Cuando el Gordo Atilio llega al chupadero, viene doblado ya. Los ojos turbios de blanco dulce. El Bocha y Caquita son los únicos clientes esa noche. Están mejor, más sobrios, pero no mucho.
Atilio estaciona el Renault 12, una rueda en el cordón, el resto en la calle. El auto suspira cuando baja, saluda y se sienta junto a los otros. La silla de plástico parece que va a ceder por el peso, pero no.¿Por qué esas caras?, pregunta Atilio, tiene la lengua empalagosa.
Bocha hace un gesto con la cabeza, señalando con la mandíbula la calle vacía que va hacia el norte.
Por el Negro Benancio ese, dice Bocha
Sí, ese, repite Caquita
El Gordo se da vuelta y mira la calle vacía. Ya de paso controla que estén solos en el chuperio. Con la mano le pide un vaso al don que atiende, y que los mira desde la barra como patrón de estancia.
Esto pinta bueno, piensa el Atilio que siempre lleva el diablo metido adentro, peliando por salir. Se sirve el resto del trescuarto cuando le dan el vaso.
¿Que con el Negro?, pregunta.
Se cree mejor que nosotros, contesta Bocha.
Sí, que nosotro´, repite Caquita.
Atilio saca un pucho, lo enciende y escupe la saliva dulce al piso. Da un trago al tinto y una calada.
¿Y cómo es eso?, pregunta sacando el humo de los pulmones.
Anda sacando pecho por ahí, contesta el Bocha señalando de nuevo con la mandíbula la calle vacía.
Sacando pecho, dice Caquita.
Dice que se ganó noseque con el caballo ese que tiene, el negro grandote que se trajo del sur, dice Bocha.
El negro, repite Caquita.
Bocha lo relojea al Caquita, y vuelve a perder la mirada en la calle.
Hoy pasó por la feria, contándole a todo dios que se ganó noseque, y que se lo quieren comprar como semental. Y anda haciéndose el vivo con la Marisa, dice Bocha.
Caquita asiente con la cabeza, frunciendo los labios.
Con la Marisa, dice mirando al Gordo Atilio.
Eso está mal, compadre. Con la mujer ajena uno no se mete, dice el Gordo, olfateando la oportunidad. Para algunas cosas no importa cuánto alcohol tenga en el cuerpo, la cabeza de Atilio funciona a mil. Toma otro trago del tinto, midiendo al Bocha y le pasa el paquete de puchos.
Hay que enseñarle, dice.
Bocha saca un cigarrillo, no le quita los ojos de encima al Atilio. Caquita se apura y agarra el paquete antes de que vuelva al dueño, se pone un pucho en la boca y otro en la oreja y deja el paquete sobre la mesa.¿Y cómo es eso?, pregunta el Bocha.
Tengo herramientas en el baúl del 12, dice Atilio ofreciendo fuego. Vamos al rancho del Negro y hagamos algo.
Los ojos del Caquita se iluminan.
Lo castremo´ al negro, dice.
¿Qué?, le dice el Bocha al Caquita.
Eso, lo castremos, dice el Atilio que la malicia le bulle en las venas más que el alcohol.
¿Qué?, le dice el Bocha al Gordo.
Hagamo´ como la película esa, El Compadre. Le metamo´ la cabeza del negro en la cama, dice Caquita.
Para, para, dice Bocha. No, lo castremos, repite Atilio que nunca vio una película en su vida.
Dicen por ahí que es pijudo el Negro, dice
Paren che, dice Bocha. Lo mira al don que atiende, que ya no les presta atención, y se acerca más a la mesa.
Podemos hacer algo, dice.
Pero tenemos que estar lucidos, dice.
Y nada de cortar cabezas como en El Padrino, le dice señalando a Caquita.
Esa, esa película, dice Caquita chasqueando los dedos.
Bocha apura el tinto.
Me tiene cansado el Negro ese, pero tampoco es para quedar guardado a la sombra por él, dice. Hace rato que le hecho el ojo a la Marisa, se hace el boludo, pero yo sé, dice.
Encima la Marisa no hace más que alabarle el caballo de porquería. Podemos hacer que se le pierda en el monte, o algo así, dice.
Atilio se mete entre pecho y espalda lo que queda en su vaso, prende otro cigarrillo y pide un porrón al don, que de mala gana lo pone en la mesa.
Basta de tinto, dice el Gordo.
Tenemos que estar lucidos, dice sirviendo la cerveza fría con el pucho en la boca.
Con el primer porrón acuerdan cortarle las bolas al negro, para arruinarle la venta. Los otros tres porrones son para tener más lucides, mientras esperan hasta bien entrada la noche.
Bocha piensa que todo es una locura, que van a terminar presos, que al final no vale la pena. Atilio lo convence vaso a vaso.
Se suben al Renault, que rezonga con el peso, paran a comprar cigarrillos y un vino antes de internarse en el camino de tierra. El Gordo le da un par de besos a la botella, antes de meterla en la puerta del conductor, que no tiene tapizado.
Hay luna nueva, y está nublado. Al auto solo le funcionan las luces de posición, así que se guían más por instinto que por la vista en el camino de tierra, lleno de cárcavas.
No se ve un carajo, dice el Bocha.
Un carajo, repite Caquita.
Vo tranquilo, Bocha, me conozco bien todos estos lados, dice el Gordo.
Pero no se ve una mierda, dice Bocha.
Atilio lo mira sobrando al Bocha. Cagón, piensa, pero no lo dice. En cambio, mete la mano en la puerta del auto, y le pasa la botella.
Toma, fíjate si se te aclara la vista, dice.
Dan un rodeo para llegar al rancho del Negro Benancio por atrás, y cuando llegan el auto se cala.
Se bajan y el Bocha cae de culo en la acequia al lado del camino. Atilio y Caquita ríen.
¿Y ustedes de que mierda se cagan de risa?, dice el Bocha.
Atilio, con tanta risa, se ahoga y tose. Termina escupiendo saliva violácea y prende un pucho, calibrándolo al Bocha.
Vamos, dice y abre el baúl.
Revuelve hasta encontrar la caja de herramientas. No se ve una mierda, dice.
Pásame un pucho, dice Caquita.
Toma, alumbra, dice Atilio y le pasa el encendedor.
Falta el pucho, dice Caquita.
El Gordo duda si darle un soplamocos o no. Al final le tira el paquete de cigarrillos.
Alumbra cajeta, dice y revuelve en la caja de herramientas.
Tiene el baúl lleno de herramientas, para cualquier tipo de changa que le salga. También lo tiene lleno de tapitas y de pelotudeces. El Bocha se acerca, le quita el paquete de las manos a Caquita y saca un cigarrillo.
¿Para que mierda son todas esas tapitas?, pregunta.
Para el Garrahan, toma, dice Atilio y le pasa una soga.
A Caquita le da una pinza para cortar cables y una sierra. Él se mete un machete en el cinto y agarra una masa.
Vamos, dice cerrando el baúl.
Cruzan la acequia resbalando y hundiendo los pies en el barro, pero no se caen de milagro. Cuando llegan al alambrado, Atilio le dice a Caquita que corte.
Caquita pelea cinco, diez, quince minutos para cortar un alambre.
¿Qué mierda hacen que no vienen?, dice el Bocha del otro lado.
Cortando el alambrado, dice Caquita.
Son cuatro alambres de mierda, pasa por el medio, dice Bocha.
Haber, ayúdame, dice Atilio.
Caquita agarra el alambre de arriba y tira con fuerza, mientras Bocha pisa los de abajo. Por la abertura pasa el Gordo y cae de pecho en el barro. Tose de nuevo, y escupe.
No trajimos la botella, dice.
Vamos, apura el Bocha y con Caquita lo ayudan a ponerse en pie.
Se tambalean entre las cañas, primero el Bocha, sigue Caquita. Atilio va último, respira pesado y cada tanto se para a tomar aire. Bocha se impacienta.
Vayan, vayan, ya los alcanzo, dice, prende un pucho y escupe saliva amarga.
Bocha y Caquita siguen, a cada rato se dan vuelta y ven la braza del Gordo que los sigue.
Tardan una media hora en llegar al rancho del Negro Benancio, que está oscuro dentro. No se escucha nada.
Allá debe estar el caballo, dice Bocha señalando un establo a medio hacer.
Vamos callados, dice y por atrás lo escuchan putear al Gordo.
Llegan al establo, abren la puerta y se encuentra de pechito con el hocico del caballo, que busca olfatear la cara de Caquita. El Bocha se asusta por la aparición.
La puta madre, dice.
¿Que no duermen estos bichos?, dice.
E´ mansito, dice Caquita y le acaricia el lomo al animal mientras lo saca. Es negro azabache, apenas se lo distingue sin luces.
¿Como hacemo´?, pregunta.
Movete, dice el Bocha y le ata la soga por el cuello al caballo. Intenta hacer que se heche, pero no lo consigue. Lo mira con odio, intenta de nuevo y nada.
La puta madre, dice.
Con tanto apuro, nunca se pusieron a pensar cómo hacer para castrarlo.
El Bocha lo mira al Caquita, y ve que trae la sierra en la mano.
Yo lo sostengo aquí, vos córtale las pelotas, dice.
¿Con qué?, pregunta Caquita.
Y con la sierra, se impacienta el Bocha
¿Y por qué yo?, pregunta Caquita.
Me cago Caquita, trae para acá, dice Bocha y le quita la sierra de la mano.
¿No tenía un machete el Gordo?, dice.
¿Y dónde mierda se metió?, dice.
Lo buscan en la oscuridad, pero no lo ven. Bocha putea bajito, le pasa la soga al Caquita. Palpa hasta encontrar las bolas y las agarra fuerte con la mano libre, demasiado fuerte.
El caballo se encabrita, tira hasta que se le escapa la soga al Caquita y comienza relinchar y cocear. Del rancho del Negro Benancio se escuchan ruidos, las luces se prenden, suena un disparo y el vidrio de una ventana estalla.
La puta madre, dice Bocha, y comienza a correr. Caquita lo sigue.
Corren por el cañaveral hasta que no les dan más los pulmones, y se paran a recuperar el aire y toser. Al Bocha la cabeza le da vueltas, mitad adrenalina, mitad alcohol. Caquita tiene más miedo que otra cosa.
Van desorientados hasta que encuentran la acequia y la siguen. Tardan casi una hora en llegar al auto. El Gordo Atilio los está esperando. Se suben. El auto arranca al tercer intento, y salen disparados. No hablan, no se miran.
Comienza a amanecer, mientras el auto corcovea cada vez que Atilio besa la botella.
¿Dónde mierda se metieron?, pregunta al fin.
Se perdimo´, dice Caquita.
Y vos, ¿dónde te metiste?, pregunta el Bocha, le quita la botella de la mano y le da un trago largo. La botella esta toda pegajosa.
¿Dónde más va ‘ser?, dice Atilio, calibrándolo. Saca de la puerta el machete y se lo tira a los pies.
Castrándolo al Negro, dice.
El Bocha le devuelve la botella y se limpia la mano en el pantalón, mirando el machete ensangrentado. Atilio maneja con una sonrisa maliciosa en la cara. El Bocha lo mira de reojo, le pica la mano con la que agarró la botella, le arde la sangre en la palma.
¿Cómo hiciste para pillarlo al caballo?, pregunta el Bocha.
¿Qué caballo?, dice el Gordo.
Atrás Caquita va con la cabeza apoyada en la ventana.
Hoy va a picar lindo el sol, dice.
Vamo´ a tener que estar guardado´ a la sombra, dice.
Portada: Luis Dottori, «Reunión» (1995)
***Este cuento recibió una mención honorífica en nuestro Concurso de cuento argentino 2024.

