La mujer untó su cara con una crema blanca, espesa, parecida al barro. Cubrió toda la superficie lentamente haciendo círculos con los dedos, mientras se miraba fijamente en el espejo. Sus ojos no se despegaban de sus ojos.
Sacó su estuche de sombras, escogió el azul y pintó sus párpados, desde el comienzo de las pestañas hasta el comienzo de las cejas. Sus pupilas sopesaban fríamente aquella transformación. Sus dedos se movieron con habilidad hasta terminar los dos párpados.
Luego, tomó el delineador negro, lo abrió cuidadosamente y dibujó una línea vertical desde el inicio de la frente hasta la punta de la nariz. La línea era recta y delgada. Se miró unos segundos respirando pausadamente, había quedado bien. Se tocó los pómulos y deslizó ambas manos hacia el cuello rodeándolo, parecía querer ahorcarse, aunque en realidad quería detener algo que flotaba en su garganta.
Continuó el trabajo. Pintó sus labios de verde claro y se peinó estirando el pelo hacia atrás, sujetándolo con una liga. Fue al clóset, sacó el vestido azul rey y se lo puso. Buscó los zapatos de tacón bajo, tomó su bolsa y salió del apartamento.
Caminó por la calle, desentendida del mundo. Se movía como una monja dentro de su hábito, sin prisa y con un ritmo lánguido. Pensaba en el sueño que se había repetido tantas noches. Aquel sueño la rondaba como un fantasma en los rincones del cerebro. Aparecía sin ninguna explicación en cualquier momento del día e interrumpía su vida con aquella imagen. Se repetía constantemente «¿Qué significaba?», era un enigma.
Recordó la primera noche que soñó aquello: cerró su libro, apagó la lámpara y se acomodó entre las sábanas. Se durmió instantáneamente. Entonces apareció la esquina de una calle oscura a la que ella se acercaba. De pronto distinguió la figura de una mujer. Al acercarse vio que era una figura estática, totalmente inmóvil. Llevaba un vestido azul y la cara era blanca como un papel. Los párpados azules, una línea de la frente a la nariz y los labios verdes. Parecía un mimo. Sus ojos estaban abiertos, pero no parpadeaban. Pensó que era una estatua, o un maniquí, se acercó un poco más, y entonces escuchó el latido. Primero débilmente, pero al acercarse se hacía más fuerte. Era un corazón. En el silencio de la noche, el latido surgía como el único elemento de vida. El sonido aumentaba a cada paso que daba. La mujer miraba con ojos secos y seguía perfectamente inmóvil.
En ese instante se despertó, asustada, con el pulso acelerado. Se sentó en la cama diciéndose que era sólo un sueño. Algo irreal, una creación accidental de la mente. El sueño se repitió varias veces en las noches siguientes. Siempre era igual y siempre terminaba en el mismo momento. Durante el día pensaba en la imagen de la mujer y no podía concentrarse en nada, la figura entraba y salía de su conciencia como si fuera la dueña de sus pensamientos. Se preguntaba cómo continuaba la trama, quién era aquella mujer y por qué la soñaba.
Llegó a la conclusión de que la única manera de saberlo era continuar el argumento del sueño. Tendría que vestirse como esa mujer, ser ella misma la imagen. Convertirse en la mujer de aquella escena, encontrar la esquina y descubrir qué pasaba después. Por eso caminaba con la mente perdida, vestida de azul y con la cara maquillada de una manera muy extraña. La gente miraba su aspecto con curiosidad. Ella no se daba cuenta de nada. Sus ojos vagaban como ella misma, y lo único que le preocupaba en aquel momento era encontrar la esquina. ¿Cuál esquina era la esquina del sueño?
Llegó a una calle con poca luz, le pareció semejante a la del sueño y se paró justo en la esquina. Se quedó inmóvil, pasaron algunos minutos y un coche se detuvo.
El conductor bajó la ventanilla y le dijo:
-¿Cuánto cobras por un rato y sin el disfraz?
El tipo se reía, y ella no contestó. Seguía inmóvil y apenas se notaba su respiración. Miró las casas y los edificios frente a ella. Trató de convencerse de que era una piedra, y una piedra no necesita responder nada.
Desde un edificio cercano un hombrecito miraba por la ventana hacia la esquina, se figuró que la mujer era un títere olvidado en un escenario que no le correspondía, sintió un fuerte deseo de encontrar los hilos invisibles y moverla a través de la calle. Tuvo la certeza de estar viendo visiones y se alejó con rapidez de la ventana.
Abajo, el hombre del coche se fue. Pasaron otros más haciéndole similares preguntas. Ella los ignoró, pero empezó a dudar de que aquella esquina fuera la adecuada. Decidió seguir su camino.
Llegó a otra esquina, y pensó que esa debía ser. Pasaba mucha gente, pero a ella no le importó y volvió a su posición de inmovilidad total. Parecía una estatua viviente o un maniquí fuera del aparador. Puso la mente lo más lejos posible de ese lugar. Trató de imaginar la vida de un campesino escocés, imaginó el vuelo de un albatros sobre una playa desierta, luego visualizó una ciudad en el siglo XXII.
Un ruido a los pies la hizo volver a la realidad. Alguien había arrojado una moneda. Luego cayó otra y otra. La gente la rodeaba. Se dio cuenta que su inmovilidad y su aspecto eran un espectáculo. Se detuvo un hombre de lentes, la miró durante unos minutos fijamente, y luego le dijo al hombre que iba junto a él:
-Esto es un performance, esta mujer representa la inmovilidad a que estamos sometidos los hombres y las mujeres en esta sociedad. La pasividad total ante el movimiento constante que nos rodea. Además, el maquillaje significa la máscara que muestra la mentira que somos, la sociedad hipócrita nos obliga a entrar al juego y representar un papel que nos es ajeno. La mujer como estatua, maquillada y arreglada haciendo de payaso para que los hombres la miren: el producto esencial de la sociedad machista… Me parece muy interesante.
El otro hombre no dijo nada, pero no le quitaba los ojos de encima. Ella escuchaba sin inmutarse. Las palabras del hombre rebotaron en su cabeza y pensó que tampoco aquella era la esquina. Recogió las monedas y siguió su camino. ¿Dónde estaba ese maldito lugar? Dio vueltas y vueltas, caminó hasta llegar al centro de la ciudad. Ya casi había perdido las esperanzas, y entonces sucedió. Al llegar al final de una calle retorcida, escuchó retumbar en el fondo de la mente. Se detuvo al instante, se quedó quieta y siguió escuchando. Era muy claro el latido que crecía, y sentía un temblor rítmico en la cara. Era allí, por fin había encontrado la esquina.
Se quedó quieta unos instantes, el latido se hacía más fuerte y parecía llamarla. Dio la vuelta y vio que frente a ella había una tienda. «Se venden y se reparan muñecas», decía en la entrada. Se acercó al aparador cuando el latido ya le golpeaba los tímpanos. Sintió que una gran emoción le llegaba al cuerpo como una ola caliente. Pegó la cara al vidrio de la vitrina y observó detenidamente las muñecas que estaban expuestas ahí.
Sus ojos chocaron con una enorme muñeca, vestida y pintada igual a ella. Los ojos muy negros estaban abiertos. Los labios verdes mostraban una leve sonrisa. Una delgada raya negra le cruzaba la mitad de la frente y llegaba hasta la pequeña nariz. El vestido era azul, al igual que los párpados. Se quedó mirándola unos minutos. Era una muñeca hermosa. Estaba acostada en una caja de estambres y moños para el pelo. Los brazos caían fuera de la caja y su mirada se dirigía hacia el aparador, mirándola fijamente, como pidiendo algo.
Entró con decisión a la tienda. Le pidió a la dependienta que le mostrara la muñeca. La dependienta la miró con miedo al ver su aspecto, pero no dijo nada y la fue a buscar. A los pocos minutos regresó y le puso la muñeca en los brazos. Ella se sentó en una silla en el rincón de la tienda y puso a la muñeca en las piernas. El latido era ahora pausado y suave. Tomó la mano de la muñeca y la puso entre las suyas. Todo alrededor de ella se desvaneció, excepto el latido.
El hombre del edificio, sentado junto a su ventana, escuchó a lo lejos un sonido rítmico, suave y agonizante. Pensó en un reloj a punto de descomponerse y continuó su lectura.
Ella sintió una punzada aguda en el fondo del cráneo. Abrió los ojos como despertando de un largo sueño. ¿Qué había pasado? Trató de mover los brazos, pero algo se lo impidió. Había mucha luz y no pudo distinguir nada. Trató de mover las piernas y fue imposible. No podía entender. Esperaba ver su cama, la puerta de su cuarto, y la ventana, pero sólo vio estambres y moños de colores. Su corazón dio un salto. ¿Dónde estaba? Miró al frente y vio a través del vidrio la calle y gente que pasaba. Estaba rodeada de muñecas, dentro de una caja, en una tienda.
Laura Solórzano (Guadalajara, México, 1961) estudió psicología, artes visuales y psicoterapia psicoanalítica. Ha escrito varios libros de poesía, como Nervio náufrago (La Zonámbula, 2011) y Semilla de ficus (Rimbaud, 1999); el más célebre, quizás, sea Lobo de labio (El Cálamo, 2003), que fue traducido al inglés como Lip Wolf (Action Books, 2007). También publicó un libro de cuentos. Enseña “Taller de poesía II” y “Crónica Literaria” en la Licenciatura en Escritura Creativa de la Universidad de Guadalajara.

