Vidas posibles
Mención de Honor en el Concurso de Cuento de Gambito de Papel 2024
Mi alma y yo andamos desencontrados desde que el golpe de luz de una cámara fotográfica se interpuso entre nosotros. Una simple foto me desalmó y desde esos días sigo buscándola, pero ahora no. En este momento todo lo que importa es la mujer y soy yo (nunca nosotros) en esta cama revuelta.
Moira está sentada contra el hueco transparente y rectangular de la ventana, como lo hace siempre que terminamos de hacer el amor o de coger (nunca nos atrevimos a discutir el peso de la semántica) y me dice que para terminar de sentirse plena se lanzaría de bruces hacia el callejón en su intento por levantar vuelo. Sé que esta vez tampoco va a hacerlo pues acaba de trepar a un taburete de madera con aires felinos y gesto indolente. La miro así, completamente desnuda y descubro su mirada de hembra satisfecha, de mujer que sabe que ha hecho conmigo lo que ha querido. El pelo rubio cae sobre su espalda en una cascada enmarañada pero de alguna forma ella logra lucir perfecta y en control. Toma los cigarrillos y la cajita de fósforos que descansan en el marco de la ventana y le da un nuevo sabor al aire ya viciado de esa habitación de alquiler.
Me fascina verla fumar; a veces las mujeres cometen el pecado de fumar y ser vulgares o artificiales. No es su caso.
Moira es una prostituta cara pero lo que los hombres pagan por ella jamás le hará justicia a la generosidad de su cuerpo, a la entrega de sus movimientos desinhibidos aunque (secretamente) nunca baje la guardia, nunca confíe. En sus escaparates no hay sólo placer sino una oculta ilusión de amor.
Moira sabe vender amor.
De improviso se levanta, estrella la colilla del cigarrillo contra la pared y vuelve a la cama. Hay un instante de sublime belleza cuando la mujer acomoda su cuerpo contra el mío tal cual lo imaginó y es toda calidez. Me pregunto si con todos será igual y los dejará quedarse un poco más por el mismo precio o si los despachará poco después del último jadeo.
Al rato me visto y beso la frente de esa niña de alquiler buscando una paz que nunca tuve, ella se mueve apenas y sigue durmiendo con infinita placidez, cubierta de la inmunidad diplomática que tiene para con las reglas del mundo.
Antes de abandonar el cuarto, tomo un viejo y desvencijado directorio telefónico que descansa en la mesita de luz y elijo un nombre y una dirección al azar.
No quisiera irme jamás de ese cuarto. Para un asesino el momento en que escoge a su víctima es aún más trascendental que tomarle la vida.
Antes de matar necesito una ilusión, la ilusión de Moira mi mujer luz. Ésa que pertenece a otras vidas posibles donde podríamos ser otros.
Julián Aráoz tenía mañanas (cada tanto días enteros) en los que odiaba su trabajo, en los que ni él mismo se aguantaba. Para colmo de males, llovía desde la medianoche. Al llegar a su despacho vio el sobre rectangular de papel madera y adivinó el contenido sin abrirlo. Del sobre, todo lo que cayó fueron dos fotos en blanco y negro tomadas muy probablemente por un teléfono móvil, impresas por computadora.
El Fotógrafo había atacado otra vez. Así de vulgar, así de atroz.
Llevaban años jugando al gato y al ratón durante los que Aráoz (el policía) no había podido evitar sentirse un poco el ratón. El asesino estaba siempre un paso adelante, tan seguro de su eficiencia que le enviaba una foto de la víctima en perfecto estado de salud junto a otra en la que el pobre desgraciado ya no era más que un cadáver. Esa segunda imagen (la de la muerte) siempre era una escena perfectamente montada, una puesta buscando arte en la fotografía. La policía sabía que se trataba de un serial por la metodología de las fotos, la puesta en escena y el hecho de que todos los muertos eran hombres. No había ninguna otra conexión entre ellos. Las fotos aparecían invariablemente limpias, sin huellas ni fibras. El sobre llegaba sin remitente (desde distintos apartados postales que no se repetían nunca) a la mesa de entrada de la comisaría a nombre del inspector Julián Aráoz.
La primera vez, en una foto se veía a un joven de alrededor de treinta y cinco años vestido con un ambo color verde agua atendiendo a un paciente en el servicio de guardia médica de un hospital; en la otra el mismo sujeto aparecía muerto, colgado de un puente con una cuerda de guitarra alrededor del cuello, vestido con ropa oscura y sosteniendo un bajo Fender Jazz Bass blanco y negro entre las manos. Concretamente el instrumento musical estaba adherido con pegamento de cola a las manos de la víctima. Eso lo supo Aráoz una vez que encontraron el cuerpo gracias a la denuncia de un conductor que acertó a pasar bajo el puente por un camino secundario al costado de la Autovía Norte, un dìa después de que llegara el misterioso sobre a la Seccional. La víctima resultó ser un médico de emergencias con talento para la música que había desistido de su pasión artística por presiones familiares y no pasó de ser una muerte extraña hasta la llegada de un nuevo sobre, cinco meses después. Otra vez con dos fotos de otro hombre que antes de ser un cadáver había sido alguien saludable y muy normal.
Aráoz usó varias noches de insomnio (en realidad eran los achaques de su espalda) para intentar comprender las motivaciones del nuevo depredador urbano y lo único que pudo sacar en conclusión es que las víctimas parecían tener una vida pública que no les satisfacía del todo y otra malograda (que nunca tuvieron) por la que sentían culpa o frustración.
Los peritos del Cuerpo Médico Forense tenían al Fotógrafo como un tema personal, pero el hombre (o la mujer) jamás se equivocaba. Sabían también, que se trataba de alguien con conocimientos en medicina, química y escenas del crimen. Hasta ahora eso no les servía de nada.
Aráoz salió de su despacho y entró sin golpear a la oficina del comisario mayor. Sin decir una palabra, dejó las fotos sobre el vidrio del escritorio.
—Otra vez, atacó de nuevo, Bilbao.
El comisario Bilbao miró las fotos de reojo pero eligió concentrarse en el cielo gris tras el ventanal.
—Cuarto día de temporal y no tiene ganas de escampar Julián, me imagino cómo debes estar con lo poco que te gusta la lluvia.
Aráoz se sentó en un sillón destartalado y aprovechó para atarse el cordón del zapato izquierdo. Conocía lo suficiente a Bilbao y no era bueno apurar a ese vasco cabeza dura por las mañanas.
—Si, encima tengo dos goteras en el departamento.
Bilbao sonrió y el movimiento del bigote le dio un aire de caricatura deformada en la cara.
—¿No te cansas de buscar a este cabrón? Sé que te lo pregunto todas las veces, será porque espero que me cambies la respuesta.
—Si no lo encuentro es porque me muero antes Vasco, el tipo me manda las fotos a mí, tengo que atraparlo yo. Es personal y aunque repase una y otra vez los casos irresueltos, no encuentro nada entre todos los que mandé en cana y entre los que ya salieron, tampoco.
Bilbao afirmó las manos en el escritorio y dejó su cara a centímetros de la de Aráoz.
—Como te gusta eso de creerte el centro del mundo a vos…me gustaría saber por qué mi viejo te quería tanto.
—Porque soy el hijo ideal que nunca pudo tener Vasco, si le saliste vos.
El otro rio con ganas, si su padre había elegido a Julián como su protegido dentro de la Fuerza, él no iba a contradecirlo. En definitiva el puesto había quedado en familia.—¿Será verdad que siempre queremos una vida distinta a la que tenemos?
Julián suspiró hondo, la filosofía del Vasco lo fastidiaba tanto como la lluvia.
—No se Vasco, es lo que hay…por lo pronto yo me tengo que apurar y encontrar a éste antes que me lo coman los gusanos.
—¿Y qué vas a hacer? Conoces tanto al Fotógrafo que a estas alturas tenes claro que lo vas a atrapar o cuanto menos te le vas acercar si él quiere…
—Si pero primero tengo que encontrar a la víctima…
El Vasco gozó cada palabra mucho antes de decirlas.
—Ya sé lo que vas a hacer, vas a salir corriendo a llevarle las fotos a la Guzmán, es la más joven, la última que entró al equipo de la morgue, tiene hambre de gloria y no está tan cansada de ver tripas desparramadas…y quién te dice, tenes suerte con esa minifalda, le ves un poquito la cara al sol…
—No hay nada que hacer Vasco, sos tan básico… ¿ves por qué tu viejo me quería más a mí?
El policía salió a paso airado de la oficina pero a medio camino volvió por las fotos. Entonces no pudo dejar de ver al Vasco retorciéndose de risa en su sillón mientras que un trueno exagerado jugaba a darle la razón.
Aráoz se sentó a una mesa para dos cerca del ventanal sobre la calle Lavalle y lo hizo con el aplomo de quien reclamaba ese espacio como si se tratara de un continente entero. Amoldó su espalda maltrecha a los caprichos de esa silla de diseño costosa e incómoda y pidió un café con una seña a los mozos de la barra. Todo lo hizo mientras odiaba al quiropráctico de largas vacaciones en lejanas playas del Caribe. Al mirar por la ventana en dirección a Alsina aceptó en silencio que después de todo su jefe no estaba tan errado. La Guzmán cruzando la calle en dirección al bar, con esa miniatura de falda y esas piernas era un talismán de buena suerte, de fantasías, de recreaciones mentales que jamás sucederían. De lamentables poluciones nocturnas.
La mujer entró, la puerta vaivén que conocía todas las penas de Aráoz, quedó prendida en su perfume y se tomó todo el tiempo de las cosas para regresar a su sitio. Al entrar, ella se escurrió el pelo con la palma de la mano y levantó la otra que sostenía el celular para saludarlo. Antes de llegar a la mesa se cruzó con un mozo y le pidió una lágrima. Una vez frente al policía, se quitó el sobretodo con los ademanes de una diva de otro tiempo.
Si Aráoz fuera otra clase de hombre, se tiraría al piso sólo para que ella se limpiara el barro de los tacos. Había mujeres así, desterradas. Mujeres que parecían habitar un lugar incorrecto, mucho más vulgar del que merecían. La Guzmán era una de ésas.
—Doctora Guzmán.
—Inspector Aráoz, el placer de siempre…
El mozo dejó el pocillo sobre la mesa concentrado en el escote. La mujer no se dio cuenta y si lo hizo, demostró el calibre de su clase al ignorarlo. Aráoz fulminó al otro con la mirada sin terminar de decidir si lo hacía por caballero o por envidia.
La forense afirmó el codo en la mesa y se sostuvo el mentón con los nudillos. Un arma probada en el arsenal de sus encantos.
—Me sorprendió que me citara tan lejos de Tribunales, no me diga que de pronto está cauteloso.
Julián acomodó las fotografías entre ambos y bebió un sorbo de café buscando humedecer la garganta y de paso, estudiarla un poco mejor escondido tras el tazón. Tendría que darle la derecha a Bilbao, la forense gozaba de una carga sexual que excedía toda lógica. Sería por la forma en que ella elegía moverse o por lo que insinuaba sin mostrar. Quién podía saberlo.
Guzmán levantó las fotos de la mesa con delicadeza.
—Ay caramba, su vieja pesadilla otra vez…el Fotógrafo volvió a matar, podrían haberse esforzado con el mote un poco más ¿no cree? —Ella bebió un sorbo de café y tardó varios segundos en continuar su análisis. Mientras tanto, Aráoz quiso zambullir todo el cuerpo en ese pocillo para quedar a merced de los vaivenes de su boca —¿Qué tenemos? Por un lado un hombre caucásico de alrededor de…unos cuarenta, cuarenta y tantos entrando a un Banco.
Julián se rindió a su femenina desidia otra vez. No tenía opción, ella era la más inteligente de todo el equipo forense pero, fundamentalmente, era la única a la que no le temblaba la voz para contradecirlo. Para mostrarle otra óptica.
—Se llama Darío Grimoldi, cuarenta y dos años, casado, tres hijos, subgerente del Banco Castelar…una vida ordenada, sin estridencias. Denunciado como desaparecido desde ayer a las siete de la tarde…por ahora, sólo Bilbao, usted y yo sabemos que está muerto.
Ella tomó la segunda fotografía e improvisó una mueca de fastidio.
—Muy bien muerto diría yo…a ver, el cadáver de un hombre vestido de mujer en el asiento trasero de un Valiant abandonado…. ¿qué modelo es? Parece de los setenta, no es que sepa de autos pero me gusta el cine de época y suelo ser detallista, vicios de la profesión si quiere…—dejó la foto en la mesa otra vez y sus ojos pardos en Aráoz —Esto no pasa muy desapercibido que digamos… ¿ya lo encontraron? Porque si no es así estoy perdiendo mi tiempo. Yo sólo puedo ayudarlo con un occiso en mi mesa de trabajo.
Julián apuró el último sorbo de la taza como si fuera veneno.
—Sé perfectamente el alcance de nuestros trabajos…si mira las fotos con más atención notará que el auto está en una zona rural, suponemos que en provincia. El Fotógrafo no ha tenido tiempo para más y lo que necesito de usted es que una vez que encontremos la escena del crimen, me acompañe.
Los ojos de la mujer se permitieron brillar un tono por encima de lo normal, le gustaba ser la protagonista del cuento.
—Eso puede traerme algún conflicto con mis colegas, ya sabe cómo son con las jerarquías y los roles, celosos. Yo no tengo más de cinco años de trabajo en el Cuerpo y este caso es de alto perfil.
Aráoz sabía que Guzmán era a veces la heroína y otras tantas la villana pero no toleraba bajarse del escenario. Lo creyó así desde el día en que se conocieron en la escena de un crimen. Y como la necesitaba imperiosamente, se permitió utilizar la vanidad ajena como recurso aunque se tratara de uno de baja estofa
—Mire doctora, el problema que tenemos con este cretino es que lo primero que hace es mostrarnos lo que la víctima esconde cuando nosotros y ustedes nos especializamos en buscar lo oculto para encontrar respuestas.
—¿Sabe Aráoz? Mi orgullo profesional no me deja aceptar que una bestia semejante sea tan inteligente.
—Y que sepa tan bien cómo evadirnos, cómo confundirnos…usted está convencida de que el Fotógrafo es un policía.—el inspector completó las líneas de un libreto que habían ensayado mil veces.
Guzmán sonrió y se acomodó el pelo lacio con los dedos. Ese pequeño movimiento obligó a los ojos de Julián a pasear por su escote mucho más rápido de lo que lo hicieron sus fantasías. Al parecer, ella tampoco se percató de este desliz. No quiso.
—Para su desgracia, no interesa demasiado de lo que yo esté convencida Aráoz, tampoco puede salir a arrestar a todos los policías de esta ciudad que no tengan una coartada decente porque se complicaría, ¿no?…y en el mejor de los casos no importa cuál sea su actividad declarada con la sociedad, el pequeño gran tema es que no nos da ni un ápice que nos permita acercarnos a él…o a ella. Dígame… ¿no se cansa a veces de no llegar a nada?
—Voy a repetirle lo que le digo siempre a Bilbao, si no lo encuentro es porque me muero antes.
El policía guardó las fotos sin agregar una palabra. A ella le gustaba hacerse odiar sólo para recordarle a cualquiera que tenía el control.
Existe una posibilidad cierta de que el inspector Julián Aráoz muera sin encontrarme. Para él no existo, soy un rostro anónimo en la multitud adormilada de la urbe. Una estadística. Soy la anomalía. El desconocido que le hace ver su suerte y aunque no le interesen mis muertos me odia.
Odia que yo sea la medida precisa de sus límites. Por eso se queda en ese bar (el templo pagano de su inoperancia) donde se refugia cada vez que recibe mis fotos y luego, cuando se da cuenta que está otra vez atascado en un callejón sin salida. Mientras al otro lado de la ciudad, yo sigo caminando calle abajo a pesar de la llovizna intermitente de estas noches. Me agrada la lluvia.
Pienso en la mujer que lo acompañaba en el bar. Es linda pero aunque lo intente no es capaz de romper el aire como Moira.
Moira, mi puta cara, mi niña terrible. La única que realmente me reconcilia con el mundo y logra hacerme olvidar que el destello de un flash fotográfico hace años me quitó el alma. Tomé consciencia de mi circunstancia una mañana en la que al mirarme al espejo no entendí quién era o si acaso seguía siendo el que alguna vez había sido. Por eso terminé convertido en lo que soy un cazador de pobres hombres de doble vida.
Alguno de ellos tiene mi alma y no voy a detenerme hasta recuperarla.
Cuando conocí a Grimoldi luego que la suerte lo ungiera como su hijo favorito en la ruleta rusa del directorio telefónico fue muy fácil descubrir su doble vida. Él como todos, a la hora de la verdad se aterró tanto que fue incapaz de disfrutar de la libertad que yo le regalaba. Rogó a gritos por su vida sin saber que tenía justo lo que había querido. Ése es el estigma de los cobardes: los asusta la posibilidad de las cosas antes de que se tornen ciertas.
Ahora que lo pienso, Grimoldi era el sumo de lo patético.
El vestido rojo satén le sentaba monumental y el maquillaje lo vestía de verdad en colores furiosos, profundos. A fuerza de llantos, el rímel le daba a su cara un aire de guerrero despojado de orgullo pero sé que muy dentro de sí, se descubría hermosa aunque no pudiera reconocerlo.
Me llevó varios días revelar su dualidad, hasta una noche en la que salió de su casa dando un portazo y condujo su auto a través de la ciudad hasta un antro de pésima reputación y mala muerte en un barrio obrero. Cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra, busqué a Grimoldi pero su traje a la medida no asomaba entre las espaldas de la barra y su porte aristocrático no desentonaba en ninguna mesa. Me resistía a la idea de que mis ojos me engañaran. Él había entrado a ese bar al costado de la autopista, había cruzado la misma puerta que yo con una diferencia no mayor de tres minutos.
Si algo me ha enseñado este oficio es que nada ni nadie se pierde sin dejar rastros. El punto es descubrirlo.
De improviso, no hizo falta. Fue Grimoldi quien se me descubrió en cuerpo y alma. En sus dos almas.
Era una pelirroja despampanante, altiva. El tajo del vestido le recorría la pierna casi hasta la cintura exhibiendo un muslo mucho más tonificado de lo que podría suponerse. Cubierta de alhajas de fantasía, era un muestrario ambulante al que no le interesaba la sobriedad. No se la podía culpar por querer beber de un trago todos los vinos que su vida superficial le negaba.
Aquella noche hizo de la histeria su bandera, coqueteo con todos, repartió besos y prometió amor sin cumplir. Costaba creer que esos hombres duros se conformaran con tan poco.
No hay misterio más profundo que la seducción.
Al amanecer, Darío Grimoldi, el hombre que vivía en el trescientos once de la calle Barrientos, felizmente casado, padre de tres hijos, impoluto profesional, volvió a ser el espécimen civil y gris que salió de su casa portazo de por medio.
Supe que se trataría de una obra maestra.
Dos días después, los empleados de seguridad del Banco son los últimos en verlo con vida.
Al salir a la Avenida Colón, el auto se sacudió hasta alcanzar el carril rápido. Él (mi próxima víctima) se relajó quitando a su mente del camino para concentrarse en otro lugar, hasta que el clic de mi .45 milímetros sin número de serie lo regresó a la realidad.
Grimoldi se estremeció entero, el miedo le comía la cara pero yo no escuchaba sus balbuceos
—No quite las manos del volante, no piense en hacerse el héroe, en el primer puente baje, vamos a manejar un rato.
El sol se asomaba tímido detrás de la línea de sembradíos. Una brisa lenta rompía el cuadro perfecto que trazaba el trigal. Era un atardecer ideal, tanto que podría haber encontrado a mi alma en estos lares.
Lo obligué a bajar del auto, a vestirse de rojo satén, a maquillarse. Aunque el pavor le entorpecía el cuerpo, he de reconocer que lo hizo con una gracia que excedía a su contextura varonil.
No existía la altivez de aquella noche en el bar de mal beber pero una vez que se colocó la melena roja, recuperó algo de esa magia.
Grimoldi se desesperó, lloró. Imploró que lo dejara vivir. De rodillas, hablando de todo lo que podía darme si me apiadaba de él confirmó lo patético que era; podría haber disfrutado de ese tiempo de autenticidad, ser esa estrella colorada que vivía encerrada en otra vida pero en lugar de eso se lamentaba.
Por fin había comprendido porqué estábamos a mitad de un camino rural seco y polvoriento, porqué yo tenía toda mi ropa cubierta por un mameluco de nylon.
La brisa lenta tomó otro rumbo, el sol daba de lleno en el vértice superior del parabrisas del auto. Dios preparó la foto perfecta.
Arrojé mi arma lejos de ambos en una precaución innecesaria (ella no estaba en condiciones de defenderse) luego hundí los pulgares en su cuello, con una presión constante, sostenida. El cuerpo se contorsionó como preso de una descarga eléctrica antes de rendirse. Como el hombre era mucho más pesado de lo que se podía intuir a simple vista, tuve que exigir a mis fuerzas para acomodarlo en el asiento delantero del Valiant modelo ´78 y colocar sus piernas afirmadas entre el volante y la ventanilla.
Llevaba noches de absoluto insomnio armando la fotografía capaz de convencer al inspector Aráoz de que no tenía nada que buscar.
El Valiant era un armazón de chatarra que apenas se mantenía en pie, el óxido le ganaba la partida a tres manchones celestes, resabios de la pintura original. El parabrisas era un trozo astillado. El vidrio trasero no existía. Lo escogí por cansancio. Cada vez que pasaba por esa esquina me preguntaba cuál sería su historia, su derrotero de aventuras. Me convencí de que era la escenografía adecuada para el caso al ver a Grimoldi transformado en otra, luchando por anclar en el presente una vida que fue en otro tiempo o nunca.
La Guzmán bajó del auto achicando los ojos, lo hacía siempre que un lugar no le gustaba. Detestaba el sol incandescente a esa hora de la mañana y sentía especial aprehensión por los lugares de tierra que muy fácilmente le traían a la memoria sitios de infancia que era preferible olvidar. Antes de que llegara a la cinta de barrera, Aráoz le salió al cruce masticando un pedacito de plástico y la escoltó a la escena del crimen sin darle los buenos días. La forense cruzó el cerco mientras se calzaba los guantes de látex que le alcanzó un ayudante del servicio de criminalística.
—Que tenemos… el mismo vestido rojo y las mismas medias de red negras de la foto, lo digo y lo sostengo…el Fotógrafo es inteligente pero sin el menor buen gusto.
—Las únicas marcas de neumáticos que hay desde la salida de la ruta hasta este punto son las del auto del difunto, que vale aclararlo, me acaban de avisar que lo encontraron hecho un paquete de metal en una compactadora de basura.
—Cada vez le toma menos tiempo tomarle el pelo ¿No?
Julián la miró de soslayo, odiaba que ella lo cargara con todas las culpas sin la más remota autocrítica.
—Lo encontró el dueño de los sembrados, estuvo hace tres días y no había nada.
La forense se rascó la comisura de los labios y protegió su vista del sol para echarle un vistazo al Inspector.
—No me gusta esa cara Aráoz, su cara me dice que esto va camino a ser un expediente más en su archivo de frustraciones.
Aráoz se aleja de la mujer a paso decidido, ella es como la lluvia, si la tiene cerca no puede pensar con claridad. Pasará la tarde atando cabos en el bar hasta que surja algún dato que valga la pena. Tiene miedo de no encontrar respuestas pero ya ha decidido que se gastará la vida detrás del Fotógrafo aunque ésta (como todas las veces) se quede sin recursos. Cuando eso pase, el Vasco va a dejarle un nuevo expediente sobre el escritorio para mantenerlo ocupado hasta que aparezca una nueva víctima.
Luego del asesinato hablaron de mí en todos los medios, vi el rostro confundido de Aráoz en varias imágenes y eso fue todo lo que precisé para volver al ruedo. Por eso esta noche desando los adoquines que me llevan al cuarto donde ella me espera, donde guardo el directorio telefónico. Que me venda la ilusión que se le antoje.
Seguiré buscando mi alma, aquella que me arrebataron.
Moira mira por la ventana, lo ve doblar la esquina y sonríe. Nunca podría cobrarle un centavo, simplemente porque le despierta una ternura a la que aún, no le ha descubierto la razón. Ella lo sabe todo; él anda buscando el alma que le corresponde en cada muerto y no se permite ver la verdad.
Aráoz no puede aceptar que de a ratos busca otra vida y se convierte en un asesino sin alma.
Guzmán por su parte, de a ratos, es esa puta cara, exquisita. Ella también necesita ser otra.
