Hoy va a picar lindo el sol – Ricardo Alejandro López Romano

Hoy va a picar lindo el sol – Ricardo Alejandro López Romano – Gambito de Papel

Gambito de Papel

Narrativa · Mención de Honor 2024

Hoy va a picar lindo el sol

Ricardo Alejandro López Romano

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Mención de Honor · Concurso de Cuento Gambito de Papel 2024

Hoy va a picar lindo el sol

Ricardo Alejandro López Romano

Cuando el Gordo Atilio llega al chupadero, viene doblado ya. Los ojos turbios de blanco dulce. El Bocha y Caquita son los únicos clientes esa noche. Están mejor, más sobrios, pero no mucho.

Atilio estaciona el Renault 12, una rueda en el cordón, el resto en la calle. El auto suspira cuando baja, saluda y se sienta junto a los otros. La silla de plástico parece que va a ceder por el peso, pero no.

Bocha hace un gesto con la cabeza, señalando con la mandíbula la calle vacía que va hacia el norte.

El Gordo se da vuelta y mira la calle vacía. Ya de paso controla que estén solos en el chuperío. Con la mano le pide un vaso al don que atiende, y que los mira desde la barra como patrón de estancia.

Esto pinta bueno, piensa el Atilio que siempre lleva el diablo metido adentro, peliando por salir. Se sirve el resto del trescuarto cuando le dan el vaso.

Atilio saca un pucho, lo enciende y escupe la saliva dulce al piso. Da un trago al tinto y una calada.

Bocha lo relojea al Caquita, y vuelve a perder la mirada en la calle.

Caquita asiente con la cabeza, frunciendo los labios.

Para algunas cosas no importa cuánto alcohol tenga en el cuerpo, la cabeza de Atilio funciona a mil. Toma otro trago del tinto, midiendo al Bocha y le pasa el paquete de puchos.

Bocha saca un cigarrillo, no le quita los ojos de encima al Atilio. Caquita se apura y agarra el paquete antes de que vuelva al dueño, se pone un pucho en la boca y otro en la oreja y deja el paquete sobre la mesa.

Los ojos del Caquita se iluminan.

Bocha apura el tinto.

Atilio se mete entre pecho y espalda lo que queda en su vaso, prende otro cigarrillo y pide un porrón al don, que de mala gana lo pone en la mesa.

Con el primer porrón acuerdan cortarle las bolas al negro, para arruinarle la venta. Los otros tres porrones son para tener más lucidez, mientras esperan hasta bien entrada la noche.

Bocha piensa que todo es una locura, que van a terminar presos, que al final no vale la pena. Atilio lo convence vaso a vaso.

Se suben al Renault, que rezonga con el peso, paran a comprar cigarrillos y un vino antes de internarse en el camino de tierra. El Gordo le da un par de besos a la botella, antes de meterla en la puerta del conductor, que no tiene tapizado.

Hay luna nueva, y está nublado. Al auto solo le funcionan las luces de posición, así que se guían más por instinto que por la vista en el camino de tierra, lleno de cárcavas.

Atilio lo mira sobrando al Bocha. Cagón, piensa, pero no lo dice. En cambio, mete la mano en la puerta del auto, y le pasa la botella.

Dan un rodeo para llegar al rancho del Negro Benancio por atrás, y cuando llegan el auto se cala.

Se bajan y el Bocha cae de culo en la acequia al lado del camino. Atilio y Caquita ríen.

Atilio, con tanta risa, se ahoga y tose. Termina escupiendo saliva violácea y prende un pucho, calibrándolo al Bocha.

Revuelve hasta encontrar la caja de herramientas.

El Gordo duda si darle un soplamocos o no. Al final le tira el paquete de cigarrillos.

Tiene el baúl lleno de herramientas, para cualquier tipo de changa que le salga. También lo tiene lleno de tapitas y de pelotudeces. El Bocha se acerca, le quita el paquete de las manos a Caquita y saca un cigarrillo.

A Caquita le da una pinza para cortar cables y una sierra. Él se mete un machete en el cinto y agarra una masa.

Cruzan la acequia resbalando y hundiendo los pies en el barro, pero no se caen de milagro. Cuando llegan al alambrado, Atilio le dice a Caquita que corte.

Caquita pelea cinco, diez, quince minutos para cortar un alambre.

Caquita agarra el alambre de arriba y tira con fuerza, mientras Bocha pisa los de abajo. Por la abertura pasa el Gordo y cae de pecho en el barro. Tose de nuevo, y escupe.

Se tambalean entre las cañas, primero el Bocha, sigue Caquita. Atilio va último, respira pesado y cada tanto se para a tomar aire. Bocha se impacienta.

Bocha y Caquita siguen, a cada rato se dan vuelta y ven la braza del Gordo que los sigue.

Tardan una media hora en llegar al rancho del Negro Benancio, que está oscuro dentro. No se escucha nada.

Llegan al establo, abren la puerta y se encuentran de pechito con el hocico del caballo, que busca olfatear la cara de Caquita. El Bocha se asusta por la aparición.

Con tanto apuro, nunca se pusieron a pensar cómo hacer para castrarlo.

El Bocha lo mira al Caquita, y ve que trae la sierra en la mano.

Lo buscan en la oscuridad, pero no lo ven. Bocha putea bajito, le pasa la soga al Caquita. Palpa hasta encontrar las bolas y las agarra fuerte con la mano libre, demasiado fuerte.

El caballo se encabrita, tira hasta que se le escapa la soga al Caquita y comienza a relinchar y cocear. Del rancho del Negro Benancio se escuchan ruidos, las luces se prenden, suena un disparo y el vidrio de una ventana estalla.

Corren por el cañaveral hasta que no les dan más los pulmones, y se paran a recuperar el aire y toser. Al Bocha la cabeza le da vueltas, mitad adrenalina, mitad alcohol. Caquita tiene más miedo que otra cosa.

Van desorientados hasta que encuentran la acequia y la siguen. Tardan casi una hora en llegar al auto. El Gordo Atilio los está esperando. Se suben. El auto arranca al tercer intento, y salen disparados. No hablan, no se miran.

Comienza a amanecer, mientras el auto corcovea cada vez que Atilio besa la botella.

El Bocha le devuelve la botella y se limpia la mano en el pantalón, mirando el machete ensangrentado. Atilio maneja con una sonrisa maliciosa en la cara. El Bocha lo mira de reojo, le pica la mano con la que agarró la botella, le arde la sangre en la palma.

Atrás Caquita va con la cabeza apoyada en la ventana.

Sobre el autor

Ricardo Alejandro López Romano. Mención de Honor en el Concurso de Cuento Gambito de Papel 2024.

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