en la República de Meridiano V y no podía comer pad thai ni charlar con nadie en una casa de té ni andar en moto ni recorrer templos ni cuevas ni moverme de mi casa más que para comprar comida, artículos de limpieza o medicamentos.

Desde este encierro, sin embargo, la revisitación de ese momento, de esa charla, de ese barrio específico, de ese pueblo, de ese día, no fue angustiante ni estuvo cargada de lamentaciones y autoconsuelos: en Pai, mientras tomábamos el té, fuimos conscientes de que ese viento era especial, de que estaba cargado de humedad y de voces, y de que Pai era, en efecto, una mecedora con aspecto de ciudad, y nosotros habíamos elegido estar ahí, no sin antes atravesar todo un barrio chino que parecía más bien un laberinto de pruebas antiinexpertos, con motos claramente en estado de desfragmentación. Y debemos haber hablado de lo fenomenal que nos cayeron los españoles con los cuales nos emborrachamos el día anterior en alguno de esos pocos puntos de la ciudad que permanecían abiertos después de las diez de la noche, a las claras una ofensa a nuestras ganas de cruzarnos con extraños de lenguas indomables, y uno que incluso vendía alcohol después de las doce de la noche, para lo cual apagaban la música y nos pedían que bajáramos el volumen.  Después, o antes pero todavía no me había dado cuenta, entendí que las mafias están detrás de casi todo lo que se mueve en Tailandia, es decir, gente, animales, dinero. Esas sonrisas a medias de los tailandeses al vender esa una más fuera de horario era tal vez más miedo a las mafias que a la policía.

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Pero en la casa de té no estaban fuera de horario y era té lo que vendían y era turística, así que ahí no pasaba nada, las sonrisas eran completas, sobre todo porque recibían turistas con plata y nadie cuestionaba, sino que compraban, compraban, compraban, cheap tea, have a seat, nice view, exagerando las consonantes y achicando las vocales. No avisaban que el aire estaba cargado de humedad y de voces, porque tal vez algunos precavidos, posiblemente ya cansados de mojarse en ese norte tailandés, lluvioso y tropical, podrían irse, tal vez con dudas sobre la proveniencia de las voces, porque en realidad parecía un lugar muy apacible y alejado del centro de la ciudad, pero sí, las voces, pensaba la señora de la entrada sin decirlo, cheap tea, have a set, nice view. Cansados de mojarse se irían, de pasada comprarían pad thai y alguna Chang fría, ahora que se puede, que después se complica todo.

Con Ángel ya nos habíamos mojado en el camino en moto para llegar a Pai desde Chiang Mai y no era tan grave porque nunca se ponía demasiado frío, a lo sumo había que hacer algunos kilómetros más hasta que la ruta baje, hasta que salgamos de la espesura glacial de la selva y nos traiga alivio algún claro, algún rayo de sol filtrado por entre el follaje, ese que seque estas piernas mojadas y esta mochila mojada y supla esta falta de ropa adecuada. El entusiasmo y el miedo sacudían el frío cuando la trepada era larga. La policía que te paraba y te pedía coimas de cientos de dólares también te inyectaba un poco de adrenalina.

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Ahora el té era barato, porque cheap tea, have a seat, pero el clima era el mismo, húmedo y cargado de voces. Y posiblemente hablamos de ese camino en moto y de los hongos de Pai y de sus hostales atestados de mochilas y barro y vendedores de todo y de cómo íbamos a armar una revolución con los españoles. Debemos haber hablado de Chiang Mai, de lo ridículo que era que hubiese tantos templos en un lugar con tan poca gente y lo poco que hace el gobierno para luchar contra la prostitución. Por supuesto que hablamos de comida, estoy absolutamente seguro que nombramos una sopa que tenía un condimento que parecía una estrella de mar, algo así como un clavo de olor tailandés, o por lo menos así resuena en mi imaginación.

Porque las conversaciones, en el momento, son puntos exactos en un mapa, coordenadas específicas, pero después, con el paso de los días, meses y años, se vuelven sensaciones, regiones más amplias e inespecíficas, chispazos, adivinaciones, se vuelven un viento húmedo y cargado de voces que te despierta un rostro aletargado e inexpresivo, en medio de una cuarentena igual de inesperada, aún más cargada de voces y de llanto. No por angustia ni por remordimiento de no haber disfrutado el momento cuando me tomé ese té en Pai con Ángel, sino porque el mundo se detuvo, y me dejó encerrado, y no me dicen hasta cuándo, y ni siquiera me preguntaron qué pensaba.

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