CIORAN - Juan Grenno

El Gringo – Daniel Marcolini

Gambito de papel – edición digital

El Gringo

Daniel Marcolini

Antes de saber quién era, ya había una palabra que me nombraba. Esa palabra era Gringo.

Durante muchos años, para mi familia y para la gente de mi pueblo, yo fui el Gringo. No recuerdo la primera vez que la escuché porque hay nombres que llegan antes que la memoria. Simplemente estaban ahí, como estaban la casa, los vecinos, las calles conocidas.

No era una palabra que explicara mi apariencia. No hablaba de mi piel ni de mis ojos. Si alguien hubiera buscado en mi rostro una respuesta para esa palabra, probablemente no la habría encontrado.

Vengo de una familia donde se mezclaron historias, orígenes y tonos de piel distintos. Una mezcla común de estas tierras. Pero una palabra encontró un lugar en mí y se quedó.

Con el tiempo dejó de ser un apodo. Era mi nombre en ese mundo.

En el pueblo nadie necesitaba preguntarme cómo me llamaba. La palabra ya venía acompañada de una historia: mi familia, mis amigos, mi infancia. Cuando alguien decía «Gringo», no estaba describiendo una característica. Me estaba encontrando.

Con los años entendí que esa palabra no solamente me había nombrado. También había ayudado a construirme.

El Gringo era una forma de estar en el mundo. Una manera de relacionarme, de moverme, de pertenecer.

Después vino la ciudad. Y con ella llegó algo extraño: por primera vez tuve que decir quién era. Ya no había una puerta donde alguien golpeara para buscarme. Ya no había vecinos que supieran dónde encontrarme. Ya no era el chico conocido por todos. Era alguien nuevo en un lugar nuevo.

Entre mis dos nombres elegí Daniel.

El Gringo quedó atrás, pero nunca desapareció. Quedó guardado en otro lugar. Vuelve cuando una voz familiar lo pronuncia. Vuelve con la infancia. Vuelve con una parte de mí que no necesita explicarse.

Quizás por eso las palabras son difíciles cuando viajan solas. Porque una palabra nunca llega sola. Llega con la gente que la dijo, con el lugar donde nació, con la forma en que fue recibida.

En muchos lugares aprendimos a nombrarnos así. Con apodos que nacían de una característica, de una anécdota, de un error de pronunciación de un hermano. El Tato que nació de un Gustavo que alguien no pudo decir completo. El Petiso, el Flaco, el Colorado. Nombres que desde afuera pueden parecer duros, pero que dentro de una historia tenían otra música.

Porque también existe una manera de acercarse a través de la palabra. Un «che» puede abrir una conversación. Un «boludo» puede ser una forma de decir amigo. Y esa misma palabra, en otro momento, con otra intención, puede lastimar.

También están esas palabras que se alejan tanto de su significado literal que terminan viviendo otra vida. «Gordo», «gorda». Palabras que podrían hablar de un cuerpo, pero que en muchas casas hablan de cariño. No importa una medida. Importa la cercanía. A veces una persona no dice «amor»; dice «gorda». Y en esa palabra viajan una historia, una intimidad, una forma propia de quererse.

La palabra es la misma. Pero no siempre es la misma relación.

Ahí aparece una dificultad de este tiempo: las palabras viajan más rápido que las historias que las sostienen. Una frase puede salir de una cancha, de una mesa, de una conversación entre amigos, y en segundos aparecer al otro lado del mundo.

Pero en ese viaje pierde cosas. Pierde la voz. Pierde la mirada. Pierde la pausa. Pierde todo aquello que no entra en una pantalla.

Ahí aparece una nueva forma de escuchar: la del algoritmo. El algoritmo recibe la palabra sola. No sabe quién la dijo primero. No conoce una familia, una infancia, una amistad de años. No sabe si detrás de una expresión hay una herida o una forma extraña de cariño.

Y conmigo tendría un problema. Buscaría la palabra «Gringo» e intentaría encontrar una explicación en lo visible. Miraría mi rostro, mi aspecto, los datos que tiene a mano. Buscaría una coincidencia.

Pero no la encontraría. Porque yo no soy un gringo en la imagen que muchas veces aparece asociada a esa palabra.

Sin embargo, soy el Gringo. No por mi piel, ni por mis ojos, ni por una característica que pueda medirse. Soy el Gringo porque una historia me nombró así. Una familia. Un pueblo. Una infancia.

La palabra dejó de describir una apariencia y pasó a nombrar una persona.

Ahí aparece un límite: puede encontrar patrones, pero no siempre encuentra biografías.

Por eso la respuesta no sea gritar más fuerte. Sea volver a acercarnos. Invitar. Compartir un tiempo. Sentarse a una mesa. Tomar un mate. Comer un asado. Escuchar cómo habla una familia, cómo se ríe un grupo de amigos, cómo una misma palabra puede cambiar cuando cambia la historia que la rodea.

Si una palabra pudiera defenderse, quizás no pediría que la expliquen. Quizás pediría que la conozcan. Que conozcan el lugar donde nació.

Porque comprender al otro no empieza solamente cuando encontramos la definición correcta de una palabra. Empieza cuando nos tomamos el tiempo de conocer la vida que hay detrás de ella.

Tal vez eso sea lo que más falta hoy: no palabras nuevas, sino volver a mirarnos.

Sobre el autor

Daniel Marcolini

Nació en Córdoba y reside en San Carlos de Bariloche. Es escritor y artista visual. Su obra explora los cruces entre memoria, identidad, materia e imagen, a través de la narrativa, la poesía y las artes visuales. Actualmente desarrolla proyectos literarios y visuales vinculados a la experiencia humana, los vínculos y las transformaciones del presente.

Arte de portada: Juan Agustín Grenno

1 comentario en “El Gringo – Daniel Marcolini”

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