Gambito de papel
Un país mental
150 poemas chinos contemporáneos · Gog & Magog, 2011
Miguel Ángel Petrecca
Una selección de dieciséis poemas de la antología que reúne a los poetas chinos más significativos de las últimas décadas, traducidos al castellano rioplatense.
Xiao Kaiyu
肖开愚
Pankow
Un auto aplasta las hojas muertas a su paso y se detiene en la otra punta del boulevard. Ahí abajo, algunas casas esperan ser alquiladas, y en los oscuros jardines los letreros recién puestos exhiben sus números de teléfonos. Más allá el tranvía se desliza hacia el invierno profundo, los rieles doblando hacia las barriadas.
Un chico ata su perro a un mástil. Entre el susurro de banderas hermosas, los embajadores se saludan al pasar, reciben faxes y envían memorandums. Después se visten, hacen discursos, toman vino y se retiran temprano.
Incluso los tachos de basura testimonian el cambio. Incluso las computadoras viejas ya no son capaces de abrir los programas viejos. Atravesando la calle Hesse camino al cementerio, podés cruzarte con un loco que se libera de su memoria con el canto.
Pero en la Casa de la Poesía todo sonido proviene en realidad de la imitación. En cierto lugar, cierto momento, un joven lanza un grito de dolor, sin provocar la emoción correspondiente.
Xi Chuan
西川
Noche
En medio del ruido de los camiones atravesando la ciudad, es tan difícil lograr que la sangre se tranquilice. Tan difícil hacer que los animales en los camiones se tranquilicen. ¿Con qué advertencia, con qué promesa, con qué soborno, con qué amenaza hacer que se tranquilicen? Ellos, sin embargo, están tranquilos.
Las bestias de piedra bajo el arco de la puerta respiran la luz de la luna. El cuerpo doblado del afilador se parece a una luna creciente. Está exhausto pero no quiere dormir aun: con un chiflido llama hacia el puente a los pájaros que se encuentran en el sueño, pero se olvida que en el acantilado, plateado por la luna, queda un leopardo preñado del que nadie se ocupa.
La araña intercepta un edicto imperial, contradiciendo la voluntad del camino.
En el campo de cáñamo, las lámparas no tienen ningún derecho a habitar.
Alguien está por venir, alguien está por golpear la puerta; en la llanura, un rebaño de ovejas está por aparecer. El viento sopla una manzana que no ha visto antes en sueños; un joven canta en un sótano, canta mejor que nunca… Es de noche, ¿hace falta decirlo? La memoria es capaz de fabricar objetos enteramente nuevos.
El cielo, más alto que la memoria, ¡es tan ancho! Elevándose para mirar a lo lejos, el espíritu no encuentra límites. Unas lámparas siempre encendidas parecen fuegos fatuos. No hay poesía para el alma incapaz de dormirse. Es necesario estar despierto, estar en guardia, cara a cara con la muerte, pero es imposible pensar.
Te traje un reflector: de noche debe haber una diosa revoloteando sobre tu cabeza.
Encontré este gramófono en el depósito, pongo música para vos, para que trates tu enfermedad.
En esta noche con estrellas desplegadas como ejércitos, mis pelos se erizan, el lunar negro sobre mi pecho izquierdo se pone aún más negro. El granero de dios ha sido saqueado; la belleza, atacada por pájaros indignados. En una noche como esta, si pierdo la calma, si consumo mi venganza, no me hablen de compasión. Pero si en cambio los perdono simplemente aléjense, no es necesario agradecer.
Por favor, lavar la herida con jengibre.
Por favor, dejar una salida para la comadreja amarilla.
La mente no tiene fuerzas cuando las lámparas se apagan, cuando el barrendero se levanta de la cama, cuando los cuervos despegan para recibir al sol que ilumina esta ciudad, orgullosos de que sus alas suntuosas no se mezclen ya con los caracteres de la noche.
Cara ruborizada, sangre de todo un cuerpo. Suena el bronce, tiembla el polvo; el primer sonido nunca es agradable.
La bestia
Esa bestia: la he visto. Esa bestia, con su dura y gruesa pelambre, dientes afilados, casi ciega. Esa bestia, respirando pesadamente, mascullando su infortunio, pero ni un ruido bajo sus pies. Esa bestia: sin un gramo de humor, como un hombre que ocupa todas sus fuerzas en ocultar un origen pobre, como una persona arrasada por una misión, sin una cuna digna de recordar, sin un objetivo al que valga la pena aspirar, sin mentiras para defenderse. Golpea el tronco de los árboles y recolecta criaturas; vive como un pedazo de carbón, muere como una avalancha de nieve.
Los cuervos buscan cómplices entre los espantapájaros.
Esa bestia: odia mi corte de pelo, odia mi olor, mis remordimientos y mi reserva. En una palabra, odia mi felicidad ornada de joyas. Penetra en mi cuarto y me ordena pararme en un rincón; desoyendo mis reparos, se derrumba sobre mi silla, hace añicos mis espejos, despedaza mis cortinas y mis biombos protectores. Le suplico: «¡No te lleves mi taza de té, justo cuando estoy más sediento!» Ahí mismo hace salir una fuente del suelo. Se diría una respuesta.
¡Sinsentidos de los loros, sinsentidos de los loros!
Llamamos «tigre» al tigre, «burro» al burro. Pero esa bestia, ¿de qué manera llamarla? Sin nombre, el cuerpo y la sombra de esa bestia se convierten en una masa amorfa: te resulta difícil llamarla, decidir su sitio bajo el sol, determinar si es de buen o de mal augurio. Habría que darle un nombre, por ejemplo «congoja», por ejemplo «pudor»; habría que darle un estanque donde beber, un lugar donde guarecerse de la lluvia. Una bestia sin nombre es algo temible.
¡Un zorzal dorado liquidó a los partisanos del rey! También la bestia ha sido tentada, pero no por un palacio, ni por una bella mujer, ni por un banquete espléndido a la luz de las velas. Viene hacia nosotros como si en nuestro cuerpo hubiera algo irresistible, como si quisiera gustar el vacío en nosotros. ¿Pero qué tipo de tentación es esa? De costado, en un pasillo de sombras, al levantar la cabeza choca contra el brillo de un puñal, el gemido que esa pequeña herida le ha enseñado —gemir, sobrevivir, no saber qué cosa es la fe. Pero en cuanto se serena, oye el sonido de la planta de sésamo creciendo rápido, huele el perfume de la rosa.
Al ganso que vuela sobre mil montañas le da pudor hablar de sí mismo.
Esta bestia metafórica baja la montaña, recoge flores, mira su imagen en el agua a la orilla del río, no está segura de quién es esa persona; luego cruza a nado el río, trepa a la orilla, se da vuelta para contemplar la bruma sobre el río, no ha descubierto nada, no entiende nada. Se pierde en la ciudad, persigue a las mujeres, obtiene un pedazo de carne, pasa la noche bajo un umbral, sueña con una aldea y una compañera; luego camina, sonámbulo, cincuenta leguas, ignora el miedo, se despierta con el sol de la mañana y descubre que ha vuelto al lugar de donde partió: la misma gruesa capa de hojas, y bajo las hojas ese puñal— ¿qué está por suceder?
Paloma en la arena, es el brillo de la sangre lo que te despierta.
¡Ah, la época de volar se acerca!
K01704
La humildad es la única virtud incapaz de conquistar el amor. La paciencia termina por convertirse en un edificio deshabitado. Por ejemplo esta persona: guarda silencio, evitando el castigo político. Por varias décadas, en la capital roja, necesita la libertad para amar a una mujer. Mira a una mujer insulsa caminar a su lado, mientras esa gran mujer asciende arrastrando detrás de ella a los otros. Una gran mujer como un espejismo. El trepa las escaleras del espejismo y visita, tras infinitas vacilaciones, su casa. Una muchacha abre: «Te equivocaste de puerta», dice. Oscilando entre dos hogares, el paisaje de las estaciones se vuelve cada vez más insípido. Sólo las fantasías obscenas, en medio de la tormenta, son cada vez más brillantes. Un galán solitario empuja una hamaca en el infierno. El té dentro del vaso se ha enfriado, el álbum con las fotos viejas ha desaparecido. Sus arterias emiten un sonido extraño, su sueño se acerca al desenlace dramático. Muere al lado de su esposa: un cadáver, he ahí nuestro viejo Meng. Se convierte él mismo en un espejismo encorvado: ni siquiera muerto ha entregado la caja negra de su historia.
Ahora puede ingresar, flotando, por una ventana del edificio de la gran mujer. Esto no es más que una historia de amor de la vieja época. Sólo los tontos sienten lástima.
Wang Yin
王寅
Quizás todavía haya imperfecciones
Quizás todavía haya imperfecciones Quizás todavía haya primavera La lengua del cuervo se despierta llena de ansiedad El perro en la tumba comienza a pudrirse
El terror no ha remitido aun La revolución entra en su ocaso Las palabras subvierten, la destrucción persuade Prolongándose sin pausa la vida cincela la muerte
Quien ha sido joven una vez tendrá sin duda otra juventud Quien despertó una vez dormirá alguna vez para siempre
El vino está cada vez más frío El agua cada vez más caliente La cena del pobre es pura formalidad El antídoto elude la mirada del suicida.
Tres pinos creciendo en la costa del mar en el norte
Tres pinos crecen en esta costa del norte. Su altura controlada por los fuertes vientos marinos como cabello recortado incesantemente por un peluquero Los pinos crecen horizontalmente, con sus copas achatadas
Playa. Oleaje. Un faro. Sobre la línea de la orilla hay solamente tres pinos enanos Estos árboles de una región tan fría tienen piñas enormes sobre las ramas oscuras
Sobre la arena, la huella profunda de unos tacos de mujer Es verano y los niños lanzan los anzuelos bajo los árboles Los peces muertos, sin cabeza, y los caracoles que embisten la playa ya no regresan al mar
No sé cómo se verán en invierno estos tres árboles de la costa del norte No sé si los caracoles seguirán muriéndose en la arena y las olas grises golpeando al pie de los pinos
Sólo sé que un día, tal vez, en el lejano oriente, soñando con vos, voy a bajar la cabeza, y voy a acordarme de golpe de estos tres pinos en la costa desolada de la Bretaña.
Leng Shuang
冷霜
La niebla de nuestra edad
Cómo se instaló es la pregunta, disiparla no sería problema pero guardar cierto misterio es deseable.
Como un caracol, escalón por escalón, pegado a la pared, a donde sea que mire puedo distinguir su huella lechosa.
Me propongo pasar por alto su peso, pero esto es, en el fondo, porque conozco su fuerza. Muchas veces la experimenté.
De la misma forma, no me inquieta el problema de la visibilidad, he notado que dentro de su vientre hay un buzón.
Así, tres comidas por día, un paseo a la noche, unas páginas de Pascal antes de acostarse. La ventana abierta. Puedo sentir los cambios.
Por eso mi obsesión en un momento fue saber dónde estaban sus fronteras, y terminaba así suspirando en silencio.
Ahora tengo la confianza suficiente para meterla en un bolsillo como a una caja de fósforos, útiles para iluminar, calentarse, adivinar el futuro.
Le permito además escabullirse, convertida en hormiga, y la observo recorrer todo mi brazo hasta mi pecho, donde, debo admitirlo: pica—
Abriste los nueve círculos del infierno de mi alma, y lo que me sorprende es justamente esto: cómo, en el momento en que te veo, ya estoy adentro tuyo.
Han Bo
韩博
El sol entre los árboles
El sol entre los árboles furtivo pasa, toca un momento la ventana y retira de prisa la mano.
Sobre una pendiente más lejana hay un campo de colza La ladera en invierno es pelo de camello, sólido Un hombre de espaldas al sol se agacha para regar
Sigo escribiendo una carta La luz filtrada por el mosquitero y las curtinas se despliega sobre la mesa. Me acompaña en viaje de sur a norte
Las hojas, cabizbajas, se balancean giran más rápido que el viento. Toco una palabra desconocida Una persona, en zapatos, corre por un pasillo a oscuras
El sol empuja otra vez las sombras de los árboles Detrás de la puerta
Pueblo nuevo
El reporte del tiempo se impone al tiempo, la realidad cede a la idea, y el ciervo al desconcierto del camino en que se pierde. Bolsas traídas por la tormenta embisten la estación de trasbordo desde atrás, el pueblo nuevo es una vianda abandonada, pidiendo, con un suspiro, algún condimento. Aumenta la velocidad de la idea: se descarga la Gran Armonía, se transporta lejos de aquí lo viejo y disonante. En las afueras el clima es de insomnio: los rieles bombean fotocopiadoras que ocupan todo el espacio, y los lugares donde dormitar ocasionalmente ya han sido acaparados por quienes nadan en bolsas de plástico.
Entrando en la ciudad el ermita se ve a sí mismo como un cesto, una caja negra llena de augurios, faustos e infaustos (el destino en suspenso). El desecho de papel produce insomnio, y el insomnio es capaz de copiar la Gran Armonía pero no la acción sin acción, ni la acción común.
El buda en bolsa de plástico sube a la orilla y se despoja de su calzón como de una malla, el elástico arando en lo adiposo su marca profunda. El pueblo viejo, único lugar donde el pasado se acumula.
De El transmanchuriano
El tiempo de la cama de tren
Tendido boca arriba: ya a punto, a punto de llegar.
Sueño vertical, como una cita o un contrato: agujas de pino, alianzas, un hilo de baba en suspenso desde la boca floja: media vida en promesa acaba en vida inacabada.
Bajarse, subirse, Rusia a través de Mongolia interior, Heilongjiang, Rusia de vuelta. Bajarse, tiempo perdido en cada pequeña estación, sumándose para formar media vida.
Turbia la sirena, un tiempo que no ha pasado por Rusia se aleja y vuelve a casa, humilde tendido boca arriba: ya a punto, a punto de llegar.
De El transmanchuriano
Ma Yan
马雁
Carta de invierno
La lámpara permanece siempre encendida. A medianoche a través de la pared mi padre pregunta: ¿despierta aun? Yo respondo con voz ahogada: no puedo dormir. A veces lo veo sentado en el centro del cuarto, con lágrimas en las mejillas. Hace dos días se acordó de ir al peluquero. Nuestras cosas irán mejorando, sin duda; las zanahorias ya están en el mercado. Contemplaba el vacío ella, casi sin aire, resignada ya. Fue dos días antes de su muerte cuando me escribiste. Estos días trabajo con más diligencia, mi concepto ha mejorado, tal vez me aumentarán el sueldo. Cuando vengas te llevaré a la orilla del río; las noches de verano con frecuencia andaba sola ahí, en la oscuridad ni se me ocurría pensar en vos. «La luna brillante surge sobre el monte Tian en medio de un vasto océano de nubes.» Sentía una especie de paz, me daba fuerza para tender los brazos al vacío. Entre vos y yo se extiende un invierno largo y desierto. Cuando yo no estoy, vos cortás leña, regás la huerta, ordenás las entradas del último mes de tu diario. Cuando vos no estás, yo leo Gide una y otra vez, las puntas de los dedos heladas, absorta frente al escritorio cubierto de polvo. Esas montañas empinadas, en el aire seco y frío, ¿estarán también, como nosotros, en paz y sin dolor?
Estos días llueve sin parar
Llueve sin parar estos días, pero no hay con quién compartirlo. Estoy sentada en una habitación seca, y por la ventana siempre abierta llegan los ruidos de la noche. Esas hojas que no veo deben de estar goteando sin parar. Más tarde los bichos invadirán los cerezos ya sin hojas, y lo rojo se llenará de agujeritos. Los nísperos amarillean también, los recolectores hemos partido ya, después de recoger tantos frutos, tan dulces, el verano es el momento para la cosecha. Sigo sentada delante del escritorio, las palomas dan vueltas en el cielo, el aire es gris como siempre, el clima que compartimos. Y en invierno cuando camino sola por la calle y se me llenan de barro las mangas de los pantalones, yo bajo la cabeza y pienso, bajo la cabeza y camino. Podría seguir caminando sin parar aunque el camino fuera más largo y más complicado.
Subiendo la montaña
A veces subimos una montaña con el perro y un par de bolsas, unos van en bicicleta, muy despacio, luego a veces muy rápido. Con frecuencia, pienso en vos cuando me mandabas subir una montaña. (todos decían que eras mala persona, yo no veía por qué). Tus palabras son como las piedras del camino, están siempre ahí, detenidas, poco a poco se van haciendo polvo, pero no pueden desaparecer. Cuando los cerezos en la montaña florecen se cubre todo de blanco, hay abejas, todo tipo de criaturas increíbles, escarabajos y hormigas, pequeños seres que nos observan. En la antigüedad había tigres en la montaña, y monos, devorándose mutuamente, entre risas. Ahora sólo estamos nosotros y los campesinos. Nos observamos en silencio, luego desaparecemos. Al borde de un maizal siempre pienso en mi padre, en mi madre, pienso en otras personas, y a veces también en mi casa, mi biblioteca. No tengo plata, no tengo nada valioso, soy pobre pero estoy subiendo una montaña, mientras otros sufren sentados a un escritorio.
Vivimos en un pequeño pabellón gris
Vivimos en una buhardilla gris. A la mañana leemos poemas tristes porque el sol está a punto de devorar esta ciudad frenética, la oscuridad que nos pertenece está por abandonar la tierra seca. El río mismo brilla, el río nos abandona. Nos escondemos detrás de las cortinas y nos estrujamos las manos, con fuerza, fuerza. Mirá, los labios ya están blancos, el sol va brillar sobre nuestros cuerpos en cualquier momento. Leemos poemas tristes, cerramos los ojos.
Vivimos en una buhardilla gris. Al mediodía leemos poemas dolorosos. El dolor está encerrado bajo el techo, abre la boca grande porque no encuentra su sombra, se hace un ovillo. Nos odiamos como si nunca nos hubiéramos querido. Vos y yo, cada uno rasga sus propias vestiduras, cada uno se hunde en su mecedora, busca razones sucias en la piel ajena, da vuelta la cara, esquivando la mirada.
Vivimos en una buhardilla gris. A la tarde, leemos poemas incoherentes. El cuerpo está fatigado ya, el lenguaje no tiene sentido. Nos mecemos mutuamente en nuestras mecedoras, no hay ganas de hacer el amor. Comprame un frasquito de almíbar, amor, por favor. Por favor no, no seas así, amor. ¿No sigue corriendo el río bajo la ventana? La noche se acerca. Nuestro pequeño frasco de almíbar se rompe antes de tener visión de sí mismo.
Zhu Yu
茱萸
Comienzo del invierno
Te ajustás la ropa al cuerpo salís de casa y caminás hasta la esquina
No está la lámpara del crepúsculo ahí y no hay nadie que barra las esquirlas en el piso
El cielo exangüe extiende un dedo cansado Por fin un nuevo animal de caza para esta ciudad febril
Nido de avispas: una conversación nocturna
De lejos, cuando hacemos silencio, nos llega el ruido de las olas. Afuera las estrellas tienen un halo de humedad, las montañas remontan la luna en el horizonte, y la inquilina alada no muestra sus alas rojizas, su cabeza y cintura rayadas de amarillo, de un esplendor que contrasta con la apariencia más bien tosca de su nido.
Trae en su boca tierra que adhiere, silenciosamente, con su saliva, a esta pared blanca, sin perturbar jamás al dueño de la casa. Y nosotros aquí, en cambio, en medio de la noche (me disculpo), con nuestro insomnio venido de lejos, con nuestras voces, sorpresa y presunción mezcladas, entusiasmo, búsqueda, sondeando el misterio de la poesía.
Suben nuestros anillos de humo frente al nido, disipándose lento, en medio de un vuelo eventual. Hemos seguido discutiendo, de vuelta en el balcón, sobre la técnica de construcción de los nidos. Mirá, la avispa, delicada maestra alfarera, con el mismo pico largo que hunde en busca de polen transporta también el barro, y con destreza de artesana construye su obra primera: barro y néctar: labores en apariencia lejanas.
También nosotros buscamos una forma de néctar: golpeando el teclado con ambas manos bajo la humareda tóxica de nuestros cigarrillos, tanteamos en el cáliz de las palabras los pistilos de la retórica y la idea.
Nadie puede saber cuándo estará listo el nido. Nos queda sólo esconder la aguja y esperar el momento.
Sobre el traductor
Miguel Ángel Petrecca
Nació en Buenos Aires en 1979. Publicó los libros de poesía El gran furcio (Gog y Magog, Buenos Aires, 2004), El Maldonado (Gog y Magog, Buenos Aires, 2007), La voluntad (Bajo la luna, Buenos Aires, 2011) y El recuerdo de una pared (n direcciones, Buenos Aires, 2011). Es autor asimismo de un libro de ensayos y crónicas sobre Pekín (Pekín, Pre-textos, 2017). Como traductor de literatura china ha publicado, además de esta antología, Murciélagos al atardecer (Xi Chuan, Bajo la luna, 2017), El invisible (Ge Fei, Adriana Hidalgo, 2016) y Después de Mao. Narrativa china de hoy (AAVV, Adriana Hidalgo, 2015), entre otros. Un país mental se publicó primero en Gog y Magog (2011), y luego en Lom (Santiago de Chile, 2013). Actualmente vive en París, donde lleva adelante la librería Cien Fuegos, especializada en literatura hispanoamericana en castellano.
