Tapa del libro Eso que falta de Guadalupe Reboredo.

Haciendo pie – Guadalupe Reboredo – Versión completa

Haciendo pie – Guadalupe Reboredo | Gambito de Papel

Haciendo pie

Guadalupe Reboredo

Me llamó la atención la manera en la que estaba sentado. Apoyaba las muñecas en sus rodillas como si estuviese a punto de levantarse. Daba la impresión de haberse quedado tieso, frenado en algún pensamiento. Me saqué los anteojos con la intención de cruzar miradas.

Tomás se tiró de bomba y me salpicó.

—No te podés tirar así —lo dije en un volumen como para que todos me escucharan.

Me sacó la lengua y yo me sentí como la madrastra fea, mala y vieja de los cuentos infantiles. El extraño huésped no se había alterado, le daba exactamente igual.

—¿Qué te dije de sacar la lengua? Una vez más y te quedás en el cuarto, eh, viene Camilo solo —no era lo mismo si el padre los retaba, Tomás puso cara de perrito mojado y se fue nadando debajo del agua.

Esa tarde Julio los llevaría al parque de dinosaurios.

—Vení con nosotros, dale —me pidió por vez número mil, en voz baja y rozándome el cuello, como si me estuviera proponiendo algo hot en vez de un garrón.

—Me parece importante que pasen tiempo entre ustedes —contesté contorneando levemente la cabeza—. Los chicos te quieren.

No respondí nada. Camilo y Tomás jugaban a hacer la vertical en el agua muy cerca del huésped que por primera vez me dirigía –y sostenía– la mirada.

—Ya abrió el comedor —anuncié dando por cerrada la conversación.

La cuestión con los all inclusive es que los huéspedes están obligados a comer como animal de granja, a cruzarse todo el santo día sin importar cuán grande sea el predio, a convivir en paz –casi en silencio– hasta que alguna fiesta temática, torneo o baile acuático los someta a fingir demencia y –siempre puede ser peor– hacer trencito. Los all inclusive son no-lugares: aunque estén en distintos continentes son en su esencia más o menos iguales. Julio tampoco era fanático de estos hoteles pero prefirió atajarse ante cualquier crítica de su exesposa sobre la seguridad, entretenimiento, variedad de la comida, etcétera, que tendrían las primeras vacaciones que le tocaban con sus hijos. Tomás tenía ocho y Camilo cinco. Para qué voy a mentir, creo que la madre tenía bastante razón en que Julio no se habría encargado correctamente de los pibes en alguna playita perdida. Así que el all inclusive nos convenció, pero ya estábamos en el sexto día y empezaba a tachar el calendario.

Como todos los mediodías arrastramos a los pibes al salón comedor ubicado a mitad de camino entre las cuatro piletas y la casona principal. Era una superficie redonda, tamaño circo, vidriada, con aire acondicionado, para que no transpires mientras comés un plato de pastas. Los nenes hicieron cola para las hamburguesas, yo me armé una ensalada porque no podía meterme más bombas en el cuerpo. Julio me preguntó si hacía dieta y me pellizcó el culo, algo que odiaba que hiciera en público.

—¿Vas a ir a la playa? ¿Me vas a extrañar?

—No hay mucho más para hacer, ¿no? —contesté ácida mientras me atragantaba con lechuga.

Camilo vino corriendo a la mesa con la cara roja de ira: el hermano había pedido la última doble queso y panceta sabiendo que era su favorita.

—¡Tomás! —vociferó el padre—, vení ya para acá.

Agarrando la hamburguesa con ambas manos el pibe nos miró desde la barra de comida rápida con una sonrisa burlona, caminó hacia nuestra mesa y antes de llegar dio un mordisco enorme que tragó sin masticar.

—¿Por qué sos así? —se enfureció Julio agarrándolo de la oreja; el chico hizo una mueca de dolor.

—Se abubre —dije sin pensarlo dos veces.

Los tres nuevos hombres de mi vida me miraron sorprendidos. Era la primera vez que intercedía en una disputa familiar y en contra de Julio. Soltó a su hijo y se sentó sin mirarme. Tomás le dio la hamburguesa a Camilo, fue a pedir otra y volvió. Terminé la ensalada y me levanté a buscar fruta sin preguntarle a nadie si quería algo. Me estaba sirviendo pedazos de ananá cuando alguien habló atrás mío.

—Hay otro puestito de comida rápida atrás de los toboganes.

Era el flaco del borde de la pileta, más fachero aún con una camisa blanca de lino que resaltaba su bronceado perfecto.

—¿Cómo? —pregunté.

—Para tus hijos que peleaban.

—Ah, no, no son mis hijos —me ruboricé, bajé la vista y seguí sirviéndome ananá—, supongo que hicimos una escena. Son los hijos de mi pareja, no son nada mío.

El espécimen que tenía enfrente arqueó levemente las cejas, yo caí en la cuenta de que acababa de decir algo tan terrible como real.

—Vuelvo a la mesa.

—Nos vemos después —saludó.

Sentí sus ojos sobre mí durante todo el recorrido hasta sentarme. «Qué tipo raro, y lindo, y raro», pensé. Julio seguía ofendido.

Dejamos a los nenes en los simuladores de realidad virtual y subimos a nuestra habitación, una de las tantas dobles matrimoniales de los veinte bloques que albergaba el hotel. El cuarto era más grande que mi departamento, tenía un balcón que bien podría llamarse terraza y en el baño, con dos bachas y jacuzzi, no sólo podías regular las dicroicas sino también activar música relajante que salía desde atrás del espejo. Los chicos tenían su propia habitación pegada a la nuestra, con entrada independiente pero conectada por una puerta que manteníamos cerrada; ante cualquier emergencia ahí estaba.

Entré al baño y me saqué la bikini para enjuagarla. Julio se quedó mirándome desde la puerta, dijo que el contraste entre el bronceado y la piel blanca en el culo me quedaba espectacular. Se acercó y me abrazó por atrás mientras yo terminaba de escurrir la malla. Sentí su erección.

—Te sacás todo y me pongo así, ¿qué querés que haga?

Tenía esa capacidad de pasar del enojo a la calentura sin escala. Todavía me molestaba su cara larga en el comedor pero me dejé llevar por las caricias. Julio siempre sabía lo que hacía. Estuvimos en el baño, parados, como dos adolescentes en un boliche. Descansamos un rato en la cama. Sacó uno de los habanos que había comprado en el free shop y lo fumamos riéndonos.

—Prendo el extractor del aire, a ver si nos pescan —dijo. Estaba prohibido fumar en los cuartos. A la mitad del habano, fue a mojarle la punta y lo guardó. Nos abrazamos en silencio, apretadísimos, como hacíamos siempre que había subyecido una pelea.

Cuando faltaban cuarenta minutos para la excursión Julio fue a buscar a los chicos al parque de juegos. Abrí la puerta que conectaba ambas habitaciones y armé las mochilas con una remera y malla extra para cada uno, sus termos con agua, un paquete de galletitas en la mochila de Tomás. El televisor apagado devolvió un reflejo que me resultó ajeno: yo con ambas mochilas colgadas en un hombro. Las llevé a nuestro cuarto y cerré la puerta. Julio y Camilo me saludaron desde la combi, Tomás sólo me miró. Ondeé la mano hasta que los perdí de vista. Finalmente estaba sola.

Me volví hacia el hall principal. En los sillones se repartían huéspedes recién llegados, otros a punto de irse y quienes no sabían qué hacer y buscaban opciones en los mostradores. Frené. ¿Qué quería hacer con mi tiempo?

—Está para el spa, ¿no? —ahí estaba el flaco de la pileta, sentado en una de las cinco barras del hall, tomando un trago naranja.

—Es una buena idea, sí. Todavía no fui.

Se levantó de la banqueta y me dio la mano.

—Santiago —se presentó con una sonrisa de oreja a oreja—, nos estuvimos cruzando pero no sé tu nombre.

—Marina —miré para otro lado. Segundos de silencio—. Saquemos turno para el spa, vamos.

Asentí. Llegamos al mostrador. Una chica hermosa de rasgos asiáticos nos saludó bajando la cabeza como si estuviéramos en un templo. Detrás había un biombo labrado que tapaba la entrada al spa: nos llegaba perfume y música zen.

—¿Room? —supuso que dormíamos juntos y siguió la orden que tenían todos los empleados: hablar en inglés.

—Yo estoy en la 216 y ella…

—420.

Pareció confundida pero sonrió y volvió a inclinar la cabeza.

—Para masaje completo no hay lugar ahora, los puedo anotar en lista de espera; lo mismo para los masajes con piedras calientes. Pueden usar el sauna si lo desean —hablaba perfecto castellano.

—Pasamos al sauna —afirmó Santiago y bajó el mentón imitándole el gesto.

No quise que la chica creyera que le estaba tomando el pelo así que hice la misma reverencia; en tal caso seríamos dos desubicados. Nos indicó que atravesáramos el biombo con el brazo abierto como una azafata:

—A la derecha. Que tengan una hermosa jornada.

Santiago me dio un golpecito en el hombro como si nos conociéramos de toda la vida y encaró para el spa. Lo gastro-seguí. Detrás del biombo había una estatua de Buda que indicaba: a la izquierda masajes, a la derecha sauna. Continuamos por un pasillo de azulejos brillantes que parecía el set de un psiquiátrico de película. Al final nos recibían tres puertas de madera labrada con el logo del hotel: enfrente nuestro el sauna, a los costados los vestuarios de hombre y mujer.

—¿And no gender? —bromeó mi nuevo amigo exagerando el acento inglés.

—No creo que la inclusión sea el fuerte del hotel —me crucé de brazos—, está armado para familias estándar, si no la tenés no vengas.

—Es cierto —seguía mirándome como si compartiéramos un código—, no deberíamos haber venido.

Cruzó su puerta y me dejó desorientada. Pensé en irme; no lo hice. Entré al vestuario. Sólo necesité sacarme el solero, siempre llevaba puesta la bikini. Seguí las indicaciones de un cartel y me di una ducha fugaz. Agarré una de las toallas blancas perfectamente enrolladas en un estante y salí secándome un poco la cara. Santiago me estaba esperando.

Entramos al sauna vacío. El calor era asfixiante y dificultaba la respiración, me sentí embotada pero me dio vergüenza irme. Mi compañía se sentó en el escalón del medio de una de las paredes; yo enfrente. Nos aguamos un rato en silencio.

—¿Y ahora qué? ¿Cuándo sabés que terminó? —pregunté.

—Termina cuando no aguantás más. ¿No viniste nunca?

—Nunca fui a un sauna, no, y la verdad me estoy muriendo de calor. Me parece que voy a la playa.

—No está mucho más fresco allá.

Me paré.

—A la habitación con el aire, entonces.

—Esa es la mejor opción, más con el cuarto para vos sola —levanté las cejas—. Creo que voy a hacer lo mismo.

—¿Con quién viniste?

—Me trajeron mis viejos.

Sonó patético pero me generó curiosidad.

—¿Por qué? —las palabras salieron solas como si no pudiera frenar el pensamiento.

Esbozó una sonrisa lastimosa, miró el piso.

—Para arreglarme, supongo. El nene es siempre el nene, aunque tenga mil años.

—¿Te rompiste? —bromeé.

—¿Quién anda entero? —levantó la mirada.

Levanté la toalla y me despedí.

Los cortinados oscurecían la habitación en plena tarde. Cerré los ojos. Esperé. No podía dormirme. ¿Qué estarían haciendo Julio y los chicos? ¿Se estarían divirtiendo más? Seguro Tomás le habría contado a la madre que iban sin mí y ella pensaría lo que sabían todos: que no le era competencia, que no había conexión posible con los nenes y que la relación con Julio duraría, con toda la furia, un año más. Pensé en escribirle a Julio, preguntar cómo venía la cosa, pero no quería ser pesada. Miré el reloj. Todavía quedaban 3 horas de día y no mucho más del parque de diversiones. Me puse mi mejor bikini y salí.

Para llegar a la playa tenía que pasar las piletas y una pasarela de madera que cruzaba como un puente una región selvática; iba a tomarme el autito de golf pero me dio vergüenza ser tan vaga aún en un lugar diseñado para holgazanear. Las piletas estaban a full, los vasos en el piso, para esa hora la mitad del hotel debía estar borracha. Llegué a la pasarela. Un hombre y una mujer de alrededor de 70 me interceptaron.

—Querida —la mujer extendió un brazo para indicarme que se refería a mí.

Tenía la piel manchada de tanto sol pero el resto del cuerpo era más firme que el mío: los brazos marcados que sólo pueden darte las pesas, el pelo platinado impecable. Vestía bermudas caqui, musculosa negra adentro del pantalón y cinturón de cuero.

—¿Qué tal? —saludé aminorando la marcha.

El viejo me saludó subiendo y bajando la cabeza: sentí sus ojos como un escáner.

—Disculpá la molestia, perdón —siguió la mujer con el brazo más arriba, ya casi rozándome.

Entendí que debía frenar y quedé parada frente a ellos.

—Dígame, no pasa nada —dije sonriendo para disimular la incomodidad.

—Soy la madre de Santiago. Bueno, los padres de Santiago.

—Un gusto.

—Te va a parecer un poco raro pero vimos que hablaban y nos pareció necesario acercarnos.

—Nos cruzamos dos o tres veces, no mucho más realmente.

—No, no, claro, por favor —siguió la señora—, está muy bien que hablen, buenísimo de hecho, pero para decirte, querida, por las dudas, por esas cosas de la vida, para que estés avisada…

—No está bien —dijo el padre.

Se hizo un silencio. Sentí cómo se me entumecían los músculos, dispuesta a defenderme: yo podía hablar con quien quisiera.

—Santiago no está bien —aclaró la mujer—. Perdón, debemos parecer dos locos. Lo trajimos de vacaciones para que se distienda un poco, pasó por un periodo complicado. Solamente para que sepas, querida, sabemos que estás acompañada, mi hijo puede ser un tanto inestable.

—No se preocupen, no pasa nada. Muchas gracias —les di la mano con mi mejor sonrisa y encaré rápido para la playa.

—Lo último querida, disculpá —continuó ella a mis espaldas—: no puede tomar alcohol, por favor si lo ves, recordáselo.

Levanté el pulgar en señal de aprobación. Pensé en Julio y en los chicos y en qué pasaría si a sus treinta y pico tenía que cuidarlos así. A simple vista Santiago era un hombre joven de lo más normal, mejor que normal, estaba buenísimo y era fácil entablar una conversación. Los viejos debían pensar que Julio era mi marido y que estaba por meter a su hijo en un quilombo. En vez de espantarme, me sentí halagada.

La playa era larga y no se veían nada más que las reposeras y dos chiringuitos del hotel. Me acosté a la sombra de las palmeras. Corría una leve brisa. La temperatura era perfecta. No sé cuánto tiempo estuve así, somnolienta. Cuando abrí los ojos vi a Santiago en la reposera de al lado.

—Te asustaste —afirmó con su sonrisa inmaculada.

—Me estaba quedando dormida.

—Diría que te dormiste.

—Sí, también —me reí—. ¿Qué más se puede hacer acá?

—Se me ocurren varias cosas —dijo mirando el mar. Sentí calor en la cara.

—Los vi a tus padres.

—Uf.

—No pasa nada, fueron simpáticos.

Levantó las cejas dudando.

—Los viejos, ¿qué se le va a hacer? —me clavó la vista esperando una opinión, no se la di—. ¿Qué tomás? Voy a la barra.

—Un licuado de ananá.

—¿Un juguito?

—Licuado de ananá dije.

Eran las seis. ¿A qué hora llegarían Julio y los chicos? No tenían señal fuera del hotel. Santiago volvió con dos vasos llenos de hielo y pajitas batidoras con forma de palmera.

—Esto tiene alcohol —le dije cuando agarré mi vaso.

—No voy a disculparme por eso. Probalo.

Estaba fortísimo pero me gustó, me preocupó un poco que él bebiera pero yo no era su madre.

—¿Tus chicos…?

—De Julio.

—Me refiero a los tres.

—Volverán en un rato, supongo.

Santiago se sentó en la arena entre su reposera y la mía. Me sentí incómoda pero habría sido desubicado levantarme.

—¿Cómo vas de madrastra?

—Tsss. Mal, supongo.

Enderezó la espalda y me miró como pidiendo una explicación.

—Nadie quiere a la madrastra, ni Blancanieves, ni Cenicienta, y yo no sé qué hago acá. Tendrían que haber venido solos.

—¿Y por qué viniste?

—Me pidió Julio, pero no sé si quería que viniera o no se animaba a pasar una semana con los chicos. Son sus primeras vacaciones sin la madre y convengamos que los hombres de muchas cosas no se encargan.

—Tomo el bardo.

—No, en serio. Quién soy yo para decirlo, yo no tengo hijos, pero a veces pienso que Romina tenía razón en no querer que los trajera.

—Las madres pueden ser muy posesivas.

—¿Lo decís por la tuya?

—Por la madre de mi hija, en realidad.

—No sabía que tenías una hija.

—No sabés casi nada de mí.

Silencio. El ruido de mi pajita sorbiendo lo último.

—No veo a mi hija, la madre no me deja. No me alegra la situación pero lo entiendo.

Nos interrumpió un brasilero escultural.

—Disculpe, señora —dijo en perfecto español, el «señora» resonó en cámara lenta—. Me avisan que su esposo y sus hijos están retrasados —cada vez peor—, hubo un desperfecto con la camioneta y van a estar llegando alrededor de las ocho, le pedimos mil disculpas.

—Está bien —dije con el mismo tono que si estuviera diciendo «andate».

—Como cortesía le ofrecemos con la cena cualquiera de las bebidas de monto extra, exceptuando el Johnny Walker etiqueta azul.

—Está bien.

El animador se fue.

—¿Sabías que en la historia original la mala de Blancanieves era la madre y no la madrastra?

—¿Eh?

—Te juro, no es verso. Alguien me lo dijo alguna vez.

—Es un escándalo —me burlé.

—Sí, pero te deja mejor parada.

—Dame que tiro los vasos.

Fui hasta el tacho. La pregunta se la hice de espaldas mientras caminaba.

—¿Por qué no veo a tu hija?

—Tuve algunos problemas hace un tiempo. La madre no me cree capaz, supongo que le da miedo.

—¿Problemas legales?

—No. Bueno sí, pero como una consecuencia. Problemas psiquiátricos —volví a la reposera—. Aunque trates de disimular tu cara pero un poco se nota, lo entiendo, estamos todos bastante tocados pero es un tema tabú.

—¿Mi cara? Perdón, no, coincido plenamente, me parece terrible que sea tabú, todos tomamos alguna que otra pastilla…

—No es lo mismo no poder dormir que tener un brote, pero es cierto que estoy medicado. Hago vida normal, eh. Entiendo un poco a Karina pero me duele, no soy de piedra.

—¿Y qué pasó?

—¿Cómo fue, querés saber?

—Si querés contarlo, obvio que podés decir que no.

—Pensé que nos invadían los extraterrestres.

Largué una carcajada.

—Perdón.

—Es gracioso igual, lo sé —me dio un golpecito en el hombro.

—¿Ya estabas separado?

—No de forma pero sí de hecho, ya no daba para más, la familia me agotaba. Suena horrible pero es así.

Nos quedamos en silencio. Caía el atardecer, el mar se volvía más calmo.

—Sentí que era el fin del mundo.

—¿Cuando tuviste el brote?

No contestó. Lentamente la playa comenzó a vaciarse. Éramos los únicos que no habían vuelto al hotel.

—No fui la compañía más alegre para tu tarde —se disculpó.

—Por suerte —bromeé—, acá te obligan a estar feliz, estoy bastante podrida.

Se rió fuerte.

—Te acompaño a tu sector, si querés.

Encaramos el largo trecho hasta mi bloque. Hablamos del paisaje.

Ocho y cuarto miré, por quinta vez, la última conexión de WhatsApp de Julio. no tenía sentido, no tenía roaming, no me iba a poder contestar. Llamé a la recepción. Que estaban demorados, que un imperfecto, que mil disculpas. Cuando Romina se enterara se iba a poner loca y tenía razón. Le escribí a mi mejor amiga.

—Al fin das señales de vida —me contestó—. No te manijees, tus hijos están bien —me chicaneó.

Me puse un vestido, perfume y bajé. Cuando llegaran iríamos a cenar, más tarde o más temprano.

En el lobby del hotel estaban Santiago y sus padres. Me senté en un sector de sillones, lejos. Podía sentir la mirada de Santiago en la nuca.

—¿Qué pasa con la combi? —le grité a la única persona del hotel que pasó cerca, una chica que me respondió como pudo que no hablaba español—. My boyfriend and his kids went to the dinosaur… —tampoco entendía inglés.

En medio minuto apareció un empleado que me explicó en castellano que estaban llegando y me ofreció algo para tomar, lo que quisiera. Le pedí el whisky más caro por el mero hecho de no estar incluido; por algún lado les tenía que doler. Estaba por terminar el trago cuando escuché las voces quejumbrosas de Tomás y Camilo que bajaban de un auto junto a Julio. Dejé el vaso y troté a su encuentro, Julio y Camilo hicieron lo mismo.

Nos saludamos como si hiciera días que no nos veíamos: beso fuerte con mi novio, sorpresivo abrazo con su hijo menor, un «hola» con Tomás que venía detrás arrastrando su mochila.

—Es una vergüenza —empezó a decir Julio—, encima no tenía manera de avisarte y se empezó a hacer de noche…

—No pasa nada —dije con sinceridad, estaba contenta de verlos, más de lo que esperaba—, ¿el parque estuvo bueno al menos? Vamos a comer y me cuentan —Camilo me mostró el dinosaurio nuevo que tenía en la mano—. ¿O primero prefieren dejar las mochilas en la habitación?

—Yo me estoy cagando de hambre —contestó Tomás rabioso; Julio le dio un coscorrón en la cabeza—. ¡Y si Camilo se comió todas las galletitas!

Julio lo tomó fuerte del brazo.

—Basta —se dirigió a mí—, vamos al restaurante mediterráneo, ¿te parece?

En el camino, con Camilo correteando adelante y Tomás arrastrando los pies, me susurró que estaba hermosa y que me había extrañado.

Cuando llegamos a la entrada del restaurante una chica con rasgos asiáticos y piel morena (¿todas las empleadas parecían modelos?) nos informó que no quedaba lugar. Se supone que los all inclusive te solucionan todo pero si no estás atento a horarios de comida te quedás afuera. Julio se lo tomó mejor que yo, dijo que era lo mismo, de hecho los cuatro restaurantes que había estaban uno al lado del otro. Pero Tomás volvió a dar la nota.

—Quiero comer acá, no quiero ir a otro lado, quiero comer acá.

Enseguida se sumó el hermano. Se sentaron al lado de la chica que siguió sonriendo notablemente incómoda.

—Papi, ¿podemos entrar? —preguntó Camilo con ojos de gato.

Julio se agachó y les habló en voz tan baja que no pude escuchar qué les decía. La chica de ojos finitos se corrió medio metro, los chicos se levantaron: Camilo con la mirada baja y Tomás mirándome con bronca.

—Hubieras guardado la mesa —me reprochó el chico con la firmeza de un adulto.

No pude ni enojarme, sentí una daga que me abría la garganta y me dejaba desangrarme ahí, en plena entrada del restaurante de mierda en ese hotel de mierda con el pelotudo de mi novio y su idea desastrosa de juntarme con sus hijos. Atiné a tocar levemente a Julio que entendió perfecto lo que le pedía: que no dijera nada.

En silencio entramos al salón del espeto corrido, en silencio nos sentamos, en silencio fui aceptando con la cabeza que los mozos con sus cuchillas y palillos me colocaran pedazos de carne en el plato, porciones que apenas toqué.

—Prueben el pollo, es lo mejor —la voz de Santiago me sacó de mi ensimismamiento.

No lo había visto en el restaurante.

—Bien, gracias —me giré y le sonreí con esfuerzo.

Santiago frenó el paso y se reclinó sobre el respaldo de Julio como si se conocieran de toda la vida.

—¿Les gusta chicos?

Camilo asintió contento, con la boca llena. Tomás, que no había comido casi nada, resopló.

—¿Cómo estuvo el parque de dinosaurios? —Julio me miró como diciendo «¿por qué sabe tanto este tipo?».

—No pudimos ver el tiranosaurio —contó Camilo—, pero estaban los cuello largo y los triceratops, y esos que vuelan… y el tiranosaurio estaba durmiendo, nos dijeron.

—Estaba roto, tarado —Tomás volvía a la carga—, son muñecos, no están vivos.

—Tratalo bien a tu hermano —Julio y su perorata inútil.

—¿Estás seguro de que son muñecos? —Santiago puso las manos sobre los hombros de Julio y se reclinó un poco más.

—Sí, obvio, no hay dinosaurios.

—En Argentina, pero esto es Brasil. ¿Vos viste lo que son las palmeras? ¿Lo que son los mosquitos? Los del parque son muñecos, eso es cierto, pero a mí me contaron —bajó la voz—, y no es algo que se pueda andar gritando a los cuatro vientos, que acá ya no hay tiranosaurios pero sí velociraptors, los hicieron en laboratorio. Son peligrosísimos —Tomás ahora le sostenía la mirada—, los alimentan con vacas pero en estado natural lo que más les gustan son los humanos de entre 8 y 10 años —Camilo pegó un grito ahogado.

—Qué bolazo —tiró Tomás con una risita nerviosa.

—Yo te aviso, vos fíjate. No quieren que se sepa pero hay uno que se soltó por acá.

—Bueno listo —Julio le dio una palmada en un brazo a Santiago—, listo que los chicos sueñan. Gracias.

Santiago se incorporó con cara de satisfacción. Siguió hablándole a Tomás.

—Ya están avisados —y dirigiéndose a la mesa—: coman tranquilos —y a mí—: después nos vemos.

Julio acostó a los chicos y cerró la puerta que comunicaba nuestras habitaciones. Casi no habíamos hablado desde la cena. Puse mis aros en la mesa de luz, me saqué las sandalias y me eché en la cama con el vestido boca arriba sobre el acolchado. Él se acostó con bermuda y remera. Miramos un rato el techo.

—Sabés que no es contra vos —dijo acercando levemente su cuerpo—, a Tomás la separación le pegó distinto que a Camilo, es el mayor y siente otra responsabilidad.

Me giré para verle la cara.

—Son reacciones que tiene. El día se hizo eterno esperando que arreglaran la camioneta. Sabés que tiene buena onda con vos.

—Tomás es un nene y yo nunca me enojaría con él. Quizás este viaje fue muy pronto para ellos —hice una pausa— y para vos también.

Julio arqueó las cejas. Hizo la risita socarrona que hacía en todas las discusiones, un gesto que significaba «no entendés nada» o «no rompas las bolas», o las dos cosas.

—No te estoy bardeando, te estoy diciendo que por ahí habría sido mejor que yo no viniera. El extra siempre es extra, y está bien, todos los hijos de padres separados lo sabemos. No es mi idea competir con Romina. Digo que es lógico si Tomás tiene algo de bronca, si prefiere que esté la madre. La próxima viajan solos y listo.

—Te estás enroscando.

—No estoy diciendo nada del otro mundo.

—¿Por qué metés a Romina?

—Because es la madre.

—Y vos sos mi pareja.

—Yo no soy nadie.

—Sos dramática.

—Puede ser —me puse las sandalias.

—Ah boe, ¿qué, te vas a ir ahora?

—Salgo a dar una vuelta.

—¿O te vas a encontrar con el nabo ese?

Encaré hacia la puerta y salí.

Ya habían cesado las actividades y cerrado los restaurantes. Salí de mi bloque, recorrí un caminito de piedras, frené en un sector de juegos infantiles, me senté en una hamaca.

—Un cigarrillo sería ideal.

Santiago salió de atrás del tobogán chasqueando la lengua.

—No fumo —empezaba a inquietarme que siempre estuviera cerca—, ¿me estás siguiendo?

—¿Cómo? —su tono era divertido—, salí a dar una vuelta, te vi de lejos. No pasás desapercibida —me sonrojé—. ¿Qué hacés acá?

—Lo mismo que vos, pasar el rato.

Se sentó en la otra hamaca.

—Pero yo no vine en pareja.

Silencio prolongado. Se empezó a hamacar. Chirriaban las cadenas. Se hamacó más fuerte. Se movía la estructura.

—Se va a romper.

—¿Cómo se va a romper? —se impulsó con más ganas—, es una porquería si se rompe.

—Aflojale un poco.

—Hamacate, dale.

—Me hamaco yo y se parte el caño, frená un poco, en serio —continuó a su ritmo—, dale pará. Pará, no seas tarado.

—¿Me estás retando? —bajó un poco la velocidad.

—Mirá si se rompe, quedamos como dos nabos y encima tenemos que pagarla, frená de una vez.

Frenó, se levantó y se quedó mirándome con un pie subido a su hamaca.

—¿Al pibe lo retás también?

—¿A cuál?

—Al que es para matarlo.

—Ptsss. Ni huevo me da.

—¿No te dan ganas de matarlo?

—A veces sí.

Santiago se sentó en la arena frente a mí. Sacó un cigarrillo armado del bolsillo del pantalón y un encendedor.

—Lo del cigarrillo era literal —comenté.

—Claro —lo prendió y dio una pitada profunda. Era un porro.

—¿De dónde lo sacaste? —me lo imaginé pasando marihuana en el aeropuerto.

—De los que laburan acá, obvio. El pibe que baila en la pileta, viste ese muy flaquito, le pagué dos mangos y me consiguió —me lo pasó, di una pitada.

—Qué fácil todo —dije concentrada en el porro—, a veces es cuestión de ir y pedir y preguntar y ya está —di otra pitada—. Lo difícil es saber qué pedir, por ahí, ¿no?

—Drogas puedo conseguirte las que quieras.

—No necesito.

—¿And qué necesitás?

—Que termine este viaje, de mínima.

Se rió. Estiró el brazo para agarrar la cadena de mi hamaca y me acercó hasta él. Sentí el calor de su mejilla en mi pierna derecha. Apoyó la cabeza y me ofreció porro. Dije que no quería más.

—¿No te hace mal? —pregunté.

—¿Por loquito decís?

—Por loquito no, por la medicación.

Corrió la cabeza de mis piernas y soltó mi cadena. La inercia me llevó hacia atrás. Dio otra pitada y largó el humo concentrándose en los anillos que se armaban. Tiró el cigarrillo a la arena, lo pisó y se paró. Me levanté de la hamaca.

—Te veo mañana, supongo —le dije.

—No hay dónde esconderse, ¿no? —bromeó levantando los hombros, dio media vuelta y se fue.

Levanté lo que quedaba de porro y lo tiré al tacho de basura. Metí las manos en la pileta para que no me quedara olor a marihuana. Volví a la habitación. Julio me estaba esperando. Me abrazó fuerte, no sé cuánto tiempo.

***

Último día, al fin. Estoy al cuidado de Camilo y Tomás. El tiempo estándar en un all inclusive es de una semana, después el cronograma de shows y cenas arranca de nuevo. Julio fue a pelear un reintegro por la combi rota. La playa es parte del hotel pero todo es tan desproporcionado que la administración queda lejos.

Los chicos construyen un castillo de arena. El mayor es muy paciente con su hermano, le explica que hay que mojar un poco las paredes para que no se vengan abajo. Hago un pozo con la pala de Camilo y saco arena húmeda, recubro las torres, los dos miran extasiados. Tomás me agradece y pienso que cuando quiere puede ser el nene más tierno del mundo. Van cinco torres y Camilo quiere seguir. Tomás dice que hay que buscar agua del mar, que la arena del fondo no está tan mojada como se necesita.

—Si cavás un poco más vas a ver que encontrás buena arena —le digo sin mirarlo, echada en la reposera.

—No, esta no sirve, ¿no ves que se está desarmando?

—Bueno, esperá un cachito y te acompaño.

—Se va a caer todo a la mierda —se encapricha.

—No se va a caer todo en un segundo —trataba de no perder la paz con los ojos cerrados sintiendo el sol.

Silencio. La arena no suena, sin viento no vuela. No hubo indicio de que Tomás se hubiera levantado, hasta que habló Camilo.

—Yo también quiero ir al agua —dijo corriendo detrás de su hermano.

Salté de la reposera. Tomás ya estaba en la orilla, no supe cómo llegó tan rápido.

—¡Más acá! —tenía el agua por las rodillas y el balde en la mano—. ¡Eu, más acá! —grité corriendo hacia el mar.

Tomás me sacó la lengua y se tiró de panza debajo de una ola inofensiva. Atrás venía una distinta.

—¡Tomás vení para acá! —me abrí paso entre la espuma intentando agarrarlo.

—Vení vos —desafió y hundió la cabeza.

La ola que venía armándose nos rompió encima. Sentí los caracoles raspándome la espalda, la fuerza de la corriente entrando por los oídos y la nariz; los segundos abajo parecieron una eternidad. «Tomás, Tomás». Saqué el pecho lo más rápido que pude y vi al chico asomar la cabeza. Otra ola me rompió encima. Di braceadas debajo del agua. Salí a la superficie. Estaba aún más lejos de Tomás.

—¡Agarrame! —chillaba aterrado—, ¡me lleva!

Podría jurar que se me amplió el campo visual. Vi a Camilo a mis espaldas parado en la orilla, vi a Tomás enfrente mío que no hacía pie, vi a Santiago a un costado abriéndose paso entre las olas. Me sonrió con una mueca distinta. Guiñó un ojo como si algo excitante estuviera por pasar. Sentí un escalofrío cuando se fue acercando a Tomás. Yo pataleaba y no podía avanzar. Santiago ya estaba al lado. Vi su mano agarrarle la cabeza.

—¡Soltalo! ¡Soltalo! —grité tragando agua.

Sólo veía la cabeza de Santiago.

—¡Dejá al nene! —tiré un manotazo y le arañé el brazo.

—¡Abajo! —Santiago me agarró del brazo y me hundió, una ola nos pasó por encima.

El mar se retrajo y vi que Tomás estaba abrazado a su cuello. Intenté soltarlo pero yo tampoco hacía pie. Me aferré a las piernas del chico y dejé de moverme. La marea nos impulsó hacia la orilla. Sostuve la mirada de Tomás, que tenía los ojos desorbitados, hasta que llegamos a tierra. Santiago lo depositó con gentileza en la arena. Camilo corrió adonde estábamos, nos abrazamos los tres. Miré a Santiago pero no le agradecí. Agachó la cabeza en señal de aprobación y estiró los dedos de ambas manos como diciendo «hasta acá». Nos dejó solos. Un buen rato hechos un manojo de brazos y piernas.

No le cuento a Julio, los chicos tampoco. Un pacto silencioso, una complicidad nueva.

Ya en el avión de vuelta Camilo pregunta adónde vamos a viajar la próxima, Tomás pide que a algún lugar sin playa.

—¡A Disney! —propone Camilo.

Julio se ríe y yo también. La azafata pregunta qué queremos tomar. Tomás pide Coca Cola.

Gambito de Papel • Revista Literaria

Guadalupe Reboredo (1989 – La Plata, Argentina) es licenciada en Comunicación Social, guionista y escritora. En 2021 abrió Cuarto Propio, en donde se desempeña como librera con dedicación y amor por la literatura. En 2020 publicó el poemario Gluc (Galiarte editora). Eso que falta (Prueba de galera) es su primer libro de cuentos.



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