Lord Byron por William Hazlitt. Traducción de R. Abuchedid.

The Spirit of the Age (1825)

Lord Byron

Un retrato del genio, la soberbia y la muerte

Desliza para leer

Lord Byron y Sir Walter Scott son, de entre los escritores vivos[A], los dos que obtendrían la mayor cantidad de sufragios como los genios más grandes de nuestra época. El primero, tal vez, sería el favorito entre los caballeros y las damas elegantes (omitiendo la pacatería); el segundo, entre los críticos y el vulgo. Hemos de considerarlos de forma conexa, en parte dada su distinguida preeminencia, en parte porque ofrecen un contraste total entre sí. En su poesía, en su prosa, en su pensamiento político y en su temperamento, no puede haber dos hombres más disímiles. Si algunos consideran que Sir Walter Scott ha nacido

“Heredero universal de toda la humanidad”,

es evidente que Lord Byron no puede pretender algo así. Es, en un grado sorprendente, criatura de su propia voluntad. No comulga con los de su tipo, sino que se erige solo, sin par ni compañero,

“Como si un hombre fuera el autor de sí mismo,
sin parentesco alguno”.

Es como una cima solitaria, cuyo acceso resulta no menos remoto por la elevación que por la distancia. Está sentado en una eminencia elevada, “cubierto de nubes”, y refleja los últimos rayos de los soles ponientes; en sus ánimos poéticos nos recuerda a los míticos titanes, ya retirados a una colina escarpada, mientras tocan sus flautas de Pan e intervienen en asuntos humanos y corrientes con arrogante indiferencia. Eleva su asunto hacia sí o lo aplasta: ni se agacha ni se pierde en él. No existe por simpatía, sino por antipatía. Desdeña todas las cosas, incluso a sí mismo. La Naturaleza debe acudir a él para que la retrate: él no se acerca a ella. Ella debe consultar por su tiempo, su conveniencia y su humor; debe vestir un atuendo sombrío o fantástico, no sea que Su Señoría le dé la espalda. No caben la soltura o una simplicidad no afectada en los modos, no cabe un “justo medio”. Todo debe ser en extremo forzado o petulante. Sus pensamientos son cristalinos y encapsulados; su estilo, “más altivo que el gesto de la azulada Iris”; su espíritu, fogoso, impaciente, díscolo, incansable. En lugar de tomar sus impresiones de afuera, en masas íntegras y casi intactas, él las amolda a su propio temperamento y calienta los materiales de su imaginación en el horno de sus pasiones. Los versos de Lord Byron resplandecen como una llama que consume todo a su paso; los de Sir Walter Scott se deslizan como un río claro, apacible, inofensivo. La poesía del primero abrasa, la del segundo apenas entibia. La luz de uno procede de una fuente interna, sanguínea, hosca, fija; el otro refleja los matices del Cielo o el rostro de la naturaleza, con realces vívidos y variados. Las obras del Bardo del Norte presentan la herrumbre y la frescura de lo antiguo; las del Poeta Noble no dejan de sobresaltar por su extrema ambición de novedad, tanto en estilo como en asunto. Las rimas de Sir Walter son “simple verdad”

“Y juegan con la inocencia del pensamiento,
como la vejez”—

la Musa de su Señoría desdeña los viejos tiempos y afecta todos los aires altaneros de una fina dama moderna y de un advenedizo. El objetivo de uno de los escritores es restituirnos a la verdad y la naturaleza; el otro piensa principalmente en cómo demostrará su poder o descargará su bilis o asombrará al lector, ya sea con temas o tramas especulativas nuevas, o bien, expresando ideas viejas de manera mucho más impactante o enfática que antes. Poco le importa lo que diga, con tal de poder decirlo de forma distinta de los demás. Esto explicaría las acusaciones de plagio que se le han reiterado al Poeta Noble: si puede tomar de alguien más una imagen o sentimiento y elevarlo con un epíteto o una alusión de mayor fuerza y belleza que la del pasaje original, cree demostrar su superioridad en la ejecución con mucha más claridad que de haber sido el primero en proponer la idea. No es el valor de la observación en sí lo que más lo desvela, sino que desea brillar por contraste: hasta la naturaleza sirve solo como mero trasfondo a su estilo. Por lo tanto, les saca los pensamientos de la boca a los demás (sean contemporáneos o no) y se ufana de hacerlos propios, de imprimirles su sello, impartiéndoles una pátina más meretricia, un relieve más alto, una mayor elevación de tono y un característico propósito inveterado. Incluso en aquellos ornamentos colaterales del estilo moderno, la dejadez, la brusquedad y la excentricidad (así como en tersura y relevancia), Lord Byron, cuando así le place, prevalece sobre toda competencia y aventaja a todos sus contemporáneos. Cualquier cosa que haga, debe hacerla de manera más decidida y osada que todos los demás: ¡haraganea con extravagancia y bosteza para alertar al lector! La autodeterminación, la pasión, el amor de lo singular y el desdén por sí mismo y por los demás (con la conciencia de que esta es una de las formas y los medios para acaparar la admiración) son las categorías propias de su mente: es un escritor señorial, está por encima de su reputación y condesciende a las Musas con despectiva gracia.

Lord Byron, que en términos políticos es progresista, es altivo y aristocrático en su genio: Walter Scott, que es un aristócrata por principio, es popular en sus escritos, y es (por así decir) tan servil a la naturaleza como a la opinión. El genio de Sir Walter es, en esencia, imitativo o “denota una conclusión anticipada”; el de Lord Byron es autónomo, o al menos no necesita ayuda, no se rige por ninguna ley más que los impulsos de su voluntad. Confesamos que, por mucho que admiremos la independencia del sentir y un espíritu erguido ante las cuestiones prácticas o generales, en las obras de genio preferimos a quien se inclina ante la autoridad de la naturaleza, a quien apela a los objetos reales, a moldear las supersticiones, a la historia, la observación y la tradición, antes que a quien solo consulta el obrar pragmático e incesante de su propio pecho, presentándolo como un oráculo ante el mundo. Nos gusta un escritor (sea poeta o prosista) que abarque (o esté dispuesto a abarcar) medio universo en términos de sentimiento, carácter, descripción, mucho más que aquel que, obstinado e invariable, se encierre en la Bastilla de las pasiones que lo domeñan. En pocas palabras, preferiríamos cien veces ser Sir Walter Scott (o sea, el Autor de Waverley) antes que Lord Byron. Y por la razón recién mencionada, esto es, que forma sus descripciones en el molde de la naturaleza, siempre cambiante, jamás tediosa, siempre interesante y siempre instructiva, en lugar de formarlo constantemente en el molde de sus impresiones individuales. Nos da al hombre tal como es, o como fue, en casi todo tipo de situación, acción y sentimiento. Lord Byron hace al hombre según su imagen, a la mujer según su corazón: uno es un tirano caprichoso, la otra una esclava complaciente. Alterna entre el misántropo y la voluptuosa, y con estos dos personajes, que se queman o derriten en su propio fuego, produce centones perdurables de sí mismo. Hace pender la nube, la película de su existencia sobre todo lo exterior; se sienta en el centro de sus pensamientos y disfruta de la noche oscura, del día claro, del brillo y la lobreguez “en monástica celda”. Vemos el palio lastimero, el crucifijo, el cráneo y los huesos cruzados, el rosario de flores descoloridas, los cirios destellantes, el ceño agónico del genio, la forma consumida de la belleza; pero aún estamos encerrados en un calabozo, una cortina nos impide ver, no respiramos libremente el aire de la naturaleza o de nuestros pensamientos. El otro autor admirado corre la cortina, y se desgarra el velo del egoísmo, nos muestra la muchedumbre de hombres y mujeres vivos, los grupos sin fin, el paisaje del fondo, la nube y el arcoíris, enriquece nuestra imaginación y alivia una pasión con otra, expande e ilumina la reflexión y nos quita esa tirantez en el pecho que surge de pensar o querer pensar que nada hay en el mundo fuera del propio ser de un hombre. Desde este punto de vista, el Autor de Waverley es uno de los más grandes maestros de la moral que hayan existido, al emancipar la mente de prejuicios bajos, estrechos y fanáticos: Lord Byron es el mayor malcriador de aquellos prejuicios, al parecer creer que nada vale la pena alentar sino las semillas o el fruto pleno y exuberante del dogmatismo y el engreimiento. Al leer las Novelas escocesas, nunca pensamos en el autor, excepto por una sensación de curiosidad sobre nuestro benefactor desconocido. Al leer las obras de Lord Byron, nunca dejamos de tenerlo en mente. El color del estilo de Lord Byron, sin importar cuán rico y embebido en tinturas tirias, es, sin embargo, opaco, es en sí un objeto de delicia y maravilla; el estilo de Sir Walter Scott es por completo transparente. Al estudiar al primero, uno parece observar las figuras que se recortan en los vitrales y ocultan la vista de lo que está detrás, y donde la luz pura del Cielo es solo un medio para resaltar la preciosura del arte. Al leer al segundo, uno ve, a través de una ventana noble, el paisaje claro y variado que está afuera. O para resumir todo esto en una sola palabra, Sir Walter Scott es el escritor vivo más dramático; Lord Byron el que menos lo es. Sería difícil imaginar que el Autor de Waverley pudiera exhibir el más ínfimo grado de pedantería, tal como sería difícil convencernos de que el autor de Childe Harold y Don Juan no es un engreído, aunque un engreído estimulante y sublime. En esta expresa preferencia por Sir Walter Scott sobre Lord Byron, incluimos con claridad las obras en prosa del primero, pues no creemos en absoluto que su sola poesía lo haga merecedor de tal precedencia. Sir Walter, en su poesía, aunque agradable y natural, es trivial en comparación: es en sus producciones anónimas donde ha mostrado lo que en verdad es.

La intensidad es la principal y más prominente característica de los escritos de Lord Byron. Rara vez va más allá de la fuerza del estilo y tampoco ha producido ninguna obra regular o un todo magistral. No prepara ningún plan de antemano, ni revisa o retoca lo que ha escrito con pulida precisión. Su único objetivo parece ser estimular a sus lectores y a sí mismo por un momento: mantenerlos vivos, disipar el tedio, sustituir una indolencia desganada o incluso un goce calmo por un estado de emoción febril e irritable. Para ello, se decide por cualquier tema al azar sin mucha reflexión ni delicadeza (tanta impaciencia tiene por comenzar) y se ocupa de adornarlo y enriquecerlo mientras prosigue con “ideas que respiran y palabras que queman”. Compone (como él mismo ha dicho) ya en la bañera, ya en su estudio o a caballo; escribe con la misma habitualidad con la que otros hablan o piensan. Y sea que contemos con la inspiración de la Musa o no, siempre hallamos que el espíritu del hombre de genio respira en sus versos. Forcejea con su tema y lo mueve, lo penetra y lo anima con la fuerza eléctrica de sus sentimientos. Suele ser monótono, extravagante y ofensivo, pero nunca aburrido o tedioso, excepto cuando escribe prosa. Lord Byron no muestra una mirada nueva sobre la naturaleza ni otorga importancia a objetos insignificantes por las asociaciones románticas con las que los rodea, sino que, en general (por lo menos), toma pensamientos y hechos corrientes y procura expresarlos con un lenguaje más fuerte y majestuoso que los demás. Su poesía se erige como una torre Martello junto a su tema. A diferencia del señor Wordsworth, no toma la poesía del suelo ni crea un sentimiento de la nada. No describe una margarita o una brusela, sino el cedro o el ciprés: no “las chozas de los pobres, sino los palacios de los príncipes”. Su Childe Harold contiene un repaso elevado y apasionado de los grandes acontecimientos históricos, de los objetos poderosos que quedaron como restos del tiempo. Pero ronda sobre todo lo que resulta familiar para la mente de cualquier colegial; ha ofrecido pocos rasgos nuevos de pensamiento o sentimiento, y no ha hecho más que justicia a los preconceptos del lector por la fuerza sostenida y lo brillante de su estilo e imágenes. Las producciones tempranas de Lord Byron, como Lara o El Corsario, eran romances tempestuosos y sombríos dispuestos en versos rápidos y relucientes. Descubren la locura de la poesía, junto con la inspiración: hoscas, volubles, caprichosas, feroces e inexorables, se regodeaban en la belleza, tenían sed de venganza, corrían entre extremos de placer y dolor, pero sin nada permanente, nada saludable o natural. ¡Las decoraciones estridentes y los sentimientos morbosos semejan flores esparcidas sobre el rostro de la muerte! En su Childe Harold (como acabamos de observar) asume un tono elevado y filosófico, así como “altas razones de la providencia, la presciencia, la voluntad y el destino”. Toma los puntos más altos de la historia del mundo y los comenta desde una eminencia más imperiosa: nos muestra el desmoronamiento de los monumentos del tiempo, invoca los grandes nombres, el espíritu poderoso de la antigüedad. El universo se trastoca en un mausoleo majestuoso: con solemnes metros entona un himno a la fama. Lord Byron tiene la fuerza y la elevación suficientes para llenar los moldes de nuestras remembranzas clásicas y consagradas por el tiempo, y también para reavivar las aspiraciones de grandeza y gloria verdadera más primordiales de la mente con una pluma de fuego. Los nombres de Tasso, de Ariosto, de Dante, de Cincinato, de César, de Escipión, no pierden nada de su pompa o brillo en sus manos, y cuando él comienza y continúa una serie de panegíricos sobre tales temas, en verdad nos sentamos con él a un banquete de ricos encomios, cavilando sobre glorias imperecederas,

“hasta dejar ahíta a la contemplación”.

Lord Byron parece lanzarse indignado de este “banco y bajío del tiempo”, o de la barca frágil y tambaleante que carga con la reputación moderna, hacia el mar enorme del renombre antiguo, para deleitarse allí con pluma incansable, desplegada. Incluso esto es en él bilis: su desdén por sus contemporáneos lo hace regresar a un pasado ilustre o proyectarse hacia el tenue futuro. Las tragedias de Lord Byron, Faliero[B], Sardanápalo y demás, no igualan a sus otras obras. Carecen de la esencia del drama. Abundan en discursos y descripciones, como aquellos que él daría para sí mismo o para otros desparramado en su sillón por la mañana, pero no llevan al lector más allá de la mente del poeta hacia las escenas y los hechos representados. No tienen acción, carácter o interés, sino que son una especie de tragedias de telaraña, tejidas, destellantes, que extienden un velo muy delgado sobre la faz de la naturaleza. Y aun así, sigue tejiéndolas. De todo lo que ha creado de esta forma, El Cielo y la Tierra (sobre el mismo tema que Loves of the Angels del señor Moore) es lo mejor. Lo preferimos incluso a Manfred. Manfred es tan solo él mismo con unos paños de fantasía: pero en el fragmento dramático publicado en el Liberal, aquel espacio entre el Cielo y la Tierra, el escenario en el que sus personajes deben ir de un lado a otro, parece llenar la imaginación de Su Señoría; y podría decirse que el Diluvio, que tan bien describió, ha ahogado todos sus humores vanos.

Debemos admitir que tenemos poca estima por los escarceos satíricos de nuestro autor. Su “English Bards and Scotch Reviewers” es dogmático e insolente, pero carente de refinamiento o razón. Pone motes a la gente e intenta clavarle a un personaje un epíteto que no se le pega, pues no tiene más fundamento que su petulancia y desdén; o se propone degradar aludiendo a alguna circunstancia externa. De la poesía del señor Wordsworth dice que “le causa aversión”. Puede ser, pero ¿de quién es la culpa? Esta es la sátira de un noble acostumbrado a que todo capricho o disgusto suyo se tenga por palabra santa, y que no puede tomarse más trabajo que el de expresar su desdén o inconformidad. Si a un gran hombre se le inflige un desaire que no le agrada, se da media vuelta y hace pasar aquello por una humorada. El Autor Noble dice de un abogado y crítico muy celebrado que “nació en un altillo de dieciséis pisos”. La insinuación no es verdadera, y si lo fuera, sería baja. La alusión degrada a quien la hace, no a quien se dirige. También es la sátira de una persona de alcurnia y calidad, que mide todo mérito según el estatus exterior, es decir, según su propio estándar. Entonces, su Señoría, en una “Carta el editor de My Grandmother’s Review”, se dirige a él cincuenta veces como “mi querido Robarts”; tampoco hay nada de ingenio en el artículo. Esto es, sin dudas, una mera presunción de superioridad basada en el estatus de Su Señoría, y es el tipo de chanzas que podría hacerle a una persona que viniera a ofrecerse como valet suyo en Long’s: los meseros tal vez se rían, el público no. De la misma manera, en la controversia en torno a Pope, da unas palmadas en la espalda al señor Bowles con una familiaridad bromista y ordinaria, como si fuera su capellán a quien invitó a cenar o estuviera por otorgarle un beneficio. El reverendo y teólogo podría someterse a la obligación, pero no tiene ocasión de adherir a la broma. Si es una broma que el señor Bowles debería ser un párroco y Lord Byron un par [peer], el mundo ya lo sabía; no hacía falta escribir un panfleto para probarlo.

El Don Juan, en efecto, tiene gran potencia; pero su potencia se debe a la fuerza de la escritura seria y a la rareza del contraste entre ello y los pasajes destellantes de los que está entreverado. De lo sublime a lo ridículo hay un solo paso. Uno se ríe y se sorprende de que alguien se dé vuelta y se travista: lo burlesco está en la total discontinuidad de ideas y sentimientos. Hace que la virtud sirva de contraste al vicio; el dandismo es (a falta de cualquier otra) una variedad del genio. A una ebriedad clásica le sigue una salpicadura de soda, una efusión espumosa de bilis ordinaria. Tras los relámpagos y el huracán, se nos introduce al interior de la choza y el contenido de los lavabos. El solemne héroe de la tragedia interpreta a Scrub en la farsa. Esto es “muy tolerable y no ha de soportarse”. El Señor Noble es casi el único escritor que ha prostituido su talento de esta forma. Sacraliza para profanar, se place en desfigurar las imágenes bellas que creó con sus manos y eleva hasta el Cielo nuestra esperanza y nuestra creencia en la bondad solo para volver a arrojarlas contra la Tierra y hacerlas añicos, con suma eficacia por la altura misma desde la que caen. Nuestro entusiasmo por el genio o la virtud se convierte así en una burla gracias a la misma persona que lo fomentó y que extingue fatalmente las chispas de lo uno y lo otro. No es que Lord Byron sea a veces serio y a veces trivial, a veces pródigo y a veces moral, sino que, cuando es más serio y más moral, tan solo se prepara para mortificar al lector desprevenido echándole encima un fraude penoso. Esta es una anomalía de lo más inexplicable. Es como si el águila construyera su nido en una alcantarilla común o el búho fuera visto elevarse a pleno sol de mediodía. Una vista semejante provocaría risa, ¡pero uno no desearía o esperaría que ocurriera más de una vez![C]

En efecto, Lord Byron es el niño malcriado tanto por la fama como por la fortuna. Se ha vuelto ahíto de popularidad y no se contenta con deleitar si no logra ser chocante para el público. Lo forzaría a admirar a pesar de la decencia y el sentido común, lo haría leer lo que no leería en nadie más que en él, o no le importaría un comino su aplauso. Debe ser un “libertino con licencia”, cuyos insultos sean favores, cuyo desdén sea un nuevo incentivo para la admiración. Su Señoría es difícil de complacer: es igualmente averso a la notoriedad y a la indiferencia, se enfurece ante la censura y menosprecia el elogio. Pone a prueba la paciencia del pueblo hasta el extremo, y cuando muestran signos de cansancio o indignación, amenaza con descartarlos. Dice que seguirá escribiendo, sea que lo lean o no. Jamás escribiría una página más si no fuera para granjearse el aplauso popular o afectar superioridad al respecto. En este punto, también, Lord Byron presenta un contraste notorio con Sir Walter Scott. Este acepta la parte de favor público que le toca sin refunfuñar (claro que no tiene razones para quejarse); aquel siempre está peleando con el mundo por su modicum de aplausos, las spolia opima de la vanidad, y descortésmente arrojando a la cara de sus admiradores las ofrendas de incienso puestas ante su altar. Una vez más, no hay mancha en los escritos del Autor de Waverley, todo es justo y natural y está sobre la mesa, jamás indigna a la mente pública. No introduce ningún carácter anómalo, no trae a cuenta ninguna opinión desestabilizadora. Si él retorna a los viejos prejuicios y supersticiones como un alivio para el lector moderno, Lord Byron flota sobre paradojas que se hinchan

“como mares orgullosos”;

si uno acata demasiado el espíritu de la antigüedad, el otro acicatea el espíritu de la época, y llega a los límites mismos de la especulación extrema y licenciosa hasta romperse allí el cuello. La grosería y la levedad son los juguetes de su pluma. ¡Qué circunstancia ridícula que haya dedicado su Caín al digno baronet! ¿Alguna vez respondió este a tal obligación? No somos amables, para nada amables; pero no estamos especialmente de acuerdo con aquellos temas que brillan, sobre todo, por su podredumbre: tampoco deseamos ver a las Musas vestidas con los volantes de una filosofía falsa o cuestionable, como Porcia y Nerissa con el atuendo de los Doctores de la Ley. Nos agradan los metafísicos tanto como a Lord Byron, pero no verlos dar discursos floridos o bailar un largo con los grilletes del verso. Hemos insinuado bien que la poesía de Su Señoría se conforma mayormente a partir de un tejido de espléndidos lugares comunes; hasta sus paradojas son comunes. Son algo corriente en las escuelas: solo resultan nuevas y llamativas en sus dramas y estrofas por estar fuera de lugar. En pocas palabras, pensamos que la poesía se mueve mejor en la esfera de la naturaleza y la opinión aceptada: la teoría especulativa y la casuística sutil son terreno prohibido para ella. Pero Lord Byron suele merodear por este terreno de forma gratuita, deliberada, injustificada. La única apología que podemos concebir para el espíritu de algunos de los escritos de Lord Byron es el espíritu de algunos de sus detractores. Podrían incitar a un hombre a escribir cualquier cosa. “Mientras más lejos, mejor”. La extravagancia y la licencia de uno parece un antídoto adecuado a la intolerancia y la estrechez de los otros. La primera Visión del Juicio fue el desencadenante de la segunda, aunque

“Nadie más que sí mismo puede equiparársele”.

Quizás la causa principal de la mayoría de los errores de Lord Byron sea que él es esa anomalía en las letras y en la sociedad: un poeta de la nobleza. Es un doble privilegio, casi demasiado para la humanidad. Tiene toda la soberbia de la cuna y del genio. La fuerza de su imaginación lo lleva a regodearse en opiniones fantásticas, la elevación de su estatus censura cualquier desafío. Lo vuelve un egoísta malcriado. Tiene una banca en la Cámara de los Lores, un nicho en el Templo de la Fama. Los mortales, las opiniones, las cosas de todos los días no son tan buenas como para que él las toque o piense en ellas. Un mero noble es, según su estima, solo “el décimo transmisor de un tonto rostro”: un mero hombre de genio no es mejor que un gusano. Su Musa también es una dama de calidad. La gente no es lo suficientemente cortés para él, la Corte no es lo suficientemente intelectual. Odia lo uno y desprecia lo otro. Al odiar y despreciar a los demás, no aprende a estar satisfecho consigo. Un hombre fastidioso pronto se vuelve quejoso y atrabiliario. Si nadie más que nosotros puede acercarse a la propia idea imaginaria de perfección, no tardamos en cansarnos de nuestro ídolo. Cuando un hombre se cansa de lo que es, por una natural perversidad se erige como lo que no es. Si es un poeta, finge ser un metafísico; si es un patricio en estatus y sentir, bien querría ser uno más del pueblo. Su motivación principal no es el amor al pueblo, sino más bien a la distinción, no de la verdad, sino de la singularidad. Financia a hombres de letras por vanidad y los abandona por capricho, o por consejo de sus amigos. Se embarca en una publicación repudiable con tal de provocar la censura y la abandona a su suerte por temor al escándalo. No nos gusta el servilismo obsequioso de Sir Walter: menos nos gusta el liberalismo descabellado de Lord Byron. Puede que afecte los principios de la igualdad, pero retoma sus privilegios de nobleza según la ocasión. Su Señoría ha ofrecido un gran servicio a los griegos: dinero y caballos. En este momento se halla en Cefalonia, a la espera del gran suceso.

✦ ✦ ✦ ✦ ✦

Hasta aquí habíamos escrito cuando llegaron noticias de la muerte de Lord Byron, que pusieron fin de inmediato a un hilo de invectivas un tanto malhumoradas, cuyo objeto era mirarlo fijo a los ojos, no insultar su memoria. De haber sabido que estábamos escribiendo su epitafio, lo hubiéramos hecho con un afecto distinto. Ante esta situación, pensamos que es mejor y a su mayor honra dejar lo escrito tal como está, antes que tomar nuestros dardos de plomo e intentar fundirlos en “lágrimas sensibles” o darles forma de halago deslucido, como una muestra afectada de candidez. Ni nos mantuvimos callados durante la vida del autor, ya fuera al reprocharlo o al alentarlo (ofreciendo aquello que tuviéramos para dar y que él no despreciara), ni podemos convertirnos ahora en sepultureros para fijar la placa reluciente en su ataúd o enfilarnos en el cortejo del dolor popular… La muerte lo cancela todo, excepto la verdad, y despoja a un hombre de todo, excepto el genio y la virtud. Es una suerte de canonización natural. A los más bajos de entre nosotros los vuelve sagrados; al poeta lo instala en su inmortalidad y lo eleva hasta los cielos. La muerte es el gran ensayador de la mena esterlina del talento. A su tacto se desprenden las partículas de escoria, lo irritable, lo personal, lo burdo, y se mezclan con el polvo: la parte más fina y etérea se alza con el espíritu alado para custodiar nuestra memoria última y proteger nuestros huesos del insulto. Consignamos nuestras cualidades menos dignas al olvido y atesoramos la naturaleza más noble e imperecedera con doble orgullo y estima. Nada podría mostrar la verdadera superioridad del genio de manera más impactante que la inútil disputa y la indiferencia pública en torno al lugar de entierro de Lord Byron, sea la Abadía de Westminster o su bóveda familiar. Un rey ha de tener una coronación; un noble, un cortejo fúnebre. El hombre no es nada sin la pompa. El cementerio del poeta es la mente humana, donde siembra las semillas del pensamiento infinito; su monumento debe hallarse en sus obras:

“Nada puede ocultar su fama si no el Cielo;
no emparda su memoria pirámide alguna,
solo de su grandeza la sustancia eterna”.

Lord Byron ha muerto: también murió como un mártir de su celo por la causa de la libertad, por la última y la mayor esperanza del hombre. ¡Sea esa su excusa y su epitafio!

[Nota A: este ensayo se escribió justo antes de la muerte de Lord Byron.]

[Nota B: “Don Juan was my Moscow, and Faliero / My Leipsic, and my Mont St. Jean seems Cain” — Don Juan, Canto XI.]

[Nota C: esta censura vale para los primeros cantos de Don Juan mucho más que para los últimos. Se ha dicho que es un Tristram Shandy en verso: es más bien un poema escrito sobre sí mismo.]

Sobre el traductor

Jorge Rafael Abuchedid (Buenos Aires, 1992) es traductor científico-literario y público de inglés (Universidad del Salvador). Es integrante de la AATI y del CTPCBA. Se desempeña como traductor literario y en diversas ramas técnico-científicas. Fue profesor de Traducción Literaria I y II en la Universidad del Salvador. En su blog, Tras la palabra (traslapalabra.com), traduce y difunde textos en inglés, español y ocasionalmente latín sobre literatura, filosofía, música y arte, entre otros temas.

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