Selección de Poemas
El rezo de un viejo barbudo frente al alumbrado público
Apareció en una madrugada gris
cuando el foco del poste
empezó a zumbar de nostalgia
como si adentro le girara
un insecto del tamaño de un recuerdo.
Desde entonces se queda
ahí
bajo ese sol artificial que no aprende la noche
como un marinero sin costa que insiste en su faro
aunque los barcos se hundan en la memoria
y la memoria repita sus barcos
y los viajes fermenten en sombras.
Se queda
rozándole el lomo a los siglos cerrados
o abriéndose
en la grieta gastada de haber sido ala
de una golondrina que aún tiembla en el aire.
El viejo dice: “soy polvo”
y se le desgranan las vidas de la boca
una a una
como panes que olvidaron sus migajas
antes de que el viento le enseñara
esa forma lenta de soltarse
entre domingos
mercados
y niños que gritan
algo parecido al cielo.
Fue barco borracho en mares espurios
fue un cocinero geométrico
que cortaba triángulos
para engañar al vacío
y ordenar la mañana.
Fue el trance del tabaco en una reunión de incendios
y una baraja malvada en la fe de una vidente.
Sólo le faltó ser colibrí.
Pero el último pájaro ya había caído.
Bebió la noche
metro por metro
los martes
despacio
como quien teme romper lo dormido.
El tiempo muerde
y se mastica a sí mismo
con una paciencia de pasto feroz
que bien podría confundirse
con la eternidad.
Hubo una vez
en que fue piedra con musgo
en el pliegue de un cuento
fue la pausa entre dos versos de un oscuro Demiurgo
que dieron pie al mundo.
Fue trilobite esperando la noche
de su estirpe
en un desierto blando de calmas.
A veces levanta la cabeza
mira el azul
recuerda el primer cielo procarionte
que sostiene las horas
mientras suben
suben
como humo que olvida su origen
y vuelve a ser noche otra vez.
De pronto amanece dentro de él.
Entonces, todas las voces hablan al mismo tiempo
buscan un borde donde terminar
no lo encuentran.
“Aquí”, reza.
“Aquí”.
Como si señalara un punto
que no existe fuera de ese instante amarillo
“Siempre es ahora”.
cuando lo dice
la luz del poste titubea
dudando de su propia claridad.
Bajo esa luz que no sabe que ilumina
el viejo confiesa
con la mano vuelta jazmín
lo que nunca tuvo sonido.
En ese ascenso
deja de ser uno
se vuelve acumulación
de ecos
destinados, en su edad vaga, a romper el silencio.
Se llena de todos
de los delirios de los ríos
de los susurros de los muros
de los hombres y sus nombres.
Su cuerpo
polilla de sí mismo
se reparte
en veranos cercanos
en las cumbres de octubre
en sueños de gatos retratados
sobre techos vencidos.
La luz cae
el zumbido persiste.
Y en ese murmullo
en ese polvo que recuerda
en esa lámpara que no sabe
se sostiene la noche.
Chikorito García y la jacaranda de la calle Morgue
Hay noches que no pertenecen al tiempo sino a su conjetura
una de ellas fue la de Chikorito García
las piedras de la calle recordaban pasos de calandrias
y el polvo sabía su nombre antes de oírlo.
“Te juro que yo no fui”, maulló
y la frase era un animal herido repitiéndose
frente a esa casa a medio nacer de domingos
con ventanas que no aprendieron la luz.
“Te juro que yo no fui”
y una ventisca en la noche
o la noche misma en su costura más honda
guardaba lo que el día calla
por miedo a los trajes
a los números
a la tristeza con recibo.
Creció un gran danés en el empedrado
creció como crecen las culpas sin dueño
y lo miró, desde la otra orilla de lo que fue
animalito lleno de muertos
animalito que ha visto irse a todos
más de siete veces.
“Tú ya estuviste acá”, dijo una voz
pero la voz le nacía
de una rama en la boca
como si el lenguaje fuera un árbol que duele.
“Tú ya estuviste”, insistía la noche
entonces recordó que recordaba
una mesa puesta para nadie
para fantasmas con sed de té
una mujer sin cara
o con una cara que decidió
emerger niebla
y reírse
una risa suspendida
como si el aire no quisiera dejarla caer
hasta que llegara algo
el fin de semana
o el fin.
No era la primera vez, no, no era la primera vez
que el mundo se le abría como una herida sin centro
llena de ausencias y de gorriones.
No era la primera vez
que lo llevaban
a ese instante repetido
como a una infancia rota
y lo dejaban ahí
con gardenias que no preguntan
con geranios que no responden.
Y entonces la pistola
no vino de ningún lado
como las fatalidades
simplemente estaba
en su mano
esa mano llena de fiestas pasadas
de humores que no alcanzaron.
Giró el tambor breve íntimo fugaz
una ruleta sin testigos.
“Una sola vez”, maulló Chikorito
pero la noche ya estaba diciendo
eco eco eco
repitiéndolo hasta romperlo
porque la noche sabe
cuántas veces cabe una vez
cuántas veces se desdice lo vivido.
Apoyó la muerte en la sien
y el mundo: ese animal disperso, se ordenó de pronto.
La calle que lo sabía
la casa que no terminaba
la voz que lo decía desde adentro
“tú ya sabes”, dijo
y el silencio envejeció de golpe.
No era la primera vez, no era la primera vez
que llegaba a ese ámbar inmóvil
a ese segundo que no perdona.
Apretó
y los cuervos como lunes anticipados
salieron volando de lo que quedaba
el viento sopló y el olvido hizo su trabajo
el gran danés dejó de ser
la casa desistió de su forma
la calle volvió a su anonimato verde.
Al día siguiente
Chikorito García era un árbol
una jacaranda con cara larga
con memoria gastada.
Y si el cartero o los niños del barrio pasan
a cierta hora gris de las que no perdonan
pueden verlo florecer
como quien insiste en lo imposible
esperando
paciente contra los meses
llenarse de gorriones
o de perdón
o de algo que todavía no sabemos decir.
Yourlady pone un espectro que la persigue en un poema
(Suenan sirenas a la distancia)
Yourlady viene de un barrio donde la luz parpadea contra la sombra,
y el agua llega a gotas de milagro y rezos.
Ella cree que hasta el concreto tiene miedos, por eso escribe
sobre lo mínimo —las uñas postizas como pequeñas lunas
mal adheridas al pulso, su habitación y los colores que le provoca
cuando el día se deshoja—lo cual es, por supuesto, un delito contra el
espectáculo,
le sugieren, con una delicadeza que huele a destierro
a puertas cerradas por dentro, que se cubra con el velo de una herida
que brille lo suficiente para ser fotografiada
que haga de su carne un altar
de espinas
pues todo aquello que no sangre en público
parece una mentira bien peinada. Ella se queda ensayando su propia
transparencia.
Un Elfo, del otro lado de la calle, supera la realidad de una mesa impredecible.
Nadie puede atraparlo con la cuerda de lo evidente.
Hay cosas que rehúsan ser domesticadas.
Para recibir su premio, para causar calculadas lágrimas en el público
extranjero, que aprende a llorar con subtítulos, se le insinúa, se le ordena con
voz de consejo, que escriba sobre su piel como si fuera un mapa sitiado,
donde cada cicatriz
tuviera coordenadas útiles,
el dolor es una mercancía que mejora al exhibirse. Que escriba sobre la
violencia, como si fuera el único idioma posible en sus condiciones
y ahí termina el dictado, donde la página ya no es suya
sino una frontera vigilada.
Se te dice: sé libre, absolutamente libre, creativamente libre,
mientras te ajustan las cadenas en el patio trasero de la lengua.
Tu perro te mira desde su hambre sencilla, te pide pan o mundo, y tú,
que has aprendido a leer nudos en el aire, lo compadeces porque no entiende
la arquitectura de su encierro
ni la manera en que una puerta puede abrirse hacia adentro
y seguir siendo muro. Le das una caricia y lo compadeces con ternura.
Ahora sí, dicen, podemos mirarte con ojos húmedos, Yourlady,
ahora eres legible en nuestra gramática de consuelo: “nos unimos a tu dolor”,
“qué valiente”, “¡todo lo que ha tenido que afrontar!”.
Las palabras caen como monedas en una fuente de la que nadie bebe.
Le creemos al espejismo cuando la sed nos organiza el pensamiento, cuando
el desierto se vuelve una certeza portátil ¿pero de qué sed está hecho el
mundo que necesita ver arder a alguien para llamarse despierto?
¿dónde debemos mirar para no vernos?
Te pido por los que tienen los ojos llenos de tristeza
Te pido
por los que tienen los ojos cansados
como si hubieran visto demasiado cielo.
Te pido
por los que guardan la noche
sin decirlo
sombra que toca otra sombra
y se retira.
No sé a quién le hablo.
Digo “deidad”
como quien dice mar
o dice noche
cuando necesita
donde recostar la cabeza.
En el patio
las hormigas trabajan
como si supieran algo
que nosotros ignoramos.
Llevan migas
restos
un mundo mínimo
que no deja de moverse.
De deshacerse.
El mar no llega.
O llega tarde.
Se queda pensando
antes de tocar la orilla
como una sombra
que duda de su forma.
A veces la casa cambia de lugar
sin moverse.
Uno se despierta
y ya no está exactamente donde estaba
aunque todo siga igual.
La luz entra distinto
como si el sol
hubiera aprendido otro camino.
Hay una sombra
que quiere irse
y no puede
un animal que gira
y se vuelve
antes de echarse
antes de romperse.
Hoy siento
que algo en mí arde
pero llegó tarde
como si la sed
hubiera aprendido
a esperar.
Quiero volver
no al sitio
sino al temblor que lo inventa.
Haría de esto
una tarde larga
larga y sin borde
donde los ecos
no terminan de irse
ni de decirse.
Hay cosas
que no se sostienen
caen
sin hacer ruido
como nombres que nadie aprende.
Si te hablo
—lo que sea que seas—
es porque hoy
esto duele un poco más.
Como un cuerpo
que despierta
y no entiende
por qué.
Te nombro
por los que miran desde el bosque
por los que respiran
algo que no se ve
por los que esperan
una cima
que nunca aparece
pero sigue ahí.
Ten fe —digo—
aunque los pasos fallen
aunque la voz
se vuelva apenas polvo.
A veces
nadie recoge lo que fuimos.
Pero hay flores
que abren tarde
lejos
donde nadie las nombra.
La noche baja despacio.
Duda.
Se mueve un poco.
Y yo me quedo
o me voy
no sé
como el mar
cuando se retira.
Canto.
No porque alguien escuche.
Canto
hasta que algo
aunque sea mínimo
aprenda
a romperse
sin hacerse daño.
Lo sagrado
Todo poema es un abismo
no se cruza
se habita.
Un misterio intacto
una flor de mayo que no termina
en el corazón del bosque
un “guisante dormido en su vaina”
un canto que no necesita palabras
sin embargo
atraviesa como relámpago
abre grietas a la noche.
Un poema no se explica
se entra en el
como al cuarto de un animal dormido:
En puntas
sin respirar demasiado
sin querer saberlo todo.
No se entiende el misterio
como no se entiende
por qué los jazmines abren a las dos de la tarde.
Una vez vi una mariposa
posarse sobre una rama quemada
era todo
la muerte
la belleza
lo que pasa
y no deja palabra.
Así es el poema.
No se escribe
sucede
como la caída de un fruto
en el patio de la infancia
sin ruido
pero el perro levanta la cabeza
el niño lo recuerda años después
sin saber por qué.
Es estación de paso
umbral entre constelaciones heridas
donde se señala a un lugar más allá de sí mismo
hacia la orilla
donde el alma recuerda su pregunta.
un pasaje
no sé adónde
pero pasaje
hacia lo que no acepta la ropa de las palabras.
Yo me desnudo para llegar
a veces llego
otras no
pero la nostalgia es la misma.
He sentido cosas
que no tienen nombre
y me han dolido
como duele la tarde
cuando uno lo mira
sin saber qué busca.
La tarde no se explica.
Se llora.
El poema me recuerda
que todo es fugaz
y por eso eterno
lo finito no es lo opuesto
es la pista
un secreto vivo
solo para quien lo habita
eco de lo que dice callando
y sin embargo guía.
En eso hay algo mío que nadie puede tocar.
Ese rezo me pertenece
como un cachorro
que mira la playa
sin comprender la herida del mundo.
He mirado el mar
con ojos que no eran míos.
Lo he mirado sin saber por qué me dolía
he respirado la bruma
sin saber de dónde
he temblado por nombres que nadie me dijo.
El mar me duele,
y en ese dolor reconozco
un origen
tal vez un exilio.
¿De dónde vengo?
¿De qué santuario fui arrojado al cuerpo?
¿Quién podría oír el canto que allí se da?
La vida…
La vida es única
aterradora en su verdad
no tiene copia
no acepta dobles.
apenas este intento:
el nuestro.
Y eso es lo más sagrado.
Algunos lo rozan
muy pocos
y a ellos les arde el misterio.
No me importa no saber
he visto a Dios en una mirada:
era un hombre
llorando en una cafetería
sin romper el silencio
y en su gesto
estaba todo.
He visto a los dioses volverse ojos
he sentido que miraban mis secretos.
En su sabiduría no me ofrecieron respuestas
sino algo más hondo:
los instantes.
fortuna de silencios
los ojos que no son alma no te ven
pero tú reconoces
la invocación sútil
antes de que la tormenta traiga la plenitud.
!Tú sabes cuándo Dios se arrastra por dentro
antes de llover en nosotros!
Tal vez lo más sagrado
no pide altares
tal vez basta una magnolia
que se abre sin testigos.
He caminado entre los áridos del corazón.
He caminado
y aun ahí
la magia me acompañó
donde las manos
ya no conocen el lenguaje de los mudras
he amado los gestos que nadie recuerda
he tocado con manos
que olvidaron los asanas
y aún así
el misterio me respondió
Bajo lunas enteras
soles escondidos
dijeron sus nombres.
He dicho palabras
que nunca fueron pronunciadas
dibujé pasos
que no dejaron rastro
como el abismo
que sólo sabe ser boca
y mi madre…
mi madre muerta
me dejó un silencio más vivo que yo.
Lo no dicho.
Una noche sin estrellas
donde todo es mar
y todo se confunde.
Y al final
aunque no quise verme
me hiciste ver la nada:
la divinidad en mí.
Javier Mitra
Javier Mitra (Francisco Javier González Díaz): Oriundo de Oaxaca (1990), estudió filosofía en la UNAM. Publicó un cuento en la antología Hebefrenia (2009), ganó el concurso de cuento Edmundo Valadés (2025), publicó el libro de poesía Grimorio para salir de la cama, antimanual para los que aún miran al atardecer y publicó un poema en la antología de poemas Aunque la tierra no me reclame (2026). Panteísta que descubre lo divino de la materia y lo cotidiano. Actualmente se dedica de lleno a la literatura y la poesía.
Ilustración de portada: Juan Agustín Grenno

