Obra de Federico Galeano

 Los funerales de la traductora – Rónán Hession 

Los funerales de la traductora

Rónán Hession

Traducción de Julieta Giambastiani

Capítulo 1. El cartero subió la colina caminando por el sendero que salía del pueblo, pasó el cartel de venta de huevos y llegó a la casa de la escritora y de su esposa, la traductora. Necesitaba su firma para dejarle una encomienda, una caja. Era temporada de fiebre del heno, y al cartero le sudaba la cabeza bajo la gorra. Como las encontró a las dos tiradas en el jardín, muertas, volvió a bajar la colina en dirección a la casa de la médica, pensando en la confusión que iba a producir por llegar con un paquete que no estaba dirigido a esa dirección.

Capítulo 2. Caminando de nuevo colina arriba, la médica parecía de mal humor, y en efecto lo estaba, dado que su hijo no había pasado una buena noche, congestionado por la fiebre del heno. Además hacía poco se había dado cuenta de que no le caían bien sus pacientes porque hablaban demasiado. El cartero, habituado a sacar charla como parte de su trabajo, mencionó lo confuso que seguro había sido para la médica verlo llegar con una encomienda dirigida a otra persona. La médica ignoró el comentario y entrecerró los ojos por el sol. El cartero comentó qué coincidencia que los dos usaran un morral para hacer su trabajo.

Capítulo 3. Una vez en la casa, el cartero dijo que había declarado muertas a las dos mujeres apenas las vio. La médica le respondió que declararlas muertas era su trabajo. Acto seguido, las declaró muertas de manera oficial. Una falleció de causas naturales, la otra, de corazón roto, clarificó, más para sí misma que para el cartero, aunque este se moría de ganas por conocer los detalles. El cartero se quedó pensando cuál era cuál y qué significaba morir de causas naturales y de corazón roto.

Capítulo 4. El cura se levantaba todas las mañanas a las 7, se preparaba café y se recostaba en la cama a leer libros de todo tipo hasta las 9, momento en el cual comenzaba su jornada laboral. De esa manera, pasara lo que pasara, siempre se aseguraba una porción del día para sí mismo. Como regla general, no atendía ni la puerta ni el teléfono ni nada relacionado con el mundo hasta que hubiera tomado su café y tenido tiempo de leer. Pero ese día, por alguna razón, contestó la llamada y asignó una fecha y un horario en el libro de exequias para los funerales de la escritora y de su esposa, la traductora. Los pies descalzos se le habían enfriado cuando volvió a la cama y a su lectura.

Capítulo 5. El libro de exequias era un diario rojo, de tapa dura, con una hoja por día. Había anotaciones generales en letra cursiva en la parte superior de cada página, con datos como la fecha en la que había terminado alguna batalla o recordatorios estacionales útiles, por ejemplo, qué día había que atrasar o adelantar los relojes (aunque no atrasar o adelantar la hora, como le gustaba bromear al cura dos veces al año). Aunque era un libro de buena calidad, no quedaba exento de contener errores humanos. Distraído por el café que se le enfriaba arriba y por el final del capítulo que había dejado sin terminar, el cura anotó en el libro que los funerales de la escritora y de su esposa, la traductora, se realizarían el mismo día, a la misma hora. Algo que nunca había ocurrido antes.

Capítulo 6. En el pueblo la gente se empezaba a enterar de la muerte de la escritora y de su esposa, la traductora. Sabían que una había muerto por causas naturales y la otra, porque se le había roto el corazón. Es llamativo que todos los que escucharon la noticia asumieron que la escritora había muerto de causas naturales, y la traductora, de corazón roto. Así de acostumbrados estaban a considerar a una como el miembro principal de la relación y a la otra como un agregado.

Capítulo 7. Al contar la noticia, el cartero utilizó la frase “causas naturales”, pero agregando que, para él, eso significaba un ataque al corazón. Esto hizo que la peluquera, el gomero, el hombre que salía a correr y la guardia del cruce escolar supusieran que lo del ataque al corazón lo había dicho la médica, por lo que no mencionaban las causas naturales cuando ellos relataban la historia. Sonaba sensato que una persona muriera de un ataque al corazón y la otra, de corazón roto. A la gente, en general, le gusta que las cosas sean simétricas.

Capítulo 8. Más tarde esa misma mañana el cartero se empezó a cuestionar si había sido fiel al reportar los hechos o si estaba en falta. Su trabajo era entregar cartas y encomiendas sin agregar ni omitir información, y seguramente se esperaba lo mismo de él con las noticias que relataba. Para no faltar a la ética, volvió a la versión de que la muerte había sido por causas naturales, sin especular sobre lo que eso significaba.

Capítulo 9. Aunque por supuesto no se puede evitar que la gente especule por su cuenta. El empleado público, el taquígrafo y la entrenadora de perros guía infirieron, sin que nadie los indujera a ello, que las causas naturales significaban un ataque al corazón. El maestro, el albañil, la dueña de la casa de té y la carpintera interpretaron otra cosa: entendieron por causas naturales que había sufrido un ACV. Es importante mencionar que todos ellos conocían a alguien que había muerto por un ACV, por lo que ese conocimiento previo influyó en la interpretación de los hechos. La única que sugirió un aneurisma fue la dueña del negocio de antigüedades. El farmacéutico y el hombre que estaba desempleado aceptaron el término “causas naturales” sin especular sobre qué quería decir, al menos no en público, aunque los dos observaron que la frase que había elegido la médica era muy poco científica.

Capítulo 10. Aunque casi todos en el pueblo habían escuchado a alguien decir alguna vez “murió de corazón roto”, la frase les parecía demasiado general y anticuada. Pero tras enterarse de que la médica no solo la había empleado, sino que la había declarado de manera oficial, concluyeron que estaban subestimando el carácter científico de la expresión. De todas formas, siguieron pensando que significaba morir de un ataque al corazón, de un ACV o de un aneurisma. Con los años, el cartero había descubierto que se podía aprender mucho de las personas si les hacía una misma pregunta a todos y luego comparaba las respuestas.

Capítulo 11. El cura seguía mortificado por su error, el cual admitía, pero además por la negligencia que había demostrado al anteponer sus placeres matinales a sus obligaciones eclesiásticas. A todos les sorprendió que fuera capaz de cometer un error como ese, y le dolía que lo consideraran un incompetente. Si tan solo pudiera borrar el registro y volver a ingresar la fecha para el funeral; pero eso no haría más que agravar el problema, ya que el libro de exequias se encontraba siempre abierto en la recepción, junto al teléfono —por razones obvias—, y suscitaba la lectura de todo el mundo, incluso la de aquellos que no tenían una razón particular para leerlo y que simplemente le daban rienda suelta a su curiosidad mientras hacían alguna llamada. Lo único que lograría borroneando el registro sería resaltar el error para la posteridad. Además podía sentar un antecedente para actos maliciosos, ya que se volvería inevitable que los feligreses le pidieran borrar otros registros a fin de ubicar a sus familiares en un lugar mejor.

Capítulo 12. El único que se alegró con el asunto fue el chico que asistía a la organista con las partituras. Le gustaba contemplar sus dedos largos y ayudarla a pasar las páginas mientras ella tocaba. Su enamoramiento le daba vergüenza, pero ansiaba ser su asistente en los funerales, donde seguramente ella interpretaría sus canciones favoritas en el pequeño órgano de la iglesia. Se sintió más avergonzado aún por esperar los funerales con ansias, ya que sería un momento triste para mucha gente. La vergüenza le parecía un tanto agradable, lo cual era confuso e interesante.

Capítulo 13. No había antecedentes de que el cura hubiera cometido un error así, y tampoco había antecedentes de un funeral doble. Algunos dijeron que se trataba de un vacío de conocimiento; otros, de un vacío legal. Ese espacio entre el problema y la solución hizo que el pueblo entero se pusiera a opinar sobre el asunto. Todos aventuraban especulaciones disparatadas sobre lo que se podía, lo que se debía o lo que finalmente se iba a hacer. Algunos sugirieron un funeral doble y otros, dos funerales cortos; una o dos personas se preguntaron si la escritora y su esposa, la traductora, que eran del mundo del arte, habían ido alguna vez a la iglesia; alguien propuso usar una segunda parroquia. Una mujer planteó una solución sensata: consultar la Guía para la Ejecución de Actos y la Resolución de Conflictos.

Capítulo 14. El pueblo era una entidad municipal en el sentido de que contaba con un acta de fundación, un escudo de armas y un lema (Nullius in verba o “no creas en alguien solo por lo que dice”), pero no tenía concejo deliberante ni autoridad propia que tomara decisiones. En su lugar, los ciudadanos solían recurrir a un abultado volumen de normas, ordenanzas y saberes conocido oficialmente como la Guía para la Ejecución de Actos y la Resolución de Conflictos. Lo guardaban en la biblioteca y lo consultaban cada vez que era necesario solucionar algún asunto de cierta relevancia. No estaba muy claro que tuviera respaldo legal, pero era tan abultado que nadie dudaba de su autoridad. El apartado “Registro civil: Nacimientos, defunciones, casamientos y otros asuntos relacionados” era muy específico dado que concernía a todo el mundo. Aunque en el capítulo VI, sección 9, artículos 2 a 4 se indicaba cómo realizar bautismos dobles (en caso de mellizos), bodas dobles (para amortizar gastos) y divorcios dobles (que se vaya lo viejo y que venga lo nuevo), no se hacía mención al tema de los funerales dobles. Según la bibliotecaria, la no mención no significaba ni objeción ni consentimiento. Al parecer, hay una laguna legal, expresó la mujer que había sugerido la solución sensata.

Capítulo 15. El cura estaba sumido en una profunda depresión. Sentía que la gente le tenía lástima por el error que había cometido, y eso dañaba su capacidad de liderazgo. La única forma en la que podía reconstruir su reputación, concluyó, era escribiendo un sermón lúcido y emotivo para leer en el funeral, o en los funerales. Incluiría algo acerca de que los santos no eran modelos de perfección, sino de redención. Por supuesto, no hablaría concretamente de sí mismo, pero confiaba en que su mensaje se iba a entender. Errar no solo es de humanos, sino también de santos. Como era un hombre culto, juzgó apropiado basarse en el trabajo de las fallecidas, libros que él nunca había leído. La escritora, que era extranjera, escribía en su lengua materna, así que lo que leyó fue la obra de su esposa, la traductora. Pasó de largo las descripciones y los monólogos internos y encontró un párrafo muy bonito que sonaba bien, pero que podía referirse a cualquier cosa. Marcó la página con un boleto de tren y continuó escribiendo el resto de su sermón.

Capítulo 16. El cura le había encomendado al chico que asistía a la organista con las partituras que le llevara una nota en la que le preguntaba si tenía disponibilidad para tocar en uno o posiblemente en dos funerales. Cuando la organista abrió la puerta, quedó claro que no había escuchado nada de la terrible noticia acerca de la escritora y su esposa, la traductora, ni de las causas naturales ni de la muerte por corazón roto ni de la laguna legal. Se puso tan triste que al chico se le estrujó el corazón, y sacó un pañuelo de tela para prestárselo, sin darse cuenta de que lo había usado para envolver sus canicas. La organista se sorprendió cuando las bolitas cayeron y rodaron hasta la calle, lo que la hizo sonreír. Al chico le pareció hermoso verla pasar del llanto a esa sonrisa, y contempló embelesado sus dedos largos mientras ella se sonaba fuerte la nariz.

Capítulo 17. El cartero solía terminar temprano y, en días como ese, se sentaba a disfrutar de un vaso de limonada en la vereda de la casa de té. A pesar de que se sentó en una mesa solo, pronto se encontró conversando con la gente de alrededor; al fin y al cabo, todo el mundo estaba hablando de lo mismo. No estaba seguro, dijo, de a cuál de los funerales debía ir si finalmente se hacían dos. El farmacéutico dijo que él iría al de la escritora dado que era una gran artista y que, en el futuro, la gente visitaría el pueblo por sus libros. La entrenadora de perros guía respondió que era cierto, pero que lo que habían leído todos eran las palabras de la traductora. El gomero dijo que lo único que hacían quienes traducían era buscar palabras en el diccionario, pero la peluquera replicó que no, que hacían más que eso. La mujer que había propuesto una solución sensata sugirió pedirle opinión al borracho del pueblo, que era el único que hablaba dos idiomas.

Capítulo 18. Liderados por el cartero, terminaron las limonadas y se fueron a buscar al borracho del pueblo. Lo encontraron durmiendo cerca de la fuente, mientras un grupo de chicos recién salidos de la escuela jugaban a embocarle moras en la boca abierta. El hombre tenía la cara roja y quemada por el sol, y la comitiva dudó por un momento de si estaba bien despertarlo o no. Finalmente acordaron que convenía evitar que sufriera un golpe de calor, así que le dieron un golpecito en el hombro y retrocedieron. Al principio se puso a la defensiva, pero cuando escuchó la pregunta acerca de la escritora y su esposa, la traductora, se mostró reflexivo. Su opinión era que la escritora y la traductora no podían considerarse de manera individual. Sería como escuchar una pieza musical tratando de separar la melodía del piano de quien lo toca, dijo. Estaban por preguntarle a qué funeral pensaba ir él, pero antes de que formularan la pregunta, el borracho del pueblo se volvió a quedar dormido.

Capítulo 19. Esa noche se reunieron todos los vecinos. El chico que asistía a la organista con las partituras se quedó esperando afuera, deseando que la decisión final fuera realizar por lo menos un funeral. Adentro, el cura explicó los hechos y las circunstancias, recalcando que el problema derivaba de una laguna legal en la Guía para la Ejecución de Actos y la Resolución de Conflictos. Se habían propuesto muchas sugerencias sobre cómo proceder, pero hasta el momento el problema seguía sin zanjarse, resumió, por lo que el propósito de la reunión era considerar las alternativas. Se habilitó la palabra. Tras un silencio inicial, varios de los presentes fueron compartiendo sus teorías y preferencias, y entonces los que no habían hablado empezaron a sentir que se quedaban afuera y se pusieron de pie para decir que estaban muy de acuerdo con la idea general de lo que se estaba diciendo. Hubo un momento en el que el cura deliberó con quienes estaban en la parte elevada del salón –la médica y la bibliotecaria–, mientras el resto murmuraba. La charla quedó interrumpida porque el cartero se puso de pie. Como había sido uno de los primeros involucrados en el asunto, la gente quería escuchar qué pensaba al respecto. Movió ligeramente los pies y estrujó la gorra. Parecía estar más pelado de lo que recordaban, comentaron algunos a quienes tenían al lado. El cartero dijo, no sin titubeos, que había quienes sostenían que no era posible considerar a la escritora y a su traductora por separado porque, para ilustrarlo de manera gráfica, era como si se quisiera escuchar la melodía de un piano separada de quien toca la pieza musical.

Capítulo 20. Cuando algo se expresa con palabras bellas generalmente parece verdad, así que el pueblo quedó convencido. La imagen había destrabado algo en los presentes. Acaso la escritora y su esposa, la traductora, no vivían en la misma casa, dijo la dueña del negocio de antigüedades. La guardia del cruce escolar fue más lejos y sugirió si no era acaso razonable pensar que las mujeres dormían en la misma cama. (El chico que asistía a la organista con las partituras seguía afuera, en puntitas de pie, oyendo la conversación a través de la ventana abierta, ansioso por escuchar lo que venía a continuación y sintiendo esa vergüenza que un poco le gustaba). El cura, que quiso evitar que la analogía avanzara hacia un plano más íntimo, dijo que en efecto las mujeres habían compartido una vida juntas y que su unión era reconocida por Dios.

Capítulo 21. Y así fue que se decidió. A la mañana siguiente, pusieron a la escritora y a su esposa, la traductora, en el mismo ataúd, frente con frente, las narices a un roce de distancia y los dedos entrelazados. En el funeral, el cura leyó un fragmento de un libro traducido, cuyas palabras combinaban de manera inseparable el arte de la escritora y el de su esposa, la traductora. La música del órgano llenó los silencios, a pesar de que el chico estuvo a punto de olvidarse un par de veces de cambiar la partitura mientras contemplaba los dedos largos de la organista presionar las teclas.

Capítulo 22. Seguía siendo temporada de fiebre del heno, y al cartero le sudaba la cabeza bajo la gorra. Ya no pasaba frente al cartel de venta de huevos porque la casa de la escritora y de su esposa, la traductora, estaba vacía. Lo perturbaba que la encomienda dirigida a ellas, una caja, hubiera quedado sin entregar, aunque solía sentarse al sol con un vaso de limonada a especular con sus vecinos cuál sería el contenido de aquel paquete y qué se podía hacer con él.

Sobre el autor

Rónán Hession es escritor, músico y crítico literario irlandés radicado en Dublín. Debutó como novelista en 2019 con Leonard and Hungry Paul (Bluemoose Books), elegida por el Sunday Times y el Irish Times como una de las cincuenta mejores novelas del siglo XXI y por las autoridades de la Ciudad de Dublín como recomendación de lectura para la iniciativa One Dublin One Book, lo que la incorporó a la currícula de secundaria nacional; cuenta además con una adaptación televisiva, emitida por la BBC. Rónán tiene publicadas otras dos novelas, Panenka (2021) y Ghost Mountain (2024), que también cosecharon buenas críticas y fueron elegidas como libro del año. Actualmente trabaja en su cuarta novela.

Sobre la traductora

Julieta Giambastiani (Buenos Aires, 1988) es traductora científico-literaria de inglés por la ENSLV “Sofía B. de Spangenberg” y traduce de forma independiente desde 2011. Tradujo para la Editorial Colihue cuentos de Joseph Conrad y novelas de la escritora británica Edith Nesbit. Enseña traducción desde 2017 a estudiantes de los primeros años de la carrera y da clases de lectocomprensión en inglés en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA.

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