Prolegómenos para escribir sobre Abelardo Castillo

Por Jerónimo Corregido

El sábado me desperté desnudo y transpirado al lado de no sé quién, aunque «despertarse» es un término inexacto, dado que, estrictamente, no había dormido ni un minuto; fue más como un volver en mí, una manera de recobrar el conocimiento y devolverme al acá-y-ahora más práctico y tangible: el aire frío de la mañana, el peso de la frazada sobre el cuerpo, la piel de la chica desconocida que, por suerte, sí había conseguido dormirse y roncaba ahora con la placidez del olvido. Salí de la cama como pude y encontré mi ropa tirada en el piso. Me vestí. No reconocía la casa. Las últimas horas habían sido una confusa procesión de pelos, fluidos y serotonina.

Cuando encontré la salida, descubrí que estaba en Fernhill, un barrio en la cuesta de las montañas. Empecé a bajar en la dirección que, según suponía, quedaba el lago, y el camino de regreso a mi casa. ¿Qué había tomado? Recordaba un gusto blanco y cristalino en la boca, cierta amargura que aún persistía; también entreveía cartones en la lengua, vasos de vidrio con cubitos tintineantes, y, en el fondo, el sabor exótico pero inconfundible del Jägermeister. Y antes de todo eso, aún en la tierra firme de la sobriedad vespertina, la reunión por Zoom con los miembros de Gambito de papel. Aquello parecía ser parte de una vida pasada, o, aun más, un fragmento de la vida de otra persona. Había sido, empero, la misma jornada: la reunión virtual de la revista en la que me había comprometido a escribir un texto sobre Abelardo Castillo con motivo del aniversario de su muerte.

La mañana estaba fresca, como siempre en este lugar. Me metí las manos en los bolsillos. Comprobé con satisfacción que tenía la billetera y el celular. Me felicité por ese reservorio último de responsabilidad y coherencia. En el bolsillo trasero, el pasaporte. Debajo del pasaporte, algo blando, frío, viscoso.

Saqué la mano enseguida y me doblé en un espasmo de náuseas. Por suerte no había nadie en la calle, ni siquiera pasaban autos. Me dan asco las babosas, los caracoles, todos los moluscos que se deslizan y segregan. ¿Qué tenía en el bolsillo? ¿Qué me había pasado durante la noche?

Conseguí no vomitar. Vamos. Pronto daría con una parada de colectivo. Saqué el pasaporte del bolsillo. No parecía estar cubierto de babas ni de ninguna secreción sospechosa. Lo guardé junto con el celular. Vamos: con un esfuerzo de valentía y sin pensar, metí la mano hasta el fondo del bolsillo trasero y saqué lo que había. «Un cepillo de dientes», pensé, medio confundido, recordando mi compromiso de escribir sobre Abelardo Castillo y rememorando de repente esa escena maravillosa de «El cruce del Aqueronte», en la que Esteban Espósito se despierta borracho en un ómnibus, pero no, era una bolsita de plástico, fría y viscosa como un molusco, en cuyo interior dormía una cápsula de aquella sustancia blanca y cristalina que me había tragado durante la noche.

«Alucinaciones táctiles», las llamaba Abelardo Castillo en «El cruce del Aqueronte». Recordé mi asombró indeleble al leer aquel cuento, mi asombro redoblado al encontrarlo otra vez como capítulo segundo de El que tiene sed. Castillo había aparecido de manera insoslayable en mi vida cuando fundamos la revista Gambito de papel. Uno de los miembros era un férreo lector de su obra y recomendaba insistentemente su lectura. Hasta ese momento, yo solo conocía a Castillo a través de textos sueltos, un ensayo por acá, un cuento por allá; un conocimiento pobre y desprolijo. Pero cuando iniciamos la revista, me volví revisor de El grillo de papel, y de El escarabajo de oro, y de El ornitorrinco: Castillo se volvió parte de mi vida y de la de todos los que comenzábamos en la aventura de sacar nuestra propia revista literaria.

Créditos de foto: conclusion.com

Ahora, mientras bajaba por las laderas de Fernhill buscando el lago y el camino hacia mi casa, recordaba que aquella admiración por Castillo nos llevó a gestionar una entrevista, que logramos hacerle en el 2017, o, mejor dicho, lograron hacerle, ya que en realidad yo no estaba presente porque —me daba cuenta ahora— en aquel entonces ya estaba acá, en Queenstown, Nueva Zelanda. Me había perdido una de las entrevistas más importantes de Gambito de papel, una que no podría repetirse, ya que Castillo falleció unos meses más tarde.

De repente, al igual que Esteban Espósito cuando se despierta en el ómnibus, vi todo clarísimo. Todo lo que tenía que decir sobre Abelardo Castillo en el texto para la revista. Al igual que Espósito cuando decide escribirle la carta a Mara, sabía que tenía que ser ahora, antes de que se esfumara este momento de misteriosa lucidez, producto de lo experimentado durante la noche. Apuré el paso, mientras recordaba que el mismo año en el que fundamos nuestra revista de literatura, se publicaron los Diarios (1954-1991) de Castillo, donde se nombraba a algunas personas que, en ese momento, eran mis profesores en la facultad. Recordé las charlas enardecidas en nuestras primeras reuniones editoriales, en las que clasificábamos la literatura universal en categorías frágiles y provisorias.

Por fin bajé de aquellas cimas y me encontré con el lago Wakatipu. Ya sabía qué tenía que escribir, ya sabía dónde iba: el día se dibujaba con colores bienaventurados, adelante estaba el centro de la ciudad, y el café donde sabía que me podía sentar, pedir hoja y lapicera, y ponerme a escribir. Recordé algunas tardes con Daniel Schechtel en nuestra casa de La Plata, durante el tiempo en el que volví a Argentina, cuando leíamos en voz alta Ser escritor, ese conjunto de máximas en las que Castillo expone sus caprichos brillantes y sus apotegmas más despiadados; me llegaron claras las imágenes de las palabras, los comentarios de Schechtel, las risas ante la justa arrogancia de los textos. «No tengo opiniones sobre literatura», decía Castillo en uno de los apartados, luego de opinar sobre todo y sobre todos en un tono que no admitía réplicas. Mientras caminaba por el lago, volvieron a mí esas sesiones de lectura en las que nos quejábamos de aquella estética tenaz y apodíctica, en tanto que nos deleitábamos en los juicios castillescos que parecían desafiarnos a nosotros de manera personal. «Ya no soñamos ficciones literarias ni utopías sociales o religiosas: soñamos que somos escritores norteamericanos de película», decía Castillo, provocador y pugilista.

Ya estaba llegando a mi café, ya estaba en el centro concurrido de turistas, pero de repente sentí contracciones y frío: me cagaba, irremediable y materialmente, me cagaba encima, necesitaba un baño urgente. Experimenté la angustia dolorosa de los condicionamientos humanos: hambre, sudores, defecación, sueño, la impiadosa tridimensionalidad de la que somos presas. Por qué me descompensaba justo en ese momento, cuando sabía exactamente lo que quería decir sobre Castillo y estaba tan cerca de poder escribirlo. Sabía que este podía ser uno de los efectos secundarios de alguna de las cosas que había consumido durante mi larga jornada. Por suerte en Queenstown hay baños públicos en todos lados, generalmente limpios y acogedores. Llegué a uno de ellos, lleno del horror de saberme humano, y por la piel me pasó la sensación oscura y viscosa que sentí la primera y única vez que leí «Mis vecinos golpean». Había sido una noche de soledad en una casa apartada. Sufrí un trastorno similar al que me habían producido, en la niñez, las historias más repelentes de Horacio Quiroga. «Mis vecinos golpean» tenía toda la pasta espesa y turbia de Edgar Allan Poe, pero con un estilo tan argentino que ningún coterráneo podría dejar de sentirse interpelado, o, mejor dicho, espantado. Nunca tuve el valor de releerlo.

Tal vez me haya desmayado en el baño público. No lo sé. Lo cierto es que volví a perder la noción del tiempo, y cuando salí a la calle, ya había olvidado lo que tenía que decir sobre Castillo. En «El cruce del Aqueronte», Esteban Espósito sí lograba escribir su carta, y hasta despacharla, aunque, claro… Quienes lo hayan leído recordarán qué sucede.

Ahora volvía a caminar por el lago en el centro de la ciudad, y pasé por la esquina precisa donde Meri, una argentina que conocí durante el verano, me contó que una vez le había leído un cuento de Castillo a su grupo de amigos varones, conformado por individuos mayormente ajenos al mundo de las letras. «Les encantó a todos», me decía Meri, «no me acuerdo qué cuento era». «”La madre de Ernesto”», le respondí yo, sin dudas, como si hubiera estaba ahí con ellos aquella vez. Era, en efecto, «La madre de Ernesto», un cuento que consigue ser a la vez simple y profundo, despojado de todo andamiaje intelectual pero lleno de ese tránsito humano que es la experiencia y la comunicación. Tal logro —el de escribir un cuento a la vez popular y rico en recursos literarios— lo veo en su mejor expresión en las obras de Abelardo Castillo y de Liliana Heker.

«La madre de Ernesto» toca temas tabú y suscita reflexiones complejas, al tiempo que despliega una narración llevadera que entusiasma a cualquier público. Quizás eso sea lo que mejor define los cuentos de Castillo, pensaba yo mientras me alejaba del lago, como en «Also sprach el señor Núñez», donde se ofrece lo más denso del pensamiento de Nietzsche a través de un relato dinámico, lleno de acción y de intensidad.

Es que Castillo tenía la capacidad de utilizar temas populares con un procedimiento tan literario que parecía que sus textos le sacaban la herrumbre a la experiencia mundana, como quería Víktor Shklovski. Como en «Volvedor», aquel relato magistral dedicado nada menos que «a Julio Cortázar y a usted, Borges», con el humilde agregado de «perdón si los salpiqué». Parecía que esos dos eran los únicos a los que Castillo les tenía respeto. Bueno, y a Arlt. Y a Leopoldo Marechal, claro.

¿Fue en aquella casa de La Plata donde vivía con Schechtel? Sí, fue ahí donde me llegó aquella revista de Buenos Aires que, si mal no recuerdo, se llamaba Los inútiles, y cuyo primer número estaba dedicado íntegramente a Castillo. Había entrevistas a todos los miembros de su círculo: Sylvia Iparraguirre, Liliana Heker, Pablo Ramos, et. al. Allí se refería una visita que Marechal le había hecho a Castillo. Charla va, charla viene, Castillo le había mostrado uno de sus libros traducidos —creo— al polaco. Entonces Marechal, en el tono imparcial que le imagino, dijo que él nunca había sido traducido, que debía de ser una linda experiencia. En aquella revista Castillo refería la vergüenza que le dio que el autor de Adán Buenosayres careciera de un privilegio del que él ya gozaba; en otras palabras, Castillo experimentaba, seguramente no por primera vez, la injusticia de los premios, las publicaciones, los logros y, en suma, de todo tipo de consecución, que lejos de reflejar la virtud del sujeto, no hace más que exhibirlo como mercancía.

Foto por Martín Gorsd durante la entrevista entre Castillo y García Palermo

Ya la mañana estaba muy avanzada y yo estaba medio mareado. Mi casa aun quedaba a una buena hora y media de caminata, así que me convenía ir a la parada de colectivo. Era una lástima haberme perdido aquella entrevista que mis colegas de Gambito de papel le hicieron a Castillo en el 2017. El tema de la charla era ajedrez y literatura. Habían ido a su casa con uno de los mejores ajedrecistas del país, Carlos García Palermo. Recordaba que, cuando preparábamos el encuentro, habíamos leído y comentado «La cuestión de la dama en el Max Lange», un cuento tan castillesco como, quizás, ningún otro. De manera mucho más material que en Borges, en ese texto el ajedrez se mete en la vida empírica con una fuerza inexorable y brutal. Asimismo, se trata de un cuento que puede ser abordado desde múltiples perspectivas ajenas al ajedrez, como el feminismo, la moral y hasta la lógica, sin dejar de ser accesible para un público amplio.

Me tocaron bocina. Era Nikos, mi amigo taxista, quien, además, vive en la misma casa que yo. Se ofreció a llevarme de regreso, dado que me vio pinta de cansado. Sí, gracias, estoy medio cansado, le dije. Además tengo que escribir un texto para Gambito de papel sobre uno de los mejores escritores argentinos de la historia y no sé qué voy a decir.

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