Caballos, por Juan Agustín Grenno.

Caballos que corren ciegos – Jorge Policicchio

Mención de honor en el Concurso de Cuento 2024 organizado por esta revista.

Caballos que corren ciegos

por Jorge Policicchio

El mate amargo no le gustaba y su padre no dejaba de pasarle uno detrás de otro. En la galería y en silencio. Bajo la penumbra del sombrero, Martín veía sus ojos alternar con desgano entre los árboles y el pasto empapado con el rocío espeso que dejó la noche. Su espalda sin tocar el respaldo del sillón de madera; la pistola en reposo sobre la mesa, como la cabeza de un dóberman dormido. 

Antes que la alarma, lo despierta la ansiedad. En el baño de la habitación repasa fugazmente los pasos: dejar durmiendo a Mariana y despertar a su hijo, preparar el mate y la ropa para los tres días allá. La ansiedad lo sigue como un gato cargoso; imagina esos pasos ya cumplidos. Se ve viajar veloz por la ruta, llegar con su hijo al viejo campo y simplemente estar allí. Sin temores, ni ganas de llorar. Para no hacer ruido, termina de cambiarse fuera de la habitación; camina hasta el final del pasillo con los zapatos en la mano, los talones retumban suavemente en la alfombra. 

Abre la puerta y se encuentra, como siempre, con el resplandor de la computadora encendida; su hijo duerme con un brazo fuera de la cama. De repente sin paciencia, lo sacude de un hombro, Lu, Lucho, Lucas, levantate que nos vamos. Pero sólo consigue que se de vuelta contra la pared. Resopla, se enoja con el brillo de la pantalla que le molesta a los ojos; apaga todo tirando del cable de corriente de la zapatilla y sale de la pieza que queda a oscuras.

Baja a la cocina. Mientras espera junto al burbujeo de la pava eléctrica cromada, se da cuenta de que, como siempre, llegó a la cocina dando el rodeo por el living, en lugar de doblar por el pasillo inmediatamente después de la escalera. Deshace el recorrido y, despacio, como si entrara en un lago desconocido, se sumerge en el olor agrio que llena el pasillo. Se para frente al viejo sombrero colgado en la pared, hábilmente combinado por Mariana con un paisaje y una mesita antigua. Se deja golpear un momento por el tufo a cuero añejo. Después, lo descuelga despacio, cortando las diminutas telarañas que lo unían a la pared. Descubre la pequeña etiqueta de tela en la parte interna, el hilo azul que traza las E.R. está nuevo. Sin pensarlo, se lo calza en la cabeza; la aureola dura de presión le transmite seguridad. Recuerda lo que pasó anoche, la voz de Amaya en el teléfono. “No, muchacho. Ya no está más acá”. El sonido del tubo cortando la llamada, como un gatillo que disparara la idea del viaje esa misma mañana. La melodía estridente en el piso de arriba lo saca de esos pensamientos; putea en voz baja y corre escaleras arriba. 

Fue la primera vez que, con su madre, habían ido al campo. En los años anteriores, era su padre quien iba al pueblo y pasaba un tiempo con ellos. Apenas con ocho o nueve años, Martín ya había aprendido los ciclos. La discusión del primer día; los reproches de su madre, “Hasta cuando, Esteban”, que chocaban blandos contra la inmovilidad del rostro y las frases repetidas en voz baja por su padre; el llanto; los días del silencio, hasta la desanimada reconciliación; finalmente, la partida llena de promesas: pronto las cosas con su esposa estarían resueltas y podría llevarlos con él. Para Martin, era un tiempo de estar en su pieza, trataba con su padre durante la cena. Le preguntaba por la escuela, por alguna noviecita. Pero Martín no apartaba la vista de los símbolos de la estadía de su padre en la casa: el sombrero impregnado de olor salitroso y la pistola en la funda, sostenidos por los brazos cortos del perchero de algarrobo junto a la entrada. 

Ese año, su padre no apareció y su madre recibió la llamada. Martín estaba en la pieza cuando ella entró con la cara barrida por el llanto, y le pidió que se preparara, que en la mañana vendrían a buscarlos para llevarlos al campo.

Entra en la habitación exagerando un apuro por ir a buscar algo al placard. Alcanza a distinguir a Mariana sentada en la cama; despierta por la alarma que olvidó apagar en su teléfono.

—¿Dónde quedó el bolso de tenis? –usa la pregunta para mirarla de frente, para probar su humor.

Tiene las piernas flexionadas bajo las sábanas, el celular apoyado en las rodillas le ilumina la cara.

—Debe estar abajo de todo ese embrollo de ropa, donde lo guardaste –la voz algo cortante, no despierta del todo. En seguida suelta un chistido de risa–. ¿Y eso?

—Qué.

—El sombrero, Martín –agrega como una obviedad.

Había olvidado que lo traía puesto, de un manotazo lo tira a la cama.

—Nada, el sombrero de mi viejo.

Se da vuelta fingiendo una complicación para guardar una campera en el bolso.

—¿Sí? ¿Desde cuándo?

—¿Desde cuándo, qué?

—Desde cuándo es el sombrero de tu viejo. Pensé que era el sombrero que apestaba el pasillo y que querías tirar a la basura.

Un silencio pesado que arruina el cierre del bolso. Aprovecha para hablar, aunque sin mirarla.

—Es el sombrero de mi viejo. Cómo lo voy a tirar.

La mujer hace un gesto que en la penumbra no se ve. Vuelve a recostarse y deja el teléfono en la mesa de luz.

—Entonces van a ir –las palabras salen entre un largo suspiro que no llegó a ser un bostezo, tenían un leve reproche, una confirmación y una invitación a hablar.

Martín agarra el sombrero de la cama, se calza el bolso.

—Sí, ya nos vamos.

La mujer vuelve a hacer el mismo gesto. Martin agarra el teléfono de la mesa de luz, el sombrero de la cama y comienza a salir de la habitación.

—Cuidálo —dice Mariana.

—¿Cómo? —se frena a mitad de camino de la cama y la puerta.

—Que lo cuides

Martin abre la boca para contestar, pero sale de la habitación sin decir nada.

En el asiento de atrás del falcon que había ido a buscarlos al pueblo, Martín se aburrió mirando el camino, aunque no quería que el recorrido terminara. Apenas pasaron la tranquera y entraron al campo por una calle de eucaliptos, vio el caballo que salía de un monte y comenzaba a correr hacía ellos, como un perro que sale a recibirlos o a torearlos. 

En un principio creyó que el caballo era blanco. Pero a medida que el tordillo se acercaba, le descubría las manchas oscuras como de humedad en la panza, que se unían como varices hacia las piernas que terminaban siendo negras. Ni su madre ni el chofer lo notaron. Se acercaba decidido y Martin pudo ver las crines oscuras castigando acompasadamente el cuello, los ojos de un gris claro confundidos en el pelaje del rostro. Estaba a pocos metros cuando dio un rápido cabezazo hacia abajo, como si estornudara, y se desvió; recorrió al trote una amplia curva sobre el pasto crecido. Por el vidrio de atrás, Martín lo vio detenerse junto a la tranquera por la que habían entrado con el auto.

—Arrancá el mate, hijo —dice Martín, apenas el auto sube a la ruta.

Pero su hijo mira hacia afuera; anchos auriculares blancos le parten en dos el pelo desordenado. Le toca un hombro y espera que se descalce uno de la oreja.

—Arrancá el mate —repite.

Con desgano, su hijo abre la mochila que llevaba entre los pies. Destapa el frasco de yerba, a pesar de que tenía pico para servir; vuelca el agua en la alfombra al cebar el primero, tan lleno que al pasárselo rebalsa y se manchan los dedos. Piensa en la torpeza de su hijo, en Mariana pidiéndole que lo cuide.

—Anoche te volvió a quedar la compu prendida —le dice, sin saber bien por qué, mientras le devuelve el mate con los ojos puestos en la ruta.

—Ah, sí. Me olvido de apagarla —Lucas también deja sus ojos quietos en la ruta y que sea el auto el que los haga avanzar.

—Quiero creer que no te sigue asustando la oscuridad —quiso decirlo como un chiste, pero no logró forzar la risa y la frase sonó como un reproche.

Su hijo no contesta, hace un sonido con la garganta, inentendible; le alcanza otro mate. Pasan largos minutos, el silencio viaja apoyado sobre el roce de las ruedas en el asfalto. El mate cambia de manos un par de veces.

—Tratá de que no vuelva a pasar. Ya estás grande —dice, pero ya la charla no tiene sentido. 

Le pasa el mate vacío. Lucas guarda, sin cuidado, las cosas en el bolso y vuelve a calzarse el auricular.

El falcon había estacionado frente a una casa. Delante, dos hombres hablaban. Reconoció a su padre por el sombrero; los dos miraron un momento el auto, su padre dijo algo y el hombre se fue. Bajaron; los troncos de los eucaliptos mojados por la humedad, perfumaban el lugar; de algún lado llegaban relinchos.

Al fin te veo por estos pagos.

Su padre se había acercado y le apoyó una mano pesada en la cabeza. Era mediodía y el sombrero le oscurecía la cara y parte de los hombros. Martín quiso contestar algo, pero no le salió nada. Cuando levantó la vista, ya se alejaba junto con su madre; le había pasado un brazo sobre los hombros y la guiaba hacia el interior de la casa. El chofer subió los dos escalones, dejó los bolsos bajo la galería y volvió a subir al auto. Arrancó el motor con una bocanada de humo negro, avanzó despacio por dos huellones que se iban curvando; pasó por delante de una casa que había más lejos, saludó con dos bocinazos a la mujer que tendía ropa,  sin dejar de avanzar frente al alboroto de los perros; continuó sobre el camino que se mantenía en una curva, pasó frente a un viejo galpón de ladrillos y portón alto de madera, y completó la doble O que formaban los huellones para volver a la calle de los eucaliptos. Martín se sentó en los escalones. Miró alrededor, dos teros aterrizaron ruidosos en el pasto frente a las casas, una batea de cemento hundida en el suelo juntaba agua y la luz del mediodía. Cuando dejó de escuchar el motor del falcon, se dio cuenta de que había quedado solo. Se dio cuenta, también, que no se irían tan rápido como esperaba. 

La calle de los eucaliptos está igual a como la recuerda; en cambio el monte apretado de donde había visto surgir el caballo, se había replegado campo adentro y frente a él, la siembra prolija de quien le alquilaba la tierra, se extendía hasta la calle.

Estaciona sobre los huellones, frente a la casa principal. Bajo el alero, viejo y encorvado, con el pelo blanco saliendo por debajo de la boina, Amaya se levanta y viene a su encuentro. Le ofrece una mano, blanda y tibia.

—Muchacho —le dice. 

Después saluda a Lucas, que apenas le devuelve el saludo y se pone a buscar señal con el teléfono. Aidor no deja de mirarlo.

—El nieto de Don Esteban —dice maravillado. 

Desde atrás del galpón vio surgir un caballo monstruoso, color madera, con un hombre encima. Frenaron frente a él y el hombre bajó de un salto.

Aidor Amaya. Pa´lo que mande, muchacho dijo, exagerando el acento como broma.

Le ofreció la mano abierta, dura y áspera y empezó a hablar. Lentamente y sin pausa, como si lo conociera, o como si Martín fuese uno más de los peones del campo. Pero Martín había quedado absorto por el caballo. Las patas sostenían sin esfuerzo el vientre enorme, pensó que podría pasar caminando por debajo sin tener que agacharse; en la cabeza, inalcanzable, los ojos enérgicos eran de un marrón que el mediodía anaranjaba. El animal dio unos pasos cortos que resonaron profundos en el pasto; la luz ondeó en su pelaje y en la batea.

Quiere andarlo, muchacho dijo Amaya, al ver que no dejaba de mirarlo.

La pregunta lo sorprendió. Pensaba en decirle que no, que prefería acariciarlo; entonces vio la escopeta asomando del estuche sujeto a la montura. Inmediatamente sintió el impulso de entrar a la casa. Se puso de pie, pero la puerta se abrió y salió su padre.

Veo que ya se conocen dijo amable, sin sonreír.

Don Esteban —dijo Amaya, y se apretó la punta de la boina como saludo respetuoso— . Tamos en eso.

Te esperaba más temprano agregó su padre, mirando al animal.

Pasa que tuve que quedarme hasta más en el campo. Ver que todo arrancara. Además, usté me pidió que le trajera a Emperador para que lo conocieran y usté sabe cómo es él, Don Esteban —explicó Amaya.

Su padre sostuvo un silencio incómodo.

¿Por qué no te das una vuelta, vos? dijo por fin.

 No, ya me iba para adentro –respondió Martín.

 Pero no seas payaso. Date una vuelta y después entrás.

 Martín empezó a negarse otra vez, pero su padre lo levantó por debajo de los brazos. El caballo era demasiado alto y no alcanzaba a sentarlo.

Ayudá querés —dijo con la voz algo ronca por el esfuerzo. 

Martín estiró una pierna, la fue trepando hasta que logró pasarla del otro lado, y con el último empujón quedó sentado sobre el animal.

 Pere, que si es la primera vez, voy con él —dijo Aidor.

 Su padre no contestó, estaba rojo por el esfuerzo y se acomodaba la camisa dentro del pantalón.

El animal era tan alto que Amaya tuvo que llevarlo cerca de los escalones. Desde allí, calzó un pie en el estribo y subió. Arrancaron despacio; Martín trató de ubicar la escopeta, pero estaba demasiado atrás y no llegaba a verla. Además, en ese momento sólo le preocupaba no caerse. Pasaron junto al galpón, por el costado de un espacio cercado con alambres donde había varios caballos, y por una puerta en uno de los alambrados salieron a campo abierto. Viajaba con los ojos cerrados, esperando a cada instante la caída. Después de unos segundos, se dio cuenta de que el caballo no reaccionaba si apretaba con fuerza las piernas sobre su panza o si se agarraba fuerte de las crines, entonces empezó a tranquilizarse. Al rato disfrutaba el andar del animal, saber que después del golpe de los cascos en el suelo venía ese segundo de avance por el aire. Amaya lo dejó llevar las riendas y se sintió realmente bien. Empezó a hablar, le pidió pasar por donde lo viera su madre, preguntó cuántos caballos había en la quinta, los nombres de cada uno y le contó que, cuando llegaron, andaba un caballo blanco por la entrada. 

—¿Cómo? —dijo Aidor, aunque lo había escuchado. 

Le sacó las riendas de las manos y de un tirón hizo dar media vuelta al animal.

Para evitar cualquier posible charla rememorativa de Aidor, Martín se apura a decirle que trae a su hijo para que conozca el campo, que van a estar poco tiempo y quiere aprovecharlo. Amaya asiente, emocionado.

—Una lástima no me avisó antes, muchacho. Hubiese preparado mejor la casa, la patrona hubiese cocinado para los días que se queden.

—No te hagas drama, Aidor, es el fin de semana nomás —insiste, seco, sonriendo al final.

La forma de hablar de Amaya le molesta; algo que crece desde su espalda, una sensación fría que trepa a medida que termina de entender que finalmente, después de tantos años, está en el mismo lugar.

Amaya hizo correr el caballo tan rápido como pudo y pareció haberlo olvidado; tuvo que apretarse con fuerza de sus brazos para no caerse. Se detuvieron cerca de la calle de los eucaliptos. El tordillo seguía cerca de la tranquera, quieto. Cada tanto volvía a hacer esa especie de estornudo que le tiraba la cabeza para abajo.

Jodeputa dijo lentamente Amaya.

El cuerpo de Aidor estaba rígido; Martín quería saber qué ocurría, recordarle que él estaba ahí, pero la tensión no lo dejaba hablar. Amaya se movió detrás y antes de que Martín pudiera darse vuelta para ver, la escopeta pasó por delante de su cara, de una mano a la otra. Un pinchazo frío le durmió la espalda y ya no tuvo reacción; fue como entrar en un sueño. Aidor apuntó el arma al cielo y soltó el disparo; el estruendo lo golpeó en todo el cuerpo. El animal que montaban se sacudió un momento; el tordillo se elevó y pateó el aire con sus patas delanteras. A través de las lágrimas, Martín lo vió correr pálido y difuso como un fantasma, hundirse en el monte con un relincho que prolongó la herida que el disparo había abierto en el aire.

Un nene sin remera aparece corriendo; trae una pelota y se queda mirándolos, como sorprendido de que existan otros hombres además de Amaya. Usa bombacha y alpargatas. Patea la pelota en dirección a Lucas y le rebota en los pies. Además del teléfono, el fútbol es la segunda cosa que merece la atención de su hijo. Levanta la pelota, hace dos, tres jueguitos y se la devuelve; en seguida improvisan un arco.

—Mi nieto, y el nieto de Don Esteban —vuelve a emocionarse Aidor; saca un pañuelo, lo sacude para estirarlo y se suena la nariz. 

Después, quiere decirle algo a Martín, pero la emoción no lo deja; levanta una mano para indicarle que espere ahí, y se va. 

Frente a la casa principal, su padre los esperaba; Aidor le contó lo que había ocurrido.

Me parece que no es para llorar. —dijo su padre, mirándolo desde abajo del sombrero.

Martín trató de disimular el llanto mientras Amaya lo ayudaba a bajar del caballo. 

—Mirá, Martín, estos —su padre señaló con la mano abierta a Aidor, y como si con él estuviesen todos los hombres del campo— , pueden creer lo que quieran. Vos, mi hijo, no. Ese caballo es un ejemplar único. Anda en este campo desde que mi padre era más joven que yo. Lo admiraba y lo respetaba. Y yo también. Así que dejá toda la sartenada de pavadas para estos —señaló otra vez a Aidor, ahora con la cabeza. 

Terminó de hablar y caminó hacia adentro.

—Y terminá de llorar, también —dijo, antes de cruzar la puerta. 

En la noche, tapado hasta la nariz y transpirando de calor, Martín volvió  a escuchar a Aidor. 

—No se asuste, muchacho, pero ese caballo es un bicho maldito. No es bienvenido acá —hablaba contra su oreja, furioso— . Es ciego. Ciego, me entiende. Y anda como si nada, para todos lados. ¿Dónde se ha visto? Asusta a los animales, a la gente. Y lo pior es que enferma a los otros caballos. Pobres criaturas, quedan ciegos de la noche a la mañana. Su padre no cree, dice que debe ser algún prodúto de la siembra que les debe hacer mal. Qué va ser un prodúto, es ese animal del diablo. En vez de tanto tiro al aire para que corra, un buen tiro en la cabeza habría que darle. Pero su padre no deja. Así que a la noche hay que dejar los caballos sueltos para que le rajen, y espantarlo a tiros al aire cuando aparece.

Martín recordaba y, en la ventana junto a la cama, con los postigos cerrados, oía las pisadas de los caballos corriendo en la noche. A veces, un galope solitario se detenía cerca; imaginaba al tordillo, quieto, sacudiendo la cabeza en su doble oscuridad de noche y ojos muertos. No quería moverse dentro de la sábana. Entonces, el estruendo de los disparos de los peones, el relincho como un cuchillo afilado saliendo de la funda negra de la madrugada. Martín llamaba a su madre llorando y ella iba hasta su cama. Desde la puerta de la habitación, su padre lo miraba con vergüenza. Más tarde, escuchaba la discusión en la habitación de enfrente.

Martín se queda mirando a su hijo jugar. Atardece, un fragmento del sol cae como una tela oblicua detrás de los árboles; se siente bien de estar en el campo, con su hijo y en calma. Respira, orgulloso de haber plasmado la idea de regresar, tantas veces espiada de costado.

—Este es el único que queda de los tiempos de su padre —escucha la voz de Amaya, detrás. Habla con algo de solemnidad.

Tras él trae un caballo, con el pelo negro, largo y gris en las puntas, la cabeza pendulea con desgano, casi al ras del suelo.

—No ve el pobre —le anuncia Aidor, con el pañuelo en la mano. 

Martín nota los ojos del animal, grises y cubiertos de lagañas. 

—¿Qué pasó con el caballo ese, Aidor? El ciego —dice como reacción ante la sorpresa. 

Amaya abre los ojos y se apura en hablar.

—No. Como le dije por teléfono, no está más acá, muchacho. Se murió. O se fue —acaricia con lástima el cuello del animal —. Cuando faltó su padre —hace una pausa para tragar— , ese caballo era el único recuerdo de él y yo jamás le hubiese hecho daño, por respeto a Don Esteban. En ese entonces vivía mi hijo conmigo y le pedí que lo mantuviera a raya. Lo tenía cagando, Eduardito, lejos de las casas. Y un día dejó de aparecerse; se habrá cansado, o se habrá quebrado la pata en algún pozo y se pudrió ahí tirado. Míjo está en Inglaterra ahora, petisero, gran ejemplar Eduardito. 

Las palabras de Amaya vuelven a tranquilizarlo. 

—Bueno, listo. Tema cerrado. Y te voy a pedir que te lleves eso de acá, Aidor. No quiero verlo, ni que mi hijo lo vea.

—No, sí, está bien, muchacho. Y no se preocupe que lo tengo encerrado en el galpón. Le echo candado porque el salvaje de mi nieto me lo anda si lo agarra. Así que ya mismo lo guardo. Y le voy a pedir que no anden por ahí, si no lo toma a mal, muchacho.

—Martín, Aidor. Muchacho, no. Don Martín, si te gusta más —dice estas palabras con placer, como las hubiese dicho su padre— . Está bien, anda nomás.

Se siente bien al ver que Amaya se agarra la punta de la boina como saludo y obedece.

Al fin entra en la casa. La mujer de Aidor habría limpiado al enterarse de su visita, o a lo mejor Amaya la obligaba, sin maldad, a mantener el lugar así, como veneración a su ex patrón, su respetado y temido Don Esteban. El olor, casi igual al del sombrero, sólo que más suave, disperso en los ambientes, sacude un poco a Martín. Lo recuerda y lo busca en el bolso. Lo sostiene en la mano mientras recorre el lugar, sonríe al entrar en las habitaciones. En la de su padre, frente a un alto espejo ovalado enmarcado en madera, se lo coloca. La presión en su cabeza fija la sensación de seguridad y empuja los recuerdos nocivos al fondo de su pensamiento.

Cinco días habían pasado en el campo, cuando Martín y su padre, incitados por su madre, se pasaban el mate en silencio, sentados en la galería. Un galope fue creciendo detrás de la casa, hacia un costado, hasta que apareció un caballo cortando el aire húmedo de la mañana nublada. Corría con desesperación, como si el retumbe de sus propios pasos lo asustara. Cuando estuvo afuera de la sombra de los árboles, Martín notó el color caoba de su cuerpo y supo que era Emperador. Corría cada vez más rápido, con las patas delanteras demasiado levantadas, como queriendo romper el galope; hasta que el costado del pecho chocó con un árbol. Las columnas de la galería sintieron el golpe. El animal cayó en desorden, donde no podían verlo.

Vamos dijo su padre, antes de precipitarse hacia el animal.

Despierta en la cama que había sido de su padre. Una blanda necesidad de sonreír en calma lo acompaña hasta el baño. Había dormido toda la noche. La luz no enciende, se lava la cara en la claridad gris que la mañana nublada vuelca desde el ventiluz. En la habitación que había sido suya no encuentra durmiendo a su hijo; el velador estaba encendido, sin el cobertor, iluminaba de lleno el techo de madera, y la sensación de sonreír desaparece de su cuerpo. La noche anterior, al ir a dormirse, Lucas había descubierto que la pieza que iba a usar él no tenía luz y se lo dijo. 

—Bueno, Lucho, dormí así. —estaba decidido a que su hijo enfrentara de una vez su temor a la oscuridad.

—¿No habrá otro foco? Está quemado este —Lucas había sacado la lámpara del velador.

—No tengo idea, Lucas. Y no voy a molestar a Aidor a esta hora. Dormí así y mañana vemos.

Su hijo amagó a contestar algo. 

—Hasta mañana —dijo Martín, y cerró la puerta de su habitación. 

No escuchó en qué momento de la noche, su hijo se levantaba al baño y hacía el cambio de lámpara. La astucia de Lucas le borró las ganas de sonreír. En la cocina sólo estaban los platos con los restos de la cena que Amaya les había alcanzado. Sale a buscarlo afuera.

Encontraron al caballo tirado. El pecho se abría en una herida ancha que manchaba de rojo el pelaje lustroso; una de las patas traseras se hundía bajo el cuerpo, quebrada desde el nacimiento. La cabeza intentaba levantarse, pero el cuello no respondía y volvía a caer, vencida. Martín no quería mirar, se concentraba en los agujeros de la nariz, que se abrían y cerraban sin parar, atrayendo el aire que huía de su cuerpo. Ante el primer insulto furioso de su padre, empezó a llorar. Un momento después, llegó Amaya a caballo.

—Está ciego —dijo mientras se bajaba. Se sacó la boina y se paró junto al animal.

Instintivamente, Martín miró los ojos; la bola naranja y brillosa del primer día, ahora era gris, casi blanca. Su padre volvió a insultar. Con la voz un poco temblorosa, Aidor habló.

Los peones dicen que estaba… Que lo vieron al tordillo que…

Acabá con eso Aidor su padre gritó con bronca y Martín se sobresaltó. Estoy podrido de escucharte esas idioteces, Aidor, podrido hizo una pausa. Y vos porque no dejas de llorar, querés.

Martín trató de contener el llanto, aguantó un segundo y enseguida surgió con más fuerza. Su padre y Amaya quedaron unos segundos en silencio.

Anda, Aidor. No te quiero ver dijo al fin su padre.

Amaya se aleja con su caballo de tiro.

Qué te pasa ¿Te pone mal el caballo? su padre habló a su espalda ¿No querés que sufra? Martín negó con la cabeza.

Un silencio corto.

Bueno, tomá. Que no sufra más. 

Su padre lo agarró de un brazo y lo hizo girar, sostuvo el arma delante de él. Martín cayó sentado, débil.

Agarrá no se movía y lloraba desde el suelo—. Mirá, pendejo, si te estoy diciendo que agarres, vos agarras.

Le abrió la mano y le colocó el arma. La rodeó con la suya por encima. Lo llevó hacia adelante tirando de la mano hasta apoyar el caño en la sien del caballo. Apretó el gatillo. Unas gotas de sangre tibia salpicaron los labios de Martín, la cabeza del animal cayó hacia atrás, con los ojos ciegos abiertos.

Amaya anda afuera de su casa, por eso él va para el otro lado. Ve a su hijo parado en la puerta abierta del galpón y camina hacia él. El candado abierto cuelga de la traba. Se para a la par.

—Qué hacías, Lucho.

—Ayer quedamos con el chico para andar en el caballo, temprano. Es ciego, pero él dice que lo anda igual. Todavía no vino. La puerta estaba abierta cuando vine, el caballo se escucha ahí adentro.

Martín mira hacia la negrura dentro del galpón, escucha los resoplidos del animal, los pasos sobre los viejos ladrillos. Ve a su hijo mirar hacia el lado de las casas, dudar. Se da cuenta de que la oscuridad le impide entrar.

—Y bueno, Lucho. Anden, pero que no se entere Aidor. Entrá a sacarlo antes de que aparezca.

Lucas se sobresalta y mira adentro, después a todos lados, buscando si viene el nieto de Amaya.

—No, igual lo espero.

—Pero va a venir Aidor, aprovechá ahora.

—No, ya fue igual. Se me fueron las ganas —empieza a caminar para irse.

—Pará ¿Dónde vas? —Martín lo frena del brazo.

—Dejá, no quiero andar ahora —trata de zafarse, pero Martín le aprieta cada vez más. 

—¿Hasta cuándo vas a seguir con eso? Entrá de una vez.

Forcejean un momento en silencio. Dentro del galpón el animal libera un relincho que se magnifica en el encierro; Martín se tensa, suelta a su hijo que cae al interior, desconcertado. 

—Si yo te digo que entres, vos entras —dice Martín.

Da un paso y sale del galpón, cierra la puerta. Coloca la traba del lado de afuera y se aleja del portón. 

Encuentra a Amaya sentado fuera de la casa. Entre las piernas tenía un balde y sumergía cada tanto una prenda de tela dura.

—Buenos días, Don Martín —dice sonriendo y apretándose el borde de la boina con dos dedos.

—Buen día. Quería hablarte, Aidor. Parece que tu nieto te sigue haciendo lo que quiere, ahí andaban queriendo agarrar al caballo. Vas a tener que ponerte firme. No lo corregís más si no —dice, seguro.

Amaya abre la boca y los ojos, empieza a hablar apurado.

—No, sí, sí, quédese tranquilo, Martín. Si ya lo pesqué temprano andándome el cieguito. Ahora está acá atrás de las casas, lo mandé a que le dé agua, lo lave un poco y lo vaya a guardar de nuevo. Y hoy se me va a quedar todo el día adentro el mocoso. 

Martín sonríe un momento, pero empieza a confundirse al terminar de comprender las palabras de Amaya. 

Desde atrás de la casa aparece el nieto de Aidor. Lo mira con bronca, como si lo hubiesen retado por su culpa; trae de las riendas al caballo ciego con el pelo oscuro de agua. Casi sin pensar, Martín pregunta.

—¿Hay otro caballo en el galpón, Aidor?

Amaya se pone pálido un momento.

—En el galpón no —dice, para sí mismo. 

Se levanta apurado y vuelca el balde. Martín queda sin reacción al verlo sacar el arma; tampoco se mueve cuando pasa corriendo a su lado. Un momento después, escucha como desde muy lejos el disparo al aire, el relincho del caballo que sale del galpón como un fantasma blanco, con manchas oscuras como de humedad. Los gritos de Aidor llamándolo desesperado, mientras ayuda a su hijo que avanza torpemente, frotándose los ojos ciegos que lloraban.



La ilustración es obra del pintor argentino Juan Agustín Grenno y fue publicada originalmente en la edición impresa de Gambito de papel 18.

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