Selección de poemas, Yamil Al Nayar

Tomate

Como imantado a la cuchara, encaja exacto
en la útera concavidad del cubierto, se suspende
en el primer plano de una perfección torturada.
Ha sido, primero, ablandado en el hervor y luego
desollado con la prolija brutalidad que implica
toda desnudez. Tozudo, no ha gritado y ahora
conserva la cruda ternura de un coágulo.

Es tiempo de cenar, lo indica
el movimiento de nuestros animales: la gata,
sagrada en su negrura, abandona
la persecución del nirvana en la repisa,
y la perra, pronta a morir, abre sus ojos fofos
como por error. Estas son las señales
de que ha llegado el momento propicio
para hincarle una fe al tomate,
comerlo como quien come
el corazón de un prisionero.


Camping del sindicato

El aire caliente entra en tus ojos
y se huracana en los lagrimales.
Afiliados se reclinan
a merced de la nubosidad variable.
El cielo está poblado
de turgentes milanesas de muslo
musculadas de agua. Al fondo
unos álamos se agitan
peinados por el viento parecen
las últimas mechas en la frente
de aquel profesor de filosofía:
sartreano, secreto lector de Lutereau.
La materia y su escala cromática:
heladeritas, goma, tela, nylon, lastimaduras,
cuero colgante, carne concentrada,
torsos veteados por la maternidad,
vientres como archivos de angustia,
cuerpos en el punto de tonicidad previo
a la primera licencia por cuerdas vocales.
La disposición barroca
de quienes creen
en las propiedades asépticas del cloro
(escépticas, ascéticas).
Un arándano flota como una boya
en el vaso de Campari. Los hongos
danzan en nuestros pliegues, podemos
escuchar sus carcajadas: han burlado
la revisación. Costillares jóvenes
combaten la masacre por venir:
la inflamación repentina
de un capilar en el cerebro,
el momento exacto
en el que termina un amor,
una célula que se radicaliza
sin motivo alguno;
el absurdo fundante
de esta estirpe risueña y épica,
casi como sabiendo pero no
que la tragedia está
a punto de mordernos.


Rouge y nicotina 

Entonces, tus nervios revelan
esa sensación que tenés
de estar haciendo cosas
por primera vez. Hay
secuencias de tu vida
que nunca exististe
sin un pucho en la boca.
Por ejemplo,
hablar mal de las tías, despellejarlas
sin sentido, solo para muscular
la lengua; por ejemplo, pensar
en un veterano de Malvinas
que empuña un arma casera
en la oscuridad del verano
y no poder desear más
que estacionar tu lengua
en su paladar; por ejemplo,
esperar, pedir turnos solo
para poder sentir
que estás haciendo lo que corresponde
en aras de alargar
la sensación sexual
de quedarte sin aire,
pero confiar en que todavía
la muerte no; por ejemplo, esgrimir
un vaso labrado de vino Toro
y elaborar un maridaje gustativo,
una síntesis total, capaz de combinar
alcurnia con ordinariez; por ejemplo,
estar en sociedad, hablar en general,
compartir con la cúpula fascista
de la camada ´78 del Magisterio; por ejemplo,
cómo que no, martirizar
a tu hija, mirarla con desprecio; por ejemplo escupir,
llenar el ambiente de olor a boca obturada;
por ejemplo, aplastarte y aplastar,
empastarte como una muela
cuando la noche se retoba y es hora
de poner en jaque los derechos conquistados
de alguna minoría ;
por ejemplo, comer y mirar, sobre todo,
mirar el mundo que se consume,
entender, que el mundo es el que mira
y vos la que se consume; por ejemplo,
empilcharte con una camisola
de talle desproporcionado
porque tenés fe en que el negro
todavía puede
ocultar el daño; por ejemplo
insultar a la perra, apagarle
un Philip Morris en el lomo, ahora
imaginario; por ejemplo, ser
hija de puta con método y gracia;
por ejemplo, estar segura
de cosas; por ejemplo, ese pozo
en el corazón, el tamaño
de un músculo que empieza
su entropía, la confianza
en que la muerte no, y ensanchar,
ensanchar tu corazón de ballena,
llevarlo al límite, sonreír con terror
y que en la prótesis se vea la mancha,
como un rastro de otra vida,
de rouge y nicotina.


YAMIL AL NAYAR (Mendoza, Argentina, 1992) es docente.

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