JEREMY BENTHAM
The Spirit of the Age (1825)
El señor Bentham es una de esas personas que confirman el viejo adagio que reza “Nadie es profeta en su tierra”. Su reputación radica en la circunferencia, y las luces de su entendimiento se reflejan, con lustre creciente, al otro lado del orbe. Su nombre se conoce poco en Inglaterra, un tanto más en Europa y mucho más en las llanuras de Chile y las minas de México. Ha aportado constituciones al Nuevo Mundo y legislado para los tiempos futuros. La gente de Westminster, que es donde vive, apenas conoce a tal persona; pero el salvaje siberiano ha recibido el frío alivio de su aspecto lunar, y bien podría decirle, con Calibán, “¡Te conozco a ti y a tu perro y a tu arbusto!”. El indio pardo podría tenderle una mano fraterna a través del Gran Pacífico. Creemos que la emperatriz Catalina se correspondía con él, y sabemos que el emperador Alejandro lo convocó y le obsequió una miniatura suya en una tabaquera de oro, que el filósofo, para su eterno honor, devolvió. El Sr. Hobhouse es más grande en los mítines; Lord Rolle, en Plymouth Dock; pero el Sr. Bentham ganaría con sobrada ventaja, en términos de popularidad, en París o Pegu. La razón es que la influencia de nuestro autor es puramente intelectual. Ha dedicado su vida a alcanzar verdades abstractas y generales, así como a aquellos estudios “Que alzan un pensamiento desde el Indo hasta el Polo”, y jamás se ha inmiscuido en las intrigas personales o la política partidista. Una vez, de hecho, fijó un panfleto para expresar que él, en goce de sus facultades mentales, consideraba que Sir Samuel Romilly era la persona más idónea para representar a Westminster; pero esto fue una ocurrencia del momento. Por lo demás, sus razonamientos, si son verdaderos, lo son en todas partes por igual: sus especulaciones giran en torno a la humanidad entera, no se limitan a una jurisdicción o a las tablas de mortalidad. Con la moral ocurre lo que con la magnitud física. Lo pequeño se ve mejor de cerca: lo grande se muestra en su dimensión apropiada solo desde un punto de observación más exaltado; gana fuerza con el tiempo y elevación por la distancia.
El Sr. Bentham es, entre los filósofos, casi lo que La Fontaine supo ser entre los poetas: en términos de hábitos generales y en todo salvo sus afanes profesionales, es meramente un niño. Ha vivido los últimos cuarenta años en una casa de Westminster con vista al parque, como un anacoreta en su celda, reduciendo el derecho a un sistema y la mente del hombre a una máquina. Apenas sale y recibe muy pocos visitantes. Los pocos favorecidos que gozan del privilegio de entrée siempre son recibidos de a uno. No le gusta que haya testigos en sus conversaciones. Habla mucho y no escucha sino hechos. Cuando alguien lo visita, él invita a dar una vuelta por su jardín (el Sr. Bentham es un economista de su tiempo y reserva esta parte al aire libre y el ejercicio), y entonces se puede apreciar al anciano vivaz, su mente aún pujante con pensamientos y perspectivas de futuro, en ávido coloquio con algún parlamentario opositor, algún patriota expatriado o aventurero transatlántico, mientras insta a la extinción de los municipios cerrados o planifica un código jurídico para alguna “isla desierta en el baldío acuoso”, con paso casi a la carrera, la lengua siguiendo el ritmo con acentos agudos y embarullados, descuidado en su persona, su vestimenta y sus modales, solo abocado a su tema general de la UTILIDAD; o cuando pausa, quizás, por falta de aire y con ojo deslucido, para señalar al visitante una piedra en el muro al final de su jardín (enarcada por dos algodoneros hermosos), Dedicada al Príncipe de los poetas, que marca la casa donde alguna vez vivió Milton. Para mostrar cuán poco caben los refinamientos del gusto o la elegancia en el sistema de nuestro autor, él propuso una vez cortar estos árboles preciosos y convertir ese jardín, donde había respirado el aire de la Verdad y el Cielo durante casi medio siglo, en una Escuela Crestomática, y hacer de la casa de Milton (cuna de El Paraíso perdido) una vía pública, como un establo de tres compartimentos, para que el vano tropel de Westminster pasara por allí, a un lado y otro, con sus cascos. No nos apresuremos, sin embargo: ¡el propio Milton enseñaba en una escuela! Hay algo no del todo disímil entre la apariencia del Sr. Bentham y los retratos de Milton, el mismo tono plateado, unos pocos cabellos desaliñados, una expresión poco amigable pero puritana, un temperamento irritable corregido por el hábito y la disciplina. O, en tiempos modernos, está entre Franklin y Charles Fox, con el doble mentón distendido y el aspecto próspero y rozagante de uno, y el labio tembloroso, el ojo inquieto y la agudeza viva del otro. Su ojo es rápido y vivaz, pero no pasa la mirada de objeto a objeto, sino de pensamiento a pensamiento. Es, evidentemente, un hombre ocupado en cierto hilo de asociaciones finas e interiores. Considera a quienes lo rodean no más que como a las moscas del verano. Medita sobre la era por venir. Solo ve y oye lo que se adapta a su propósito o es una “conclusión forzosa”, y anda en busca de datos y hechos pasajeros para poder meterlos en su maquinaria lógica y desgranarlos hasta obtener el polvo de alguna teoría sutil, como un molinero busca la materia prima para su molino. Añádase a este bosquejo fisonómico los detalles menores de la vestimenta, la camisa de cuello abierto, el saco de botonadura simple, los calcetines acanalados y las medias botas anticuadas, y en la apariencia general del Sr. Bentham encontrarán una mezcla particular de la simpleza juvenil y la respetabilidad del anciano. En pocas palabras, nuestro celebrado jurista ofrece una ilustración impactante de la diferencia entre el aspecto filosófico y el regio, es decir, entre lo meramente abstracto y lo meramente personal. Todo su aspecto tiene una cierta bonhommie alicaída, nada de la fiereza del orgullo o el poder; un descuido inconsciente de su propia persona, en lugar de un aire majestuoso de superioridad; una inteligencia plácida, bienhumorada, en lugar de una vigilancia con ojos de lince, como si quisiera hacer de los demás su presa o tuviera miedo de que lo despedazaran de súbito. Es un espíritu benéfico que busca curiosear por el universo, no sojuzgarlo; un espectador pensativo de las escenas de la vida o un rumiante del destino de la humanidad; no es un retablo pintado, un ídolo estúpido colocado en su pedestal de orgullo ante el que los hombres deben inclinarse para adorar, con temor y asombro idiota, algo que ellos mismos han creado y que, sin ese temor y asombro, no sería nada en sí mismo.
El Sr. Bentham, tal vez, sobreestima la importancia de sus teorías. Se le ha oído decir (sin ningún rastro de soberbia o afectación) que “le gustaría vivir los años restantes de su vida un año a la vez al final de los próximos seis u ocho siglos, para apreciar el efecto que, para entonces, tendrían sus escritos en el mundo”. Pero, ¡ay! ¡Su nombre difícilmente ha de perdurar tanto! Tampoco creemos, a decir verdad, que el Sr. Bentham haya dado algún impulso nuevo o decisivo a la mente humana. No se lo puede mirar a la luz de un descubridor en términos legislativos o morales. No ha acuñado ningún principio rector o verdad originaria de la que se puedan deducir otras tantas; tampoco ha enriquecido el acervo común y establecido de la inteligencia con observaciones originales, como perlas arrojadas a los cerdos. Una verdad descubierta es inmortal y da derecho a su autor a serlo también, pues, como una nueva sustancia de la naturaleza, no se puede destruir. Pero el forte del Sr. Bentham es la disposición; y la forma de la verdad, aunque no su esencia, varía según el tiempo y la circunstancia. Ha metodizado, cotejado y condensado todos los materiales de los que pudo echar mano en torno a los temas que él trata, y de manera magistral y científica. Pero nos toparíamos con una dificultad si adujéramos que, en sus distintas obras (sin importar cuán elaboradas o bien razonadas), se puede hallar algún elemento intelectual nuevo o siquiera una ilustración o dato nuevo. Sus escritos son, por lo tanto, valiosos sobre todo como libros de referencia, ya que traen el recorrido de la indagación intelectual al presente y disponen los resultados de forma compendiosa, conexa y tangible. Pero los libros de referencia son sobre todo útiles para facilitar la adquisición de conocimiento, y están siempre expuestos a ser suplantados y a pasar de moda con el progreso, así como se desarman los andamios tan pronto como se termina la construcción. El Sr. Bentham no es el primer escritor (ni de cerca) en adoptar el principio de UTILIDAD como fundamento de las leyes justas y de todo razonamiento moral y político: su mérito es haber aplicado este principio con más exactitud y literalidad; es haber reunido toda objeción y argumento, rotularlos y designarlos con mayor precisión bajo este solo título y haberse referido a él, en cada etapa de su progreso, de manera más constante y explícita que cualquier otro escritor. Tal vez el lado débil de sus conclusiones también sea haber llevado demasiado lejos esta mirada única de su tema, sin haber dado el lugar suficiente a las variedades de la naturaleza humana y los caprichos e irregularidades de la voluntad humana. “Él no ha dado lugar al viento”. No es que pueda decirse que uno ve cómo brilla su doctrina preferida de la Utilidad en cada parte de su sistema, como un filón rico y resplandeciente (esa no es la naturaleza del material); pero podría objetarse plausiblemente que golpeó la masa entera de la imaginación, el prejuicio, la pasión, el sentido y el capricho con su maza de plomo, petrífica, que “ató al volátil Hermes” y redujo la teoría y la práctica de la vida humana a una caput mortuum de la razón y el tedioso e insípido cálculo técnico. El caballero es un lógico de primer nivel, y esta circunstancia lo ha llevado a considerar al hombre como un animal lógico. Tememos que esta visión del asunto difícilmente tenga asidero. Si nos atenemos al hombre moral, se hallará que su mente pocas veces se constituye sobre la base de la razón pura y la atención a las consecuencias; si consideramos al hombre criminal (de quien se ocupa en especial el legislador), se hallará que eso es mucho más raro aún.
Todo placer, dice el Sr. Bentham, es un bien por igual, y ha de tenerse en cuenta como tal en la estimación moral, ya sea el placer del sentido o de la conciencia, ya sea que surja del ejercicio de la virtud o de la perpetración del delito. Sospechamos que la mente humana no se ajusta bien a esta doctrina, a esta ultima ratio philosophorum, interpretada en forma literal. Nuestros sentimientos morales están hechos de simpatías y antipatías, de sentido e imaginación, de entendimiento y prejuicio. El alma, en razón de su debilidad, es un principio acumulativo y exclusivo; se aferra a ciertas cosas con porfía y rechaza otras con violencia. Y así debe hacerlo, en gran medida, o actuaría contra su propia naturaleza. Precisa de ayuda y de etapas en su progreso, y “todos los lujos y comodidades”, que puedan elevarla a una conformidad parcial con la verdad y el bien (lo máximo a lo que puede aspirar) y dejarla en tolerable armonía con el universo. Al apuntar demasiado alto, al rechazar las ayudas colaterales, al extenderse hasta el límite más lejano de lo concebible y lo posible, pierde su elasticidad y vigor, su impulso y dirección. Tan poco puede el moralista desestimar el uso intermedio de reglas y principios, el punto de observación del hábito o las palancas del entendimiento, como el mecánico descartar el uso de ruedas y poleas para llevar todo a cabo por movimiento simple. Si la mente del hombre tuviera la facultad de comprender toda la verdad y el bien y actuar al punto basándose en ellos, prescindiendo de cualquier otra consideración, el plan del Sr. Bentham sería factible, y la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad sería el mejor fundamento posible en el que basar la moral. Pero no es así. Al determinar las reglas de la conducta moral, debemos tener en cuenta no solo la naturaleza del objeto, sino también la capacidad del agente y su adecuación para aprehenderlo o alcanzarlo. El placer es aquello que es tal en sí mismo: el bien es aquello que se aprueba a sí mismo como tal al reflexionar o aquello cuya idea es fuente de satisfacción. No todo placer es, por tanto, en términos morales, un bien por igual, pues no todo placer resiste por igual la reflexión. Existen algunos sabores que son dulces en la boca y amargos en el estómago, y existe una contradicción y anomalía similar en la mente y el corazón del hombre. Otra vez, ¿qué sería del Posthac meminisse iuvabit del poeta si no hubiera un principio de fluctuación y reacción inherente en la propia constitución de nuestra naturaleza o si toda verdad moral fuera mera obviedad literal? Por ende, no hemos de indagar tanto en qué son ciertas cosas en abstracto o en sí mismas, sino en cómo afectan a la mente, y aprobarlas o condenarlas en consecuencia. El mismo objeto visto de cerca nos impacta con mayor potencia que a la distancia: las cosas que se arrojan en masa impactan en la imaginación con más fuerza que cuando se hallan dispersas o divididas en sus partes componentes. Un cúmulo de toperas no hace una montaña, aunque una montaña, en realidad, se compone de átomos: así, la verdad moral debe presentarse bajo cierto aspecto y desde cierto punto de vista para producir su efecto pleno y debido sobre la mente. Las leyes de los afectos son tan necesarias como las de la óptica. ¡Un cálculo de consecuencias es a un sentimiento lo que, en términos de suscitar la imaginación, una enumeración seriatim de yardas o pies cuadrados es a una vista de los Alpes o los Andes!
Para dar un ejemplo o dos de lo que queremos decir: aquellos que, por puros principios cosmopolitas, o con base en una humanidad abstracta, afectan un aprecio extraordinario por los turcos y los tártaros, han sido acusados de desatender su deber para con sus amigos y su prójimo más cercano. Entonces, ¿cuál es el estado de la cuestión aquí? Un ser humano, sin dudas, vale tanto en sí, independientemente de las circunstancias de tiempo y lugar, como cualquier otro; pero no tiene el mismo valor para nosotros y nuestros afectos. De poder nuestra imaginación desplegar alas (con nuestras facultades especulativas) y volar hasta el otro lado del orbe o hasta los confines del universo, de poder nuestros ojos contemplar todo lo que la razón nos enseña como posible, de poder nuestras manos llegar tan lejos como nuestros pensamientos o deseos, entonces tal vez nos ocuparíamos de equiparar a los hotentotes o de relacionarnos más íntimamente con los habitantes de la Luna. Pero siendo como somos, nuestros sentimientos se evaporan en un espacio tan vasto —debemos estrechar el círculo de nuestros afectos y deberes— y el corazón se cierne y se fija más cerca de casa. Es cierto: los cordones del afecto privado o local y natural suelen estar (más bien, en general están) tensados demasiado cerca, y con frecuencia hacen más daño que bien; pero la pregunta actual es si podemos librarnos de ellos por completo, de manera segura y eficaz; si deberíamos deshacernos de ellos a voluntad y sin remordimiento, como único obstáculo para el triunfo de la verdad y la justicia; o si la benevolencia basada en una escala lógica no sería solo nominal, si el deber, llevado hasta un nivel de refinamiento demasiado alto, no terminaría hundiéndose en una indiferencia insensible o un egoísmo vacío. Una vez más, ¿not sería exigir un esfuerzo excesivo a la humanidad si se nos pidiera que morigeráramos la aversión que nos produce un asesino, considerando con frialdad el placer que pudo haberle acarreado perpetrar ese acto y la posibilidad de gratificar su avaricia o su venganza? Difícilmente estemos hechos para empatizar a la vez con el asesino y con su víctima. El grado de placer que el primero puede sentir, en lugar de atenuar, agrava su culpa y exhibe cuán profunda es su maldad. Pues bien, la mente se rebela ante ello por mera antipatía natural, si está bien dispuesta; o el lento proceso de la razón no ofrecería sino una débil resistencia a la violencia y el agravio. La voluntad, que es necesaria para dar consistencia y puntualidad a nuestras buenas intenciones, no puede mostrar semejante candidez y cortesía ante el principio antagónico del mal: la virtud, para ser sincera y práctica, no puede desligarse por completo de la ceguera y la impetuosidad de la pasión. Se ha afirmado (medio en broma, medio en serio) que los horrores de la guerra promueven el comercio y la industria. Se ha dicho, como justificación de las atrocidades cometidas contra los esclavos negros de las Indias Occidentales, que sin su sangre y sudor varios millones de personas no tendrían azúcar para endulzar el té. Se ha argumentado que los incendios y los homicidios son provechosos, ya que sirven para llenar los periódicos y como tema de conversación. Este tipo de sofistería sería difícil de refutar bajo un sistema reducido a la utilidad contingente; pero, con base en lo expuesto, debe entenderse como mera ironía. Qué proporción de bien y de mal se hallará en verdad en cualquiera de los casos supuestos puede resultar un interrogante para el entendimiento; pero para la imaginación y el corazón, es decir, los sentimientos naturales de la humanidad, cualquiera es inadmisible.
El Sr. Bentham, al configurar las disposiciones de un código penal, pone muy poco énfasis en la cooperación de los prejuicios naturales de la humanidad y en los sentimientos comunes del tipo de personas a las que se orienta más específicamente. Los legisladores (o sea, quienes escriben sobre legislación) son filósofos y se rigen por su razón: los delincuentes, para cuyo control se hacen las leyes, son una banda de malhechores regidos solo por sus pasiones. ¡No es de sorprender que se haya avanzado tan poco hacia la mutua comprensión de ambos grupos! Son especies muy diferentes, hablan un idioma distinto y, lamentablemente, carecen de un intérprete en común. Tal vez el Ordinario de Newgate sea más prometedor que ninguno para este cargo. ¿Qué podría saber el Sr. Bentham, sentado en la comodidad de su silla, poniendo en orden sus pensamientos antes de comenzar a escribir junto a un preludio en el órgano y entreteniéndose con una vista hermosa cuando no se le ocurre una idea, sobre los principios de acción de los bribones, forajidos y vagabundos? ¡No más que Montaigne sobre los movimientos de su gato!Si los filántropos optimistas y de corazón blando se han propuesto indagar sobre el barbarismo y los defectos de las leyes penales, las mejoras prácticas han surgido, en gran parte, de los cazarrecompensas, carceleros y cuchilleros reformados. ¿Qué pueden saber siquiera los integrantes de la Honorable Cámara —que, cuando el presidente ha pronunciado las tan conocidas y ansiadas palabras, “Que se levante la sesión”, se retiran, tras haber aprobado una cruzada real o un préstamo millonario, para ir a sentarse y comer con vajilla fina en espaciosos palacios— sobre lo que ocurre en el corazón de los desgraciados en los desvanes y los sótanos nocturnos, de los ladronzuelos y los merodeadores, que degüellan y hurtan con sus propias manos?El asunto es imposible. Las leyes del país son, por tanto, ineficaces y malogradas, porque están hechas por los ricos para los pobres, por los sabios para los ignorantes, por los respetables y de posición elevada para la mismísima escoria y basura de la comunidad. Si Newgate decidiera sincerarse y se convirtiera en una comisión de todo el Press-Yard, con Jack Ketch a la cabeza, asistido por funcionarios confiables de las prisiones locales o los pontones, tal vez se podrían hallar algunos datos que guiaran el accionar. Pero así las cosas, la mente delictiva del país es un libro sellado que nadie ha podido penetrar. El Sr. Bentham, en sus esfuerzos por rever y modificar nuestra jurisprudencia penal, se basa solamente en su principio favorito de la Utilidad. Convenzan a asaltantes y ladrones de que lo más favorable para ellos es reformarse y entonces se reformarán y llevarán una vida honesta, según el Sr. Bentham. Dice: “Todos los hombres actúan basándose en cálculos, hasta los dementes razonan”. Y, en nuestra opinión, tanto podría llevar esta máxima a Bedlam o St. Luke’s y aplicarla con sus residentes como creer que puede coaccionar o sobrecoger a los reos de una cárcel, o a aquellos cuyas prácticas los hace candidatos a tal distinción, por la mera convicción detallada y mordaz del entendimiento. No se puede influenciar a los delincuentes con la razón, pues el desdén por las consecuencias propias y ajenas se halla en la esencia misma del delito. Más valdría predicar filosofía a un borracho o a los muertos que a quienes están bajo el influjo de cualquier pasión maliciosa. Un hombre es bebedor y le dicen que debería ser sobrio; es disoluto y le piden reformarse; es perezoso y le recomiendan el trabajo como el camino más sabio; apuesta y le recuerdan que esta flaqueza puede llevarlo a la ruina; ha perdido su carácter y le aconsejan comenzar algún servicio respetable o empresa lucrativa; el vicio se le vuelve un hábito y le solicitan que se espabile y se deshaga de él; pasa hambre y le advierten que, si viola la ley, será ahorcado. Ninguno de estos razonamientos da en el blanco al que apunta. El culpable, quien viola y sufre la venganza de las leyes, no es preso de la ignorancia sino esclavo de la pasión, la víctima del hábito o la necesidad. Argumentar contra pasiones vigorosas, hábitos inveterados o circunstancias desesperadas es hablarle al viento. Ciertamente, es posible despejar y educar la ignorancia payasesca; pero rara vez un delincuente carece de conciencia en torno a las consecuencias de su acto o no está plenamente convencido de la alternativa. Ellos, en general, se pasan de conscientes. Digan a una persona de esta calaña cuál sería su mayor provecho; dirá que no le importa su provecho, o que el mundo y él difieren en ese asunto. Pero hay un punto en el que debe coincidir con los demás, a saber, lo que los demás piensan sobre su conducta, y ese es el único control que se tiene sobre él. Un hombre puede ser indiferente e insensible a lo que le ocurre, pero jamás es indiferente ante la opinión pública o inmune al escarnio y la infamia abierta. La vergüenza, entonces, y no el temor, es el ancla de la ley. A aquel que no teme ser señalado como un ladrón no le importa un mes de trabajos forzados. Aquel que está dispuesto a quitar la vida a otro poco cuidado tiene por la suya. Pero todos dan pena cuando están en la picota, y ser lanzado desde el cadalso rebaja la propia opinión de un hombre. El espíritu violento y anárquico, al que una obstinada voluntad impulsa a violar la ley, no gusta de que le serruchen su piso de orgullo y tozudez. Esto es lo que da a los dandis de la metrópolis tanta aversión a la rueda disciplinaria: los hace ver ridículos. Hay que confesar que esta misma circunstancia hace de la reforma de los delincuentes algo casi imposible. Es la aprehensión a ser estigmatizado por la opinión pública, el temor de lo que se pensará y dirá de ellos, lo que disuade a los hombres de violar las leyes, mientras que su carácter pasa sin acusación; pero una vez perdido el honor, todo está perdido. ¡El hombre jamás puede volver a ser el mismo! Un ciudadano es como un soldado, una parte de una máquina, que se somete a ciertas penurias, privaciones y peligros no en razón de su comodidad, placer, ganancia o incluso conciencia, sino por vergüenza. ¿Qué es lo que mantiene ensamblada a la máquina en uno y otro caso? No es el castigo o la disciplina, sino la empatía. El soldado monta el asedio o queda apostado en la trinchera, el campesino hace empalizadas y zanjas o el mecánico se afana en su labor sin fin porque uno no admite que lo llamen cobarde, el otro, granuja: pero en cuanto uno se vuelve un desertor y el otro un vagabundo, allí se terminó su vida. La moledora ley de la necesidad, que no es otra cosa que un nombre, un hálito, pierde su fuerza; ese hombre ya no se sostiene por la buena estima de los demás y pierde su lugar en la sociedad, ¡es un estorbo inútil! El Sr. Bentham toma un culpable y lo ubica en lo que denomina un panóptico, es decir, una especie de prisión circular con celdas abiertas, como una colmena de vidrio. Se sienta en el medio y ve todo lo que hace el otro. Le da trabajo y lo sermonea si no lo hace. Le quita el alcohol y la sociedad y la libertad, pero lo alimenta y le da vestimenta, y lo mantiene alejado de los malos actos. Una vez que lo ha convencido, tanto por la fuerza como por la razón, de que esta vida es un bien para él, lo saca al mundo como un hombre reformado, y tan confiado del éxito de su artesanía como el zapatero del calzado que acaba de terminar o el barbero parisino en Sterne de la hebilla de su peluca. “Sumérjala en el océano”, dijo el peluquero, “y aun así aguantará”. Con todo, dudamos de la durabilidad del emparchado de nuestro proyectista. ¿Acaso nuestro converso al gran principio de la Utilidad trabajará cuando esté lejos de la mirada del Sr. Bentham por haber estado forzado a hacerlo cuando estuvo allí? ¿Se mantendrá sobrio por haberse mantenido lejos del alcohol por tanto tiempo?¿No regresará a sus malas juntas por haber tenido el placer de sentarse cara a cara con un filósofo de la época? ¿No robará ahora que tiene las manos desatadas? ¿No tomará su camino ahora que es libre de hacerlo? ¿No proferirá a su benefactor todos los insultos de los que su lengua sea capaz en el instante mismo en el que le dé la espalda? Todo esto ha de temerse por demás. El encanto de la vida delictiva, como el de la vida salvaje, consiste en la libertad y en las penurias, en el peligro y el desdén por la muerte, en una palabra, en una agitación extraordinaria; y aquel que la ha gustado ya no volverá a los hábitos comunes de la vida, como un hombre no volverá a aceptar agua tras beber coñac ni una bestia salvaje dejará de cazar su presa. Los milagros nunca cesan de ocurrir, sin dudas, pero no se pueden dar al por mayor o a la orden. El señor Owen, que es otro de estos propietarios y matriculados de la reforma, se ha procurado hace poco un salvaje americano, a quien lleva de un lado a otro con gran triunfo y complacencia, como antítesis de su New View of Society y como remate de aquello que más le faltaba a su razonamiento, un punto epigramático. ¿En verdad cree el benévolo visionario de los molinos de algodón de Lanark que este hombre natural servirá como contraparte de su hombre artificial? ¿Imagina, siquiera por un momento, que su Discurso a las clases altas y medias, con todas las ventajas de la ficción, puede asimilar cualquier cosa a una novela tan interesante como El cautiverio entre los indios norteamericanos de Hunter? ¿Tiene algo para mostrar, en todo el aparato de New Lanark y su desolada monotonía, que pueda avivar y estremecer la imaginación como las mantas de coronas de nieve con las que los bosquimanos se arrebujan durante semanas en invierno? ¿O como la piel de un leopardo que nuestro vigoroso aventurero cazó y le sirvió como buen abrigo y lecho? ¿O la serpiente de cascabel que halló a su lado, compartiendo su lecho? ¿O el haberse enrollado como una bola para escapar de ella? ¿O cómo se abrazó a un árbol repentinamente para evitar ser aplastado por una manada de búfalos salvajes que se precipitó como el sonido de un trueno? ¿O su relato de las arañas gigantes que acechan moscas azules y doradas en bosques verdes y sin senderos; o del gran océano Pacífico, al que los nativos ven como el golfo que divide el tiempo de la eternidad y que ha de elevarlos hasta los espíritus de sus padres? Después de todo esto, el señor Owen y sus paralelogramos deben de resultarle chatos y triviales al señor Hunter, ¡y sospechamos que buscará la oportunidad de escabullirse de ellos!
El método de razonamiento del señor Bentham, aunque comprensivo y exacto, brega con el defecto de la mayoría de los sistemas: es demasiado tópico. Incluye todo, pero incluye todo de la misma manera. Es más un inventario que una valoración de distintos argumentos. Da lugar a toda idea posible, de manera que, con esta precisión desconcertante, la mente se distrae tanto como se ilumina. Las excepciones parecen tan importantes como la regla. Al prestar atención a la minucia, pasamos por alto lo grande, y para hacer bien una cuenta, no sirve con insistir solo en la cantidad de elementos sin considerar su monto. La página de nuestro autor presenta un pavimento con bellísimas colas de milano, un mosaico de lugares comunes jurídicos. Pasamos y nos deslizamos por su superficie uniforme sin ser arrobados en ninguna parte. O su mirada de la mente humana se parece más a un mapa que a una pintura: el contorno, la disposición es correcta, pero carece de color y relieve. Hay cierta tecnicidad en las formas que vuelve sus escritos más valiosos para el indagador profesional que para el lector general. Otra vez, su estilo es impopular, por no decir ininteligible. Escribe con un lenguaje propio que oscurece el conocimiento. Sus obras se han traducido al francés: deberían traducirse al inglés. La gente se asombra de que el señor Bentham no haya sido procesado por la osadía y la severidad de algunas de sus invectivas. Bien podría dejar envuelta la alta traición en una de sus oraciones inextricables: jamás llegaría a Westminster Hall. Es una suerte de amanuense: escribe con un código que resulta indescifrable al vulgo. La construcción de sus oraciones es un armazón peculiar con clavijas y ganchos para colgar sus pensamientos, que sirven a su propio uso y orientación pero son casi inalcanzables para todos los demás. Es una jerga filosófica barbárica, con todas las repeticiones, paréntesis, formalismos, nomenclaturas groseras y verbosidades del latín jurídico; y para peor, no es mera verbosidad, sino que tiene una gran parte de agudeza y significado que mucho nos complacería captar si pudiéramos. En pocas palabras, el señor Bentham escribe como si solo tuviera permitida una oración para expresar su opinión íntegra sobre un tema, y como si la omisión de una sola circunstancia o paso de su argumento significara quedar al margen del mundo para siempre, como una herencia por un error en las escrituras de propiedad. Esto es sobreestimar la importancia de nuestros descubrimientos y confundir la naturaleza y el objeto del lenguaje por completo. El señor Bentham ha adquirido esta discapacidad, no le es natural. Su opúsculo admirable, Sobre la usura, publicado hace cuarenta años, es claro, sencillo y sólido. Pero el señor Bentham se ha confinado desde entonces “en un rincón monástico”, donde conversa solo con sus seguidores o con “hombres de las Indias”, y se ha propuesto recubrir su humor, sensatez, espíritu y estilo natural con el polvo y las telarañas de una soledad oscura. Lo mejor es que cree que su forma actual de expresarse es perfecta, y que más allá de lo que se pueda objetar de su ley o su lógica, nadie puede hallar mancha alguna en la pureza, la simpleza y la perspicuidad de su estilo.
El señor Bentham, en la vida privada, es un personaje amigable y ejemplar. Es un poco romántico y ha disipado parte de una amplia fortuna en especulaciones prácticas. Presta oídos a los proyectores plausibles y, si no puede probar que sus premisas o sus conclusiones están equivocadas, se cree obligado por la razón a invertir su dinero en la empresa. Los lógicos estrictos son visionarios autorizados. El señor Bentham es medio hermano del señor expresidente Abbott [A] (¡proh pudor!). Fue educado en Eton y aún reprende a nuestros novicios por un pasaje de Homero o un verso de Virgilio. Luego estuvo en la Universidad, y ha descrito los escrúpulos de una mente juvenil brillante a la hora de aceptar los artículos, en un pasaje de su Church-of-Englandism, que huele tanto a verdad como a honradez, y hace bien a uno leerlo en una época en la que “ser honesto —o no burlarse de la idea misma de honestidad— es ser un hombre escogido entre diez mil”. El señor Bentham relaja su mente a veces, tras las fatigas del estudio, tocando un buen órgano antiguo, y tiene un gusto especial por las impresiones de Hogarth. Hace girar utensilios de madera en un torno como ejercicio, y fantasea con hacer girar a los hombres de la misma forma. No tiene un gran aprecio por la poesía y a duras penas podría extraer una moraleja de Shakespeare. Su casa se calienta e ilumina con vapor. Es de aquellos que prefieren lo artificial a lo natural en casi todo y creen que la mente del hombre es omnipotente. Tiene un gran desprecio por cualquier actividad de exteriores, por los campos verdes y los árboles, y se inclina por someter todo a la Utilidad. En esto hay cierta estrechez, pues si ha de quitarse toda fuente de satisfacción, ¿qué será de la propia utilidad? La gran falla de este hombre capaz y extraordinario es, en efecto, el haber concentrado demasiado sus facultades y sentimientos en un solo tema y objeto, sin haber “mirado lo suficiente hacia la universalidad”. [B]
Sobre el traductor
Jorge Rafael Abuchedid (Buenos Aires, 1992) es traductor científico-literario y público de inglés (Universidad del Salvador). Es integrante de la AATI y del CTPCBA. Se desempeña como traductor literario y en diversas ramas técnico-científicas. Fue profesor de Traducción Literaria I y II en la Universidad del Salvador. En su blog, Tras la palabra (traslapalabra.com), traduce y difunde textos en inglés, español y ocasionalmente latín sobre literatura, filosofía, música y arte, entre otros temas.
