Yo no sabía que pensabas en el color de mi cara cada vez que llegaba una visita inesperada. Que por eso, antes de abrir la puerta principal, corrías a esconderme en el fondo de la casa y me dejabas sentada por horas en las cuerdas de plástico verde de la sillita tejida del patio de atrás, viendo las manchitas de agua salada que se juntaban con los restos de sangre de los pollos que mataba el abuelo en el lavadero, y que a veces saltaban con el pescuezo de lado, agotando su vida por las baldosas. Yo no sabía porque los demás podían jugar a la vista de todos y mi presencia era válida sólo cuando no había extraños en la casa.
Un día alguien me dijo “negrita” en tono melódico, alargando las vocales que sonaron con voz cavernosa en cámara lenta: neeeee-griiiii-taaaaaaaaa. Y sentí como si una aguja me entrara por el centro del pecho. “Es que me pasé de tueste”, pensé, recordando ese día en el que platicabas con la vecina, cuando recién llegamos con mamá a tu casa, y tú intentabas explicarle que yo era una semilla que pasó demasiado tiempo en el comal, como un ajonjolí que ya no luce en el mole, aunque creo que en realidad siempre fui cacao.
Era cierto que mi piel era oscura, pero en esa película de Pedro Infante que tanto te gustaba ver, salía una niña tan azabache que parecía pintada. Y la niña era tan bonita, con sus rizos preciosos, que yo quería ser todavía más oscura, para ser una negra de a deveras y no una como tú, que todas las tardes aplastabas una capa tras otra de maquillaje blanco en la cara para salir al mandado, y terminabas con un labial color palo de rosa, porque decías que nosotras sólo podíamos usar tonos neutros de rosa, café o beige.
¿Te acuerdas? Cuando me decías que de grande tenía que casarme con un güero, para mejorar la raza. Y yo no entendía si eso quería decir que además de negra yo era otra cosa, como perra de la calle o gata. Y me preguntaba de qué te sirvió eso a ti, que naciste de una madre blanca y un padre prieto, y aún así saliste igual que yo, aunque a ti nadie te decía negra en la casa. Una vez escuché que contabas una historia sobre tu madre, de cómo ella te ocultaba en el baúl cuando llegaban las visitas y no podías salir porque ese baúl también era el asiento en el que las acomodaban. Luego supe que también te metía en el ropero. No sé si tu llorabas, pues la bisabuela Mani era muy estricta contigo y también cruel. Como ese día en que le contó a tus hijas del asco que sintió la primera vez que te amamantó, porque eras “un pedazo de carne negra mamando de su pecho blanco”.
Quizá las tinieblas del ropero se acumularon en tu cuerpo como ondas sonoras y se concentraron hasta el centro de tu ser, atravesando células y ADN mientras esperabas agazapada en el baúl, hasta que ya no hubo vuelta atrás y fueron esas ondas expansivas, cargadas de tristeza, las que me hablaban a través de tu boca cuando me pellizcabas un cachete mientras decías: “negrita, pero bonita”, como si lo verdaderamente importante siguiera después de lo imborrable.
Y aún así te amé tanto.Tu abrazo era mi refugio cuando llegaba de la primaria y aterrizaba con mi cuerpo de sol oaxaqueño en la olla de agua hervida que servíamos con una taza de plástico. Acepté ser nombrada con un diminutivo para recibir el único cariño posible; convertí la diferencia en poemas infantiles, cuentos con personajes que decían groserías, quejas, gritos y hablaban a manotazos, como yo quería hacerlo.
Un día entendí y te odié. No sabes cuánto. Me rompió el corazón saber con cuánto desprecio me trataste, el daño que me hizo la ternura con la que embadurnabas la mantequilla en el último pan, que siempre me tocaba a mí, antes de cenar con una taza de café. La más parecida a ti y la última en merecer tus afectos. Tu reflejo fiel y tu peor enemiga. El cuerpecito que elegiste para desfogar el odio a ti misma.
¿Qué cambió entre tú experiencia y la mía? Pienso que quizá fue la luz. Mientras tú callada matabas el tiempo, contando los minutos para salir de tu prisión de madera, esperando que tu madre te quisiera tan sólo un poquito más, yo pude llorar desde la sillita, con las llamas del sol lamiendo mis lágrimas, pude huir, estudiar, leer, correr, gritar, empujar, morder, hablar, reflexionar; incluso me permití quitarte la palabra, reducir a un saludo nuestras interacciones cuando me convertí en la visita de la casa. No quería entenderte, sólo quería odiarte.
En venganza, quise borrarte de mi mundo, porque tú intentaste reducirme en el tuyo. Un día le dijiste a mi madre: “tu hija ya no me quiere”. Ella contestó: “una cosecha lo que siembra”. Y pienso mucho en eso ahora, porque después de un tiempo aprendí a utilizar conceptos occidentales para explicar mi vivencia. Y te imaginé breve, trepando montones de tierra con tus zapatitos de plástico, a unos metros de la mina en la que murió tu padre, cerca de la escuela en la que sólo estudiaste primero de primaria, porque tu madre te sacó para que la ayudaras a vender donas de azúcar. Y luego en el tren que te trajo de Michoacán, en el que viajaste solita a los 14 años para venirte a vivir con tu hermana Chati, y en cómo le hiciste para entrar a la escuela de mecanografía, a punta de labia y arrojo, hasta convencer al director de que una chamaca sin la primaria podía convertirse en secretaria. Y en que aprendiste taquimecanografía en unos meses, pero también a escribir en inglés, además de que ya sabías coser a máquina y hacías ropa, forrabas botones y cinturones. Luego te casaste, tuviste ocho hijos y después, aunque no me pediste, aunque no me deseaste, aunque no salí de tu vientre pero sí con tus genes, me tuviste a mí.
Para entonces eras un ave cubierta de nostalgias que volaba por los campanarios de las iglesias para escuchar, siempre puntual, la misa de las seis de la tarde. Calzabas tus tacones negros, anchos estilo t-strap y el sonido de tus pisadas era tan puntual que anunciaba tu partida y tu llegada. Sabía que regresabas del mercado porque desde la cocina escuchaba la cadencia de tu taconeo como las teclas negras del piano de la sala. Yo corría por el comedor, el pasillo y el patio hasta llegar al portón, para ayudarte con las bolsas del mandado llenas de verduras y hierbas que traías del mercado.
Y quizá conmigo te salió el chirrión por el palito, como solías decir, porque salí grosera, pegona, quejosa, llorona y mamona. Porque dije en voz alta lo que seguramente tú pensaste más de una vez. “Tu marido te va a patear cuando sepa que no puedes cocinar”, me dijiste. “Entonces yo lo voy a patear a él”, contesté, y el abuelo se carcajeó mientras tú te ponías colorada del enojo. Y pienso mucho en todas las conversaciones que tuvimos, en la franqueza con la que te hablaba y en cómo a veces decía cosas tan disparatadas para tu entender, que sólo te quedaba reír. Y en cómo te extraño ahora, que ya no puedo hablarte, que ya no podemos tener una conversación de adultas, porque mi enojo duró tanto que no me di cuenta en qué momento tu mente levó anclas y partió hacia lo profundo de tu memoria, para llegar a ese lugar en el que tú eres la niña sentada en la sillita de plástico tejido, en el que espero que estés gritando mucho, que puedas llorar todo lo que te guardaste, que tengas el coraje de abrir la puerta y salir a jugar con los otros niños a un patio sin muros ni closets ni baúles, a donde algún día me reuniré contigo y juntas podremos, por fin, pintar angelitos negros.
Sobre la autora
Arlen Pime (México) trabajó en medios informativos nacionales durante la mayor parte de su vida hasta que un día decidió no hacerlo más. Descubrió que su verdadera pasión, además de comer tlayudas oaxaqueñas, era escribir narrativa poética y fue así como decidió iniciar una nueva vida entre libros, talleres de escritura, dos gatos y pan de masa madre, oficio este último que además le da de comer. Publica de vez en cuando sus textos en fanzines, organiza desde 2025 el Círculo de Ficción en la ciudad de Oaxaca, México, y gestiona la Biblioteca de las Comadres Cósmicas, conformada en parte por libros de editoriales independientes.
Arte de portada: Ailin Sandlien

