Mención de honor en el Concurso de Cuento 2024 organizado por esta revista.
Un aplauso para la muerte
por Marcos Aimar
—Mañana te voy a enseñar a usar la escopeta —dijo el viejo, sin mirarme, mientras rellenaba cartuchos y los ponía en fila sobre la mesa del patio. Había sido comisario y esa era su forma de hablar.
Él era toda la familia que me quedaba. Mi madre había muerto cuando yo era chico y se llevó a la tumba el nombre de mi padre. Algunos años después falleció mi abuela y quedamos solos. Un pibe huérfano y un tipo que ya no tenía mucho más que hacer, salvo esperar que su nieto se hiciera hombre.
Al día siguiente, antes de que amaneciera, subimos atrás del Rastrojero a Laila, la perra pointer, y nos fuimos. Después de andar un largo rato por caminos rurales, llegamos al campo que buscábamos. Detuvo el motor varios metros antes de estacionar. Esa maña también la traía desde sus tiempos de comisario. Sin apuro, desató a la perra, la bajó de la chata y la soltó para que nos guiara.
El único sonido de esa mañana era el siseo de un viento sur que nos congelaba la cara, pero según el viejo nos mantenía alejados del olfato de las perdices. Los pastos secos crujían bajo las botas y los abrojos se adherían a la gabardina de los pantalones; a mí me resultaban insoportables, a él parecía que no lo lastimaban. Nunca me gustó cazar, pero no me animaba a decir nada. Cada vez que veía una presa herida, pensaba en que en algún lugar los pichones esperaban su regreso.
—No se va a salvar —me había dicho una vez que me vio tratando de revivir a una perdiz.
Tenía razón, jamás pude salvar a ninguna. Todas se me murieron en las manos.
Laila marchaba en zig zag delante nuestro. La primera vez que el viejo la llevó al campo le metió un tiro en las patas traseras para que aprenda a no andar espantando a las perdices. La pobre bestia empezó a aullar y a dar vueltas en círculos, tratando de arrancarse con los dientes los perdigones que le quemaban la carne. Cuando por fin cayó rendida al dolor, el viejo la cargó en brazos y la llevó a casa. Le armó una cucha en un rincón del lavadero y durante dos semanas se dedicó a limpiarle las heridas con un ungüento de olor nauseabundo, que él mismo preparaba. Postrada entre los trapos, la perra levantaba la cabeza y lo miraba hacer. Por momentos le movía la cola, agradecida y aterrada.
Cuando se recuperó, Laila aprendió cómo portarse en el campo. Si olía una perdiz se plantaba en el lugar. Levantaba una pata delantera en cámara lenta y todo su cuerpo, desde la cola a las orejas, se transformaba en una flecha. Me daba envidia la admiración que despertaba en el viejo.
—Para las perdices no hay como el pointer —decía.
Él también era un perro de caza. Había sido policía casi toda su vida. Contaba que una sola vez, cuando era joven, se había visto obligado a usar el arma reglamentaria. La víctima fue el Tuerto Farías, un cuatrero hábil con el cuchillo, que tenía el vicio de pasarse de la raya con las mujeres. Un día el infeliz se encontró con mi abuela sola en la calle, y parece que intentó manosearla. Esa misma noche mi abuelo fue al bar. Apenas puso un pie adentro todos hicieron silencio; sabían a quién buscaba. Con una sonrisa sobradora, el Tuerto se paró y peló una navaja. Decisión errada, que sirvió de excusa para que el viejo le reventara el pecho de un tiro. Después, con el cadáver tirado entre las mesas, se sentó en la barra y pidió una ginebra. Desde ahí, en el pueblo empezaron a mirarlo como lo hacía la perra, con una mezcla de miedo y agradecimiento.
Laila marcaba el ritmo. A veces frenaba un instante y arrancaba otra vez. Nosotros también. Hasta que paró en seco y no se movió más. El viejo estiró el brazo y me pasó la escopeta. Recuerdo con claridad la sensación de poder que me recorrió el cuerpo cuando la tuve en las manos. Abrí un poco las piernas para afirmarme al piso y apoyé la culata entre el pecho y el hombro. Esperé sin respirar, tres, cuatro o cinco segundos, hasta que en medio de todo ese silencio, se escuchó un aleteo, como si fuera un aplauso para la muerte, y un instante después vi una silueta cruzar el campo en vuelo rasante. No quería fallar. Apunté un metro adelante, como me había enseñado el viejo, y disparé.
La perdiz dio unas vueltas en el aire y cayó como una piedra. Enseguida me arrepentí. Laila la trajo con la cabeza colgando al costado de su boca. El viejo no hizo ningún comentario, se la sacó y la puso en la bolsa. No esperaba ni quería una felicitación de su parte, y menos por algo que me hacía parecido a él. Los otros tiros los erré a propósito y tampoco dijo nada. Solo la perra se daba vuelta y movía la cola. Después nos turnamos la escopeta y el viejo sí acertó varias veces.
Además de tener fama de guapo, el viejo también era reconocido por su honestidad. Me hubiera gustado aunque sea un rumor que le ensuciara un poco la reputación. Pero habría sido fácil desmentirlo, con solo ver que el tipo vivió toda la vida en la misma casita de plan y que manejó más de veinte años el mismo Rastrojero.
Los dos éramos de poco hablar, así que la cacería nos mantenía cómodos en nuestros silencios. De vez en cuando, él se detenía, arrancaba una hojita de algún yuyo y se la llevaba a la nariz, como si el aroma iluminara un recuerdo o si todavía siguiera buscando la cura de algo que ya no la tenía.
El viejo se había retirado de la policía para cuidar a su esposa. Cuando los médicos dijeron que ya no podían hacer nada, se dedicó a aprender sobre las propiedades medicinales de algunas plantas, para tratar de calmar un sufrimiento que lentamente ganaba intensidad. Más de dos años le tocó asistirla, y lo hizo con esmero. Se levantaba antes de que amanezca y se ocupaba de asearla, preparar la comida para los tres, limpiar la casa, lavar la ropa. Todo lo que mi abuela no podía, él lo hizo sin dejar escapar jamás una queja o una muestra de cansancio.
A la vuelta, ya cerca del Rastrojero, una lechuza nos chistó desde la copa de un árbol. No le prestamos atención y seguimos caminando. Chistó por segunda vez. Entonces el viejo frunció las cejas, se volvió y le hizo saltar las plumas de un escopetazo. Después escupió el suelo y siguió caminando.
Yo me quedé un rato mirando al bicho, convertido en un manojo de plumas tirado en el piso, los ojos inertes y el pecho agujereado.
Más tarde, mientras desplumábamos las perdices sobre la mesa del patio, el viejo me contó una historia. A los nueve años él ya trabajaba. Lo mandaban de madrugada en sulky hasta la fábrica de hielo que estaba en la ciudad. Cargaba los pilones envueltos en arpillera y los dejaba en dos bares antes de que amaneciera.
La noche que murió mi madre, una lechuza me chistó tres veces en el camino.
Mientras lo escuchaba me pareció ver un movimiento dentro de la bolsa, pero no le presté atención. Pensaba en lo que el viejo contaba, en que todas las mujeres de mi familia habían muerto a la madrugada.
Entonces pasó algo curioso. De entre los cadáveres salió una perdiz. Desorientada y con el plumaje sucio de sangre y barro, dio unos pasos torpes hasta pararse en medio de la mesa. Me estiré despacio para agarrarla, pero el viejo se me adelantó. La apretó con una de sus manos y con la otra le arrancó la cabeza de un tirón. Después la dejó de nuevo en la mesa y el cuerpo mutilado caminó algunos pasos antes de caer.
Se me vino a la mente la lechuza, el Tuerto. ¿Habrían tenido conciencia de que se morían? Eso que dicen, que un segundo antes de morir pasan delante nuestro imágenes del pasado ¿Habría tenido mi propio padre el mismo fin? Nunca creí que el viejo no lo conociera.
Se me hizo un nudo en la garganta. Él seguía arrancando plumas. No le iba a dar el gusto de verme llorar, así que me fui. Salí a la calle, aturdido y juré que nunca más volvería a esa casa.
No tenía a dónde ir. Caminé por el pueblo hasta que se hizo de noche. El único lugar abierto a esa hora era el bar.
Al entrar, un par de cabezas giraron para ver. No miré a ninguno. Todos sabían quién era yo. Saqué un billete, lo puse arriba del mostrador y pedí una ginebra. El cantinero hizo una mueca, parecida a una sonrisa, y sacó una botella verde de abajo del mostrador. El primer trago me quemó la garganta.
Me quedé viendo a los tipos que estaban desparramados por las mesas. Sus caras de resignación. Capaz que alguno era mi padre, pero era mejor no saberlo.
Un par de horas más tarde, salí del bar desorientado como la perdiz, pero repitiendo que a mí ese viejo de mierda no me iba a tocar. Me costaba mantenerme en pie, así que crucé a la plaza y me senté en un banco a llorar. Después vomité hasta las tripas. Una lechuza me miraba desde el travesaño de las hamacas. No chistó.
Cerca de la medianoche, mareado y con el cuerpo vacío, volví a la casa del viejo. Imaginé que a esa hora ya debía estar acostado, pero no. Pude ver su figura recortada detrás de la ventana. Apenas me vió, corrió las cortinas. Demoré un rato y después entré. Él ni se dio vuelta, se mantuvo de espaldas controlando dos bifes que bramaban sobre la plancha.
—Sentate que ya van a estar —me dijo.
Agarró dos tomates y media cebolla. Cortó cubos y rodajas con precisión. Encorvado sobre la mesada de la cocina, parecía inofensivo. Aunque el sonido de la hoja de la cuchilla rebanando los alimentos, me mantenía alerta. Puso el plato delante mío y devoré todo. Mastiqué con bronca y con ganas, sin darle las gracias. Cuando terminé, miré dos veces la escopeta, que estaba en un rincón, y me pregunté si estaría cargada.

