VIVIAN MAIER: THE COLOR WORK en FOLA: ¿A quién mirabas Vivian?

Por Charlie White

Detesto esperar el tren. Es, para mí, un peaje que antecede a una travesía carente de júbilo. La plataforma parece una maqueta mal diseñada de la ciudad, donde las vías hacen las veces de calle por la que no circulan autos  y la gente, consciente de la temporalidad de la situación que los agrupa, no se toma siquiera la molestia de cruzar una mirada con las personas en derredor. Todos estamos aquí, en este falso momento, esperando que llegue el tren.

Me resulta difícil sumergirme en mis pensamientos, sabiendo que puedo ser arrancado de sus profundidades en cualquier momento por un grosero pitido, o incluso un descarado empellón, pero mi imaginación está agitada por el suceso que me llevó a este momento: la exposición fotográfica de Vivian Mayer. Para Vivian, la plataforma del tren era un lienzo, y esas personas esquivas, absortas, eran las pinturas que utilizó para pintar innumerables obras.

Oculta bajo el manto de la indiferencia, se escabullía entre la gente, lente en la cintura, sombrero de ala que oscurecía ojos enmarcadores, capturando rasgos iluminados por el sol de la tarde, coleccionando miradas macilentas y gestos adustos delineados por el ámbar deslucido que tiñe el fin de la jornada laboral. Saboreaba detalles, colores, texturas. Se deleitaba con  incoherencias entre formas, con contraste tonales: un zapato rosa chillón doblándose sobre el asfalto gris y transpirado, un bolso de piel sobre un vestido estampado con flores de nylon, uñas pintadas con capas espesas de rojo pudoroso, apenas ensuciando dedos arrugados llenos de callos.

Parado en la plataforma, podía presentirla deslizándose tras de mí, dibujando sombras contra los carteles arañados del otro lado de las vías. Podía adivinar sus corneas alertadas de golpe por repeticiones de amarillo, por coquetas perlas acostadas en pliegues empolvados, por monturas de anteojos enchapadas.

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Y es que la selección de fotografías a color exhibidas en el Fola nos deja indudables certezas y corrosivas dudas. Indudable es su talento compositivo: la primera foto de la muestra luce un elegante punto de fuga, herramienta distintiva mas no exclusiva en su repertorio de recursos. Vivian retorcía la ciudad de Chicago como una urbanista telequinética, atrapando peatones desatentos entre carteles, esquinas, toldos, cruces peatonales. Evidente es su afición por la escenografía gris y rígida de la ciudad en la que vivió la mayor parte de su vida, documentando una realidad en tercera persona.

Pero así como me resulta transparente su estilo artístico, misteriosamente engendrado en Europa bajo circunstancias desconocidas, su criterio de color en contraste permanente con lánguidos edificios bancarios, su parcialidad por las sombras estiradas, y su predilección por los marcos duplicados, igual de opaco me resulta todo lo referente a las inquietudes de su mente: deliberadamente rechazaba un público, resguardando celosamente sus rollos, privando miles de negativos de la luz que los creó, confinando a cientos de zapatos, de manos, de ojos delineados, de sonrisas desenfocadas al olvido. Su voluntad se nutría del engullimiento perpetuo, no de la liberación. Vivian sabía que sus fotos nunca verían otras sensibilidades, otros juicios. Nunca colgarían de una pared, expuestas, sinceras.  Para quién coleccionaba piezas del mundo, para quién moldeaba su gusto y su conciencia, nunca lo sabremos. La única imposición en su obra es la renuncia al espectador. Vivian nunca nos imaginó.

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Aún una última extrañeza son sus autorretratos. Vivian ocultó los enigmas de su espíritu, pero no los de su apariencia: cientos de retratos se mezclaban entre los negros cansados, los hombres de negocios, los bañistas envidiosos, y los niños embarrados. Cada rollo contenía una pequeña fotógrafa oculta, en forma de contorno delineado en una vidriera, de reflejo desproporcionado en un espejo de tienda, de sombra ensombrerada desplegada sobre flores amarillas, sobre cementos crepusculares, sobre pelotas de beisbol. Vivian se mezclaba entre los cautivos de la película. Era una más, sorprendida en la estación de tren, con la mirada extraviada entre las horas de labor y las horas de ocio. Era parte de la sociedad retratada, parte del muestrario de especímenes que su obra utiliza para caracterizar la América inquieta de fin de siglo.

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Mientras me subo, finalmente, al tren, y resuelvo tener mi cámara a mano en la próxima espera, quedan en mi memoria aquellas imágenes que mostraban su rostro franco, sin cortes ni reflejos. El lente se enfrentaba con su ceño, apenas palpitante por la vibración del temporizador. Más de una vez me encontré en la exposición, frente a frente con ella. Mas su mirada no interpela. Sus párpados cansinos no sonríen, no odian, no meditan. ¿A quién miraba Vivian? ¿Qué sentimiento pretendía provocar en el interlocutor ficticio con su miraba ahuecada? Se miraba a sí misma, en versión fotógrafa, sin prestarse atención. Miraba al frente, o al costado, nunca a la cámara. Nunca miraba porque sabía que nunca la mirarían, que nunca un espectador inclinaría su curiosidad sobre ella. Aún hoy, tentando sus ojos con los míos, me siento atravesado, transparente, incorpóreo.

 Texto y fotos: Charlie White

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