Selección de poemas de «La documentación de los procesos», de Hernán Bravo Varela

Entre sombras, te impulsas hacia delante,
te levantas, te caes, ejecutas piruetas, extiendes
los brazos y aguardas la siguiente línea
para incorporar otros movimientos.

                                                                    Tu cuerpo
se hace entender con el virtuosismo
de sus extremidades; va por su lado,
perdiéndose en la totalidad confusa.
Tú, sin embargo, insistes en disipar la niebla
de los músculos, en comunicarte, en doblar
las articulaciones hasta prender una luz
fluorescente.

                         Al final, todavía entre sombras,
tu cuerpo hace una reverencia estática,
se insubordina, se reagrupa,
muestra las manchas de tu plexo,
se escucha sin interferencias, se difumina.
El problema de la danza contemporánea
es su expresividad.

¡Llueve afuera del antro! ¡Llueve
como para salir a desintoxicarse!
Lavémonos los ojos, abramos la boca:
el cielo nublado es una botella de agua
que pagamos antes de entrar.
Dejemos en pausa la música que nos rodea
y empapémonos hasta la ropa.
Los huesos son algo del futuro.

                                                                    ¡Cómo salimos
en masa los responsables de este amor! Y el cadenero
se concentra en los menores de edad, y los maduros
reparan por primera vez en sus contemporáneos,
y las luces de la patrulla escoltan a las de la pista
que pretendían huir por la puerta entreabierta.

                                                                    Actores suplentes
de comedia musical, cartomancianos,
estilistas, cientos de estilistas que alacian
la noche… Todos bajo el aguacero,
mudos, gnósticamente anfetaminados,
hechos una sopa de origen.

                                                                    Algunos aprenden
a tomar distancia, comienzan a hablar,
advierten en la luna un viejo satélite
y no una uña recién colocada.

Era un vaso al centro del mantel.
Desperdiciaba aire, astillaba el sol,
distraía de la fotosíntesis. Al fondo
jugaban bádminton y las carriolas
se entendían entre sí. En el parque
la civilización es una siesta, un hipo,
una colilla a medio apagar
en el pasto quemado de otoño.
Nosotros, que aún tenemos padre
y madre, no entendemos el vaso.
Tal vez su esterilidad cumpla
un propósito, una armonía no buscada
entre tanto accidente.

                                                                    Nos adelantamos.
Recogemos el mantel y guardamos el vaso
junto con los desperdicios. Dentro de la canasta,
el vaivén desafía la integración, desconoce
la diversidad solitaria de sus elementos.

                                                                    El vaso
abandonó el centro del mantel
para que lo ocupemos nosotros.
La luz que se refracta no sabe
si nos ciega para contenernos.
Algo nos toma para dejarnos ir.

La desconfianza no era un oficio
hasta que, una noche, llegamos con cara
de pasamontañas. La certeza era formal:
los hematomas parecían crisantemos;
había una peste que aprendimos a discernir
entre cuerpos calcinados.

                                                                    Después
algo se rompió -un hechizo, un plato hondo-.
Nos desmayamos en los brazos de una multitud
mientras «volvíamos en nosotros». Cuando percibimos
el eco de una ovación, la multitud se había desbandado.
¿Quién nos manda creer en el equilibrio,
quitarnos los lentes oscuros para ver las estrellas?

Más allá de nosotros hay una playa
con dos soles. Es el descenso al paraíso,
del que muy pocos vuelven. Un hotel
con una sola habitación sin espejos
cuyo interior es una ventana abierta;
su cama tiene una sábana nupcial
que se perfecciona con el aire acondicionado
cuando la criatura deja la habitación, se parte
en dos mitades y las dos caminan hacia el pueblo
para olvidar y hacer turismo.

                                                                    Más allá
hay terceros que un domingo despiertan
de nuestra historia para imponer
la suya. «Él se lo pierde», dicen
y decimos. Y se habla de causalidades
y jardinería, del envejecimiento,
de la migración de aves endémicas,
y vienen otros.

                                                                    Es hora de decirlo
con inexactitud, de vuelta a nosotros,
hombres con ramos de casablancas
que parpadean su clave morse a mediodía,
como la arena que ves cubrirse de huellas
bajo el agua, para recordar la forma que teníamos
cuando las criaturas salían del mar prehistóricamente,
sin cerrar la puerta, sin sexo, sin volver.

Ya nadie sabe cómo se llaman,
mucho menos distinguir uno de otro.
Alguna vez bastó con tener jardín,
leer novelas donde cipreses y abedules
tenían vidas específicas.

                                                                    Vamos a toda velocidad,
de madrugada, en un coche con vidrios polarizados.
¿Qué son esas cosas de afuera y por qué
se mueven tanto? ¿Qué es ese miedo
a no morir?

                           Brotar sin hipótesis, midiendo constelaciones
en centímetros de hojas para no perderse,
hablando aire en voz baja, despertando al parecido,
a una ignorancia que amenaza con integrarnos.

La paloma espera a que se riegue el agua,
a que de la suela de un zapato
caiga la migaja del vuelo.

                                                                    El de manos temblorosas
abre la puerta de la clínica; detrás de él salen papeles,
niños que jugarán a la autopista en la rampa
de discapacitados.

                                                                    La paloma, que no salió,
imita los rostros de los que están sentados,
esperando entrar. No al cielo
porque hay órdenes, apellidos,
una recepcionista que asiente
como un girasol detrás de todo esto.

Hernán Bravo Varela nació en la Ciudad de México en 1979. Es autor de doce libros de poesía, ensayo literario y varia invención. Ha publicado, en versiones suyas al español, diversas obras de poetas en lengua inglesa como Christina Rossetti, Emily Dickinson, Oscar Wilde, T. S. Eliot, Wallace Stevens y Seamus Heaney. Su título más reciente son dos libros de poemas reunidos en un solo volumen por Ediciones Era: Ejercicios de respiración y El Estado empresario mexicano. Actualmente se desempeña como editor del Periódico de Poesía de la UNAM. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores desde 2017 y ha recibido becas del programa Jóvenes Creadores del Fonca y de la Fundación para las Letras Mexicanas. En 2024 fue residente de la Casa Estudio Cien Años de Soledad, en la Ciudad de México.

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