El fuego negro de la noche

Erfurt, Alemania – Daniel Schechtel

Recorriendo los herméticos muros de la lengua alemana, uno descubre cada tanto una grieta, y es en ese intersticio donde uno tiene que meterse. En los pasillos ordenados de un lenguaje tan ordenado todavía se atisban peldaños de locura y ladrillos descolocados por donde asoma la magia, negra y hueca como una noche. Y es en la noche donde me interné el viernes pasado, buscando la locura.

Abreviando tediosos párrafos, me largué último del grupo de amigos de un boliche careta con muchas luces y poco calor y en la noche de la calle recordé que en un bar cercano (que probablemente ya estaría cerrado) había una sirena (mitología griega mediante) que venía llamándome hacía horas,

y medio en

zig

zag

y ya con la cabeza algo alborotada caminé los pasos necesarios para llegar a la mesa donde se hallaba esta muchacha y su compañía.

Eran cuatro, y cuatro fueron las horas después de las doce que se sucedían cuando nos echaron del bar a los baladros y nos rajamos y uno de ellos se fue así que cuatro fuimos los que buscamos otro bar en la noche medieval.

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Fotografía por Daniel Schechtel

Encontramos uno que, después me enteré, tiene muy mala fama, y entre saltos sobre la barra, caricias, risas y cervezas se fue deslizando la noche como un pedazo de glaciar que se destroza y cae el agua.

Apareció en un momento un rostro risueño de unos cincuenta años, un tipo que me miraba fijo mientras yo reía con la que trepaba la barra y oía susurros alemanes en mi oído derecho, y no pasó mucho que estuve conversando con este tipo que empezó a contarme su vida como si esa noche de glaciar que se cae hubiera sido sólo para que él me contara una historia. Y se sucedieron nombres, datos, familiares y el diálogo pronto fue un monólogo, y me ofreció comprarme  cerveza, y de pronto la chica que había trepado la barra se desplomó y se trajo agua y pum pam, muac, las chicas se habían ido y el bar se convertía en la borra de la noche.

Al volver del baño encontré al tipo acomodando nuestras jarras en una mesa y me senté sin saber qué esperar, con la cabeza hecha un torbellino de fuego, y me contó que era chef y que se casó y separó y que sin nada logró tener varios restaurantes y que estaba de visita porque su abuela había muerto y su padre tenía alzheimer y tenía una agencia de modelos y quería que yo modelara, y comenzó la metralla de elogios, como una máquina expendedora de plásticos me arrojó toda una gala de observaciones y de comentarios sobre mí como si yo fuera el héroe de una novela épica, y no sé si habrían sido las cinco que me invitó a su departamento a la vuelta para mostrarme lo que hacían en su agencia de modelos,

y allí fuimos, mientras en el camino me mostraba una cicatriz en el cuello y me decía que dos cánceres la había suscitado, y llegamos, subimos, me ofreció vodka con jugo de manzana que acepté gustoso, y sin parar de hablar puso música en la televisión, se sentó en el sillón a mi lado y me mostró videos de esta agencia, de las fiestas y los eventos, me prometió plata, contacto con la farándula, jeans para tirar para arriba puesto que es modelaje de pantalones, y me habló de su familia, de sus problemas, me mostró fotos de su vida, fotos de gente famosa, me dio consejos sobre las relaciones humanas, sobre el sentir la vida, me confió sus mentiras y me prometió verdades y me exigió verdades

y yo ya veía dentro del hueco de la pared de la lengua alemana, con cada palabra el muro temblaba más y más y el tipo seguía con datos sobre los eventos, sobre las diferentes partes de la empresa y la organización, fotos de tipos que laburan con él, pum pam me hizo ruido la panza pensó que tenía hambre, me ofreció para comer, le dije que no, y pronto me imaginé que me estaba mintiendo, y me reí por dentro, juguetón como un nene con mamadera en la mano, aunque fuera con vodka, porque era tan tierno que el tipo se hubiera tomado tanto laburo para crear una historia tan completa, tan novela histórica, tan investigada, y el lenguaje alemán escupía frases que parecían sacadas de un pozo de verdades, y el hielo se iba volviendo río de fuego, iba derritiéndose en el agua que va hacia el mar,

y el cielo casi aclaraba cuando ya me había narrado todo sobre sí mismo y ya me había hecho toda una descripción extraordinaria de mi persona, habiendo adivinado mucha cosas y dejádome contento con otras, siempre halagando, siempre diciendo lo que yo quería escuchar. Consejos y  aforismos fluían de sus entrañas y yo lo miraba como un naive personaje de novela de aprendizaje, pequeño aprendiz o parvenue que se encontraba con toda clase de drogadictos, millonarios y charlatanes.

Y cuando me puse de pie para retirarme mencionó las fiestas, y la locura y las drogas, y dijo que nada de éxtasis ni porquerías, él pedía cocaína, y de la buena, que tenía casi un 90% y entonces me habló de la sirena y de la que saltó la barra y me preguntó y escaneó todo lo que sucedió en el bar y lo relató explicándome cada gesto, cada guiño, y confesó entender más a las personas que ellas a sí mismas, que él veía más de lo que veían los demás, y me pidió un número de teléfono que no me sé y que no tenía a disposición porque mi celular estaba muerto hacía horas ya, así que me dejó el suyo en una servilleta de papel y me preguntó dónde vivía, evasivamente le dije algo y al despedirlo nos abrazamos, y eran casi las ocho de la mañana y el abrazo se prolongó mínimamente de su parte, y lo acaricié un poco como acaricio a la gente que aprecio, porque aunque el tipo ahora me pareciera un duro cocainómano, o un demente mitómano enfermo, o un loco peligroso  o un pobre diablo que viviera solo, no podía no sentir agradecimiento por haberme dado una charla tan impresionante y tal hospitalidad, y me dijo que qué bueno que lo hubiera acariciado y yo me hice a un lado y abrí la puerta, diciendo que me gustaba dar abrazos,

y más de diez fueron las veces que me pidió que le prometiera llamarlo o dejarle un mensaje o juntarnos estos días a tomar un café y hablar de la empresa o de nosotros mismos (por si no confiaba todavía, por si tenía dudas), y más de diez fueron las veces que lo miré fijo aprovechando la ya falsa distancia de la lengua, aprovechando el pedo que tenía y aprovechando una mirada que él mismo me elogiaba y que yo de a poco aprendo a usar, y más de diez fueron los escalones que bajé luego de que él me dijera “De cualquier manera, mañana sí me mandás un mensaje” y yo lo mirara fijo y él meneara la cabeza y se sonriera y respondiera antes de cerrar la puerta “espero demasiado de vos” y yo lo mirara un segundo y secamente pero con el mayor de los significados le dijera “gracias”.

Volviendo a casa viajé mentalmente a lo largo de la noche y me di cuenta de que la noche misma me había hecho viajar por novelas, por películas y me había proyectado futuros impensados y me había convidado con fragmentos literarios deliciosos, con un ritmo de rayuelas y de jazz en otra lengua, en otra tierra y en la misma noche que me sigue cautivando hace tanto tiempo, que me sigue haciendo escribir, vagar y volverme completamente loco.

Hoy no dudo de que NO voy a llamar al tipo, de que eran todas mentiras y de que la vida va a seguir normalmente. HOY.

Pero en el abismo de ese hueco en la muralla infernal del alemán, en ese fuego negro que es la noche, todo era posible. Absolutamente todo.

 

Septiembre, 2015 – Erfurt, Alemania

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