Jangadas
Terminan las vacaciones y Héctor dice gracias a Dios. No cree en Dios, pero desde que tuvo el infarto a veces lo nombra, incluso le habla. Lo que más quiere ahora es volver. Usar su propio baño, abrir la heladera plateada que compró en doce cuotas, sentarse en el café de la esquina de su casa y leer el diario. En unas horas armarán las valijas, después harán el traslado hasta Recife y por último el vuelo a Buenos Aires. Un trastorno. Pasará la Noche Buena en casa de su madre y el año nuevo en lo de sus suegros, una especie de calendario tallado en piedra. Se le ocurre la palabra profecía. Comerás y levantarás la copa en cada casa. Y vas a agradecer que estás vivo. Agradecer y al mismo tiempo dudar. Maldecir esa nueva conciencia de finitud. No se pregunta cuántos acuerdos más tiene con su mujer, con su jefe, o, lo que es peor, con los muertos. Le duelen las cervicales y se aprieta la nuca con la yema de los dedos.
Su mujer está en una sesión de masajes. Héctor se asoma al gabinete para decirle que va al pueblo a comprar los souvenirs. Ella tiene barro en la cara y le hace un gesto de que no la mire, que vaya. A donde sea que tenga que ir, que vaya.
Sale del hotel en short y ojotas, tiene que caminar unas cuantas cuadras hasta llegar al centro. Ese lugar no le gusta. Le parece triste. Los colores lo agobian. Como si fueran una mentira. Quiere recordar cómo se dice cuadra en portugués, pero se le cruza por la cabeza otra cosa: debe dos materias del secundario. Le molesta que el pasado arcaico se ponga en primer plano. Sus pasos cambian, son un par de zapatillas que patean cosas por la calle. Los hombros pesan. Está parado frente a la profesora de historia. Mudo. Ahora siente calor en la cara, el de aquella vez y el mismo de cuando alguien lo menosprecia. Su psicólogo le explicó algo de una nubecita que es el trauma y que hay una situación que lo trae. No lo trae, lo dispara. Esa es la palabra exacta que hace que todo sea inevitable. En su momento la explicación le había gustado, pero ahora no sabe bien cómo es exactamente ese mecanismo. No es el recuerdo, es la nubecita lo que trastoca todo. Nunca les pudo contar a sus hijos que dejó todo ahí. Que no se recibió, y esta Noche Buena, después de brindar, quisiera darles ese regalo, el regalo de la verdad, pero no sabe si lo va a poder hacer.
Pasa por el local donde ayer compró yerba. Resultó ser un fiasco. De un color verde esmeralda y gusto demasiado amargo. Ve una parejita, seguro son argentinos, piensa. Eligen esa misma yerba. Decide esperarlos junto a la puerta, mientras mira la vidriera que exhibe sartenes, cantimploras y souvenirs. Cuando ellos salen les dice: Justo ayer compré la misma. Y, ¿qué tal? Muy buena. Se despiden agradecidos, casi contentos. Su mujer le hubiera dicho: mala persona, eso (con el índice apuntándolo) es de mala persona. Él no sabe por qué lo hizo, sólo quiere ser amable, crear un momento de complicidad, por lo menos hasta que esos dos prueben el menjunje y no sepan qué pensar de la yerba o de él; si es un verdadero catador, o un hijo de puta. Quizá, lo que necesita es hablar con alguien, porque hace días que cuando intenta decir algo no lo entienden, ni los lugareños ni su mujer. Tampoco lo van a entender su madre ni sus hijos y, en realidad, él tampoco sabe lo que quiere decir.
Baja a la playa y se acerca a las barcazas. Otra vez los colores obligatorios. La arena blanca contrasta con la orilla. Hay montones de algas marrones que parecen podridas. Siente un olor fuerte a pescado. Mira el cartel de latón, corroído por la sal: Excursión a las Piscinas Naturales. Lee una explicación de cómo se forman las piscinas a una cierta distancia de la costa gracias al arrecife de coral que las bordea. Dice: apto para personas con audífonos, lentes oculares o cualquier restricción física. Él no tiene nada de eso. Tuvo una falla en el corazón y por un segundo siente orgullo, como si esa falla tuviera que ver con la hombría, con el pecho y el valor, una especie de enfermedad aristocrática que lo distingue del resto. Compra el ticket por treinta reales. El orgullo tapa el miedo. Es la primera vez en mucho tiempo que sigue un impulso. Que rompe el pacto con los muertos. Hasta ahora, después del infarto, solo flota sobre recuerdos que vienen como una marea. La marea trae, lleva y vuelve a traer. Compra también una bolsa plástica donde mete la billetera y el celular y que se cuelga del cuello. Le indican que vaya hacia las jangadas. La gente ya está allí, y siente sus miradas. Héctor ahora es un héroe que está construyendo un presente o al menos un recuerdo nuevo.
Tiene que ir unos metros hacia la jangada. Camina sobre la maraña de algas con las ojotas puestas. A cada paso siente el crujido. Como si estuviera matando bichos. Le da asco y disimula. Esto es cosa de todos los días, quisiera decir. Le sonríe al jangadero que lo ayuda a subirse. La experiencia lo deja exhausto y preferiría volver, pero no lo dice y las jangadas empiezan a moverse mar adentro.
Una vez su mujer le dijo que ellos se habían elegido por sobre todas las personas que habían conocido y que podrían conocer. Fue antes de casarse, cuando pasaban horas mirándose a los ojos. Tira el recuerdo al agua, como si fuera una piedra. Ahora ve la costa cada vez más lejos y siente que nada es seguro. ¿Cómo se puede confiar en la naturaleza? En las mareas que bajan y suben como si supieran lo que hacen. Media hora o un poco más de piletones que luego van a desaparecer.
La orilla de las algas podridas no está muy lejos, pero forma parte de otro mundo y éste, en el que están a punto de entrar, va a disolverse pronto. Los invitan a bajar. Al principio el suelo es resbaladizo. Siente que está por perder una ojota, mueve el pie y cae. Se hunde hasta el cuello y se para rápido. Descubre que hace pie. Llega hasta el centro de la piscina natural donde decenas de personas quedan con el agua cálida a la cintura. Las jangadas los rodean como custodios. Héctor se sumerge y ve miles de peces de colores que lo rozan. También ve piernas, cabezas, celulares protegidos que sacan fotos, selfis. Piensa en el tiempo que corre. En que está a merced de una ley.
A unos metros hay una mujer muy blanca. La imagina danesa. Lo repite. Danesa. Como si usara una varita mágica. Ella tiene la nariz y los hombros enrojecidos por el sol. Él se hunde para ver sus piernas macizas, un poco deformadas por el reflejo. La ve sumergirse y su pelo es una medusa dorada. Está sentado con ella frente a un fuego y toman una sopa picante en tazones que abrazan con ambas manos. Caminan por la playa de un mar frío con poleras gruesas y anoraks rojos. Es una mujer sencilla, de sonrisa ajada. La llama Erika. Es el único nombre raro que se le ocurre. Héctor es él mismo en el cuerpo de otro. En un cuerpo sin heridas. La besa y ella, Erika, es la mujer que eligió por sobre todas las demás.
Se acaba el tiempo y vuelven a subir a las jangadas. Se mueven hacia la orilla. Los piletones están desapareciendo. Busca la cabeza rubia pero no la encuentra. Tiene que volver a caminar por las algas marrones. Pisar la arena blanca. Saca sus cosas de la bolsa plástica. Le parece verla, pero se da vuelta y así, empapado, vuelve para el hotel.
Sobre la autora
Lilia Marino. Nació en Buenos Aires, donde vive hoy. Cursó en la Escuela «Casa de letras» la formación en Escritura Narrativa. Realizó distintos talleres de lectura y escritura con Inés Garland, Ariel Bermani, José María Brindisi, entre otros. Actualmente participa en la clínica de escritura de Julián López. Fue publicada en «Buenos Aires en 100 palabras», edición 2024, concurso de relatos breves auspiciado por Fundación Plagio de Chile y Buenos Aires Ciudad.
