Haciendo pie
Por Guadalupe Reboredo
Fragmento del cuento perteneciente al libro Eso que falta, publicado por Prueba de Galera (Argentina) en 2025.
Me llamó la atención la manera en la que estaba sentado. Apoyaba las muñecas en sus rodillas como si estuviese a punto de levantarse. Daba la impresión de haberse quedado tieso, frenado en algún pensamiento. Me saqué los anteojos con la intención de cruzar miradas.
Tomás se tiró de bomba y me salpicó. No te podés tirar así, lo dije en un volumen como para que todos me escucharan. Me sacó la lengua y yo me sentí como la madrastra fea, mala y vieja de los cuentos infantiles. El extraño huésped no se había alterado, le daba exactamente igual.
¿Qué te dije de sacar la lengua? Una vez más y te quedás en el cuarto, eh, viene Camilo solo; no era lo mismo si el padre los retaba, Tomás puso cara de perrito mojado y se fue nadando debajo del agua.
Esa tarde Julio los llevaría al parque de dinosaurios. Vení con nosotros, dale me pidió por vez número mil, en voz baja y rozándome el cuello, como si me estuviera proponiendo algo hot en vez de un garrón. Me parece importante que pasen tiempo entre ustedes contesté contorneando levemente la cabeza. Los chicos te quieren; no respondí nada.
Camilo y Tomás jugaban a hacer la vertical en el agua muy cerca del huésped que por primera vez me dirigía –y sostenía— la mirada. Ya abrió el comedor, anuncié dando por cerrada la conversación.
La cuestión con los all inclusive es que los huéspedes están obligados a comer como animal de granja, a cruzarse todo el santo día sin importar cuán grande sea el predio, a convivir en paz –casi en silencio— hasta que alguna fiesta temática, torneo o baile acuático los someta a fingir demencia y –siempre puede ser peor— hacer trencito.
Los all inclusive son no-lugares: aunque estén en distintos continentes son en su esencia más o menos iguales. Julio tampoco era fanático de estos hoteles pero prefirió atajarse ante cualquier crítica de su ex esposa sobre la seguridad, entretenimiento, variedad de la comida, etcétera, que tendrían las primeras vacaciones que le tocaban con sus hijos. Tomás tenía ocho y Camilo cinco. Para qué voy a mentir, creo que la madre tenía bastante razón en que Julio no se habría encargado correctamente de los pibes en alguna playita perdida. Así que el all inclusive nos convenció, pero ya estábamos en el sexto día y empezaba a tachar el calendario.
Como todos los mediodías arrastramos a los pibes al salón comedor ubicado a mitad de camino entre las cuatro piletas y la casona principal. Era una superficie redonda, tamaño circo, vidriada, con aire acondicionado, para que no transpires mientras comés un plato de pastas. Los nenes hicieron cola para las hamburguesas, yo me armé una ensalada porque no podía meterme más bombas en el cuerpo. Julio me preguntó si hacía dieta y me pellizcó el culo, algo que odiaba que hiciera en público. —¿Vas a ir a la playa? ¿Me vas a extrañar?
—No hay mucho más para hacer, ¿no? —contesté ácida mientras me atragantaba con lechuga.
Camilo vino corriendo a la mesa con la cara roja de ira: el hermano había pedido la última doble queso y panceta sabiendo que era su favorita. ¡Tomás! vociferó el padre, vení ya para acá. Agarrando la hamburguesa con ambas manos el pibe nos miró desde la barra de comida rápida con una sonrisa burlona, caminó hacia nuestra mesa y antes de llegar dio un mordisco enorme que tragó sin masticar. ¿Por qué sos así? se enfureció Julio agarrándolo de la oreja; el chico hizo una mueca de dolor. Se aburre, dije sin pensarlo dos veces. Los tres nuevos hombres de mi vida me miraron sorprendidos. Era la primera vez que intercedía en una disputa familiar y en contra de Julio. Soltó a su hijo y se sentó sin mirarme. Tomás le dio la hamburguesa a Camilo, fue a pedir otra y volvió. Terminé la ensalada y me levanté a buscar fruta sin preguntarle a nadie si quería algo. Me estaba sirviendo pedazos de ananá cuando alguien habló atrás mío.
—Hay otro puestito de comida rápida atrás de los toboganes; era el flaco del borde de la pileta, más fachero aún con una camisa blanca de lino que resaltaba su bronceado perfecto.
—¿Cómo?, pregunté.
—Para tus hijos que peleaban.
-Ah, no, no son mis hijos, me ruboricé, bajé la vista y seguí sirviéndome ananá—supongo que hicimos una escena. Son los hijos de mi pareja, no son nada mío.
El especimen que tenía enfrente arqueó levemente las cejas, yo caí en la cuenta de que acababa de decir algo tan terrible como real.
—Vuelvo a la mesa.
—Nos vemos después, saludó.
Sentí sus ojos sobre mí durante todo el recorrido hasta sentarme. Qué tipo raro, y lindo, y raro, pensé. Julio seguía ofendido.
Dejamos a los nenes en los simuladores de realidad virtual y subimos a nuestra habitación, una de las tantas dobles matrimoniales de los veinte bloques que albergaba el hotel. El cuarto era más grande que mi departamento, tenía un balcón que bien podría llamarse terraza y en el baño, con dos bachas y jacuzzi, no sólo podías regular las dicroicas si no también activar música relajante que salía desde atrás del espejo.
Los chicos tenían su propia habitación pegada a la nuestra, con entrada independiente pero conectada por una puerta que manteníamos cerrada; ante cualquier emergencia ahí estaba. Entré al baño y me saqué la bikini para enjuagarla. Julio se quedó mirándome desde la puerta, dijo que el contraste entre el bronceado y la piel blanca en el culo me quedaba espectacular. Se acercó y me abrazó por atrás mientras yo terminaba de escurrir la malla. Sentí su erección. Te sacás todo y me pongo así, ¿qué querés que haga?. Tenía esa capacidad de pasar del enojo a la calentura sin escala. Todavía me molestaba su cara larga en el comedor pero me dejé llevar por las caricias. Julio siempre sabía lo que hacía. Estuvimos en el baño, parados, como dos adolescentes en un boliche.
Descansamos un rato en la cama. Sacó uno de los habanos que había comprado en el free shop y lo fumamos riéndonos. Prendo el extractor del aire, a ver si nos pescan, dijo. Estaba prohibido fumar en los cuartos. A la mitad del habano, fue a mojarle la punta y lo guardó. Nos abrazamos en silencio, apretadísimos, como hacíamos siempre que había subyacido una pelea. Cuando faltaban cuarenta minutos para la excursión Julio fue a buscar a los chicos al parque de juegos. Abrí la puerta que conectaba ambas habitaciones y armé las mochilas con una remera y malla extra para cada uno, sus termos con agua, un paquete de galletitas en la mochila de Tomás. El televisor apagado devolvió un reflejo que me resultó ajeno: yo con ambas mochilas colgadas en un hombro. Las llevé a nuestro cuarto y cerré la puerta.
Julio y Camilo me saludaron desde la combi, Tomás sólo me miró. Ondeé la mano hasta que los perdí de vista. Finalmente estaba sola.
Me volví hacia el hall principal. En los sillones se repartían huéspedes recién llegados, otros a punto de irse y quienes no sabían qué hacer y buscaban opciones en los mostradores. Frené. ¿Qué quería hacer con mi tiempo?.
—Está para el spa, ¿no?; ahí estaba el flaco de la pileta, sentado en una de las cinco barras del hall, tomando un trago naranja.
—Es una buena idea, sí. Todavía no fui.
Se levantó de la banqueta y me dio la mano.
—Santiago —se presentó con una sonrisa de oreja a oreja— nos estuvimos cruzando pero no sé tu nombre.
—Marina. —Miré para otro lado. Segundos de silencio.
—Saquemos turno para el spa, vamos.
Asentí. Llegamos al mostrador. Una chica hermosa de rasgos asiáticos nos saludó bajando la cabeza como si estuviéramos en un templo. Detrás había un biombo labrado que tapaba la entrada al spa: nos llegaba perfume y música zen. ¿Room? supuso que dormíamos juntos y siguió la orden que tenían todos los empleados: hablar en inglés
—Yo estoy en la 216 y ella…
—420.
Pareció confundida pero sonrió y volvió a inclinar la cabeza.
—Para masaje completo no hay lugar ahora, los puedo anotar en lista de espera; lo mismo para los masajes con piedras calientes. Pueden usar el sauna si lo desean—hablaba perfecto castellano.
—Pasamos al sauna—afirmó Santiago y bajó el mentón imitándole el gesto. No quise que la chica creyera que le estaba tomando el pelo así que hice la misma reverencia; en tal caso seríamos dos desubicados.
Nos indicó que atravesáramos el biombo con el brazo abierto como una azafata:
—A la derecha. Que tengan una hermosa jornada.
El cuento completo se puede leer en este link.
Guadalupe Reboredo (1989 – La Plata, Argentina) es licenciada en Comunicación Social, guionista y escritora. En 2021 abrió Cuarto Propio, en donde se desempeña como librera con dedicación y amor por la literatura. En 2020 publicó el poemario Gluc (Galiarte editora). Eso que falta (Prueba de galera) es su primer libro de cuentos.
