Poemas de Ángel Jaquem

7 poemas de Ángel Jaquem

MUERTE PARA VIOLONCHELO
Buitres de pico corvo entonan el responso de mi entierro. Negras azaleas cubren al muerto, tras los párpados verdes estanques de plomo. Rompe el crascitar una brisa de agujas y miedos, sorda carcoma parasita el cuerpo. De un viejo violonchelo brotan ínfulas de silvestre amapola, níveo espasmo en el que tu oscuro rostro mora. Ya no canta el gallo ni al amor ni a la aurora sino al terror nocturno de la memoria. En las cuencas profundas del olvido fulgen tenebrosas misas, el cisne ya no anhela bellas armonías, solitario, abate el cuello sobre el perenne tormento de la ametría. De vana esperanza y niebla, en la yerma umbría de mis sauces, florece sin epitafio una lápida. El fuego devora mis penas con hambre de vida, mudo estertor de lira silenciado por la lumbre en la que arden nuestras retinas. En vuelo sombrío abandonan los buitres el corrompido cuerpo de la nostalgia. ¡Nada quedará en pie de esta ni de ninguna otra iglesia sobre el miedo erigida!
ISLA DE DESCOMPOSICIÓN
Reluce la seda lacia bajo el canto de la lluvia herida por la espina del rosal. Lucero oscuro mora en la telaraña presa de un sinsentido mortal. Mercurio y plomo, siseo sordo, quebranto de violín que derrama su voz irreal.
GÓLGOTA
Vine buscando labios insomnes, en olvido perpetuo de besos sin recuerdo me fui con recuerdos sin nombre. Enredado en mis delirios, temiendo morir cuando solo me acuesto, abrazo vacíos con firme deseo de desvanecerme en las tinieblas del hombre. ¡Intenten, si pueden, detener a un ser inmortal con el suicidio en la conciencia! Desnudo, aterido, reconozco que me da miedo la sangre, la belleza, el segundero, su indolencia.
SIETE CÍRCULOS, NUEVE ARREBATOS Y DOCE INVIERNOS
Enfebrece la aurora, pálida luz de fósforo ligero. Coléricos espectros danzan su danza sin fin al compás de un vals errante que despliega las alas rotas de una mariposa sin vuelo. Lobos desquiciados saltan y aúllan, las cadenas tintinean sobre el cemento. Huérfano de tu sangre, sin ojos para recordarme, busco el crepitar de mi fuego bajo la húmeda tierra del cementerio, manto sombrío que cubre en silencio adelfas enterradas en el tiempo. Busco y hurgo en las heridas del mundo, contemplo el horror mundano, su decadencia, el vivir muerto de millones de adormideras. Duro es hallarse solo, en medio, a través de cuerpos sin nombre ni rostro, noche reducida a los monstruos. Una estatua domina majestuosa el centro de la ciudad cero y nace ensangrentada una pesadilla desnuda y violenta.
CLARO DE LUNA
Orquídea de cobre envejece de abulia en un áspero silenciar. Bañado por fríos reflejos de luna, yace un pájaro muerto en el blanco delirio de su mirar. La lluvia resbala por la pátina de óxido de sus mejillas, erosiona, gota a gota, el rostro corroído por la nieve y la inquina. Por sus quiebras, ya se desliza un llanto metálico de lira. Por sus vetas, en sonetos alejandrinos, ya suben setenta hormigas para devorar ávidas todas sus rimas.
CANCIONES DESDE EL MANICOMIO
Ávido morador de labios noctívagos, de besos quebrantados, de bellos rosales que sangran manos, se ha formado un tornado en tu delirio, la noche ha tornado en el triste soliloquio de un hombre trastornado.
EL ÚLTIMO HOMBRE
El mendigo ya no calma la sed con sus lágrimas, arroja piedras al cielo y del cielo caen ángeles con sangrientos mantos de fiebre. Seiscientas sesenta y cinco noches sin dormir, cabalgando el vacío, su misterio, vagando por sus barrocas catedrales, navegando sus terribles mares. El mendigo cae poco a poco en sus propias grietas, sin acabar nunca de caer del todo, creyente de religiones muertas, existencia pálida, exhausta, inerte. Inconsciente de su febril otoño, yace en la acera con un hilo de cerveza colgando en sus labios ebrios de anestesia, postrer sorbo de la muerte. Más allá de sus ropas sucias y ajadas, más allá del olvido, más allá del recuerdo, más allá del silencio, más allá del cuerpo, su mirada se marchita cómo solo se marchita, con primor, la flor de los claveles. Toda la vasta noche cabe en un lamento, ¿cuánto cuesta la vida de un arcángel?, el mendigo se conmueve sordamente, al alba morirá de gusano y duelo, a siete centímetros del rio Lete.
Ángel Jaquem (Tánger, Marruecos, 1987) | Director de cine, poeta y gestor cultural. Nunca le interesaron las actividades propias de un niño. Con ocho años, sin saber muy bien que fuerza intangible le llevaba a hacerlo, escribía poemas cortos a sus compañeras de pupitre. A los doce años ya disfrutaba de los clásicos rusos, con una especial predilección por Nikolái Gógol y Fiódor Dostoyevski. Pasaba leyendo la mayor parte del tiempo, ejerciendo la vida contemplativa o yendo al cine, donde floreció su amor por el séptimo arte. Cuando dejó atrás el colegio se matriculó en el Instituto del Cine de Madrid. Desde entonces ha dirigido cinco cortometrajes (Nívola, Ataxia, Amor mefistofélico, Recuérdame y Cartas Ciegas), los cuales han sido ampliamente premiados en el extranjero. Hoy día trabaja en series televisivas españolas y de plataformas digitales como director (La Promesa o Valle Salvaje). En 2021 completó el “Máster en dirección y gestión de proyectos culturales” de La Fábrica. Como gestor cultural ha organizado festivales de cine en Madrid y México DF o eventos como Jazzbandismo (mezcla de jazz y poesía) y Librófagos anónimos (club de lectura para dar a conocer editoriales independientes y escritores desconocidos). Como escritos ha publicado dos relatos (Maquíllate y Hoja marchita) en la revista La gran belleza. Haca pocos meses publicó Delirios y quebrantos (Editorial Cuadranta, 2024), su primer poemario.

www.angeljaquem.com

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