Abril
En días amarillos
como este,
tiempo del ciervo,
tiempo del jabalí,
un otoño de frutos
naufraga en las mujeres
y la tierra entre nubes
abraza nuestra sombra
rama y sueño.
Tragoedia
Entre vasos y aceites
sus cabezas
inversamente al hielo
sometidas
a plena luz sus cueros
en el patio
mapas de muerte
sol entre las cañas
un mosquerío histérico
entre flores de sexos amarillos
luz que devora y salva
y a esta hora desierta
memorias de cuchillos.
El cuarto
Estaban todavía las cortinas
cayendo azules en su diluvio manso,
recordaban las siestas
de inútiles papeles,
las tormentas,
las fiebres
consumiendo los días
confundiendo las voces.
Y estaban las muñecas
con sus ojos
de saga triste
y sus mejillas graves
y mi edad dormitando dulcemente
en su loza sin lágrima.
Lejanía
Débilmente
a la siete de la tarde
emiten su luz lila
los grandes paraísos
y octubre reconcilia en su esplendor
vida y miseria
sueño y pesadumbre.
Ella escucha
detenida en su mimbre
ovillada en su quehacer
el rumor denso y verde
el viento entre las quintas,
mira la mano
que marcó el anillo
sobre el hueso donde se santifican
y reposan los mundos.
Tenue
la tarde avanza
y cae hasta su rostro
cuadragésima sombra.
Cielo adverso
A veces los rondaba la miseria,
la seca, la langosta, la ceniza,
cielos bajos y oscuros,
ni pájaro ni insecto ni lagarto,
solo ellos
y el viento ciego amurallando noches,
el viento sin misericordia el viento.

A veces las historias nos llegaban
del campo, en algún sulky; las mujeres
se acomodaban el pañuelo y surgían sus
caras como de piedra o astro errabundo,
y así entraban al patio, a la cocina,
fijando los ojos claros y desmesurados
en la pared, retorciendo sus manos de raíces.
Los nombres se decían en un tono más
bajo,
ciertos pasajes eran como rezos,
fracasaba el lenguaje
y acudían al gesto, a la mirada.
Comentaban.
Por entonces la gente se llamaba Stefano,
Francesca o Margherita,
y siempre había un criollo
seductor y maligno,
una perdida
o un chacarero ahorcado en tiempos de la
seca.
El murmullo crecía esas mañanas
y la mujer andaba entre ollas negras,
ajos, fuegos, especias y cuchillos,
y al calor de la fábula
los aceites soñaban en sus frascos
imposibles oleajes,
navegaciones como las de ellos
ya sin patria ni puerto ni destino.
La llave
A veces su mirada reposaba en la llave,
hierro oscuro y delgado,
pura forma
donde las horas siempre concluían,
la única certeza entre sus cosas,
mínima llave
que separaba el mundo
de la casa en penumbra
y de los árboles donde la torcaza
presagiaba su muerte.
***
Dora Battiston Nació en La Pampa, vivió en Buenos Aires parte de la niñez y juventud, estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA y volvió a su provincia. Reside en Santa Rosa, ha enseñado Latín y Literatura Latina Clásica en la Universidad Nacional de La Pampa, de la que es Profesora Consulta. Publicó numerosos textos académicos. Ha estudiado y comentado la literatura de La Pampa a través de sus autores. Escribe lírica y narrativa. Es autora del relato “Historia con esplendor y ocaso”, traducido al inglés y comentado en el Volumen I de Pliegos de traducción (Universidad Nacional de La Pampa, 2011), y de tres libros de poemas: Entre el viento y el humo de la vida (1982), Imágenes (1987) y Relativa sombra (2018).

