El Mar, para cuento "Necochea", de Juan Cerono.

Necochea – Juan Cerono

NECOCHEA

     Ahí está el mar. Envolviéndolo todo como una pantalla de cine. Desde este sol que nos incendia hasta ese barquito místico que se bambolea cerca de la escollera sur. El agua reposa con la pachorra de una siesta de verano. Podríamos cruzarnos de hemisferio haciendo la plancha. Y el cielo está pintado con témpera. Hace juego con la malla que estás estrenando. Te digo esto último mientras te alcanzo el bronceador.

     ­–Me marca mucho las tetas– respondés, apoyándote las palmas de las manos sobre tu pecho de llanura. Te reís dejando escapar sonidos de chancho, fruncís la nariz y me das un beso corto con gusto a manteca de cacao. Después me regalás la espalda para que te la guarde debajo de la crema factor veinte y te tumbás de costado sobre el pareo a mirar el agua.

     Las olas lengüetean con insistencia los restos de un pescado moribundo tirado sobre la playa que, de tanto en tanto, recibe los embates hirientes de los pájaros que sobrevuelan. Toman carrera desde lo alto y avanzan en picada, para clavar sus espadas de pico en la carne húmeda. 

     Dos nenas juegan en la orilla. La primera hunde una palita de plástico en la arena. La perfora para construir una trinchera. La segunda, junta en un balde la arena que su compañera le va arrancando a la playa, y alisa con sus manos los bordes de la trinchera hasta dejarlos con la tersura de una piel jóven. Una vez concluido el trabajo, corren hasta una sombrilla que cobija cuatro adultos. Revuelven en una bolsa y sacan una calesita de juguete. La trasladan con cuidado y la erigen frente al mar. El pescado herido las vigila de cerca.

     El agua llega débil y las trincheras la sorben como a un jugo de frutas, hasta que, de repente, una ola se rebela ante sus compañeras y las trincheras no dan abasto. La calesita se inunda. Todo. El caballo, el autito, el botecito, la jirafa. Todo. Las nenas, de pie frente a las ruinas, aplauden y festejan como en un cumpleaños. Después se alejan un poco del alcance del agua e inician la coreografía constructora una vez más. Las envidio. Esa capacidad de hacer y deshacer sin sufrir. El flujo de la alegría tan espontáneo como el flujo del agua. La felicidad como norma de la naturaleza.

     Te quedás dormida. Entre los gritos de la familia que juega al tejo unos metros más allá, alcanzo a escuchar el mismo ronquidito con el que solés arrullarme en mis noches de insomnio. Me transformo en cangrejo y camino marcha atrás, hasta que el mar me llega a la cintura. Uso el barrilete de tela que alguien está remontando, como punto de fuga. Hundo el resto del cuerpo y apoyo la pera en el agua. Pienso en nosotras. En el calor eufórico devenido en Islandia. En aquella promesa de verano que hoy apenas se sostiene con la monotonía de una garúa otoñal. Y vos, y yo, como ese pez que agoniza en la orilla, con el paso del tiempo atacándonos la carne.

     Te incorporás con movimientos de serpiente. Agito los brazos. Me ves pero te hacés la que no. Exagero mis movimientos y me transformo en esos muñecos inflables que bailan al compás del viento, en las puertas de las gomerías o los lavaderos de autos. Alzás una mano y me saludás como si fueras la Reina Nacional de algo. Desafiás a la naturaleza negándote a las ojotas. Con saltitos cortos desfilás hasta el mar por una pasarela de carbones de arena, en una coreografía digna de una Pina Bausch nacida y criada en Necochea. Llegás hasta la orilla, te bañás los pies y volvés rápido a cobijarte sobre el pareo.

     Llego chorreando sal. Me envolvés con la toalla que yo no quería traer. Sacás un tupper repleto de pastelitos de membrillo y me los mostrás como si se tratara de las joyas de la Casa Real de Inglaterra. De repente, el viento necochense se despierta de la siesta y el cielo se mancha casi sin que nos demos cuenta. Una ducha de verano nos balea desde una nube arrugada y plomiza. Corremos a resguardarnos en una de las carpas del balneario que todavía no ha sido inaugurado. Y es ahí, con los ojos clavados en las nenas de hace un rato –que ahora saltan y juegan regodeándose ante el diluvio– cuando te invito a que nos pongamos de pie frente a las ruinas, reconstruyamos las trincheras y empecemos de nuevo.


Juan Cerono nació en Balcarce y vive en Buenos Aires desde los 19 años. Es escritor, compositor, músico y docente de la Universidad Nacional de Tres de Febrero. Es uno de los fundadores de la editorial independiente Golosina. Realizó talleres de escritura con Julián López, Daniel Guebel, Leila Sucari y Clara Muschietti. En 2019 obtuvo una mención en el Premio Municipal de Literatura Manuel Mujica Láinez y su cuento «Carnaval» fue publicado como parte de la antología editada por notanpuan. Publicó las novelas Cursi (2020) y El horizonte es una jaula muda (2024). También ha publicado textos en diversas revistas culturales, como La AgendaBA y OtraParte.

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