Selección de «Ya sabes que no veo de noche» (poemario), de Claudina Domingo

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la cobardía es una estrella que todos desdeñan      “pero es la que nunca descansa”      pegué más la espalda al muro      (del otro lado del cañón) la tumultuosa historia de los minerales: pechos comprimidos sobre ingles de vetas verdosas              “no mires hacia abajo: los pies tienen sus ojos”

 me desplacé los últimos metros así: con la lengua enroscada en el corazón      luego el pasaje se ensanchó y me tendí a contemplar la planicie

 “la ambición es una estrella que indigesta”  

pastaba en las praderas de estambre: su grupa perfecta —de un castaño como ojo de tigre—         “entre las dos: un escuadrón de meteoritos”       sus orejas pequeñas e inocentes: las crines negrísimas sacudiéndose con pereza en el aire       junto a él los otros (sombras o dibujos recortados en cartón)      “¿cuál eliges y cuál te adopta: te cría te alimenta te alumbra? (imposible saberlo)”             ¿sería tan difícil (bajar hasta él): suplicarle o capturarlo?       se aburre de la inmovilidad: trota un poco para acercarse a comer de unos violetas intensos que crecen en dobles nudos

—entonces recordé que un caballo es un hombre que no ha perdido la alegría—

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quizá porque ahí te conocí   (delgado y alto como un papalote que hubiera perdido su rombo    todo ojos para el mundo: ojos cansados por la noche     ojos encendidos frente a los partidos de futbol)     

quizá porque ahí te conocí es que intento volver: muevo ramas contesto acertijos y    camino por noches prendidas de un terror diamantino y por países donde la gente nace en el fondo de las bañeras

(verás) primero las viejas del pueblo deben encontrar una bañera antigua y resistente    la plantan bien detrás de la iglesia y luego (desde el campanario) vírgenes de cera arrojan cubetada tras cubetada de agua       no siempre ocurre (y no sé si por ello deba llamársele milagro): bajo el chasquido atronador del agua se van dibujando ombligos senos cabellos largos uñas       hasta que el hombre o la mujer (cansado del ruido) se pone de pie iluminando el día con su perfección siniestra

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pasar después del trabajo a comer una hamburguesa: arriba el arrullo de los trenes que se detienen junto a los rascacielos a subir y bajar empleados

“no cómo encontrar el amor sino dónde perderlo”

no dormir jamás (apenas envejecer) nunca cansarse (no conocer el fastidio) trabajar con una canción muy despierta en la cabeza: amar por sobre todas las cosas la velocidad de los trenes en el aire

tropezar con el amor varias veces al día: doblarse bajo él hasta quedar exangüe: luego hacer un rehilete con los besos más ligeros

(perderse en la calle): (bajo unos arcos) el delirio de neón del grafiti

 unos labios me sonríen con su sombrero en lo alto del barandal: me muestran la escalera el estudio pequeño: la cama bajo la desmemoria de un ventanal

 afuera se deshilacha la luz de los faroles: lanza su cabellera a través de la ventana desnuda por la mañana el sol escupirá sus gajos justo sobre nosotros   

 diré: —buenos días sol (suerte querido extraño)— y saldré de nuevo a trajinar sobre los andadores elevados (pero mañana es un planeta que no hemos descubierto)

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“el alma de los caballos está hecha de yescas”    la avenida estaba inundada de pasto y flores por millones (violetas rosadas amarillas)     entré a casa por mi madre  —ven: las flores de tu infancia han venido en tropa a reconocerte—     cuando salimos el incendio ya se perfilaba hacia el metro   —tenemos que huir   —dijo mi madre—  y las flores solo han venido a entorpecer nuestro escape (fíjate): solo se puede andar descalza y de puntillas sobre ellas—

            corrimos en dirección contraria a las llamas: un cáncer de árboles rocas trinos y flores se tragaba nuestra ciudad —¿así cómo sabremos a dónde nos lleva el camino?— “los caballos no son animales ni hombres: lo más parecido a ellos son los números”   

            dormimos refugiadas en unos juegos infantiles que por la noche suspendieron su transformación a cascadas       a la mañana olimos de nuevo el fuego: sentimos en las grietas de nuestra ciudad interior su terror: “hasta las piedras pierden su sangre de arena cuando el fuego las posee”

caminábamos en círculos cuando los vimos: regresaban a los establos con las crines y las colas azules    al cambiar al trote lanzaron destellos de ámbar     entraron a los establos chorreando cera: cuando se tumbaron a dormir su fuego tomó otra vez la engañosa textura del pelaje

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no sé cuánto más aguantaré: solo yo quedo (y ya estoy medio loco)     “no busques un espejo    no indagues en las líneas mentirosas de la mano”     esta tristeza se colma y se vacía todos los días    me empeño en el huerto     pero tras veinte minutos inclinado me incorporo me limpio el sudor de la frente y en los ojos me cae el bosque y el puente roto que me separa de él: como una lengua de serpiente el recuerdo me palpa las vértebras “si olvidas tu nombre es porque nunca lo quisiste”

ordeño la vaca y la cabra: en el suelo (junto a mis botas) la paja siniestra repite los motivos de ese día (“si tienes miedo es porque te gusta”)

subo al tapanco de la iglesia para dormir (por si el fuego otra vez)    (“¿olvidaste mi voz   que ya no me escuchas?”)      extiendo mi colchoneta debajo de un hueco del techo: las estrellas (más locas que yo) se aferran al cielo     cantan los búhos (aúlla un lobo) el perfume nocturno casi vuelve bello el mundo (bastaría que olvidara la rabia que mordió a la ciudad y a las cerdas que devoraron a los niños)

“sobrevivir es una historia anticlimática”    mañana cosecho las coles y le quito al queso la cuajada moleré el maíz: soy el único que queda

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arena      arena hasta las rodillas “caminar es respirar: no puedes dejar de hacerlo”      (arena)   bajo un techo de cristal opaco: un golpe en los ojos      “mirar es vivir: mirar es estar suspendido entre la experiencia y su posibilidad”     arena (arena) que cansa a los ojos (se quisieran deslizar como serpientes bajo los granos)     del fondo del túnel viene la gota hirviente de una campanada: la arena se desliza (camino más rápido para no ser arrastrada)    otra y otra: las perlas de su repiquetear       “aquí abajo: aquí abajo es un arriba para otros”:     tras el pasadizo encuentro la campana bajo el cielo azul: su tonada lanza en vertical anillos verdes anaranjados azules y violetas: “a eso viniste acá abajo: a saber por fin dónde nace el arcoíris”

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(del otro lado) debe ser mucho más ancho      (ya no aguanto vivir en este largo corredor)

      pensarás que puede ser un camino    pero solo si habitas aquí comprendes lo asfixiante que es vivir pendiente (siempre) del muro a tu izquierda     la última vez que intenté huir aproveché un exabrupto general: a todos se nos olvidó que el futuro ya había sido pactado y cada quien hizo sus planes rumbo al norte     (seguro por eso) nos salió todo tan mal: hubo disparos en cuerpos equivocados y camionetas incendiadas antes de llegar a la puerta (y resultó que la puerta era solo una de muchas: que aún estábamos lejos del otro lado) (¿qué tanto?) ahora tengo menos idea que antes      lo más lejos que llegué fue a donde los lobos recuerdan que son personas con lepra y donde las personas se creen dinosaurios (con tanta fe que ves sus fauces y corazas)     aproveché para regresar que unos chicos más veloces que yo intentaban abrirse paso con lanzas

no puedo volver hasta mi escondite original        ahora tengo que aprovechar otra catástrofe para cruzar la reja sobre la que vivo agazapada

Claudina Domingo (Ciudad de México, 1982) es poeta y narradora; su trabajo narrativo es editado por Sexto Piso. En 2023 publicó Dominio, una novela autobiográfica. Con el poemario Tránsito (Conaculta, 2011) ganó el Premio Iberoamericano Bellas Artes de Poesía para Obra Publicada Carlos Pellicer 2012. Con el libro de cuentos Las enemigas (2017) fue semifinalista del V Premio Iberoamericano de Cuento Gabriel García Márquez. También es autora de la novela onírica La noche en el espejo (2020). Ganó los premios nacionales Gilberto Owen 2016 por Ya sabes que no veo de noche (Atrasalante, 2017), Enriqueta Ochoa 2022 con Material hospitalario y el Premio Clemencia Isaura de Poesía 2024 por Reconquista del reino de Kaan. Fue becaria de Jóvenes Creadores. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Tránsito está traducido al inglés por Ryan Green y publicado en Eulalia Books (2024).

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