Pirineos de noche

Selección de poemas de José Ramón Barbado Roig

Poesía

José Ramón Barbado Roig

“Sin entrar mansos a la noche” — selección de poemas

para Gambito de Papel

Desde la Polonia invadida

Que no sabes
querer
sin alharacas,
sin besos ventosa,
sin abrazos tortura,
sin confesiones plagiadas,
sin promesas cojas,
sin vahídos con aplausos,
sin tripas por fuera,
sin invadir Polonia,
sin mariposas asfixiadas,
sin pergaminos firmados,
sin lágrimas calculadas,
sin rasgar,
sin sangrar,
sin callar.
Que no sabes,
entonces,
que el amor es
risa muy tonta
mutismo sentimental
y paciencia
y silencio,
droga magra
cara derrota
pedestal caído
¡mamá, que yo no he sido!
que pase el siguiente
que rueden cabezas
que la culpa nunca
deje de bailar.


Un suave alambre

Tomar una decisión
y proclamarla arrepentido
y ducharme con ella
y acuchillarla a traición
y secarla con un suave albornoz
de Portugal.
Tomar una decisión para proclamarla
cuando todos se hayan ido
a proclamar sus decisiones
y a reírse de mi arrepentimiento.
Tomar un decisión, proclamarla
y negarla sin compasión,
abandonar el camino recto,
que es una trampa,
que es una secta,
una triste oposición
para erecciones marchitas;
retornar, pues,
a Kavafis,
quemar Ítaca,
broncear mis vicios,
que reluzcan como nuevos,
retornar a la nada,
quemar iglesias,
arder, enterrarme solo.
Y así, envalentonado,
tomo la decisión,
la proclamo en plazo
y forma,
me arrepiento,
la seco con un suave alambre
de Tánger
y, sin merecerlo del todo,
me siento plácido,
como si el dolor que me aflige,
al menos esta vez,
lo hubiera elegido yo.


Bisontes de porcelana

I

Coge ese palo, hijo,
y esa piedra y ese hueso,
júntalos, que se observen
y se toquen,
espera, espera no más
de veinte mil años
y ya verás qué civilización
tan bonita nos queda.
Ahora ve a jugar, hijo,
juega con el bisonte
que tu madre desolla
para cenar.

II

Mire, padre:
Le mando una fotografía digital
de la tercera noche seguida de violencia
en veinte mil años de violencia.
Sin embargo, soñé con rosas,
palos y huesos,
con madre, piedras y usted.
Ayer me di un baño de masas
y luego me corté la garganta.
No estoy tan solo, padre,
no se preocupe,
hay mucha gente como yo
que compró el mismo sofá.
Y hay millones de lunáticos
negando la luna,
charlatanes de tasca y zasca,
deudos de una razón muerta,
inquilinos de edificios
construidos con ruido armado;
ni se imagina cuántos juguetes rotos
reparándose entre ellos
y sin peinar.
Hay soldados, bocazas y hay enamorados,
farmacias de guardia, guaridas
e hígados de porcelana.
Padre, planté un bisonte
en mi jardín
que no termina de brotar.


Calambres

Como el lastre que se rebela
y vuela más alto
y más lejos,
y más fuerte
que el globo liberado, traidor y mezquino,
como un Big Bang que se repite
cuantas veces sea necesario
porque el cliente siempre tiene la razón
y el Universo siempre está equivocado,
como Dostoyevski pidiendo
asilo político en un casino
y limosna a la editorial Planeta,
como las ánforas romanas
que venden los bazares chinos,
como la política internacional
en manos de tres tristes algoritmos,
como nuestras propias vidas
sin un suspiro,
como Hánsel y Grétel
jugándose el miedo al tute
en un olivar de Jaén
sin olivos,
como aquellos calambres
de las infancias eléctricas
que se hacen grandes
y ahora, presos de otras edades
llamamos achaques
o ruinas de Mesopotamia,
como los libros que nos abandonaron
por mejores lectores,
como las cucarachas que pisoteamos
sin preguntarles sus nombres,
como lo muy cobardes que fuimos,
como Di Stéfano empequeñecido
para encajar en un cromo enmohecido,
como los soldados que vuelven
y ya no son los mismos,
como las frases hechas
que enterraron en las cunetas
de los caminos,
como los caminos que sobrevivieron
al fuego, al hambre o al frío
pero no al concejal de urbanismo,
como un dictador en el rincón
sin barrer de un museo,
como un helado sin un crío,
como la botella del náufrago
enamorada del viento de poniente,
casada desde hace tanto
con un pulpo albino,
como los cuadernos escolares
cuando llegan las vacaciones
y después, poco después,
la otra existencia
el otro el hastío,
como cien tigres en la cola de la manicura,
como elefantes borrachos empedernidos,
como el témpano de hielo que se derrite
para que los aventureros se lo cuenten
a sus nietos,
como el ambientador de sala
abandonado en un desierto salino,
como la satisfacción de la poesía
cuando un poema resulta fallido.


La Roma quieta

He escrito con la punta
de un plátano,
con la fiebre disparada del molusco
que fui,
con las manos envueltas
en otras manos,
con los pies fríos
y sin pies.
He sido reconocida por callarme
a tiempo,
por vestir con números
el paso de ese tiempo
y por derramar ríos de mí;
por besar papiros
y abrazar piedras,
por cambiar vidas y algún imperio
y arruinar fortunas
y romper promesas selladas,
por correrme sobre el papel mojado,
por manchar la carne fresca
y el pescado frito de Southampton
y por dar la noticia del día
el mismo día en que moría
tu ilusión.
He teñido de negro grandes esperanzas
y de rojo los anuncios por palabras,
me han llamado pedazo de hollín,
resina de mal agüero,
sepia descarada
y pegamento que divide.
He bebido vino tinto,
he bebido hierro y cobre,
he ardido en hogueras
y he sobrevivido a quienes me prohibieron.
He vivido en Egipto,
he amado y conquistado en Roma,
en la Roma que violaba y expoliaba,
y en la Roma quieta.
He volado a lomos de un rayo láser
y he viajado setenta y siete veces seguidas
de Pekín a Madrid.

Biografía

José Ramón Barbado Roig (Madrid, España, 1971). Licenciado en CC. Económicas y magíster en Comunicación audiovisual. Guionista de televisión, cine y radio. Redactor de prensa, copy publicitario y dramaturgo. Lector, corrector y coordinador editorial. Escritor por encargo, sin firma, desde 2009.

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