Nos habíamos encontrado de casualidad a la vuelta del sanatorio. No nos veíamos desde el secundario, pero Nicolás actuaba como si todavía fuéramos amigos. Parecía un buitre, con esos ojos achinados y la cabeza hundida entre las solapas del sobretodo negro. Me contó que venía de hablar con un editor, que le había dado a leer unos escritos, que no había tenido suerte. Su historia eran siempre dos historias: la enemistad con su papá y su frustrada vocación literaria.
–Seguís escribiendo –dije.
–Soy escritor –recuerdo que aclaró enseguida.
Siempre odié sus aires de artista, su pedantería literaria. Su papá quizá tenía razón cuando lo tachaba de bohemio, de disoluto, de bueno para nada. Nicolás me preguntó si me encontraba bien, le dije que venía del sanatorio. Me miró de pies a cabeza con fingido interés. Yo iba con el ambo puesto.
–Seguís atendiendo –dijo.
–Mi viejo estaba internado –me apuré en contestar–. Murió hoy.
–Un padre muerto no es la peor forma de paternidad –dijo.
Yo no estaba para ese tipo de comentarios. Mucho menos, para escuchar su eterno culebrón con “el viejo amarrete”, como solía llamar a su padre; ese historiador taciturno de lentes pequeños y una biblioteca inmensa. Así lo recordaba yo. Había estado muchas veces en su casa de Caballito, cuando Nicolás era mi amigo, antes de que me traicionara. Quise decirle que su padre era un buen hombre, una persona atenta, que siempre me había recibido bien, en aquella casa con un hermoso jardín. Pero al final no dije nada. Preferí esquivar la avalancha. Me preguntó si íbamos a velarlo, dije que no, que al otro día retiraríamos el cuerpo del sanatorio para cremarlo en Chacarita. Él asintió, pensativo. Después me estrechó en un abrazo desganado y comenzó a alejarse, a pasos cortos pero rápidos. No comprendí, en aquel momento, que me había chocado de frente con la avalancha. Y seguí sin comprenderlo hasta su llamado de recién.
Recuerdo que al día siguiente, durante la cremación, apareció en el cementerio. Tenía la mirada encendida, esa chispa de cuando andaba detrás de una idea rara, por usar un adjetivo. Dijo que había estado pensando en mí, que sintió que tenía que acompañarme, por los viejos tiempos. Los viejos tiempos, claro. Entonces empezó con sus preguntas. Que cómo me llevaba con papá, que cómo habían sido los últimos días, que quién me dio la noticia. Esa manera tan suya de escarbar, de merodear en lo genérico hasta de a poco ir ahondando en precisiones. Mientras lo escuchaba, me fue imposible no pensar en su traición. Me vi a mí mismo, de chico, hablándole ingenuamente a mi amigo de las cosas más íntimas en el jardín de la casa de Caballito. Aquella tarde me temblaba la voz, hacía pausas todo el tiempo, desviaba la mirada. Hoy recuerdo lo que le conté y me parece una tontería de adolescente. Pero en ese momento le estaba abriendo mi corazón. Y Nicolás me escuchaba con la mirada atenta, me hacía un montón de preguntas mientras arrancaba trozos de césped, parecía que le importaba. Por supuesto que le importaba. Jamás se me habría ocurrido que, de un día para el otro, todos nuestros compañeros iban a estar hablando de eso que yo le había confiado en secreto. Cómo iba a imaginar que Nicolás sería capaz de convertir mis confidencias en literatura, de publicar aquel cuento infame en la revista escolar. Pero él estaba orgulloso de su “obra”, todos lo felicitaban. Yo no pude soportar la humillación. Y con el paso de los días, abandoné el colegio. Terminé dando las materias libre. Ni siquiera tuve fuerzas para vengarme. Tampoco me atreví a decirle nada cuando me lo encontré a la vuelta del sanatorio. Ni mucho menos en el cementerio, mientras trataba de sonsacarme información sobre la muerte de papá, fingiendo de nuevo que le importaba lo que me ocurría. No voy a dejar que me haga otra vez lo mismo, me repetía yo como un idiota, no voy a contarle nada. Pero igual hablé, no pude evitarlo, nunca puedo evitarlo cuando se trata de él. Respondí a sus preguntas así nomás: papá se enfermó, lo internamos, murió. Entonces me preguntó por la autopsia. Tuve ganas de contestarle con otras preguntas, de indagar por el uso que les iba a dar a mis respuestas. ¿Volvería a exponerme en uno de sus cuentos, repitiendo palabra por palabra mis confesiones? ¿O quizá esta vez sólo iba a usar datos aislados? ¿Qué género elegiría? ¿Melodrama, novela negra? Tuve ganas de vomitarle todas esas preguntas, pero no me animé. En cambio, le expliqué pacientemente que en estos casos los cuerpos no pasaban por la morgue. Papá era un hombre mayor, dije amargamente, fue una muerte esperable. Meneó la cabeza, como si le apenara hacerme revivir esto. Todo sea por la literatura, pensé.
Hace cosa de un mes, me citó en una confitería de Retiro. Dijo que quería hablarme sobre algo. Le pedí precisiones, se hizo el misterioso, me excusé en que estaba ocupado. Se rio, dijo que lo que quería hablar tenía que ver con mi profesión y con la suya. No me animé a decirle que “la suya” no era una profesión. Jamás pude rehuirle. Traté de negociar el horario, la duración, lo que fuera. Dijo a todo que sí y me pasó la dirección. Llegué un poco antes, elegí una mesa junto a la ventana. Apenas lo vi entrar, advertí el cambio. Nicolás sonreía, llevaba una camisa blanca y parecía recién bañado. Pedimos dos cortados. Me contó que mi historia –así la llamó– le había hecho replantearse cosas, que no se puede vivir consumido por el odio. Dijo que había recompuesto la relación con su padre, que iba seguido a la casa de Caballito, que lo asistía en todo. Me habló de aquel jardín en el que habíamos pasado tantas tardes inolvidables –esas fueron sus palabras–, con un sendero junto al cual, me contó, pasaba algunas horas escribiendo. Más que nada durante la siesta, cuando su padre dormía. Dijo que aquel era su lugar de inspiración, que por fin lo había descubierto. Y que ahora se estaba documentando con algunos libros de la biblioteca paterna, libros de guerra, para un cuento largo que tenía en mente. Me aseguró, como si se lo prometiera a sí mismo, que a su padre le encantaría leerlo cuando estuviera terminado. Quizá con eso, dijo, el viejo se sacaría de la cabeza aquello de que él era un bohemio sin futuro.
–Quiero tu opinión –lo oí decir de pronto, mientras revolvía su cortado–. Te hablo en serio, che.
Sentí las garras clavándose en mi cuello, arrancándome la carne. Pero me daba mucha curiosidad ver cómo se las ingeniaría esta vez para engañarme. Dijo que la trama estaba resuelta en su cabeza; que el protagonista era un soldado, todavía no tenía claro de qué guerra. Usaría un narrador testigo, dijo, estaba harto de hacer a los personajes contar sus propias historias. Y además, no le gustaba repetirse. Ni que fuera un escritor prolífico, pensé. Resumió a su personaje en una cualidad: valiente. Un supuesto valiente, aclaró enseguida, que ante la inminencia del peligro elegía suicidarse antes que afrontar el riesgo. Pero no podía ser un disparo en la cabeza, ni un salto al vacío. Nicolás quería contar la intrascendencia de este personaje y, para eso, necesitaba que el cuerpo quedara intacto luego del suicidio. Había pensado en cianuro, pero el cianuro dejaba unas manchas azules en la piel y eso estropeaba la metáfora. Le expliqué que sus lectores no eran médicos, me recordó que yo sí. Mencioné entonces un producto, un veneno para ratas. Creí que con eso me lo sacaría de encima. De hecho, no volví a saber de él por varias semanas. Hasta el llamado de recién. Nicolás estaba exultante al teléfono. Jamás lo había notado así, tan confiado, tan seguro de sí mismo. Me contó que estaba en lo más alto de su carrera literaria, que de pronto tenía un montón de tiempo libre y se la pasaba echado en el jardín, escribiendo. Y no sólo eso, dijo. Iba a publicar su primer libro: aquellos viejos escritos que tantas veces le habían rechazado las editoriales. Los iba a publicar él mismo. Se había hecho de cierto dinero, dijo, luego de la muerte de su papá. No supe que contestarle. Quise decirle algo, no sé, lo que fuera. Que lo sentía mucho, que cómo pasó, que justo ahora. Pero mi voz, la voz que salió a tropezones de mi boca, sólo atinó a preguntar por la autopsia. Era un hombre mayor, lo oí decir; en estos casos, vos sabés, los cuerpos no pasan por la morgue.
Ramiro Juri nació en 1986 en Buenos Aires (Argentina), donde vive actualmente. Se recibió de politólogo en la Universidad de Buenos Aires y se formó como guionista de series y películas en el Laboratorio de Guion. Ha publicado artículos de interés general en el suplemento «Buena vida» del diario Clarín. En 2023, uno de sus cuentos formó parte de la antología Yo te cuento Buenos Aires IX, publicada por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires. El presente relato, «Otro cuento infame», pertenece a su primer libro: La sencillez de matar, publicado en 2025 por Ediciones Diotima.
La ilustración de portada es obra de Juan Agustín Grenno.

