La imagen es la cornisa
Un cardumen de pájaros arrabaleros
en las puertas de salida del edificio
prendiéndose fuego.
Fuego lapislázuli, gema engarzada.
Ciento cincuenta palomas
giran en círculos
dejan caer sus plumas sucias al cemento.
En la ventana —estoy yo—
sin ninguna aspiración de huida.
Estas alas de gorrión carbonizadas
agitan el sueño
como se agitan las cortinas
de una casa frente al mar.
La imagen es la cornisa.
Paso la vida buscando
la emancipación de este vértigo
una razón que justifique el abismo
persiguiéndole el rastro al amor propio
una concavidad
en donde guardarme de la intemperie.
Los perros vagabundos
me contagian las pulgas
y las plegarias de los homeless
me hacen daño.
Todo lo que alergia
se soluciona con agua.
Por eso construía diques
entre tu cuerpo y mi cuerpo
donde sumergir la única calma posible—
hacer de ese incendio una llama
donde guardarnos de la inminente caída—.
Cultivo hongos alucinógenos
en las macetas del balcón
y los riego con el sudor
de mis amores. Huelen
a lavanda y azufre.
Su superficie es tersa
como la extensión de un salar
y en cada bocado de la carne
magra, blanquecina, láctea:
un nirvana y un abismo.
Mi jardín de cactus
A los mensajes de mis amigas
que llegan empapados en lágrimas
y andan con el corazón lleno de espinas:
les propongo que construyamos un rosal
un muro donde dejar crecer la hiedra
espina venenosa en el insomnio
que se propaga bajo las camas.
Musicalización kafkiana del desastre.
Nada es tan definitivo como un último adiós
en la venia del tren que parte lejos.
Y que se enquiste el presente
en un momento de eternidad punzante.
Ya sabremos qué hacer con estos cuerpos
desgastados por la imposibilidad
y la distancia, vamos a construir
un jardín de cactus que se alimenten
de las gotas livianas de agua
que caen de los postigos de la ventana.
Somos esa supervivencia
también.
Una mano al filo del miedo
El amor es como la música,
me devuelve con las manos vacías,
con el tiempo que se enciende de golpe
fuera del paraíso.
Blanca Varela
Trazo la silueta de tu piel en la pared.
Tiene sabor a caramelo de limón
en la madrugada elocuente.
Los besos que no me diste
marchitan esta flor agria
que riega el tiempo.
Quisiera en esta última batalla
morder labios carnosos
decir te quiero a un desconocido
para que me guarde en el bolsillo
como la letra de una canción
que ya no recuerda.
Los guerreros blanden sus guadañas
la parca asedia
y yo insisto
enarbolando mi corazón como una pancarta.
Hablo de ternura, compañeros
de dormir con una mano al filo del miedo
en esta ciudad extraña.
Las sombras de la noche
—cantos de evocación a la imposibilidad—
nos van enterrando
en un algoritmo de desencuentros.
Una mano al filo del miedo
parece real.
Y yo, con sed de honestidad
me trago cada engaño
con capricho de gula.
Todo parecía estar en calma
porque no estábamos solos.
El porvenir prometía cosas simples
que no volvería a soñar:
—no vueles alto, paloma—.
Puedo decir que amé
cada torsión de tus palabras
como si empeñara mi corazón
y la única verdad posible
me adornara el cuello
por primera y última vez.
Desde ese momento
cuando la mirada cómplice del deseo
se ensarta con dulce violencia en mis ojos
la pasión no sacia mi sed.
Andrea Marone (Mendoza, 1994) publicó los poemarios Arterias (Ediciones Culturales, 2022), La conspiración de los damascos (Ojo de Golondrina, México, 2019) y Vampirización del ego (Mar Adentro, 2017). Obtuvo el primer premio en poesía en el Certamen Literario Vendimia 2021. Su obra ha sido incluida en diferentes antologías, fanzines y manuales escolares. Entusiasta del collage. Colaboradora en revistas de crítica cultural. Es licenciada en Artes de la Escritura por la Universidad Nacional de las Artes y vive en Buenos Aires. Estudió Letras en la UNCuyo. Este año fue seleccionada por la editorial mendocina Fractura para integrar la serie Flash con su poemario Las cicatrices emulsionan mi piel, del cual seleccionamos algunos poemas para presentarles aquí.

