Selección de poemas de «Memoria del desierto», de Mijail Lamas

MEMORIA DEL DESIERTO I

I

Empiezas a escribirle en el desierto
la carta que te guardas para no contarle
que intentabas hundirte en el costado abierto de esa luz.

Como todos los que llegan aquí tú también huías.
Como todos los que han perdido algo y huyen de su propia pérdida.

Escapabas de ti y pasabas las noches viendo el cielo,
asombrado de que hubiera tanta estrella.
Caminabas colina arriba,
divisando el mar de luces de la otra ciudad,
la verdadera, la siempre ávida,
con sus huesos triturados más allá de la ignominia,
en la que a veces tú también te refugiabas
durmiendo en autos varados en estacionamientos frente al río,
en moteles que escondían la desesperación y la oscuridad tras cortinas pesadas.
Pero también te quedabas a la espera de vuelos perdidos, de rutas sin nómina.
Tu soledad se doraba como la arena de todas las palabras que jamás le dijiste,
como el florecimiento de una sed cercana a los incendios:
marchita tolvanera cegando sus rostros.

Entonces fueron peces de un mar extinto
buscando una oportunidad para salir a flote.

Tú cantabas viejas canciones que traía la distancia,
tú enumerabas sus pasos.
Nadaban en una atmósfera de luz que calcinaba
y fingían entender la desolación de las calles,
pero era más una forma de resignación al desamparo.

Te miraban con recelo porque siempre estabas solo,
desterrado con un prestigio sospechoso, una falsa contraseña,
el salvoconducto que tú mismo te inventabas
para transitar sin miedo ante la angustia de un desastre,
esa deriva de la arena que envolvía su propia
devastación:

… mis sueños distraídos por las calles
dormidos al pie de las colinas …

Ahí te refugiabas en cuerpos, en voces
que prodigaban momentáneas maneras de la salvación.
Y descubrías otros desiertos dentro de ti
donde imaginaste sus manos danzar como la arena que danza …

Muy cerca de donde un muro va cortando en dos el oleaje
la memoria también parecía interrumpirse por un muro.
Entonces la luz se despedía como los que se ahogan intentado cruzar al otro lado.

En el sueño de ayer su piel iluminaba el cuarto a oscuras
y viste danzar sus manos como la arena que danza …
Su piel amanecía en medio de la noche
mientras que afuera el viento arrasaba la ciudad
que cada mañana volvía a levantarse
ladrillo a ladrillo, pero más triste.

Porque hablarle siempre fue lanzar una botella al agua
con una nota en un idioma que ella no entendía.
¿De dónde salieron esos extraños animales que habitan sus palabras?
Ellos olfatearon su soledad,
su nostalgia de insectos donde reinaba la mosca tenaz de la impaciencia.

Una vegetación agreste crecía en su pecho y se enredaba en tus manos.
La luna se desgajaba cuando ella miraba esta tierra roja
y los antiguos deseos del agua donde ya no existe el mar.

Ya sólo te quedaba
un silencio que contenía todo el ruido de lo que ella soñaba:
la monótona desesperación de los insomnes.

III

Soñaba con tu cuerpo
dormía una noche sin ventanas
era mediodía
y tú pastoreabas campos de clonazepam
el frío entumecía y yo nadaba
cantigas del mar de Vigo
me llevaban a otra parte
ahí también el frío a tu lado
la luz seguía apagada no dormía
y en el mar también estaba nublado
era preferible así
para no ver la tristeza de los muros
la mugre incrustada en la pintura
las cobijas eran mi único refugio
la cantiga era todas las cantigas
de Dom Denis a Pero Meogo
y yo iba de Camões hundido en el mar de las cobijas
tierra y mortaja me reconvenían
siempre náufrago
despacio un navegante
amiga soy que se despide

ROLLING THUNDER REVUE

Dos ventanas abiertas.
La buganvilia roja es un fuego derramándose en el muro.
Clarice ya se fastidia.
Vuelan por mi ventana negras aves de tedio
que alcanzan a nublar parcialmente la tarde.
Dylan lleva el rostro pintado de blanco como un mimo.
Hace calor y es demasiado tarde para intentar hacer lo correcto.
Nadie escribe, nadie responde.
Hay una pila de libros que no leeré.
No puedo concentrarme hablando de la muerte.
En el encierro hasta el café me sabe mal.
The White Stripes tiene un buen cover de esa canción.
Clarice ataca el lápiz.
Quisiera tener vino y no tener asma.
Pienso:
antes la poesía se podía sentir, se podía ver
y también que Ginsberg era muy buen bailarín.
Dylan dice versos de memoria
y cuando habla de Walt Whitman
parece que hablara de sí mismo.
Clarice se ha quedado dormida, ronronea
y es hora de pausar la imagen frente a la tumba de Kerouac.

Todos los poemas que guarda mi memoria
han podido atravesar la oscuridad.

¿Tendremos esa suerte?
¿Cómo se aprende a no tener expectativas?
Para toda desilusión hay métodos que no funcionan.
Para esto sirven las palabras.

La lenta yegua del aire borda la noche sin aliento.
Lenta pesadilla que cabalga con pulmones de cristal.
Te hará sentir que tocas a las puertas del cielo.

Es la memoria del dolor
lo que el amor hace olvidar de forma momentánea,
pero el dolor todo lo fija.

MEMORIAS DEL DESIERTO II

Pesado cada uno de tus asuntos
no perteneces ya a lo que tu interés y vigilia reclamaban.

ÁLVARO MUTIS

He mirado la arena
y la cordillera que se levanta para dominar el valle.
Yo que he bordeado la locura en la lejanía cerrada de las selvas,
ahora experimento el terror de los desiertos,
la uniformidad de estos altos muros de la nada.

Llegué a las dunas amarillas por una ruta cruel,
en ese entonces el desierto empezaba a ser un vertedero de huesos calcinados,
mientras tú te alejabas en la compacta embarcación del anciano Caronte.
Anduve hasta aquí con la pierna rota, cuya herida supurante era una muestra
de que yo seguía vivo para dar con la muerte: tu muerte.
Me he vuelto, como alguna vez dijiste, «una memoria que vacila antes de apagarse para siempre».

Entonces me he puesto a recordar tu travesía accidentada
y cómo aprendiste a sobrellevar el exilio con una voz en la que anidaba
el caudaloso fluir de un canto por el que yo navegaría
y donde la catástrofe se volvió muy pronto un galardón.

Te escribo a esta hora de contornos violetas, cuando el aire quisiera borrar todos los rostros;
en la noche próxima hay un frío que se cuela en la
desesperación de los deportados y los fugitivos.


Mis naufragios también fueron los tuyos.
Mis malos cabotajes
o la velación de minas abandonadas, nacían en tu lengua
de reinos derrotados,
donde eras el capitán y la tripulación de mi destierro.
Eras el que narraba, con una voz en off y muy aguda,
las fracasadas pesquisas del insulso Eliot Ness,
el que redactaba el slogan,
el defensor de las viejas monarquías,
el que aprendió en el presidio a no juzgar a la ligera.

Tal vez por eso me inventaste,
para encontrar alivio lejos de las coordenadas del dolor cotidiano,
miserias de los días del publicista que anhela incluso el
viaje desdichado del gaviero.
Porque al aroma a excremento de la tercera Tenochtitlán
tú opusiste el olor a guano de los socavones,
la húmeda putrefacción de los pantanos
o el aroma a pescado rancio de los puertos.
Tú me regalaste una profusa vegetación como el cuerpo
de una mujer robusta, cuya fragancia se esparcía con el
calor del trópico,
pero yo, que navegué los ríos hasta llegar a las tierras
altas donde la niebla ocultaba mis blasfemias
he llegado al desierto para despedirme de ti
y esparcir tu recuerdo de notables escombros.
La ciudad donde tú has elegido despedirte no es menos
turbia que estos parajes donde se incuban otras formas de la desesperación.

Porque hoy te has vuelto eterno con la muerte
capitán de los cantos como un río.
Nueve días vagarás como un niño extraviado
y en el noveno atravesarás mis hospitales de ultramar uno por uno,
una por una mis plagas, mis blasfemias
y entonces nos volveremos el mismo
en la memoria de todos los naufragios.

EL JOVEN BLAISE CENDRARS MIRA UNA FOTO DEL DESIERTO DE CHIHUAHUA

La mañana corta el paisaje como un cuero cabelludo, a ti te parece una foto en negativo de la estepa
mientras el tren se va llevando el tedio de las conversaciones ocasionales.
El valle se revela como quien se aclara la garganta,
se abre sin asideros permanentes hasta que la mirada
encuentre la silueta de las montañas,
en el corazón de la sed habitarán soldados y prostitutas,
que nada tienen que ver con la pequeña Juana de Francia
o los milicianos rusos.
No ves tiendas suntuosas
como las que alguna vez divisarás en los desiertos
del imperio otomano,
sólo algunos edificios ocres y más allá algunas casas de madera.
Por las calles un hombre con cara de piel roja
y sombrero mexicano
toca en el acordeón una tonada polaca
que te hace recordar una noche de perros en Varsovia.

De algunos de los pocos árboles cuelgan hombres como
frutos extraños
a punto de desprenderse,
como esa noche de 1905 en Moscú,
en que la nieve no dejó de caer.

Las plumas de apache despeinan un viento ardiente
que te hará pensar en Bagdad, en los profetas
y las amapolas amarillas no llamarán tu atención,
sólo te asombrará encontrar tu rostro dibujado en los tatuajes de una mujer
que ofrece marihuana a los viajantes
y que por un par de billetes te contará la historia
de cómo un grupo de rangers mató a todos los varones de su familia;
pero si eres buen negociante, como ya lo has demostrado,
podrás pactar un encuentro en el callejón de una trastienda.

Algunos como tú llevarán un revólver,
lo llevarán al descubierto,
pero sin mucho orgullo.

A los pocos días de probar el menudo rojo
y en una noche de muertos cotidianos
morirás en una pelea
en el único bar del que no te habían echado.

AHORA QUE LA NIEVE CAE SOBRE EL DESIERTO

La nieve es un rumor suspendido en el aire.

Adentro hierve el agua del café,
afuera se congela
el pasto calcinado de los porches.

Nadie en la calle dice el nombre de las cosas
por miedo a que se quiebren.

Yo salvo estas palabras
como un fuego privado.

Mijail Lamas (Culiacán, 1979) es poeta, traductor y maestro de escritura creativa. Tiene un MFA en Creative Writing por la University of Texas at El Paso. Ha publicado los libros de poemas Contraverano (2007), Cuaderno de Tyler Durden seguido de Fundación de la casa (2008), Trevas. Canción del navegante de sí mismo (2013), El canto y la piedra (2017), Un recuento Parcial de los Incendios, selección de poemas 2007-2017 (2022) y Memoria del desierto (2023). Editó cinco volúmenes de poesía internacional para Valparaíso Ediciones México y Círculo de Poesía Libros. Tradujo las antologías Lluvia oblicua. Poesía portuguesa actual (2018), ¿Lo diría mejor el tiempo? Un siglo de poetas portuguesas (2020) y [corset], de Beatriz Hierro Lopes. Ha obtenido el accésit del X Concurso de Poesía Ciudad de Zaragoza 2011, el Premio de Poesía Clemencia Isaura del Carnaval Internacional Mazatlán 2012 y el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen (poesía) en 2023. Fue editor de Rio Grande Review, revista del Creative Writing Program de la University Of Texas at El Paso. Es uno de los editores de la revista electrónica Círculo de Poesía (http://circulodepoesia.com/). Fue incluido en El canon abierto. Última poesía en español (1970-1985) de la editorial española Visor Libros.

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