Los virus informáticos pueden ser considerados
una forma de vida
creada por el humano a su imagen y semejanza
y es puramente destructiva
(Stephen Hawking)
— Estela —
Siempre que vamos juntos al campus nos movemos en un solo vehículo, no somos el único matrimonio de docentes del Teatinos, pero tal vez sí el más popular (y me gusta jactarme de ello). La realidad es que tanto a Guillermo como a mí nos encanta pasar tiempo en la UMA, disfrutamos desde el estacionamiento mismo hasta pasear por los pasillos colmados de jóvenes que nos refrescan los recuerdos de nuestra propia juventud, y por supuesto dar la clase, yo me esfuerzo año tras año para variar un poco el contenido de mi materia (enseño filosofía), pero para él es un proceso natural, es profesor de informática, disciplina cambiante si las hay, y tiene la necesidad (hobby también se podría decir) de estar siempre al día con las novedades de tecnología.
Es por eso que mientras caminamos agarrados de la mano vuelvo a observarlo una vez más y me pregunto ¿Qué es lo que ocupa su cabeza en estos días? Está distante, triste, pero por sobre todo preocupado. En treinta años de casados es la primera vez que lo veo tenso al momento de llegar a las aulas. ¿Será por ese alumno? No lo creo, sería la primera vez que un alumno lo saca de eje.
— Ianelli —
Intento fijar la vista en el pizarrón, tratando de ignorar lo que hay tras mi espalda, no lo digo por los alumnos, en general son chicos agradables y serios que van a la facultad para estudiar, para aprender. Lo digo por Dubkin, él no está ahí para aprender, él sabe demasiado.
En mis años como profesor me he cruzado con otros muchachos que comienzan primer año sabiendo más que sus compañeros, y que algunas materias los aburren, pero nunca había conocido a un alumno que supiera tanto más que sus profesores.
Igual no es solo eso, podría saber mucho y no mostrarlo, o diluir su hastío perdido en las redes sociales de su celular. Pero Dubkin está siempre atento a todo lo que digo, así puede cuestionarlo, así puede agregar información, así puede ser admirado, así puede mostrarse superior. Y si algún mal paso mío lo permitiera: burlase. Es lo que más lo satisface.
Ustedes pensarán tal vez en el típico alumno gracioso y siempre acompañado por una horda de amigos a los que dirige, lindo y con una novia hermosa. Pero no. Es casi todo lo contrario, el crío es feo bien feo. Flaco como un poste, desgarbado, y con una dermatitis atópica que le cubre el lado derecho del cuello y que no le permite afeitarse ni dejarse la barba, tiene el cuello reseco, irritado y descamado como le saliera caspa de la garganta. Sin embargo, ahí está Cecchi, la más bonita del curso sin dudas y perdidamente enamorada de aquel monigote. De amigos ni hablar, no tiene. Al menos no se lo ve acompañado fuera del curso por nadie más que no fuera su novia.
—Ya todos saben lo que es un virus informático —les digo— pero quiero que repasemos hoy la parte más técnica, un virus siempre cuenta con dos módulos, el de ataque y el de reproducción o contagio, si tuvieran solo el de ataque serían dañinos en un perímetro muy exclusivo, serían como una bomba, y si tuvieran solo módulo de reproducción sin ataque estaríamos hablando de un gusano, que solo está diseñado para pasar de computadora a computadora con el único fin de la reproducción. Aunque claro, el solo hecho de reproducirse sin más podría llegar a ser dañino, aunque lo normal es que un gusano pase inadvertido ya que casi no produce consecuencias.
Garabateo un gráfico con un rectángulo partido en dos, pinto una X en uno y líneas en el otro.
—Entonces —prosigo— estamos hablando de programas perjudiciales, algoritmos destinados a causar un mal funcionamiento en las computadoras, provocando daño al rendimiento o atacando nuestra información.
—También pueden dañar el hardware —escucho esa voz infantil, como si un niño de diez años se hubiera colado en el aula, es Dubkin por supuesto.
Me veo obligado a voltear hacia la clase, hay unos cincuenta alumnos, pero mis ojos solo pueden encontrar a los de él, tan gélidos como su falsa sonrisa.
—Es un mito —les digo—. El virus es un software y no tiene posibilidad de generar un daño físico al hard.
—Se puede acelerar el proceso de desgaste de elementos de hard haciéndolos trabajar por arriba del funcionamiento esperado, eso es un hecho, no un mito.
Me saca de quicio, me molesta sobremanera que intente mostrar más conocimiento que el mío, por otro lado, me genera temor, una puntada se aloja dentro de mi estómago antes de responder: ¿y si él tuviera razón?
—¿Puede darme usted algún ejemplo de virus informático que trabaje de esa manera? Actual digo. No cuando los discos rígidos tenían partes mecánicas o los monitores fósforo que desgastar.
Dubkin sonríe, pienso que si yo tuviera sus dientes separados y torcidos me cuidaría de hacerlo, pero él no es un tipo al cual le pesen complejos.
—Conocido no. Pero existente… tal vez.
Otra vez queriendo mostrar que tiene un conocimiento oculto, que sus habilidades y sabiduría están en un lugar inalcanzable. Para colmo el Vicerrectorado de Investigación lo había premiado por su trabajo y aporte a la divulgación científica, todo por un ensayo fantasioso y cargado de especulaciones respecto a la Inteligencia Artificial y los virus informáticos.
—Si no puede dar un ejemplo conocido entonces…, agradezco la participación en clase, pero atengámonos a lo que realmente sabemos y es objeto de estudio.
Con eso doy por zanjada la discusión, y me apuro a seguir con mi tema, esperando que Dubkin se mantenga en silencio el resto del tiempo. De reojo miro el reloj: aún quedan cuarenta y cinco minutos.
— Estela —
Tal como viene pasando los martes, Guillermo llega a casa muy cansado, es justo el día en el que no regresamos juntos (y yo aprovecho para hacer ejercicio caminando hasta casa) porque él da un curso por la tarde, el único de la tarde porque el resto (otras dos clases semanales) las da por la mañana. Le pregunto cómo le fue, pero me responde con evasivas, esta vez se tira en el sofá del living apenas entra, como si sus piernas no lo sostuvieran.
Sé que tiene problemas con Nicolás Dubkin, lo conozco solo de nombre porque todavía no tuve el gusto de tener a ese muchacho en mi clase, pero se habla de él en la sala de profesores, se dice que molesta a todos en general, aunque no lo suficiente como para hacer un planteo a las autoridades, en realidad es considerado un alumno complicado y nada más, aparte (y no digo que esto tenga que ver con la paciencia que se le tiene) es un alumno muy inteligente y una promesa de patentes rentables para la Universidad.
—¿Otra vez ese chico? —le pregunto.
Él me mira, con todo su corpachón tirado sobre el sofá no parece acostado, sino que hubiera caído de un primer piso. Asiente solo con la mirada.
—Te preparo un café y me contas —digo solo para que intente desahogarse, y para ver si hay algo que pueda hacer yo para ayudarlo.
Instantáneo, con poco azúcar y sin cortar.
Tengo identificado cuándo empezó todo el problema, cuando Guillermo le puso un dos al chico en un parcial que evaluaba la lógica para la implementación de un esquema de seguridad determinado. Solía corregir los exámenes con minuciosidad, aunque esta vez, cuando me contó, no estuve de acuerdo con él.
Siempre basándome en el relato de mi marido, resulta que Dubkin había hecho un buen examen, es decir, la lógica que escribió funcionaba perfectamente, pero de esa misma lógica surgía la conclusión de que no había estudiado de los apuntes que Guillermo había dado. Dubkin sabía lo suficiente para resolver el problema sin estudiar, solo que a Guillermo le molestaba que el chico hubiera menospreciado los materiales de lectura que él le proporcionó. Por eso el dos.
Lo que me preocupa es que este fin de semana tiene que corregir el recuperatorio de los que desaprobaron. Espero que apruebe a Dubkin (aunque no sea el examen que Guillermo espera) y la situación se tranquilice, pero no se me ocurre sugerírselo, es inflexible con las calificaciones.
Le alcanzo una bandeja con el café y dos galletitas, obligándolo a sentarse.
Él agarra el pocillo con ambas manos, y las veo temblar.
— Ianelli —
Me gusta utilizar los sábados a la mañana para corregir exámenes, en principio porque es un día tranquilo y no me resta atención de otras actividades, y por otra parte en la semana se me hace complicado porque no dispongo de tiempo suficiente para corregir de corrido, y no me gusta dejar el trabajo por la mitad.
Hago que los exámenes los suban a la plataforma de la universidad, luego por una cuestión de comodidad, y seguridad también, me los descargo a mi computadora, me sirve para tener un backup por si falla la plataforma (no sería la primera vez) y me resulta más ameno revisarlos desde mi máquina.
Para dejar de sentir que tengo una espina clavada en el culo, busco el de Dubkin para corregir primero, cuando abro su archivo la computadora parpadea: negro, blanco. Luego azul. El sistema operativo está colgado.
No puedo creer lo que veo, aprieto el botón de Reset con un temor incipiente, el tipo no puede habérmela jugado así, no puedo creer que metiera un virus en el examen.
La computadora enciende, pero ya no tiene sistema operativo.
Pienso en romperle los putos dientes. Uno por uno.
— Cecchi —
Lo hizo otra vez, no sé cómo hace, pero me dijo que no valía la pena estudiar para el examen de Seguridad, él entregó el trabajo en blanco, eso dijo. Y yo, que ya aprendí a creerle, no estudie ni medio minuto, aunque me puse nerviosa al momento de la entrega y al fin traté de escribir algo, fue para nada. Hoy el profesor Ianelli nos dijo que estábamos todos aprobados. ¿Cómo hizo eso? Digo como hizo Nico para que me aprobaran el examen sin estudiar. No sé. Tampoco me importa, es una materia difícil y cuando me regalan algo me gusta tomarlo, y agradecer. Mi novio tendrá su hermosa noche de agradecimiento.
El profesor Ianelli está cada vez de peor humor, no es que me importe, pero se nota en las miradas de odio que lanza sobre todo para nuestros bancos, el de Nico y el mío.
Nico dice que el tipo está obsesionado con él, la verdad que creo que la obsesión es de ambos. Veo y escucho a Nico murmurar cosas durante las clases, tan bajitas que no las entiendo, y eso que estoy lo más pegada a él que puedo.
Susurra cosas, no sé qué. Lo amo, sí. Porque es adorable y muy inteligente, aunque no siempre lo comprendo y… ¿Puedo decirlo? A veces da un poco de miedo.
— Ianelli —
Me obligó a aprobar a todos. No puedo explicarle al jefe de cátedra que el disco de mi computadora perdió el formato al mismo tiempo que los archivos subidos a la plataforma se borraron mágicamente.
Pensé en tomarles un nuevo examen, pero los chicos podrían elevar una queja y llegar hasta el director de la carrera.
Sé porque lo hizo, además de burlarse de mí, de darme una lección, de amenazarme solapadamente, lo hizo porque él habría aprobado sin dudas, pero Cecchi no tenía chance.
Termino la clase de los jueves pensando en él y siento que el calor me sube desde el cuello hasta las mejillas, estoy transpirado. Me voy directo al baño del piso.
Mientras busco las toallas de papel para secarme el rostro lo veo por el espejo, pasa detrás de mí, seguro me vio entrar porque no se sorprende, mira también al espejo y sigue haciendo lo que fuera que hace con la boca. Gesticula, susurra.
Me quedo esperando, lavándome otra vez las manos, hay otro chico en el baño, pero ya se va. Nos quedamos solos. Dubkin está orinando.
—¿Por qué me molestas? —le pregunto, intento mantener la calma, pero ya sé que no voy a poder hacerlo mucho tiempo—. Saltaste el límite hace bastante, no soy alguien para tomar como juguete.
—¿De que habla? —me contesta Dubkin torciendo el cuello para verme—. Si le molesta que participe en clase puedo quedarme callado.
Dubkin tiene cara de mentiroso, la risa escondida y a punto de asomar, se sacude y se sube la bragueta sin dejar de mirarme.
—¡Sabes muy bien de qué hablo! —Exploto. Pero enseguida intento regular el tono a uno de conversación normal, no quiero llamar la atención—. No me jodas.
Me cuesta reprimir el impuso de meterlo de cabeza adentro del mingitorio.
—Usted piensa que yo lo odio —me dice— pero la realidad es que me cae muy bien, dicta la única materia que me interesa en este año y de verdad la disfruto.
Se para al lado mío frente al espejo mientras se lava las manos.
—Tengo una pequeña red LAN armada en casa para experimentar con algoritmos de seguridad.
—Virus —aclaro. Dubkin fabrica virus.
—Sí, entre otras cosas sí —se muestra displicente—, me gusta ponerles nombre a mis equipos, uno de ellos lleva el suyo, es el equipo más viejito, con menos memoria, pero le tengo ternura, así que dentro de la red accedo a esa PC con \\Ianelli.
Todo lo dice cuidadosamente, elige las palabras, usa la afinación como quien toca unas notas. Me eriza la piel, darme cuenta de mi propio temor me genera furia, cierro los puños y aprieto los dientes.
—Viejito las pelotas.
Un par de chicos entran al baño salvándole la vida al escuálido de Dubkin, siento como si unas estacas me clavaran los pies en el lugar, pero mejor así, Dubkin pasa al lado mío, otra vez susurrando, otra vez no entiendo lo que dice.
— Dubkin —
No lo culpo, no del todo, nunca supo con quien se estaba metiendo, siempre sorprendo a mis rivales, nunca me dan la valía que realmente tengo.
Piensan, que solo soy un chico un poco inteligente, algunos dicen que soy cruel.
No soy cruel.
Solo que no me gusta que se metan conmigo, que me menosprecien, sentir el abuso. Pasé demasiados años de mi vida sufriendo bullying y no solo de parte de mis compañeros, también de mi familia, la tiranía de mi papá, el alcoholismo de mi mamá, ahora que estoy mayorcito, vivo solo, me alejo de la gente tóxica, y encontré la forma de defenderme, no voy a dejar nunca más pasar un abuso, nunca más nadie va a burlarse de mí.
Porque ahora me respeto a mí mismo. Me respeto yo.
Yo soy la víctima en esta historia. No tengan duda de eso.
Aquel que se meta conmigo lo va a pagar.
Y para ellos no voy a ser cruel, voy a ser despiadado.
— Estela —
Es martes y estoy tan preocupada que decido ir a verlo (a espiarlo) en el aula, me pasé la semana tratando de animarlo. El problema es serio de verdad, el stress lo está carcomiendo, pasó los últimos días muy irritable y con poco apetito. Esta mañana cuando salió de casa vi que el pantalón le sobraba en la cintura, bajó un talle por lo menos.
Le sugerí que tal vez sea un momento en donde necesite cortar, pedir una licencia de un mes, para recomponerse. Y si no se recompone abandonar el curso, por lo menos este año. Pero no quiere saber nada del tema. Dice que sería mal visto en la comunidad educativa, pero no es eso, es su orgullo, lo conozco, se siente derrotado por un infante y eso lo tiene mal.
No sé bien cómo ayudarlo.
Lo veo parado frente al pizarrón, está por comenzar la clase, noto todo su cuerpo girado hacia la derecha del aula, donde Dubkin deja de estar en su campo visual.
Se me ocurre mirar al chico, puedo verlo mover los labios, pero no habla con nadie, habla solo.
Guillermo traza una raya vertical en el pizarrón y comienza su explicación, veo que se queda detenido, congelado, apoya el marcador en el escritorio y se toma la garganta.
Algo pasa. Mi esposo necesita ayuda. Empujo las puertas y entro corriendo.
Guillermo se da vuelta hacia mí, con la boca abierta todo lo grande que puede, como si se estuviera ahogando, quiere hablar, pero de su boca no sale sonido, su expresión es desesperada, trata de articular, pero es como si sus músculos se hubieran paralizado, como si las cuerdas vocales se hubieran puesto gordas e inflamadas, con ambas manos se toma la garganta.
Yo grito, pido que alguien busque un vaso de agua, varios chicos bajan por las gradas y cruzan la puerta como un rayo.
Y un médico. Que llamen a un médico.
Guillermo lanza un grito grave parecido al llamado de un animal en agonía, un sonido gutural que yo no sabía que se podía emitir.
Sin saber que hacer lo abrazo, intentando protegerlo, por arriba de su cabeza veo al único alumno que está sentado tranquilo y no sé si es mi imaginación, pero hasta me parece sonriente.
Hago sentar a mi esposo en la silla del profesor, llega el vaso de agua y lo toma derramando bastante por la comisura de sus labios.
Parece un poco mejor, al menos más calmado, puede respirar, aunque no hablar.
Escucho una sirena de ambulancia, deben estar llegando.
Dubkin se levanta al fin de su asiento y sale del aula, al pasar deja caer un libro que lleva en la mano, lo hace apropósito, para que podamos (Guillermo pueda) leer el título: Formulario de Alta Magia, Hechizos y Conjuros.
Lo levanta lentamente, pide disculpas y se va.
— Ianelli —
Estela me lleva a ver médicos, según el experto en garganta, nariz y oídos; no hay una razón física para el problema que tengo, dice que por la evolución que nota es probable que en cuestión de pocos días pueda volver a hablar sin dificultad, ya pude recuperar mi voz y el movimiento de los músculos faciales en un cuarenta por ciento. Me recomienda ver a un psicólogo asegurando que el stress puede causar los problemas más increíbles.
El psicólogo no me ayuda mucho, no puede decirme qué es lo que me pasa, parece que tengo que hacer el trabajo yo solo.
Un psiquiatra me dice que podía tratarse de una fobia y quiere darme medicación.
Eso sí, todos me aconsejan descanso.
Mientras, no puedo quitarse de la cabeza el título del libro de Dubkin. Magia. ¿De eso se trata? ¿Quiere hacerme creer en la Magia?
Sé que los magos vudú en Haití arman muñecos de sus víctimas, pero el éxito de su embrujo consiste en hacerle saber a la persona a hechizar la existencia de su muñeco, que van a trabajar sobre él, que está por ser sometido a un hechizo. De otra forma no habría efecto, el destinatario debe enterarse para lograr la sugestión. Pienso que eso mismo hace Dubkin conmigo, me dice que tiene una computadora con mi nombre, susurra todo el tiempo palabras extrañas como de ritual y me muestra un libro de brujería.
Dubkin no solo es malo, está loco.
— Dubkin —
No lo veo venir. En ninguno de los sentidos de la palabra, tal vez porque no pienso que Ianelli pueda pasar esos límites, tal vez porque subestimo mi capacidad para dañar.
Pero tengo al tipo adelante, es de noche, la calle es tranquila, acaba de cruzar su auto adelante del mío y lo veo bajar con una llave inglesa enorme, tan enorme que la sujeta con ambas manos y la lleva apoyada en el hombro.
Todo sucede tan rápido que no salgo de mi asombro, la ventana del lado del conductor estalla y los fragmentos de vidrio me golpean el rostro.
Una mano enorme me agarra del cuello entre el cabello y la ropa, y me saca del auto como si yo fuera un almohadón de plumas.
Caigo al piso redondo, él se para con un pie al lado de cada uno de mis riñones, desde mi posición parece un gigante, le veo la cara de lunático y creo que va a matarme, va a hacerlo sin dudas, me brotan lágrimas de los ojos, no quiero morir, no ahora que encontré el mecanismo secreto de este mundo, no ahora.
Me protejo con los brazos, pero la llave me pega en el codo derecho y lo deja flameando en el aire, primero escucho a mis huesos romperse con el impacto, luego el dolor, entonces grito, y el grito llena todo, abarca todo, es el dolor, es el miedo.
Ianelli vuelve a levantar los dos brazos con su llave inglesa tomando impulso, estoy seguro que apunta a mi cabeza, pienso que es el final, no tengo forma de detenerlo, pero baja su arma y me observa enajenado con los ojos grandes y saltones.
—Podría matarte. Debería —me dice.
No puedo responder, estoy agitado y mudo. Tan mudo como él la última vez que lo vi. Pero hay un diálogo, implícito, sin palabras. Yo le digo que podría denunciarlo y él me dice que podría volver a golpearme, a quebrarme los huesos las veces que quisiera, porque él es un abusador, un tipo que usa la fuerza para pasar por sobre mí, que se ríe de mis derechos, alguien a quien no le importo.
Detrás de mi auto un ómnibus que acababa de doblar toca bocina, el chofer tiene en la mano un celular y está marcando.
El profesor se aparta, como para irse.
—Era solo un juego —alcanzo a decirle, aún entre lágrimas—, usted lo convirtió en algo serio.
—Muy serio —dijo Ianelli—. Tanto como tu vida.
O la suya —pienso, pero no lo digo porque las lágrimas no me lo permiten, creo que algo intuye porque pone su zapato arriba de mi estómago y me aprieta hasta sacarme un alarido de dolor. Luego se va.
¿Y todavía no creen que soy yo la víctima?
— Ianelli —
Estoy esperando una citación judicial, la visita de la policía o algo. Tal vez un llamado del Vicerrector. No le conté a Estela porque no quería preocuparla, ya se va a enterar cuando sea inevitable.
Pero no pasa nada, ninguna noticia.
Se que lo asusté al grandísimo hijo de puta, el miedo es un gran docente.
Estoy en la UMA, volviendo al curso, necesito comprobar la eficacia de mi maniobra de intimidación, voy a buscarlo y a mirarlo a los ojos, y así tendré las respuestas de cómo serán las cosas de ahora en más.
Doy clase en otro curso (hoy no es martes), me siento de maravillas, libre, tranquilo. Podría decirle al psiquiatra que considere mi método antes de recomendar medicación. Ya me estoy despidiendo y a punto de abrir la puerta cuando casi me choco con Dubkin que esta asomado, tiene el brazo derecho enyesado, pero aún conserva su mueca sobradora.
Busco en sus ojos la sensación de derrota, de sumisión, pero no la encuentro.
Siento un líquido caliente correr por mis piernas mojando el pantalón.
Me estoy orinando.
— Estela —
Ya no puede volver a la facultad, después de aquel acontecimiento… Creo que ya no va a volver.
Y está deprimido. Tomando al fin la medicación que le recetó el psiquiatra.
Me dice que va a salir un rato a tomar aire, me parece bien, yo tengo que ir a trabajar.
Cuando regreso no lo encuentro en casa, luego de dos horas me preocupo, se dejó el celular cargando en la cocina.
Ya estoy al borde de un ataque de nervios cuando tocan el timbre, la policía lo trae, lo encontró vagando cerca del puerto. Les costó llegar: no recuerda en donde vivimos.
— Cecchi —
Nico tiene magia en sus manos, y en sus libros, le gusta leer temas de ocultismo, a veces lo encuentro leyendo y murmurando.
La magia de las palabras —dice él—, las mismas palabras que sirven para armar un programa, un virus, un ataque.
Mientras me besa lo veo formatear el equipo llamado Ianelli.
— Dubkin —
Un virus puede destruir el hardware, hacer funcionar las piezas a un ritmo que las desgaste. Lo que digo es cierto y el que se burle de lo que digo debería estar dispuesto a justificarse con su propia vida.
— Estela —
Estamos en el hospital. Guillermo no recupera la memoria, empeora al punto de no reconocerme, por momentos noto que ni siquiera recuerda su propio nombre.
Sin embargo, reconoce a Dubkin. ¡Qué extraña es la mente humana! El chico vino a visitarlo, me parece un gesto cortés de su parte luego de tanto enfrentamiento.
El nombre de su alumno es la última palabra que pronuncia, una taquicardia inesperada hace correr a las enfermeras que nos sacan de la sala. Le inyectan medicación, pero no logran estabilizarlo.
Muere por un paro cardíaco, su corazón no pudo resistir, el médico de terapia intensiva dice que por más que lo medicaron, el electrocardiograma marcaba como si hubiera estado corriendo sin parar ni un solo segundo en las últimas veinticuatro horas.
Claudio Alfredo Hernández recibió una mención honorífica en nuestro primer concurso de cuento argentino.

