Capitulo 2, de Juan Agustín Grenno

Poemas de Javier Mitra

Gambito de Papel

Selección de Poemas

Javier Mitra

El rezo de un viejo barbudo frente al alumbrado público

1

Apareció en una madrugada gris

cuando el foco del poste

empezó a zumbar de nostalgia

como si adentro le girara

un insecto del tamaño de un recuerdo.

Desde entonces se queda

ahí

bajo ese sol artificial que no aprende la noche

como un marinero sin costa que insiste en su faro

aunque los barcos se hundan en la memoria

y la memoria repita sus barcos

y los viajes fermenten en sombras.

Se queda

rozándole el lomo a los siglos cerrados

o abriéndose

en la grieta gastada de haber sido ala

de una golondrina que aún tiembla en el aire.

El viejo dice: “soy polvo”

y se le desgranan las vidas de la boca

una a una

como panes que olvidaron sus migajas

antes de que el viento le enseñara

esa forma lenta de soltarse

entre domingos

mercados

y niños que gritan

algo parecido al cielo.

Fue barco borracho en mares espurios

fue un cocinero geométrico

que cortaba triángulos

para engañar al vacío

y ordenar la mañana.

Fue el trance del tabaco en una reunión de incendios

y una baraja malvada en la fe de una vidente.

Sólo le faltó ser colibrí.

Pero el último pájaro ya había caído.

2

Bebió la noche

metro por metro

los martes

despacio

como quien teme romper lo dormido.

El tiempo muerde

y se mastica a sí mismo

con una paciencia de pasto feroz

que bien podría confundirse

con la eternidad.

3

Hubo una vez

en que fue piedra con musgo

en el pliegue de un cuento

fue la pausa entre dos versos de un oscuro Demiurgo

que dieron pie al mundo.

Fue trilobite esperando la noche

de su estirpe

en un desierto blando de calmas.

A veces levanta la cabeza

mira el azul

recuerda el primer cielo procarionte

que sostiene las horas

mientras suben

suben

como humo que olvida su origen

y vuelve a ser noche otra vez.

De pronto amanece dentro de él.

Entonces, todas las voces hablan al mismo tiempo

buscan un borde donde terminar

no lo encuentran.

“Aquí”, reza.

“Aquí”.

Como si señalara un punto

que no existe fuera de ese instante amarillo

“Siempre es ahora”.

cuando lo dice

la luz del poste titubea

dudando de su propia claridad.

Bajo esa luz que no sabe que ilumina

el viejo confiesa

con la mano vuelta jazmín

lo que nunca tuvo sonido.

En ese ascenso

deja de ser uno

se vuelve acumulación

de ecos

destinados, en su edad vaga, a romper el silencio.

Se llena de todos

de los delirios de los ríos

de los susurros de los muros

de los hombres y sus nombres.

Su cuerpo

polilla de sí mismo

se reparte

en veranos cercanos

en las cumbres de octubre

en sueños de gatos retratados

sobre techos vencidos.

La luz cae

el zumbido persiste.

Y en ese murmullo

en ese polvo que recuerda

en esa lámpara que no sabe

se sostiene la noche.

Chikorito García y la jacaranda de la calle Morgue

Hay noches que no pertenecen al tiempo sino a su conjetura

una de ellas fue la de Chikorito García

las piedras de la calle recordaban pasos de calandrias

y el polvo sabía su nombre antes de oírlo.

“Te juro que yo no fui”, maulló

y la frase era un animal herido repitiéndose

frente a esa casa a medio nacer de domingos

con ventanas que no aprendieron la luz.

“Te juro que yo no fui”

y una ventisca en la noche

o la noche misma en su costura más honda

guardaba lo que el día calla

por miedo a los trajes

a los números

a la tristeza con recibo.

Creció un gran danés en el empedrado

creció como crecen las culpas sin dueño

y lo miró, desde la otra orilla de lo que fue

animalito lleno de muertos

animalito que ha visto irse a todos

más de siete veces.

“Tú ya estuviste acá”, dijo una voz

pero la voz le nacía

de una rama en la boca

como si el lenguaje fuera un árbol que duele.

“Tú ya estuviste”, insistía la noche

entonces recordó que recordaba

una mesa puesta para nadie

para fantasmas con sed de té

una mujer sin cara

o con una cara que decidió

emerger niebla

y reírse

una risa suspendida

como si el aire no quisiera dejarla caer

hasta que llegara algo

el fin de semana

o el fin.

No era la primera vez, no, no era la primera vez

que el mundo se le abría como una herida sin centro

llena de ausencias y de gorriones.

No era la primera vez

que lo llevaban

a ese instante repetido

como a una infancia rota

y lo dejaban ahí

con gardenias que no preguntan

con geranios que no responden.

Y entonces la pistola

no vino de ningún lado

como las fatalidades

simplemente estaba

en su mano

esa mano llena de fiestas pasadas

de humores que no alcanzaron.

Giró el tambor breve íntimo fugaz

una ruleta sin testigos.

“Una sola vez”, maulló Chikorito

pero la noche ya estaba diciendo

eco eco eco

repitiéndolo hasta romperlo

porque la noche sabe

cuántas veces cabe una vez

cuántas veces se desdice lo vivido.

Apoyó la muerte en la sien

y el mundo: ese animal disperso, se ordenó de pronto.

La calle que lo sabía

la casa que no terminaba

la voz que lo decía desde adentro

“tú ya sabes”, dijo

y el silencio envejeció de golpe.

No era la primera vez, no era la primera vez

que llegaba a ese ámbar inmóvil

a ese segundo que no perdona.

Apretó

y los cuervos como lunes anticipados

salieron volando de lo que quedaba

el viento sopló y el olvido hizo su trabajo

el gran danés dejó de ser

la casa desistió de su forma

la calle volvió a su anonimato verde.

Al día siguiente

Chikorito García era un árbol

una jacaranda con cara larga

con memoria gastada.

Y si el cartero o los niños del barrio pasan

a cierta hora gris de las que no perdonan

pueden verlo florecer

como quien insiste en lo imposible

esperando

paciente contra los meses

llenarse de gorriones

o de perdón

o de algo que todavía no sabemos decir.

Yourlady pone un espectro que la persigue en un poema

(Suenan sirenas a la distancia)

Yourlady viene de un barrio donde la luz parpadea contra la sombra,

y el agua llega a gotas de milagro y rezos.

Ella cree que hasta el concreto tiene miedos, por eso escribe

sobre lo mínimo —las uñas postizas como pequeñas lunas

mal adheridas al pulso, su habitación y los colores que le provoca

cuando el día se deshoja—lo cual es, por supuesto, un delito contra el

espectáculo,

le sugieren, con una delicadeza que huele a destierro

a puertas cerradas por dentro, que se cubra con el velo de una herida

que brille lo suficiente para ser fotografiada

que haga de su carne un altar

de espinas

pues todo aquello que no sangre en público

parece una mentira bien peinada. Ella se queda ensayando su propia

transparencia.

Un Elfo, del otro lado de la calle, supera la realidad de una mesa impredecible.

Nadie puede atraparlo con la cuerda de lo evidente.

Hay cosas que rehúsan ser domesticadas.

Para recibir su premio, para causar calculadas lágrimas en el público

extranjero, que aprende a llorar con subtítulos, se le insinúa, se le ordena con

voz de consejo, que escriba sobre su piel como si fuera un mapa sitiado,

donde cada cicatriz

tuviera coordenadas útiles,

el dolor es una mercancía que mejora al exhibirse. Que escriba sobre la

violencia, como si fuera el único idioma posible en sus condiciones

y ahí termina el dictado, donde la página ya no es suya

sino una frontera vigilada.

Se te dice: sé libre, absolutamente libre, creativamente libre,

mientras te ajustan las cadenas en el patio trasero de la lengua.

Tu perro te mira desde su hambre sencilla, te pide pan o mundo, y tú,

que has aprendido a leer nudos en el aire, lo compadeces porque no entiende

la arquitectura de su encierro

ni la manera en que una puerta puede abrirse hacia adentro

y seguir siendo muro. Le das una caricia y lo compadeces con ternura.

Ahora sí, dicen, podemos mirarte con ojos húmedos, Yourlady,

ahora eres legible en nuestra gramática de consuelo: “nos unimos a tu dolor”,

“qué valiente”, “¡todo lo que ha tenido que afrontar!”.

Las palabras caen como monedas en una fuente de la que nadie bebe.

Le creemos al espejismo cuando la sed nos organiza el pensamiento, cuando

el desierto se vuelve una certeza portátil ¿pero de qué sed está hecho el

mundo que necesita ver arder a alguien para llamarse despierto?

¿dónde debemos mirar para no vernos?

Te pido por los que tienen los ojos llenos de tristeza

Te pido

por los que tienen los ojos cansados

como si hubieran visto demasiado cielo.

Te pido

por los que guardan la noche

sin decirlo

sombra que toca otra sombra

y se retira.

No sé a quién le hablo.

Digo “deidad”

como quien dice mar

o dice noche

cuando necesita

donde recostar la cabeza.

En el patio

las hormigas trabajan

como si supieran algo

que nosotros ignoramos.

Llevan migas

restos

un mundo mínimo

que no deja de moverse.

De deshacerse.

El mar no llega.

O llega tarde.

Se queda pensando

antes de tocar la orilla

como una sombra

que duda de su forma.

A veces la casa cambia de lugar

sin moverse.

Uno se despierta

y ya no está exactamente donde estaba

aunque todo siga igual.

La luz entra distinto

como si el sol

hubiera aprendido otro camino.

Hay una sombra

que quiere irse

y no puede

un animal que gira

y se vuelve

antes de echarse

antes de romperse.

Hoy siento

que algo en mí arde

pero llegó tarde

como si la sed

hubiera aprendido

a esperar.

Quiero volver

no al sitio

sino al temblor que lo inventa.

Haría de esto

una tarde larga

larga y sin borde

donde los ecos

no terminan de irse

ni de decirse.

Hay cosas

que no se sostienen

caen

sin hacer ruido

como nombres que nadie aprende.

Si te hablo

—lo que sea que seas—

es porque hoy

esto duele un poco más.

Como un cuerpo

que despierta

y no entiende

por qué.

Te nombro

por los que miran desde el bosque

por los que respiran

algo que no se ve

por los que esperan

una cima

que nunca aparece

pero sigue ahí.

Ten fe —digo—

aunque los pasos fallen

aunque la voz

se vuelva apenas polvo.

A veces

nadie recoge lo que fuimos.

Pero hay flores

que abren tarde

lejos

donde nadie las nombra.

La noche baja despacio.

Duda.

Se mueve un poco.

Y yo me quedo

o me voy

no sé

como el mar

cuando se retira.

Canto.

No porque alguien escuche.

Canto

hasta que algo

aunque sea mínimo

aprenda

a romperse

sin hacerse daño.

Lo sagrado

Todo poema es un abismo

no se cruza

se habita.

Un misterio intacto

una flor de mayo que no termina

en el corazón del bosque

un “guisante dormido en su vaina”

un canto que no necesita palabras

sin embargo

atraviesa como relámpago

abre grietas a la noche.

Un poema no se explica

se entra en el

como al cuarto de un animal dormido:

En puntas

sin respirar demasiado

sin querer saberlo todo.

No se entiende el misterio

como no se entiende

por qué los jazmines abren a las dos de la tarde.

Una vez vi una mariposa

posarse sobre una rama quemada

era todo

la muerte

la belleza

lo que pasa

y no deja palabra.

Así es el poema.

No se escribe

sucede

como la caída de un fruto

en el patio de la infancia

sin ruido

pero el perro levanta la cabeza

el niño lo recuerda años después

sin saber por qué.

Es estación de paso

umbral entre constelaciones heridas

donde se señala a un lugar más allá de sí mismo

hacia la orilla

donde el alma recuerda su pregunta.

un pasaje

no sé adónde

pero pasaje

hacia lo que no acepta la ropa de las palabras.

Yo me desnudo para llegar

a veces llego

otras no

pero la nostalgia es la misma.

He sentido cosas

que no tienen nombre

y me han dolido

como duele la tarde

cuando uno lo mira

sin saber qué busca.

La tarde no se explica.

Se llora.

El poema me recuerda

que todo es fugaz

y por eso eterno

lo finito no es lo opuesto

es la pista

un secreto vivo

solo para quien lo habita

eco de lo que dice callando

y sin embargo guía.

En eso hay algo mío que nadie puede tocar.

Ese rezo me pertenece

como un cachorro

que mira la playa

sin comprender la herida del mundo.

He mirado el mar

con ojos que no eran míos.

Lo he mirado sin saber por qué me dolía

he respirado la bruma

sin saber de dónde

he temblado por nombres que nadie me dijo.

El mar me duele,

y en ese dolor reconozco

un origen

tal vez un exilio.

¿De dónde vengo?

¿De qué santuario fui arrojado al cuerpo?

¿Quién podría oír el canto que allí se da?

La vida…

La vida es única

aterradora en su verdad

no tiene copia

no acepta dobles.

apenas este intento:

el nuestro.

Y eso es lo más sagrado.

Algunos lo rozan

muy pocos

y a ellos les arde el misterio.

No me importa no saber

he visto a Dios en una mirada:

era un hombre

llorando en una cafetería

sin romper el silencio

y en su gesto

estaba todo.

He visto a los dioses volverse ojos

he sentido que miraban mis secretos.

En su sabiduría no me ofrecieron respuestas

sino algo más hondo:

los instantes.

fortuna de silencios

los ojos que no son alma no te ven

pero tú reconoces

la invocación sútil

antes de que la tormenta traiga la plenitud.

!Tú sabes cuándo Dios se arrastra por dentro

antes de llover en nosotros!

Tal vez lo más sagrado

no pide altares

tal vez basta una magnolia

que se abre sin testigos.

He caminado entre los áridos del corazón.

He caminado

y aun ahí

la magia me acompañó

donde las manos

ya no conocen el lenguaje de los mudras

he amado los gestos que nadie recuerda

he tocado con manos

que olvidaron los asanas

y aún así

el misterio me respondió

Bajo lunas enteras

soles escondidos

dijeron sus nombres.

He dicho palabras

que nunca fueron pronunciadas

dibujé pasos

que no dejaron rastro

como el abismo

que sólo sabe ser boca

y mi madre…

mi madre muerta

me dejó un silencio más vivo que yo.

Lo no dicho.

Una noche sin estrellas

donde todo es mar

y todo se confunde.

Y al final

aunque no quise verme

me hiciste ver la nada:

la divinidad en mí.

Javier Mitra

Javier Mitra (Francisco Javier González Díaz): Oriundo de Oaxaca (1990), estudió filosofía en la UNAM. Publicó un cuento en la antología Hebefrenia (2009), ganó el concurso de cuento Edmundo Valadés (2025), publicó el libro de poesía Grimorio para salir de la cama, antimanual para los que aún miran al atardecer y publicó un poema en la antología de poemas Aunque la tierra no me reclame (2026). Panteísta que descubre lo divino de la materia y lo cotidiano. Actualmente se dedica de lleno a la literatura y la poesía.

Ilustración de portada: Juan Agustín Grenno

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