VII
Escrito en la estación de tren de Núñez
A propósito de Alejandra Pizarnik
A una mujer la mirada se le cae por las escaleras.
Besos. Sal. Estatuas. Lamentos
y un enjambre de nieve
en maletas a medio desempacar.
Sé que rodarán por las esquinas
pequeños perros que persiguen el amor
y un sol negro que canta por los rincones,
y que veré al filo del amor y al Hombre trepar por los puentes,
aullar lágrimas en los cuchillos
frente a almacenes cerrados después de las seis de la tarde.
Hoy, en esta mañana,
oleadas de vagabundos llegarán en cualquier momento
a buscar harapos de su sombra entre palomas muertas,
así como los muertos hablarán con la boca húmeda
de cosas que dudamos por sólo existir.
Inmóviles en la música del viento los colores se duermen,
las palpitaciones de la calle hallan su infinito
y el alba cose sus labios ciegos y da pequeños
golpes a las últimas plazas despiertas.
Las muchachas calientan heridas dentro de sus abrigos baratos
y se marean al oír el tacto de una gardenia en lo nocturno,
al ser que se diluye entre las sábanas
y pregunta por el final y le agrega a los sueños raíces.
Es la estación de tren, el parque, la plaza,
la certeza de un horizonte abandonado
al borde de una cama, con los dedos en la arena
y un vino que quema horas en nuestra frente.
IX
Oigo los motores que envejecen dando vuelta engranajes
y las risas de las que se entretienen decorándose las caderas con alhelíes.
Da ganas de respirar lo fresco, lo salvaje y lo sexual
entre estos teatros con cicatrices de agua
y enfermeras enamoradas de la muerte que arrojan
manojos de huesos desde las ventanas de los hospitales,
los taxis llenos de humo y los maniquíes
que apenas se queden dormidos van a ser acribillados.
Cada 20 segundos pasan millones de psicoanalistas
envueltos en el sonido hueco del Art Nouveau
mientras el agua de las canillas corre invisible por los caños
hasta terminar en una taza de café.
El frío oscurece los zaguanes de San Telmo,
las víboras se arrastran por telegramas mojados en vinagre.
Buenos Aires baila sobre los restos de su amor,
muerde la fruta más oscura de sí misma
en escuelas donde se enseña noviembre.
Nancy lleva un libro de Rawls en el bolso
y las chicas de FADU andan en bicicleta,
guardan su forma de soñar en la mochila
y los subtes recorren la ciudad con un cansancio negro.
El aire de mi ciudad pudre todo lo que toca
y avanza desde mi alma como un tren
deshaciéndose al hacer camino.
XII
En la soledad unos ojos brillan por culpa del alcohol y los árboles teorizan un tráfico de estrellas, el sentido de la palabra “hogar” se vistió de perro. Como todos los días, el día pelea contra la forma de las calles y viaja envuelto en un camino. Los camiones que llevan las horas de un lado a otro de la ciudad se detienen a ver cómo en los vasos de los bares, un árbol de hielo deja restos de su piel de agua y en los cementerios una sinfonía de huesos aturde las raíces de la tierra. Todo se repite, todo me nombra. Estoy de nuevo en mí.
XIV
Con ayuda de Bob Dylan y de los Stones
En el banquete de los vagabundos
crecieron nenes con alas de aceite negro,
calles en donde nadie se mira a los ojos.
En el banquete de los vagabundos
subí todas las escaleras y busqué en una mirada
una lágrima de anís, entré bailando
al que fui con olor a tugurio y a besos,
como un peregrino sin rostro, transparente,
la respiración entrecortada.
Tuve el llanto de cien trenes abandonados
y empujé restos de una sensación fría.
En el banquete de los vagabundos
camino sin cabeza, pido algo de fumar y del cigarro
en vez de ceniza caen escamas:
soy un ser destinado al óxido, hecho de hojas,
de notas musicales, herido en los días lunes.
Entro a las tabernas a delinearme debajo de los ojos,
abstraído por paredes donde graffitearon con lodo y sangre
y una multitud que canta a las reinas del underground.
Labios humedecidos,
gacetas sobre lo nuevo del arte contemporáneo,
cintas de películas cursis, sábanas
donde hicieron el amor la luna y el tigre.
Los relojes devoran una pequeña forma de sentirnos vacíos
y los moribundos se arrastran para llegar por fin al silencio;
en los salones de las universidades el invierno se pone de pie
como un potro salvaje en una hoguera encendida
por un extraño hombre de antifaz.
En el banquete de los vagabundos
comen la piel de la rata y tocan el saxofón bajo el aullido de los perros,
quemados por las lágrimas oscuras de cocainómanos y doncellas,
quemados por las cenizas que caen del cielo de los suicidas.
De labios del ahorcado beben vino
hasta que queda el silencio de las copas,
un cementerio de cigarrillos y mesas vacías.
La música hace estremecer al herido que vaga
por el polvo olvidado de tanto besar a un cadáver.
XVIII
El vigía
Inspirado en el cine de Fellini
Una ventana se abre en el medio del mar
y salen objetos llenos de tiempo y espuma,
criaturas anidadas en la niebla que se devoran entre sí,
nenes con un tratado de luna encima de la frente,
el mes de octubre, botellas que encierran relámpagos,
llaves que conducen a escombros,
poetas de vanguardia, filósofos de café,
músicos de salón y bailarinas de streap tease,
croupier, termómetros, madamas, valet parkings,
pulmones que no paran de sangrar.
Salen escaleras de emergencia,
espaldas desnudas reflejadas en los espejos,
naipes que saltan desde un smoking,
aristócratas con vestidos pintados al óleo,
sombras que se mueven con sensualidad,
procesiones de circo, sacerdotes
con botellas de Dom Perignon bajo la sotana,
la relación entre la vida y la muerte,
puertas abiertas sin esperanza
de que alguien espere al otro lado,
un hombre dudando de que sea un sueño su vida.
La escena termina cuando todos se dan la mano
y bailan en un barco que zarpa hacia la medianoche.
AGUSTÍN MAZZINI (Buenos Aires, 1993) ha publicado los poemarios El ciervo blanco (sobre el artista y su oficio) (Aguacero Ediciones, Argentina, 2021, poesía) -Premio Nacional Homenaje a Jorge Luis Borges de la Fundación ProArte-, El cielo no termina de quemarse (suri porfiado, Argentina, 2017, poesía) -Premio Nacional “Bustriazo Ortiz” Para Jóvenes Poetas-, Poemas de Rue Parthenais (Editorial Difácil, España, 2021, poesía) – XIX Premio Internacional de Poesía Joven “Martín García Ramos”-, El nombre de todos los desiertos (Aguacero Ediciones, Argentina, 2021, poesía) y El perfume de la flor tatuada (Eolas ediciones, 2022) -Premio de Poesía Joven de la Fundación MonteLeón-. Finalista del I Premio Hispanoamericano de Poesía “Francisco Ruíz Udiel”, fue becado por el Ministerio de Cultura argentino en convenio con el Conseil des Artts et des Lettres du Québec para una residencia de creación en la ciudad de Montreal. Condujo el programa online de poesía “Puentes de papel”. Ha ofrecido conferencias entre la que se destaca “La poesía argentina del siglo XX. Algunas de sus voces, corrientes y movimientos” en la Université du Québec à Montréal, participado de festivales nacionales e internacionales como el Festival Internacional de Poesía de la Ciudad de México y publicado notas y reseñas sobre literatura, filosofía y cine.

