Las urquimillas - Fernando Pérez

Las urquimillas – Fernando Pérez

Las urquimillas

Fernando Pérez — Mención de honor, Concurso Argentino de Cuento de Gambito de Papel 2024

—No entiendo por qué tenemos que hacer todo esto, semejante trajín para nada.

El comisario Rigoberto Beltrán estaba fastidioso. Tenía que salir a enfrentar los cincuenta y dos grados de térmica para reunirse con ese doctorcito al que detestaba. Pero, no iba a padecer solo el agobio de la temperatura. Decidió llevarse al único oficial que tenía como subordinado, Bartolo Galván.

—Todo por culpa de ese medicucho que vino de la ciudad. Siempre tan sabiondos esos citadinos. A los ojos de ellos siempre somos unos ignorantes, unos simples campesinos, como que necesitamos que venga alguno de esos agrandados, narices paradas a rescatarnos de la ignorancia, a iluminarnos con sus conocimientos.

Bartolo asentía en silencio. El calor azotaba la calma siesta de Asta Perdida, ese pueblo sumergido en el interior de la provincia de Santiago del Estero, rodeado de puro monte.

—¿Y yo por qué tengo que ir, comisario? ¿No es mejor que me quede en la comisaría por cualquier cosa? —preguntó Bartolo, juntando coraje.

—¡Qué cualquier cosa! ¡Acá no pasa nada, nunca pasa nada y menos a esta hora, con semejante calor! —cortó en seco Beltrán.

El comisario dobló tres veces ese papel que le cambió el humor y lo metió en el bolsillo de su camisa color azul desteñido, casi celeste de tan vieja que era, una orden escrita enviada desde la Jefatura de Policía, dándole órdenes expresas de investigar la denuncia realizada por el Doctor Esteban Velásquez, que había sido desestimada en primera instancia por el propio comisario Beltrán.

Achinaron los ojos obligados por el sol y caminaron a paso lento, como si estuviesen pidiéndole permiso a la tierra, producto del vapor que subía por sus piernas las tres cuadras polvorientas que separaban la comisaría de la casa donde vivía y atendía a sus pacientes el doctor Esteban de la Cruz.

Al llegar, el comisario golpeó la puerta de madera y luego de unos segundos, apareció el doctor en persona para abrirles.

—Lo menos que puede hacer, doctorcito, es convidarnos agua bien helada —disparó el comisario sin decir ni buenas tardes.

—Buenas tardes, comisario. Buenas tardes, Bartolo, ahora les traigo agua, pasen, tomen asiento.

El comisario se sentó primero y se oyó el crujir de sus rodillas. Bartolo lo hizo a continuación, lanzando un prolongado suspiro por el alivio que sentía en sus piernas después de haber mamado tanto vapor.

Ambos policías consumieron el agua con ganas, emitiendo después del último trago un sonido de alivio.

—Mire, doctor, terminemos rápido con esto. Usted, desde que puso un pie en Asta Perdida que le agarró ojeriza al Carmelo. Le voy a explicar una cosa, que, por ahí usted, como viene de la ciudad, no entiende. Acá nosotros siempre nos arreglamos solos. Y nunca, nunca jamás el Carmelo tuvo algún problema, ¿o no, Bartolo?, no me dejes mentir vos. Todos, chicos, grandes, viejos, fueron, no, fueron no, fuimos porque yo también, orgullosamente le digo, todos fuimos a verlo al Carmelo por cualquier problema de salud, por cualquier dolencia e incluso hasta para pedir un consejo. Y él siempre fue bueno, atento, generoso, nunca nos pedía nada más que lo que podamos darle a cambio, y ese a cambio a veces era nada y él no decía nada tampoco porque sabía que, si no se podía, pues no se podía, doctor.

El doctor Esteban Velásquez escuchaba con atención, con la mirada baja y los dedos de sus manos entrelazados, sentado en una banqueta de cuero de vaca, levemente inclinado hacia el comisario.

—Si hasta la Espergencia, mi mujer, mi propia mujer iba con él porque no podíamos tener hijos y gracias al Carmelo que hoy tenemos sanito al Javier. Ya va para los cuatro años el changuito y ahora estamos esperando el segundo crío. Y así como iba la Espergencia, iban todas, hasta las que no tenían dificultades para concebir, le confiaban al Carmelo su atención para que salga todo bien y mire usted, ahí tiene las pruebas, todo salía siempre bien, qué más quiere usted. ¡El Carmelo es un santo!

El comisario sonreía nervioso. Todo le parecía una completa pérdida de tiempo motorizada por un citadino carcomido por la envidia.

—Mire, comisario, justamente ese es el problema —replicó el doctor, mientras acomodaba la junta de sus anteojos con el dedo índice de su mano derecha—. El problema es que hay suficientes evidencias como para acusar al Carmelo, no ya solamente de ejercicio ilegal de la medicina, lo cual ya de por sí es un delito gravísimo, sino además, de abuso deshonesto en algunos casos y en otros, en muchos diría yo, de violación.

El comisario se puso de pie de repente, como si tuviera resortes y empezó a agitar los brazos.

—¡Pero cómo dice! ¡Escuchalo, Bartolo, escuchalo! Perdón, doctor, le digo con el mayor de los respetos, usted se está yendo bien a la mierda con lo que dice.

—Comisario, le pido por favor que me escuche, trate de mantener la calma. Yo entiendo que ustedes a Carmelo lo conocen desde hace muchos años, que lo quieren mucho y que es difícil que crean lo que les estoy diciendo, pero permítame que les muestre las pruebas —respondió el doctor, intentando calmar a Beltrán.

El comisario colocó sus brazos en su cintura a modo de jarra y miró en silencio al médico por un momento. Finalmente, accedió.

—Bueno, doctor, está bien, lo escucho, soy todo oídos, pero le aclaro que desde el vamos no le creo nada, nadita… violación, dice, cuándo se ha visto una violación en la cual la mujer no haga ninguna denuncia, doctor. Acá nadie denunció nada, si el Carmelo es lo más bueno que hay.

—Voy a necesitar que me acompañen hasta lo del Carmelo para que comprendan el caso —contestó el doctor, evitando entrar en discusión con el comisario.

—Pero antes, doctor, traiga más agua. Ya que vamos a volver a enfrentar ese calorón que está haciendo por esta zoncera que usted propone, al menos tenga la decencia de refrescarnos —replicó Beltrán.

El doctor trajo una jarra llena de agua fresca, la cual fue consumida en su totalidad por ambos oficiales del orden. Acto seguido, partieron hacia la casa del Carmelo, distante unos seiscientos metros de la casa del médico, luego de atravesar un descampado. La casa del Carmelo era toda de madera, sencilla pero vistosa y separada del pueblo, pegadita al monte. A diario salían los acordes de un charango, pero esa tarde la casa estaba silenciosa, pues no se sabía nada de su dueño desde hace más de veinticuatro horas.

—Bueno, doctor, ya estamos, ahora dígame, qué hacemos acá.

—Lo primero, comisario, es que tiene que constar que el Carmelo no se encuentra en su casa. En la mañana de ayer, bien temprano fue al almacén de Magdalena y le compró un montón de alimentos y dice Piquilo que lo vio perderse en el monte.

—Ese Piquilo de seguro andaba amanecido y borracho —respondió el comisario de mala gana.

—No le digo que no, comisario, pero los chicos que iban a la escuela también lo vieron apurado, casi corriendo. Si ni saludó a nadie del apuro que llevaba. Dicen también que tenía cara de susto.

—Miedo a qué va a tener el Carmelo, por favor.

—Miedo a que llegaba este momento, comisario, justamente eso. El Carmelo ya sabía de todo esto, de que estaba siendo investigado y que usted debía apersonarse acá y en caso de considerarlo necesario, detenerlo.

—Ahora usted es detective —respondió Beltrán con tono burlón.

—No, por favor. Para eso está usted, comisario. Usted sabe de delitos y leyes mucho más que yo, pero es mi deber profesional atender estas situaciones y denunciarlas. Ya lo que haga usted, queda en sus manos y en su conciencia. Primero hagamos una recorrida por la casa del Carmelo, si no se opone, especialmente por el consultorio que usaba habitualmente y por el otro consultorio, ese que me dijeron las mujeres de Asta Perdida que era para los casos especiales.

Bartolo miró a Beltrán buscando aprobación. El comisario movió levemente su cabeza mientras frotaba su bigote espeso y desprolijo, indicando que aceptaba lo pedido por el doctor. Abrieron la puerta de acceso que despertó a un perro flaco con su rechinar e hizo frente a puros ladridos, que más que miedo daban pena de lo desnutrido que estaba el animal. Estaban en una suerte de sala de espera, donde había seis sillas de madera tapizadas con cuero de vaca, con dos ventanas y con paredes decoradas con ofrendas de los vecinos. Había rosarios, placas con agradecimientos, yesos viejos entre otras cosas.

—Este lugar, doctor, es como la segunda casa para todos los habitantes de Asta Perdida. Todos podemos encontrar en estas paredes algo nuestro, algo que le dimos al Carmelo, además por supuesto de lo que le pudimos pagar, pero nada, nada de lo que le hayamos dado se compara con lo que él nos dio —dijo el comisario con voz calma.

Luego pasaron al consultorio. En el mismo había una cama de una plaza, con colchón y una sábana. Al lado, otra silla de madera y sobre las paredes había cuadros de diferentes santos y un rosario hecho con caracoles colgando en la siguiente puerta. Esa puerta daba al consultorio para casos especiales.

—Acá es donde el Carmelo nos atendía. Acá estuve más de una vez, desde chico, ya sea por el empacho, por el mal de ojo, por la paletilla. Una vez me acomodó la osamenta después de que se me salió el hombro cuando me caí de un árbol. ¿Te acordás Bartolo? —relató Beltrán y Bartolo movió su cabeza en sentido afirmativo.

En la otra habitación no había ventanas. La luz era proporcionada por un velador y las paredes estaban vacías. Lo único que había era una cama, también de una plaza pero un poco más corta de lo habitual, con colchón y una sábana, pero con la particularidad que más o menos a la mitad, la cama era atravesada por un cortinado de color beige. Al pie de la cama, una manivela hacía que la parte de la cintura para abajo se eleve o se baje según lo que se necesite.

—Dígame, comisario, ¿usted conocía esta habitación? —preguntó el doctor.

—No, la verdad que no, doctorcito, yo las veces que vine, me hacía pasar hasta el otro consultorio. Acá tengo entendido que se ocupaba de las curaciones más complejas, por eso el encierro, porque necesitaba concentrarse más, para enfocarse en sus poderes.

—Y acá usaba las urquimillas.

—Así es.

—¿Usted, comisario, alguna vez las vio a esas famosas urquimillas?

—No, yo jamás, el Bartolo tampoco, disculpame Bartolo que conteste por vos, pero la cosa es así, doctor, yo le explico, solamente el Carmelo podía verlas.

—Tengo entendido que son bichos que traía del monte.

—Así es, doctor.

—¿Y nunca nadie las vio?

—No, le repito, solo el Carmelo, porque él tenía el don de verlas. No cualquiera podía ver las urquimillas, porque son bichos mágicos, especiales, y con él se dejaban ver y le permitían que las usara para las dolencias más importantes.

—Como, por ejemplo, cuando las mujeres tenían problemas para tener hijos —dijo el médico mientras frotaba los cristales de sus anteojos con una manga de su camisa.

—Y cuando no había problemas, también, doctor. Las urquimillas son milagrosas, porque no solo ayudan a tener hijos, sino también a que los hijos salgan sanos y fuertes. Pero, tengo entendido que también las usaba para otras cuestiones, pero, eso ya es cuestión del Carmelo, él es el que sabe del tema.

—Bien, comisario. ¿Puede notar las características de esta cama? ¿Aprecia que la parte inferior, donde van las piernas, puede elevarse con esa manivela y el cortinado impide que el paciente pueda ver que pasa más allá de la cintura? —inquirió el doctor, clavando la vista en el comisario.

—Como le dije, es la primera vez que paso a esta parte de la casa del Carmelo, doctor —respondió Beltrán.

—Bueno, por eso mismo la convoqué a Clotilde, porque ella también fue atendida por Carmelo y va a darnos su testimonio. Lo que sí, ella no se va a animar a contar de nuevo la historia si ustedes escuchan el ritual. Es pudorosa y le da pena.

—¡Ahora le va a dar pena, si nos criamos juntos, prácticamente! —replicó el comisario.

—Entiendo, comisario, pero así es la cosa. Les pido por favor que pasen al baño que está al lado y cierren la puerta. Eso sí, por favor, presten mucha atención a lo que va a relatar Clotilde.

Bartolo buscó la mirada del comisario una vez más y este, después de frotarse nuevamente el bigote, dijo:

—Bueno, Bartolo, terminemos con esto, hagamos lo que pide el doctorcito así dejamos de estar fumando semejante calor.

Fue entonces cuando el doctor fue a buscar a Clotilde, cuya casa estaba a trescientos metros de la casa de Carmelo. Clotilde lo recibió refregando sus manos en un delantal con flores estampadas y lo acompañó hasta lo del curandero.

Clotilde es la esposa de Piquilo. Ambos tienen un par de hectáreas donde cultivan melones, cebollas, maíz, acelgas y lechugas. Piquilo es conocido porque le gusta empinar el codo los domingos y por haberse visto envuelto en más de una trifulca. Clotilde siempre fue una mujer bien vista, trabajadora y que nunca se metía con nadie.

—Buenas tardes —dijo la mujer, con una sonrisa que desplegó unas incipientes arrugas de piel curtida por el viento y la ausencia de un par de incisivos.

—Buenas tardes, Clotilde —saludó el doctor.

—Clotilde, le pido por favor que me cuente una vez más sobre cómo era el tratamiento de Carmelo con las urquimillas, pero ahora en el consultorio, para que me cierre bien el tema.

—Cómo no, doctor, cómo no. Todo sea para que puedan encontrarlo al Carmelo, Dios me lo bendiga siempre. Pobrecito, qué le habrá pasado.

—Seguramente nada serio, Clotilde, venga, pase, que seguro que con su testimonio va a ayudar bastante a encontrar al Carmelo.

Ambos se dirigieron hasta el segundo consultorio, donde Clotilde empezó con su relato.

—Bueno, la cosa era así, yo venía acá para que mis hijos salgan sanitos, fuertes, y para que la familia esté siempre protegida, siguiendo las indicaciones del Carmelo, como lo hacemos todas en Asta Perdida.

—Y en ese tratamiento, Clotilde, ¿Carmelo usaba las urquimillas? —consultó el doctor.

—Claro, siempre las usaba.

—Y usted, Clotilde, ¿alguna vez las vio a esas famosas urquimillas?

—No, claro que no, el único que podía verlas era el Carmelo, él tenía el don.

—Claro, el don. Clotilde, le voy a pedir un favor, que se recueste en la camilla y me cuente en qué consistía el tratamiento con las urquimillas.

—Bueno, doctor, pero no me voy a quitar la parte de abajo de la ropa, soy una mujer decente, de bien.

—No hace falta, Clotilde, solo lo que le pedí; solo necesito escucharla para comprender el procedimiento y ver si eso ayuda a encontrar al Carmelo.

Clotilde accedió y quedó acostada, con sus piernas colgando a continuación del cortinado.

—Bueno, Clotilde, soy todo oídos —avanzó el doctor.

—Acá es cuando el Carmelo usaba las urquimillas. Por eso la cortina, para que yo no vea el ritual, que era un secreto que le confiaron las urquimillas al Carmelo. Si yo llegaba a ver, pues no iba a funcionar.

—Bien, usted dice que nunca las vio, pero díganos, ¿podía sentirlas? —preguntó el médico.

Beltrán y Bartolo estaban en silencio, con las orejas pegadas a la puerta del baño, casi sin respirar.

—Claro, doctor, claro, imposible no sentirlas.

—Bien, díganos, por favor cómo empezaba el ritual de Carmelo —continuó el doctor.

—Cómo no, doctor, cómo no. Primero el Carmelo prendía unos sahumerios y mientras decía unas oraciones, llevaba la humareda a todos los rincones de esta pieza. Si viera cómo se llenaba de humo esto. Después preparaba un tecito y me lo daba.

—¿Usted, Clotilde, sabía de qué era el tecito que le daba Carmelo? —preguntó el médico.

—No, doctor, no, pero era rico, ¿sabe? medio dulzón, tiene un aire a la manzanilla, como para que se haga una idea. Y después el Carmelo agarraba el charango y se ponía a cantar alabanzas, salmos y esas cosas y a una se le iban durmiendo las carnes y quedaba como atontada, no le digo que dormida, pero casi, casi.

Beltrán y Bartolo seguían el relato sin decir nada, sin pestañear, en absoluto silencio.

—Dígame, Clotilde, ¿Carmelo viene haciendo esto hace cuánto tiempo? —preguntó el doctor.

—Uuuuuh, hace una montonera de tiempo ya, no sé, doctor, si le digo le miento.

—No se haga problema Clotilde, continúe, cómo seguía el tratamiento de Carmelo —dijo el médico.

—Bueno, doctorcito. Después de que el Carmelo hacía todo eso que le dije, me decía que para que me bendigan las urquimillas, tenía que quitarme la parte de abajo de la ropa, que no me preocupara porque ya estaba santificada la habitación, que solamente Diosito podía verme. Ahí el Carmelo hacía unas oraciones y después de eso, cerraba los ojos y agarraba una urquimilla y la acercaba a mis partes. Primero dolía un poco, pero al ratito ya se sentía mejor. El bicho era duro y como que se hacía más grande dentro de una, ¿sabe? Entraba y salía. Una sentía unas cosquillas raras también. Mientras tanto el Carmelo rezaba en voz alta, a veces no se le entendía lo que decía, hasta que al final largaba un grito. Todo esto no duraba mucho, era un ratito nomás. Y después tenía que esperar un poquito más para que la bendición de la urquimilla llegue hasta mi vientre, para que me bendiga bien, eso es lo que me decía el Carmelo. La parte fea era que ahí abajo me quedaba todo baboso. Pero el Carmelo me decía que la baba esa era como agua bendita que largaba la urquimilla por su santidad.

Al rato el Carmelo venía con un trapo, me limpiaba bien y me decía que ya podía irme en cuanto pueda sentir bien las piernas. Eso lo hacíamos una vez al mes, más o menos, después de que se me pasaba la indisposición.

El comisario y Bartolo estaban con la boca abierta. Les hervía la sangre.

—Clotilde, muchas gracias, venga que la acompaño hasta la puerta —dijo el doctor, con una sonrisa.

—Muy bien, a sus órdenes, doctor. Y ojalá que lo encuentren al Carmelo. Se lo añora, hoy justo tenía que venir a verlo, qué lástima. Todas acá en Asta Perdida lo vamos a extrañar tanto si llega a ausentarse por mucho tiempo. Que Diosito lo tenga en su guarda a él y a sus urquimillas —Clotilde dijo esto y abandonó la casa del Carmelo a paso presuroso.

El doctor esperó a que Clotilde se alejara unos metros y regresó a la habitación para abrir la puerta del baño donde estaban Beltrán y Bartolo.

—Bien, comisario. Usted, Bartolo, también escuchó clarito la declaración de Clotilde. Lo mismo le van a decir las otras mujeres. A todas las entrevisté personalmente. Incluso a su esposa, comisario. Ella le puede repetir a usted palabra más, palabra menos, lo mismo que escuchó de boca de Clotilde. ¿Ahora entiende por qué huyó Carmelo?

El comisario parecía que iba a desplomarse. Se puso de pie y se apoyó en una de las paredes mirando al piso. Levantó la mirada y la clavó en los ojos del médico. En una fracción de segundo tomó el revólver que cargaba en su cintura y descerrajó un disparo preciso en la frente del doctor, que cayó muerto al lado de la cama de los tratamientos especiales. El perro flaco y una parvada de catas huyeron en ese instante.

—¿Qué hizo, comisario? —cuestionó asustado Bartolo.

—Callate, Bartolo y ayudame a llevar el cuerpo del doctor al monte. Vamos a buscar un lugar para enterrarlo. ¿Te imaginás si este medicucho llegaba a la ciudad con este chisme? ¡Sería una vergüenza para todos acá en Asta Perdida! ¡Se nos van a reír toda la vida esos hijos de perra!

Bartolo tomó el cadáver del médico por los pies y el comisario por los brazos y cruzaron la casa hasta llegar a la puerta. El viento caliente golpeó la cara de Beltrán. El comisario se detuvo y le dijo a su oficial:

—Eso sí, cuantito lo enterremos a este, lo buscamos al Carmelo y el primer tiro se lo voy a pegar en los huevos.

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