«Paloma» (cuento), de Manuel Domínguez Iribe

Mientras viajaba en el micro, intenté acordarme la última vez que había visto a mi abuela, pero no lo logré, los recuerdos eran confusos. Cuando era chica aparecía poco por casa y la única manera de mantener el vínculo con ella era por teléfono con sus conversaciones cortantes que condensaba todo un bosque de significados. Uno la llamaba y lo primero que escuchaba era una orden: ¡Hable!

Creo, y solo creo, que la última vez que la vi fue cuando a papá lo metieron preso. Durante los primeros días y de forma inesperada, mi abuela se acercó a la comisaría y comenzó a gritar mientras pateaba el suelo con fuerza.

¡Son creencias y costumbres familiares! ¡A nadie lo pueden meter preso por esto!

La ignoraron y enfureció, les deseó la muerte.

Ella no era del pueblo. Llegó de pronto, un día de niebla. Se quedó en mi casa, creo. Yo era chiquita y casi no hablábamos, solo la veía durante las noches, sentada en la cocina, fumando en silencio y prestando completa atención a la televisión. Le costaba interesarse lo suficiente para mantener una charla. Cuando debía decirte algo, y solo si era algo urgente, se notaba la lucha interna entre la boca y la mente. Buscaba las palabras indicadas para conjurar: Estás más gorda.

No son muchos los recuerdos que tengo de ella. Ya hace más de diez años que papá murió en la cárcel por un facazo –así me dijo mamá – y no la volvimos a ver.

Hace poco, descubrí que papá había estado en el motín de Sierra Chica. Fue uno de los presos a los que mataron e hicieron empanadas para alimentar a los guardiacárceles que estaban como rehenes. Hay quienes dicen que eso había sido orden de los doce apóstoles, los líderes del motín. Los habían llamado así porque todo había ocurrido durante la Semana Santa, precisamente la conmemoración de la última cena y precedida por la cuaresma. Algunos dicen que vieron a los presos jugar al fútbol con la cabeza decapitada de otro recluso. ¿No les habrán dolido los pies al patear en el aire un cráneo? Quizás evitaban golpear con mucha fuerza y ni hablar de dar un cabezazo.

Cumplir dieciocho años no solo implicaba alejarme del pueblo, sino que tenía que mudarme al departamento de mi abuela en capital para ir a la facultad. Odiaba tener que verla, y lo más seguro es que ella también, pero la sangre es sangre.

Me costó mucho convencerla por teléfono para que me dejara llevar a mi gata, por alguna razón se enfadaba muchísimo solo con el pensamiento de tener otro felino en su casa. Ella no tenía ningún gato.

A los once años, cuando estaba jugando en el patio de mi casa, comencé a escuchar unos maullidos del terreno abandonado de al lado. Me metí y empecé a buscar el origen del ruido. Advertí que el sonido venía de un viejo horno de barro. Entre los restos de fuego apagado, una gata chiquita estaba chillando. Me la llevé a casa y, después de mucho rogarle a mamá, la adoptamos. Ya pasaron siete años y sigue conservando el olor a cenizas.

Cuando llegué y bajé del micro no vi a mi abuela, claramente estaba poco interesada en pasarme a buscar. A medida que caminaba, iba pidiendo indicaciones y después de unos cuantos subtes y micros, encontré el edificio. Ya me dolía el brazo de tener el bolso de la ropa colgando. La gata se había quedado tranquila en su cajita porque le había dado un sedante.

Apreté el botón del portero eléctrico que decía 6° A. Nadie contestó. Lo volví a apretar una y otra vez, hasta que a la séptima una voz chirriante se asomó por el altavoz.

¿Quién es?
Soy…
¿Quién?
Tu nieta.
Ah… Bueno, te tiro la llave por la ventana.

Que vieja de mierda. No sé sí lo dije o lo pensé, no importa.

El departamento estaba casi sin amoblar. En el living solo había una mesita redonda, dos sillas de plástico, tres cuadros negros con unas pinceladas azules y en un rincón una plantita artificial. En la cocina no había mucho más, una máquina de café, una frutera y algunos vasos con resto de vino o sangre.

Su habitación nunca la vi, no quise. La mía solo tenía una cama y una silla contra la pared. Era fría, asfixiante. Encerraba el aire como a un viejo recluso.

Todas las ventanas del departamento estaban repletas de palomas. Supuse que era típico de la capital, a diferencia del pueblo donde las palomas son más de campo y como no hay tantos edificios no anidan cerca de las personas.

A veces me pregunto si a papá lo mataron antes de hacerlo empanada o si murió durante el proceso. ¿Cuáles fueron sus últimos pensamientos? ¿Cómo es morir encerrado? ¿Durante su infancia cómo pensó que iba a morir? ¿Se habrá imaginado semejante final? Toda mi vida me pregunté eso. He armado algunas hipótesis de posibles muertes, algunas fabulosas, otras tristes, lúgubres. Las más interesantes son las más fantasiosas. Morir por un avión que se estrella en mi casa, o por un rayo que me caiga encima. Morir rescatando a una chica de ser raptada para la trata de blancas. Morir durante un viaje astral, con mi espíritu sin poder regresar a mi cuerpo. Morir devorada por otra persona… Como papá… O simplemente… Morir mientras duermo.

Cuando se acercaba el atardecer por fin terminé de sacar la ropa del bolso y acomodar algunas cosas dentro de la pequeña habitación. Me preparé unos mates, pero al ir hacia el living vi a mi abuela con medio cuerpo fuera de la ventana.

¡Cuidado!
¡Callate! Si me gritás así obvio que me voy a caer, estúpida.

Cuando metió el resto del cuerpo devuelta en el living, vi que tenía una bolsa de pan en las manos. En ese momento me di cuenta que la ventana estaba llena de palomas por las migajas que dejaba para alimentarlas. Había más de veinte palomas revoloteando y picoteándose entre ellas. Algunas parecían cabalgar lujuriosamente a otras.

¡Plaf! ¡Plaf! ¡Plaf!

El sonido de sus aleteos era escalofriante. Golpes asestados en el aire con toda violencia.

¡Plaf!

Limpiando la habitación encontré debajo de la cama una hoja de algún libro olvidado, sepultado bajo la tierra. “El sujeto se singulariza para alejarse del plural, que podríamos denominar sociedad, humanidad, cultura o mundo, da igual. Lo que importa es que esta misma pluralidad, paradójicamente, vista a su interior, está formada por múltiples singularidades que dialogan o se enfrentan entre ellas. El sujeto se singulariza del singular”.

Se estaba haciendo de noche y empezó a dolerme el estómago. Solo había desayunado una mandarina antes de salir de mi casa y tomarme el micro de larga distancia, así que fui a la cocina para ver qué me podía hacer de cenar.

Abuela, ¿querés que cocine algo para las dos?
No y no te vas a poder hacer nada acá.

Que vieja de mierda, tenía razón. Cuando abrí la heladera vi que estaba vacía. No había ni una botella de agua, ningún pedazo de cebolla o un huevo. Me fijé en la alacena, por las dudas, pero también estaba desierta. En su interior una gruesa capa de polvo, un mini desierto, cubría las huellas de una caja de arroz vacía.

De pronto, recordé que, cuando estaba buscando el departamento, había visto una pizzería a la vuelta de la manzana. Agarré un poco de dinero que me había dado mamá –claramente mi abuela no me iba a prestar plata – y salí del edificio.

Las noches en capital son azules, esto se debe a la luz artificial, pero en algunas esquinas oscuras parece que nos adentrásemos en un agujero negro.

Llegué a la pizzería y tenía que esperar unos quince minutos a que hicieran mi pedido, así que me senté en la vereda y me prendí un pucho. A unos metros había una ronda de chicas y chicos, de mi edad más o menos. Escuché un chistido y me di vuelta.

Flaca, ¿tenés fuego?
Sí, tomá.

¿Estás esperando que pongan tu pizza? Si querés podés venir a la esquina con nosotros, estamos tomando unas birras mientras hacemos tiempo.

Cuando me junté con el grupo vi que eran la mayoría varones, excepto por Julia, la que me había invitado. Estuvimos hablando bastante, al parecer algunos estudiaban, otros trabajaban y otros solo vivían.

¿Qué estudiás?
En una semana arranco el curso de ingreso de cine, en la facultad de Bellas Artes.
Copado, flaca.

Julia solo me decía flaca. Le dije mi nombre pero seguramente no se lo acordaba. Mientras hablábamos pude notar que Felipe, que al parecer también iba a la facultad de Bellas Artes y estudiaba música popular, me estaba viendo las tetas. Parecía medirme con la mirada. Esa actitud me daba asco, pero igual seguía pareciéndome un lindo pibe. Por lo menos compartía de su faso.

Cuando entré al departamento dejé la pizza en la mesada, prendí el horno y me puse a buscar una asadera para usar. En el lavadero encontré algunas. Tenían todo un museo de bacterias y grasa. Podría jurar haber notado rostros humanos dibujados por la mugre. Sus caras gritaban como fantasmas de un incendio doméstico.

Aunque no había visto por todo el departamento a mi abuela, preferí comer en la habitación para evitar tener que hablarle. Al terminar, me acosté en la cama, seguía un poco mareada por estar fumando con los chicos en la esquina. Dejé el plato en el piso y me quedé tirada mirando el techo en la oscuridad. Un fuego comenzó a recorrer mi cuerpo. De pronto, noté que mi mano empezaba a bajar, acariciando mi piel suavemente, tocándome muy despacio.

Pasé mis dedos fingiendo que era un desconocido conociendo todo mi cuerpo. Julia. Me gustó Julia, pero también Felipe…

Ella me besa mientras él me ahorca desde atrás, o quizás es al revés. La imaginación es fuerte, empiezo a perder el aliento.

Cuando acabé y recuperé mi cuerpo, junté el plato del piso y lo llevé a la cocina. El departamento estaba sumergido en una densa noche. Era un agujero negro perdido en la ciudad. Todas las luces se encontraban apagadas, solo se oía un pequeño gurgullo proveniente del living.

Una sombra gigantesca se enmarcaba en la ventana abierta. Me asusté.

Prendí la luz y vi a mi abuela, encorvada sobre una de las sillas, junto a la ventana, comiendo el estómago de una paloma.

Ella me vio pero no dijo nada, solo siguió destripando a su presa, arrancándole cachos de carne con los dientes.

El resto de la noche solo podía pensar en sus manos manchadas de sangre y sus dientes cubiertos de plumas. No sé si soñaba o estaba despierta, pero de pronto un golpe eléctrico me hizo temblar la cabeza, era ese sexto sentido que todos tenemos cuando nos damos cuenta que alguien nos está viendo. La imagen de la mano de mi abuela acariciándome el pelo. Mi palomita, decía mientras me separaba mechones de pelos y me hacía una trenza. Me sentía de cuatro años otra vez, solo papá me decía Palomita.

Recordé una tarde de mi niñez, estábamos en el patio de mi casa y mi papá preparaba el asado en el fondo. Era mi primer recuerdo que se iba tiñendo de a poco, tomando tonos rojizos, acercándose a la tonalidad de la sangre de la paloma.

Prefería ese mundo de fantasías. La lucidez de saber que a mi papá se lo había comido un guardiacárcel, un desconocido, me perturbaba. ¿Habría sido diferente si por lo menos lo hubiésemos comido nosotros, su familia?

Entre la imagen del pasado un ruido del presente se asomaba. Una voz chirriante, un gurgullo. Unas uñas arañando la puerta. Una voz familiar, la voz de mi abuela muy parecida a la voz que recordaba de mi papá cuando se acercaba durante las noches.

¿Estás soñando, Palomita?

Manuel Domínguez Iribe recibió una de las 18 menciones honoríficas del Concurso de Cuento argentino 2024.

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