La bestialidad en la obra visual de Polo Vallejo

En el tiempo de las bestias habrá una nueva antonomasia: pequeños búfalos haciendo un festín con sus garras. Son pezuñas arrancadas desde el centro de un mundo gris que devora hasta su propia sombra. En el tiempo de las bestias levantarán sus cuerpos, se quitarán de encima la carne infecta de una especie que nunca los llamó a ser hermanos. Esos cerdos, cada vez menos humanos, resurgirán del aceite para pronunciar un alarido distinto. Dejarán de ser patéticos y en un olvido colectivo recuperarán el hambre. Volverá el gobierno de lo explícito, lo incontenible… con la cabeza hirviente de un zoológico reclamando su existencia. Las piezas litográficas y escultóricas de Polo Vallejo observan desde adentro la relación entre el hombre y los animales. Desde la entraña, el artista e impresor gráfico rinde una ofrenda a los cerdos, esas criaturas engullidas desde el origen de nuestra estirpe primitiva.

Lucero Cruz

FUNÁMBULO

En su libro Movimiento perpetuo, el escritor Augusto Monterroso afirma que sólo hay tres temas: el amor, la muerte y las moscas. Asumamos que el autor tiene razón. De los dos primeros asuntos se ocupan poetas, filósofos y científicos. Polo Vallejo se ha estado ocupando de las moscas. Las observa posarse en la superficie de madera de un tapanco ubicado en el taller de gráfica La Máquina, donde trabaja como impresor.

Aquí se concluye que un taller es también un espacio adecuado para observar moscas. Y las moscas se comportan como tales: vuelan, fastidian a la humanidad y nos recuerdan nuestras miserias, copulan, se reproducen, mueren. En palabras de Monterroso: “Son las vengadoras de no sabemos qué; pero tú sabes que alguna vez te han perseguido y, en cuanto lo sabes, que te perseguirán para siempre”.

Dicho lo anterior, recordemos que imprimir la imagen de una mosca es un desafío técnico. ¿Las alas de las moscas son transparentes? El enigma es tan antiguo que existe un color llamado “ala de mosca”. Las sutiles tensiones que pueden producir estos dilemas se reflejan nítidamente en aquella litografía que muestra cuatro chimpancés operando una prensa de ocho toneladas de hierro fundido, marca Voirin, modelo 1921.

La exposición “Funámbulo” es el resultado de un par de años intercalando las labores de impresor con el trabajo puramente creativo, e intercalando también el sentido trágico de la vida con el sentido del humor. El funámbulo es el acróbata que camina sobre una cuerda elevada. Los cilindros de la máquina giran, el artista evoca una escena familiar y termina reproduciendo una imagen circense que incluye un elefante. Los cilindros vuelven a girar y aparece una cabeza de cerdo. Un taller de gráfica es un buen sitio para avanzar entre el equilibrio y el vacío.

Fernando Lobo

Después de observar por primera vez la obra (resinas, escultura, litografía, óleo, etc.) de Polo Vallejo, me es imposible acudir a otro instrumento de juicio que no sea el de la experiencia y el de la impresión inmediata y poco meditada. Aun así, creo que debemos confiar en la atracción o simpatía que no requieren de un catálogo razonado o de una exégesis motivada por ambiciones absolutas. Basta asumir el terror, la conmoción o el desconcierto que despierta la propia vida cuando se expresa a través de otra mirada que, sin embargo, se presenta como variación de nuestra miseria, naturaleza amorosa, brutalidad y del empuje vital que nos mantiene en marcha. La imaginación es puerca por antonomasia, abarca lo pensado, la memoria y también aquello en lo que ni siquiera hemos reparado. Me han conmovido más allá de la observación científica o experta las obras de Polo Vallejo (sobre todo sus óleos sobre madera El Caído y sus imágenes de la cabeza de un puerco). El ser humano no es un ser racional, sino simbólico, como lo pensaba Ernst Cassirer, y los símbolos, imágenes, metáforas que el jefe de taller y artista de La Máquina, presenta por primera vez, nos hablan del temperamento de un creador y maestro que, a través de la técnica y la lealtad a sus sentidos, ofrece y sufre otro mundo: su mundo.

Guillermo Fadanelli

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